Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) Donde el fuego no juzga #3
74%

Donde el fuego no juzga #3

—Y no preguntan de dónde vienes. Después de que nos echaran de tres hostales como si fuéramos apestados, ya me empezaba a creer que tenía lepra. Y eso que me puse mi mejor vestido para la feria, ¿eh?

Peter soltó una carcajada seca, medio ronca.

—No somos ricos, vale. Pero ¿qué clase de ciudad es esta donde, si no llevas seda, plata o una bolsa de oro colgando, no te miran ni para escupirte?

Escupió al suelo sin remordimientos y agregó:

—La hospitalidad murió con los buenos modales.

Galen, sentado un poco más apartado, lanzaba palitos pequeños a las llamas, uno tras otro, sin mucha fuerza.

—Supongo que no todos los sitios ricos saben lo que significa serlo —dijo sin apartar la vista de las llamas—. Esta ciudad puede quedarse con su oro, sus trajes caros y sus sonrisas falsas. No pienso volver jamás. Malnacidos engreídos, todos ellos… con monedas en lugar de alma.

El último palito crepitó al tocar la brasa, como si aplaudiera su rabia contenida.

Peter asintió despacio.

—Sí, bueno… El problema de los lugares bonitos es que, a veces, están llenos de gente fea por dentro.

Colette no hablaba. Seguía con las rodillas abrazadas, la mirada fija en el fuego como si buscara algo dentro de él. Rufus la observó un momento, queriendo decirle algo, cualquier cosa, pero el peso de las palabras no encontradas lo dejó quieto. La conocía demasiado bien y sabía que era mejor dejarla pensar. Era demasiado inteligente como para intentar consolarla sin que se diera cuenta, y ella sabía que él estaba allí cuando lo necesitase.

—¿En qué piensas, Rufus? —preguntó Mira, sin mirarlo, como si lo sintiera.

Él sacudió la cabeza, con una sonrisa breve, seca.

—En que… a veces el lugar más seguro no es donde hay paredes, ni cerraduras, ni estufas encendidas. —Miró hacia el cielo, donde las estrellas asomaban entre jirones de humo—. A veces es donde puedes sentarte junto a otros y no sentir que tienes que esconder quién eres.

Peter soltó un bufido fingido.

—Dioses, Rufus, eso sonó como algo que un poeta viejo escribiría en una taberna barata.

Rufus negó con la cabeza, sonriendo también, aceptando el golpe como se acepta la picadura de un mosquito en verano: molesto, pero inevitable.

—Algún día pagarás por todas tus bromas —le dijo, fingiendo gravedad.

Peter hizo una reverencia teatral desde donde estaba sentado.

—Que sea en sopa, y que esté caliente. Algún día tendré dinero para pagarte la comida en el lugar más selecto de esta mugre de ciudad, amigo.

Corven seguía tocando su duduk.

—¿Sabes qué? —dijo Colette, con la cabeza ladeada como si escuchara un secreto en la noche—. Dudo que en ninguno de esos tugurios por donde pasamos tuvieran música como esta. Y no lo digo solo por el duduk.

Se abrazó a sí misma, como si el frío tuviera menos que ver con el clima que con la memoria.

—Sé que venimos de un pueblo perdido, que no tenemos joyas ni apellido con historia… pero nunca me sentí pobre hasta ahora. Aquí la gente parece desayunar oro en vez de pan. Nos ven llegar y ya saben que no somos de aquí. Nos huelen. Como perros finos en una fiesta de barro. No sé si es la ropa o si llevamos escrita en la frente la palabra “paleto”.

Peter alzó una ceja, sin molestarse en girar la cabeza.

—No es la ropa, Colette. Es el brillo en los ojos. La gente de aquí lo perdió hace generaciones y ahora les arde cuando lo ven en otros. Y sí, tal vez parecemos paletos… pero por lo menos no tenemos que fingir que nos gusta el caviar de mierda que desayunan.

Se inclinó hacia el fuego y murmuró, casi para sí:

—Prefiero oler a campo antes que a podrido con perfume caro.

La noche ya no era fría. O, al menos, no de la misma forma. El calor del fuego, del pan recién abierto, de las risas que no se pedían permiso para salir… Todo eso formaba un abrigo distinto. Uno que no se medía en tela, sino en silencio compartido y cucharas llenas.

Rufus masticaba una sopa densa, picante, donde las especias se mezclaban con un sabor que no podía nombrar. Era sencilla y, sin embargo… sentía que lo alimentaba de una forma más honda.

Peter se levantó y se apoyó contra una rueda de carro, fingiendo indiferencia. Hasta que una niña pequeña comenzó a lanzarle piedritas. No con fuerza. Solo con curiosidad. A la tercera, él respondió lanzando una flor seca que encontró en el suelo. La niña chilló, encantada. Peter terminó sonriendo, aunque intentó ocultarlo bajo la capucha.

Un niño de cabello oscuro se acercó a Rufus con un instrumento rudimentario entre las manos. Era una especie de cítara pequeña, hecha con madera encorvada y cuerdas desparejas.

—¿Quieres? —le preguntó, en una lengua extraña.

Pero Rufus lo entendió.

No con la mente.

Con algo más.

Tomó el instrumento. Probó una nota.

Luego otra.

—Así no —dijo el niño, riendo.

Y le mostró cómo se tocaba. Rufus repitió el gesto. Algo imperfecto… pero puro. Como si ya lo hubiera hecho antes, en otro lugar.

