Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La ciudad de las murallas
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La ciudad de las murallas

La luz del amanecer se filtraba entre los pliegues de la lona. Rufus despertó despacio, como si su cuerpo aún dudara si debía regresar del sueño. La tienda olía a tierra seca, a madera vieja y a las hierbas que Domer había colgado sobre el marco de la entrada. El niño dormía con respiración lenta, pero serena. La fiebre ya no le ardía en la piel, y eso bastaba para que el silencio pesara menos.

La noche anterior le había prometido a Domer no irse de allí hasta que hubiera un desenlace. Así que los zíngaros se habían repartido a sus amigos en sus tiendas y carretas para dormir.

La madre era la única que seguía junto al niño. Al verlo despertar, su espalda relajó la tensión.

Rufus se incorporó sin hacer ruido.

—¿Cómo está? —preguntó.

La mujer lo miró como si acabara de cruzar un umbral invisible. Tenía los ojos hundidos, los párpados pesados de vigilia. Pero había en su rostro un alivio sutil, casi tímido, como si aún no se atreviera a celebrarlo del todo.

—Ha mejorado… y luego ha vuelto a empeorar. En oleadas —dijo en voz baja, sin apartar la mirada del rostro del niño—. Como si algo dentro de él luchara por quedarse… y otra cosa intentara llevárselo.

Rufus asintió. No pareció sorprendido.

—Eso es normal. El cuerpo y el veneno aún están discutiendo. A veces gana el cuerpo. A veces se rinde. Lo importante es que sigue aquí… escuchando.

Se acercó despacio, agachándose junto al cuenco de barro donde había dejado la mezcla la noche anterior. Olfateó el contenido; luego añadió un pellizco de una bolsa pequeña que guardaba en su zurrón. Era una mezcla pálida, con un aroma entre amargo y dulzón.

—¿Qué es eso? —preguntó la madre, en un susurro.

—Hoja de tharnil, para enfriar la sangre sin apagarla. Y polvo de raíz seca de orlan. Mi abuelo decía que esto convence al cuerpo de que aún vale la pena quedarse.

Volvió a calentar el líquido sobre el fuego tenue que aún ardía en el brasero de la tienda. Sopló con cuidado, como si aquella infusión fuera un conjuro delicado. Luego tomó una cuchara de madera, la llenó y se la ofreció al niño con la ayuda de la madre.

El niño no habló. Pero bebió. Despacio, con esfuerzo. La primera cucharada bajó por su garganta. La segunda fue más firme. A la tercera, sus párpados se movieron… y entonces abrió los ojos.

Estaban vidriosos, pero conscientes. Miraron a su madre primero. Luego a Rufus.

Y Maren sonrió.

Fue solo un gesto, una curva diminuta en la comisura de los labios. Pero bastó para que la madre rompiera a llorar en silencio.

Rufus no dijo nada. Solo colocó el cuenco a un lado y, como había hecho su abuelo tantas veces, posó la mano sobre el pecho del niño. Sintió el latido débil pero firme, como un tambor que se niega a apagarse.

—Va a quedarse —murmuró—. Lo presiento.

Y esta vez no lo dijo como quien espera.

Lo dijo como quien lo sabe.

La mujer rompió a llorar y lo abrazó. Después se apartó, todavía temblorosa, y lo miró largo rato, como si quisiera memorizar su rostro. Como si intuyera que aquella noche no iba a repetirse en mucho tiempo.

—¿Sabes? —dijo, con la voz aún temblorosa—. Cuando Maren nació… no lloró.

Rufus parpadeó, sin entender del todo.

—Tardó minutos. Fue un silencio largo, horrible. Los parteros ya estaban seguros de que no viviría. Y luego… lloró. Lloró fuerte, como si hubiera estado escuchando desde otro lugar y solo entonces hubiera decidido quedarse.

Ella hizo una pausa. Se acarició el brazo con gesto ausente.

—Siempre pensé que ese niño estaba entre dos mundos. Que no terminaba de pertenecer del todo ni a este ni a otro. Y esta noche… cuando te vi junto a él, supe que, si alguien podía hablarle desde ese otro sitio… eras tú.

Rufus sintió algo extraño en el pecho. No orgullo. Algo más suave. Más antiguo. Como si alguien hubiera reconocido una parte de él que ni él mismo se atrevía a nombrar.

—Yo no soy nadie —dijo.

—Eso dicen los que más son —respondió ella con una media sonrisa.

Se inclinó, tomó la mano de su hijo y luego, con mucha suavidad, tomó también la de Rufus y las juntó.

—Gracias. No solo por ayudarlo… sino por no tener miedo.

Rufus tragó saliva. No sabía qué decir.

Ella le soltó la mano al cabo de unos segundos y volvió a centrarse en el niño. Él se levantó con cuidado, cruzó la entrada de la tienda y salió al aire frío de la mañana, con una sensación en el pecho que no era peso ni alivio.

Afuera, el aire era fresco, con esa humedad amable que solo se encuentra después de una noche sin miedo.

Domer ya estaba allí, sentado en una piedra junto al fuego que aún humeaba. Miraba el cielo como si leyera algo en él. No dijo nada al verlo salir. Solo asintió, con la gravedad de quien sabe que las palabras no siempre son necesarias.

Más allá, cerca de otro fuego, estaban Colette, Mira y Galen.

Colette hablaba en voz baja, gesticulando con las manos envueltas en sus mangas. Mira le ofrecía un trozo de pan a Galen, pero él lo rechazó con un movimiento brusco.

