Donde el fuego no juzga #4
—Pero lo que hiciste… eso fue otra cosa. Como si hubieras abierto algo… no aquí —dijo, tocándose el pecho—, sino allá.
Y señaló el bosque, la noche, lo invisible.
Luego tragó saliva, sin saber si tenía miedo o gratitud.
—Si alguna vez alguien me hubiera tocado así, ya estaría casada —dijo, guiñándole un ojo.
Se encogió de hombros, como si eso la hiciera menos frágil.
—Te debo una disculpa. Pero no te la voy a dar todavía. Me va a costar.
Rufus sonrió, sonrojado.
—¿Quién es Domer en vuestro grupo? —preguntó, intentando cambiar de tema.
Sarya ladeó la cabeza, como si no hubiera esperado esa pregunta, pero sonrió con una sonrisa torcida y honesta.
—¿Mi abuelo? Es nuestro jefe. Bueno… —se corrigió— no como lo entendéis vosotros. No manda. No ordena. Solo… lo seguimos. Porque sabemos que nos llevará a casa, aunque no haya un techo donde parar.
Se abrazó las rodillas, y, por un momento, pareció mucho más pequeña de lo que era.
—¿Por qué lo preguntas? —añadió.
—Está triste… Hay algo que no le deja dormir. Hay algo que lo atormenta.
Rufus no tardó en responder.
—Simplemente lo sabía.
Ella lo miró con más atención, como si tratara de ver si le hablaba en serio. Luego bajó la vista.
—Tiene un problema —dijo Sarya en voz muy baja, como si temiera que el viento la oyera—. Pero no hablará de ello con nadie que no sea de la familia o de nuestro grupo. Es un problema familiar.
Rufus esperó. No presionó. Solo dejó que el silencio hiciera su trabajo.
Finalmente, ella murmuró:
—Su nieto… Maren. Mi primo. Está enfermo. Muy enfermo. —Se frotó las manos contra la falda, como si pudiera borrar la preocupación que llevaba impresa—. Los médicos de Brandelor no pudieron ayudarlo. Hemos visitado a los más renombrados. Nos hemos gastado más de lo que teníamos… pero nada cambia. Nada mejora.
Rufus sintió cómo algo se movía en su interior. No era lástima. Era algo más profundo. Algo que había despertado en él muchas veces, como un hilo de agua buscando salida entre las piedras.
Se pasó una mano por la nuca, incómodo.
—Quizá… —dijo, dudando— quizá pueda ayudaros.
Sarya frunció el ceño.
—¿Tú? ¿Eres médico además de músico?
Él negó con la cabeza.
—No soy médico. No como los de Brandelor. —Dudó un momento—. Pero he aprendido cosas. De mi abuelo. Y de otros lugares que no siempre sé explicar. A veces, cuando los médicos no saben sanar, vienen a vernos a nosotros.
Ella lo miró largamente, como si pesara cada palabra en la palma de la mano.
Y luego asintió, lenta, solemne, como alguien que ya no tiene esperanzas, pero aún puede permitirse un último acto de fe.
—Es una cosa seria. Es posible que mi primo muera. No es que no quiera creer en ti; no creo que seas tan tonto como para meterte en un enredo así si no estás seguro de que quizá puedas ayudar. ¿Estás seguro?
Él asintió.
—Ven —dijo simplemente.
Rufus se levantó. El fuego parpadeó al moverse.
Peter lo vio alejarse con una mirada de “esa chica es un poco mayor para ti y este no es el mejor sitio para ligar”.
Colette, a su lado, lo miró y comprendió perfectamente lo que estaba pensando. Después no pudo evitar una sonrisa.
“Qué poco conoce a su amigo…”, se dijo para sí misma.
Caminaron en silencio entre las tiendas bajas y los carros viejos, hasta encontrar una hoguera más apartada. Allí, junto a un pequeño círculo de piedras, Domer estaba sentado solo. Sus manos viejas descansaban sobre las rodillas, y en su rostro había una tristeza tan antigua como los caminos mismos.
Sarya se detuvo a unos pasos, pero Rufus siguió adelante.
El anciano alzó la mirada. Y, por un momento, no fue como si viera al muchacho: fue como si viera a través de él, como quien observa un mapa antiguo buscando una ruta olvidada.
La chica habló primero al oído de su abuelo:
—Abuelo, este chico… quiere intentarlo. Quiere ayudar a Maren. Dice que su abuelo le enseñó a curar y que a veces reciben pacientes que los médicos no pueden curar.
Domer no preguntó por títulos. No pidió certificados. Solo lo miró con esos ojos de lumbre vieja.
—Cuando los sabios fallan… —dijo— los humildes aún pueden tener voz.
Se levantó y se inclinó hacia Rufus, como quien ofrece un secreto.