El niño asintió. Y luego, con un gesto cómplice, corrió hacia uno de los músicos.

—¡Déjale una flauta! —gritó Sarya, con esa mezcla de burla y desafío que usaba para poner a prueba a los suyos—. Dice que sabe tocar. Vamos a ver si es verdad.

Uno de los hombres, ancho como un roble y con la barba trenzada como los viejos guerreros de las leyendas, resopló. Al principio parecía que iba a reírse… pero no lo hizo. Se limitó a desenrollar con lentitud un estuche de cuero desgastado, y se lo tendió.

—Toca —ordenó, intentando ocultar una sonrisa.

Peter miró a los zíngaros. Sospechó que solo le ofrecían la flauta para burlarse de su amigo. Nadie tocaba mejor que ellos. Y, desde luego, no un muchacho de granja llegado de Eldermere.

Rufus dudó.

Había querido tocar desde que dejaron Eldermere. Desde antes, incluso. La flauta le quemaba el bolsillo como si supiera que su momento había llegado.

Sacó la suya.

Respiró hondo.

El mundo se volvió tenue a su alrededor. Como si el fuego ya no calentara. Como si los murmullos fueran ecos de un lugar muy lejano.

Y entonces sopló.

La primera nota fue frágil. Un hilo de aliento que pareció no tener destino.

Pero la segunda… la segunda resonó como si el tiempo se hubiera detenido a escucharla.

La tercera no fue una nota: fue una cicatriz que se abría. Un rastro que hablaba en un idioma que no se aprende, porque solo se recuerda.

La música no venía de Rufus.

Venía a través de él.

Como si los bosques antiguos, la lluvia sobre los tejados rotos y los cantos de los que ya no estaban encontraran en su pecho una última morada.

Los zíngaros, que al principio observaban con media sonrisa torcida —esa que se guarda para los ingenuos—, comenzaron a girar la cabeza. Uno dejó de tallar madera. Otra bajó el cuenco que lavaba. Los niños, que jugaban entre sombras, se detuvieron uno a uno como hojas cayendo en un estanque. Algunos de otras fogatas empezaron a acercarse.

Y luego apareció el perro.

Delgado, ceniciento, con un ojo blanco y otro dorado. Caminó hasta él en línea recta, como si lo hubieran llamado desde un lugar más profundo que el mundo. No ladró. No gimió. Se sentó frente a Rufus y lo observó, inmóvil, con la solemnidad de un testigo ancestral.

—Kern… —susurró una anciana encapuchada, con la voz como pergamino que se rompe—. El que escucha la música de los espíritus.

Rufus siguió tocando.

La melodía ya no hablaba de él. Hablaba de los que vinieron antes. De los que se perdieron en la nieve y cantaron para no olvidar sus nombres. De una cuna vacía. De un río que recordaba.

Y, cuando la última nota cayó como una hoja que no quiere tocar el suelo, nadie se movió.

Nadie respiró.

Porque el silencio que vino después no era ausencia.

Era eco.

Los demás no aplaudieron. Ni una sola palma se alzó en gratitud.

Uno a uno, los rostros se inclinaron levemente. Algunos bajaron la mirada. Otros entrecerraron los ojos como si quisieran memorizar ese instante para siempre. Un par de ancianos se santiguaron en silencio, pero no con gestos religiosos comunes: lo hicieron como lo hacían los antiguos, tocando la frente, el pecho y el suelo, como si reconocieran que la música no había salido de un niño… sino de un lugar más hondo.

Una mujer de rostro curtido y ojos vidriosos se cubrió la boca con la mano. No lloraba, pero su expresión decía que había escuchado el nombre de alguien a quien había olvidado querer.

Y el perro —el extraño perro de ojos dispares— se levantó, dio una vuelta lenta alrededor de Rufus y se tumbó junto a él. Como si hubiera encontrado lo que llevaba buscando toda la vida.

Sarya, la misma que antes había gritado con ironía, bajó la cabeza. Su tono ya no tenía burla, solo respeto.

—No sabíamos lo que estábamos pidiendo —dijo en voz baja.

Porque la música que habían desafiado a tocar… los había tocado a ellos.

El hombre de la barba trenzada fue el primero en reaccionar. Se puso en pie, con los ojos clavados en el chico como si viera algo que no quería creer.

—Eso… eso no se aprende —dijo con voz baja, casi temerosa—. Esa música viene de más atrás que nosotros. Lleva generaciones esperando una boca que la sople. ¿Quién es tu madre, muchacho? ¿Acaso… acaso es zíngara? ¿O es algo más viejo aún?

Pero Rufus no respondió. Solo bajó la flauta.

—Mi madre vive en Eldermere —dijo Rufus, enrojecido de vergüenza.

—Si alguna vez te cansas de ser agricultor, tienes un sitio entre nosotros, muchacho —le dijo finalmente, dándole una palmada en el hombro.

Él se quedó callado. No estaba acostumbrado a que todos lo miraran. No solo lo miraban con respeto; muchos de ellos mostraban curiosidad, como si no entendieran muy bien cómo aquel adolescente podía tocar con esa intensidad y belleza.

Sarya seguía a su lado, inmóvil, con las manos aún apretadas sobre las rodillas. Miraba la flauta como si fuera un cuchillo recién desenfundado. O una verdad que no había pedido.

—Yo… solo quería oír si sabías tocar —murmuró—. Pensé que te ibas a equivocar, que harías reír a mis amigos.

Lo miró, esta vez sin arrogancia, sin escudo.