—No necesito lástima —gruñó, con los ojos clavados en la nada.

—No es lástima —dijo Colette, firme, pero sin dureza—. Es que… lo de anoche te hizo daño. Y no quieres hablarlo, pero tampoco puedes callarlo.

Rufus se acercó en silencio. El suelo crujía suavemente bajo sus pasos.

—Quizá… quizá todo fue un error —dijo al fin. Su voz sonaba baja, como si la cuidara demasiado—. Las cosas no siempre son lo que parecen. Tal vez ese chico no era…

—¡No empieces, Rufus! —lo cortó Galen, alzando la voz por primera vez desde que había amanecido.

El golpe de las palabras dejó un silencio denso entre los cuatro.

—¿Tú qué sabes? No lo viste como yo. No sabes cómo la miró ella. No sabes nada.

—Solo intento ayudarte —replicó Rufus, sin alzar el tono.

—¡No necesito tu ayuda! —Su hermano se levantó de golpe. La madera de la banqueta chirrió—. Ni tus suposiciones. Ni tu calma de sabio sin edad. Eres bueno viendo lo que nadie más ve… menos cuando se trata de mí.

Dicho eso, se alejó entre las tiendas, empujando con fuerza una lona suelta que colgaba del lado de una carreta.

Colette miró a Rufus, pero no dijo nada. Mira bajó la mirada y rompió un trozo de pan, ofreciéndoselo a Rufus sin palabras.

Él no lo aceptó.

—A veces creo que él quisiera que yo no supiera ver nada —dijo, casi inaudible—. Ni su dolor, ni el mío.

Y volvió a mirar hacia la tienda donde dormía el niño.

Porque, a veces, ayudar a alguien duele más que no hacer nada.

Domer se acercó a ellos con una sonrisa. Seguía preocupado por su nieto, pero veía a Rufus de otra manera: como si la noche anterior hubiera dejado en él una marca que no sabía nombrar.

Lo cogió del hombro y lo alejó del grupo.

—¿Cómo está?

Rufus se encogió de hombros.

—Creo que vivirá, pero no estoy seguro del todo. Le dije a su madre que sobreviviría porque la vi demasiado triste. Mi abuelo siempre me dijo que no hay que hablar nunca con certezas, porque a veces las cosas no salen como esperamos.

—Tu abuelo es muy sabio, Rufus. Pero tú has visto algo. Y, si piensas que sobrevivirá, quizá sea porque ya lo sabes.

—¿Y si no lo hace?

—Entonces estaremos igualmente agradecidos por lo que has hecho. No debes temer.

Rufus se quedó en silencio un momento más, como si hubiera algo que aún no se atreviera a decir. Luego alzó la mirada, y en sus ojos no había duda. Solo urgencia.

—Necesito ir a Brandelor —dijo por fin—. Hay unas hierbas que no crecen aquí. Muy específicas. Raras. Mi abuelo las llamaba sombrasol y lengua de ciervo. Solo florecen cerca del agua corriente, bajo ciertas piedras, y solo las recolectan en los mercados viejos… si uno sabe preguntar.

Domer frunció el ceño. Ya no era desconfianza.

Era tiempo.

—¿Cuánto tienes antes de que debas darle la nueva medicación a mi nieto?

—Doce horas —dijo Rufus sin titubear—. No podré darle más tratamiento a Maren antes. No sin hacerle daño. Esas hierbas podrían darle un empujón fuerte hacia su sanación, el último que necesita.

El anciano no dijo nada durante unos segundos. Luego metió la mano en su túnica y sacó un pequeño saco de cuero.

—Cincuenta drakens —murmuró, como quien entrega algo más que monedas—. No gastes más de lo necesario. Pero tampoco regatees con un herbolario que sepa lo que vale la muerte.

Se lo puso en la mano a Rufus sin ceremonia.

Con necesidad.

—Sarya irá contigo. Ella conoce los caminos y las calles. Y tú necesitas ojos que vean donde los tuyos aún no llegan. La ciudad puede parecer burguesa y segura, pero está llena de peligros.

La muchacha no protestó. Solo asintió, sin alzar la cabeza.

Peter chasqueó la lengua desde donde estaba, recostado con los brazos cruzados.

—Supongo que, si hay líos en el mercado, querrán a alguien que sepa que las manos también sirven para otras cosas además de tocar la flauta.

Colette ya se había puesto de pie.

—No vamos a dejar que vayas solo. Yo iré también. Mira no se queda tampoco —añadió sin mirarla, como si ya conociera su respuesta.

Mira asintió con una sonrisa leve. No dijo nada. Se limitó a ajustar la vieja manta sobre sus hombros como si se vistiera para una batalla.

Pero Galen no se movió. Su rostro era piedra; la boca, una línea dura.

—¿Brandelor? Que se queden con su oro podrido y sus calles de mierda. Yo no vuelvo a pisar esa ciudad. Lo único que voy a hacer es salir de este maldito campamento… y no mirar atrás.

Rufus lo miró. Con esa tristeza tranquila que llega cuando uno entiende que, a veces, la rabia es solo otra forma de dolor.

Pero no dijo nada.

El grupo emprendió el camino hacia Brandelor bajo un cielo encapotado, con la bruma matinal acariciando los campos que separaban el campamento de la ciudad.

Esta vez no había aventura en el sendero.

No había bromas fáciles.

No había promesas.

Solo doce horas, un niño enfermo y un saquito de monedas que pesaba más que todo el oro de Brandelor.