Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) Donde el fuego no juzga #5
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Donde el fuego no juzga #5

—Hace tres semanas. Estábamos acampados en los prados de Vaelmere. Jugaba como siempre. Luego, una noche, no pudo levantarse.

—¿Comió algo extraño? ¿Algo que no fuera parte de vuestra comida?

Sarya dudó. Miró a Domer, que asintió, dejando que la verdad saliera.

—Los niños juegan. Cogen raíces, hojas. A veces mastican hierbas por juego o por apuesta. Maren era curioso. Siempre lo fue.

Rufus cerró los ojos.

Sintió el eco de algo en su memoria: raíz de glast.

Una hierba pálida, de hojas largas y olor dulzón, que crece donde la tierra ha sido herida. Los ancianos decían que era peligrosa: podía dar visiones o arrebatar el aliento lentamente.

Abrió los ojos.

—¿Había plantas cerca? Altas, con hojas largas, como cintas, ¿y flores blancas que huelen a miel?

Sarya palideció.

—Sí. Cerca del arroyo. Un viejo tallo de glast crecía allí. —Se tapó la boca con la mano—. Dioses… No lo sabía.

Rufus negó con la cabeza, calmándola.

—No fue culpa de nadie. Pero ahora entiendo. La raíz no lo matará si aún estamos a tiempo. Al menos, no si podemos ayudarle. Su cuerpo lucha solo, y necesita ayuda.

Se incorporó.

—Necesito hierbas frescas. Manzanilla silvestre, corteza de sauco y, si podéis encontrar algo de trébol rojo, mejor.

Domer asintió una sola vez. Al instante, salió y buscó a varios jóvenes, que partieron a buscar lo que Rufus pedía.

Rufus acarició la frente de Maren con la punta de los dedos. Con un gesto tan antiguo como la tierra misma.

—Vamos a sacarte de esto —susurró.

La hoguera junto a la tienda fue avivada con leños nuevos. Las sombras danzaban en los rostros serios de los zíngaros mientras Domer, Sarya, Rufus y los padres se arrodillaban en círculo.

Habían traído las hierbas que Rufus pidió: manojos aún frescos, llenos de savia y olor a campo. Rufus trabajó en silencio. Desgarró las hojas de manzanilla entre sus dedos, desmenuzó el trébol rojo, raspó la corteza de sauco hasta obtener un polvo suave.

No había mesa.

No había instrumentos finos.

Solo un cuenco de barro humeante sobre piedras calientes y las manos de Rufus, que parecían recordar movimientos que él nunca había aprendido del todo.

Mientras las hierbas hervían, Rufus susurró palabras.

No era un rezo.

No era un hechizo.

Eran fragmentos de canciones de su infancia, versos de su madre, secretos que su abuelo le había dicho alguna vez al oído bajo las estrellas. Pequeñas piezas de algo más antiguo que rogaba por la vida de Maren.

La infusión tomó un color ámbar profundo.

Rufus mojó un paño limpio en el líquido caliente y lo colocó sobre el pecho de Maren, donde el corazón latía errático.

Luego, con infinita delicadeza, le humedeció los labios.

Y esperaron.

El viento soplaba entre las tiendas, llevándose humo, tierra y miedo. Rufus cerró los ojos, escuchando. Escuchando más allá. Buscando el cambio.

Primero, nada.

Luego, un suspiro.

Un estremecimiento, leve como el primer crujido de un brote al romper la tierra.

Maren movió una mano.

Gimió.

Sarya ahogó un sollozo y se cubrió la boca. La madre hizo lo mismo.

—Sigue —murmuró Domer, sin apartar los ojos.

Rufus volvió a mojar el paño, volvió a tocarlo con la infusión. Volvió a susurrar, esta vez más bajo, casi acariciando el nombre del niño con su aliento.

Entonces el calor de la fiebre empezó a ceder.

Poco a poco, la tensión en el pequeño cuerpo se aflojó. Su respiración, antes errática, encontró un ritmo más tranquilo.

No fue milagroso.

No fue inmediato, como en las historias de los cuentos.

Pero fue real.

Cuando Maren abrió los ojos —no del todo, pero lo suficiente para buscar a su gente—, un murmullo de alivio recorrió la tienda como un viento cálido.

Domer, el viejo líder, se inclinó hacia Rufus.

Solo posó una mano sobre su hombro, pesada como una bendición, y murmuró en voz muy baja:

—Ahora sé lo que eres, chico. Estoy seguro. Aunque aún no lo sepas tú.

Rufus no respondió.

—¿Esto es permanente o es solo un alivio temporal? —preguntó la madre.

Rufus dudó un instante antes de responder. No quería prometer lo que no sabía. No quería mentir ni dar falsas esperanzas.

Así que dijo, con la verdad que sentía:

—El cuerpo de Maren aún tiene que decidir si quiere quedarse en este lado del mundo o no. Yo solo he apartado el peso que lo empujaba hacia el otro lado. Ahora… es cosa suya… y mía. Estaré aquí hasta que decida.

El fuego chisporroteó entre ellos, como si aprobara esas palabras.

La madre asintió, con los ojos brillantes de lágrimas que aún no se atrevía a soltar. No era la respuesta que quería.

Pero sí era una respuesta limpia.

Honesta.

Y eso era suficiente. Un faro de esperanza después de la certeza que le habían dado los médicos de Brandelor: que su hijo no sobreviviría. Ella sabía que ese chico a su lado no era ningún charlatán. Había hecho más en media hora que todos ellos en semanas.

—Creo que su hijo tiene muchas posibilidades de curarse —dijo Rufus—. Quizá más de las que esperaba. La hierba ha estado en su cuerpo mucho tiempo, pero es un niño fuerte. Eso lo puedo ver.