—Ahora sabes por qué llevamos más de dos semanas aquí. Nosotros, que somos un pueblo errante. ¿Dices que estás acostumbrado a curar donde fallan los médicos?
—Mi abuelo me enseñó los secretos de las raíces, los árboles, los arbustos y las flores. Cuando no hay dinero, o los médicos cierran las puertas, nuestra casa siempre está abierta.
Domer ladeó la cabeza, con los ojos entrecerrados como si buscara grietas en el alma del chico.
—¿Y qué hacéis cuando falláis? —preguntó sin dureza, con esa calma que precede a las decisiones que no se pueden deshacer.
Rufus no respondió de inmediato.
—A veces llegamos tarde —dijo al fin—. No siempre se puede salvar a quien sufre. Por mucho saber, amor o esfuerzo que haya, hay momentos en que la muerte ya ha decidido. Entonces lloramos juntos. No escondemos el fracaso ni fingimos fortaleza. Acompañamos al que se queda, para que no tenga que mirar la pérdida a solas.
El anciano lo miró, sorprendido por la madurez del chico. Había algo en él que estaba muy por encima de su edad, algo que respondía a sus antepasados.
—Y después plantamos algo donde se fue la vida. No para olvidar. Para no dejar vacío.
—¿Eso qué significa?
—Mi abuelo es un buen hombre. Sabe que la muerte de un hijo o de una esposa puede no venir sola. Hay personas que llevan cargas a la espalda que nadie debería llevar. Plantar algo puede ser sembrar una flor, un árbol, un gesto, una historia, un recuerdo. Es transformar el dolor en algo que crezca. No se trata de borrar la pérdida, sino de darle raíz. De permitir que algo bueno emerja del vacío. No para olvidar a quien se ha perdido, sino para que ese lugar en el corazón no quede estéril.
Domer asintió.
—¿Y si el dolor es más viejo que la herida? ¿Y si lo que duele no está en el cuerpo? ¿Y si hay pérdidas que no se pueden arreglar ni plantando todos los árboles del mundo?
—Entonces no curamos. Solo acompañamos. A veces con silencio. A veces con historias.
—¿Con historias?
Rufus bajó la mirada un instante, como si buscara la respuesta no en su mente, sino en sus huesos. Cuando habló, su voz fue suave, casi como si no hablara para ser entendido… sino para invocar algo.
—Las historias no curan el dolor —dijo—. Pero, a veces, lo acomodan.
Hizo una pausa. Luego miró al anciano, sin miedo.
—Una buena historia no borra una pérdida. Pero te da un sitio donde ponerla. Como una piedra junto al camino. No desaparece. Pero deja de doler como un puñal. Empieza a doler como… memoria. Y eso, a veces, basta.
Se encogió de hombros, con la honestidad de quien no pretende tener respuestas definitivas.
—A veces, lo único que puede hacer uno es sentarse con alguien y contarle algo que no sea su tristeza. No para que olvide… sino para que respire.
El anciano guardó silencio. Luego inclinó levemente la cabeza hacia un lado.
—¿Tienes miedo de entrar ahí?
—Sí.
—Bien. Los que no lo tienen… no deberían tocar a nadie.
Después abrió la puerta de la tienda.
—Está dentro. Si mientes, no me lo digas ahora. Ya es tarde. Pero que sepas una cosa: las mentiras no duran en una habitación donde alguien muere.
Y entonces se hizo a un lado.
En el interior había un niño echado en una cama. Su madre estaba a su lado, poniéndole un trapo húmedo en la frente. Un poco más lejos había un hombre que debía de ser el padre. Se levantó inmediatamente, pero Domer se acercó a él y le habló al oído. El hombre se relajó y volvió a sentarse en su sitio.
La tienda donde estaba Maren olía a humedad, a cuero viejo y a algo más difícil de nombrar: ese aroma tenue y triste que tienen los lugares donde la vida está suspendida, donde se espera, pero ya no se sueña.
Maren era un niño pequeño, no mayor que ocho inviernos. Estaba tendido sobre mantas gruesas, con la piel perlada de sudor y los labios agrietados. Dormía, pero no con un sueño tranquilo. De vez en cuando, su cuerpo se estremecía, como un pájaro atrapado en un vendaval invisible.
Rufus se sentó junto a él, en silencio.
Él no era médico. No tenía más armas que su intuición, la memoria de las noches en que su abuelo lo llevaba de la mano entre los campos para buscar remedios en las sombras, y algo más antiguo que palpitaba en su sangre.
Apoyó suavemente la palma sobre la frente de Maren.
Y entonces supo.
No era una enfermedad corriente.
Era un calor equivocado. No el de la fiebre de una infección, sino uno más enraizado. Una fiebre de la tierra. De algo ingerido. Algo que su pequeño cuerpo no había podido romper ni olvidar.
—¿Hace cuánto empezó así? —preguntó Rufus en voz baja.
Sarya se arrodilló junto a él.