Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) Donde el fuego no juzga #2
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Donde el fuego no juzga #2

Y Rufus… Rufus sintió que no eran tan desconocidos después de todo.

El campamento no era grande, pero parecía extenderse más allá de lo visible. Como si las sombras entre las tiendas tejidas y los carros de madera ocultaran habitaciones invisibles. Había faroles colgados de cuerdas, hojas secas pisadas como alfombra y brasas que crepitaban en media docena de fogatas desperdigadas, como islas flotando en la noche.

Ninguna tienda era igual a otra. Algunas estaban hechas con lonas de colores desteñidos por el viento. Otras eran simplemente mantas sujetas con cuerdas y ramas. Todo parecía improvisado, pero tenía la armonía de lo que ha sido repetido durante siglos.

El humo olía a resina, a especias tostadas y a madera que alguna vez fue abeto. No olía a miseria.

Olía a historia.

La mujer hizo un gesto con la mano. Uno de los niños zíngaros corrió y despejó un sitio junto a una de las fogatas más pequeñas. Extendió una manta sobre la tierra y colocó un cuenco de barro junto a una jarra humeante.

—Podéis sentaros allí. Compartid lo que tengáis. Y tomad lo que necesitéis.

Peter se inclinó en señal de respeto. Mira dio las gracias en voz baja. Colette solo asintió.

Rufus fue el último en acercarse al fuego.

Se sentó despacio. Como si temiera quebrar el silencio.

La madera chispeó.

El calor del círculo comenzó a llegarles al rostro.

A su alrededor, en mantas, cajas bajas y bancos improvisados, una quincena de personas los observaba con la quietud de quienes saben esperar sin ansiedad.

—No todos hablan vuestra lengua, pero todos entienden la hospitalidad —dijo ella con voz firme, aunque suave.

Luego, uno por uno, les fue presentando a quienes compartían aquel círculo de brasas y silencio.

—Ese de allí es Corven. El de los ojos como carbón mojado. Toca el duduk como si cada nota fuera una despedida.

Corven asintió con gravedad. Tenía los dedos manchados de hollín y un instrumento de madera curvada apoyado en el regazo.

—Ella es Thaira, mi hermana. No habla desde que su marido murió en un naufragio, pero, cuando ríe, lo hace con todo el cuerpo.

Thaira levantó una mano en saludo. Tenía una trenza gruesa sobre el hombro y una sonrisa escondida detrás de los ojos.

—Ese niño que no para quieto es Lenzo. Come más que cualquiera y dice que un día encontrará un dragón dormido bajo la ciudad.

El niño, en efecto, no se quedó quieto. Correteaba con una cuerda y dos piedras, intentando hacerlas girar como si fueran una honda.

—Matys y Renna, los mellizos de la suerte. Si uno te desea buen viaje, el otro siempre sabe cuándo regresarás.

Los dos jóvenes inclinaron la cabeza al unísono, como reflejos. Tenían los cabellos iguales, la postura igual, pero uno sonreía mientras el otro parecía estar siempre escuchando algo que nadie más oía.

—Baska, la que cose hasta en sueños. Si tuvieras algo roto, ya estaría remendado.

Una mujer de manos grandes y expresión cansada levantó una aguja en saludo.

—Y el que os recibió es el viejo Domer. No necesita nombre, porque su voz ya es leyenda. Dicen que la montaña más vieja aún recuerda su canto. Es uno de los más viejos del grupo y el más sabio. Es mi abuelo.

El anciano alzó la barbilla mientras los miraba desde detrás. No dijo nada. Solo siguió mirando a Rufus.

—Yo soy Sarya. Nací con luna nueva y ceniza en el paladar. Y esta noche… —los miró con una sonrisa que no era burlona, sino abierta— os regalo sitio, fuego… y sopa de patata con menta y comino. Porque ninguna historia empieza con el estómago vacío.

Se hizo un silencio reverente, como si alguien acabara de cerrar una puerta muy antigua.

Luego Lenzo rompió el momento con una carcajada, y Thaira se la contagió. Corven empezó a afinar su duduk. El fuego crepitó como si aprobara la escena.

Rufus fue el primero en entender lo que se esperaba de ellos.

Mientras Sarya servía la sopa humeante en cuencos de madera, él se puso en pie, se acercó a su mochila y la abrió con movimientos tranquilos, casi ceremoniosos. Sacó un paquete envuelto en paño gris y lo desplegó sobre una losa junto al fuego. Dentro había lo poco que habían traído del viaje: un pan oscuro y crujiente, unos trozos de queso ya un poco sudado, tres manzanas pequeñas y una bolsita con frutos secos.

Peter se unió enseguida, sacando un panecillo con pasas que había comprado horas antes. Mira encontró un puñado de cerezas en el fondo de su mochila. Galen, que no había dicho palabra desde que salieron del último hostal, ofreció un frasco de miel y una navaja pequeña. Colette, en silencio, colocó con cuidado un trozo de pastel envuelto en cera. Lo había traído por si tenían ocasión de celebrar algo.

Sarya los observó con aprobación. No era caridad: era equilibrio. Como debía ser.

Los niños zíngaros se acercaron poco a poco, movidos por la curiosidad más que por el hambre, y pronto el aire se llenó del aroma de pan caliente, especias y sopa sencilla, espesa y aromática, con un toque de comino que se agarraba al paladar.

Entonces, sin que nadie se lo pidiera, Corven levantó su duduk. Lo sostuvo como si fuera algo vivo, algo a lo que había que despertar con suavidad.

Y tocó.

La música no era alegre.

Tampoco triste.

Era… hondamente humana. Como el recuerdo de una voz querida. Como un río que alguna vez rozó la infancia.

Y entonces el anciano Domer se acercó más al grupo.

Se movía despacio, como si el cuerpo ya no pudiera seguir el ritmo de su alma. Llevaba una manta oscura sobre los hombros y un bastón tallado con figuras de luna y raíces. Nadie lo llamó. Nadie lo detuvo. Simplemente caminó hasta el fuego donde estaban Rufus y sus amigos, y se sentó junto a ellos.

No habló de inmediato.

Solo se quedó allí, mirando las llamas, escuchando el duduk, mientras sus manos arrugadas se calentaban al calor común.

Rufus sintió que había algo en aquel silencio que no debía romperse aún. Así que se limitó a mirar al anciano de reojo, y luego de nuevo al fuego.

Domer le habló.

—¿Sabes por qué mucha gente no quiere a los zíngaros?

Rufus se limitó a encoger los hombros.

—Muchos piensan que no trabajamos, que robamos, que no somos de fiar. Pero nosotros nos ganamos la vida tan honradamente como un médico o un herrero. Hacemos que la gente olvide sus problemas por un tiempo. Cantamos. Tocamos música. Recitamos poemas. Representamos obras. Amaestramos animales. Llevamos noticias de un pueblo a otro. Y, a veces, cuando alguien tiene frío y nadie le abre la puerta, le damos un sitio junto al fuego.

Pero les damos miedo porque nunca paramos más de dos semanas en ninguna ciudad. Nuestra vida está en el camino, y nuestro techo siempre son las estrellas.

—Y ¿sabes por qué los zíngaros somos los mejores músicos?

—¿Porque aprendéis la música al mismo tiempo que a caminar? —contestó Rufus.

—Así es, muchacho. Porque llevamos la música en la sangre.

Después Domer se volvió hacia Galen.

—Él es tu hermano, ¿verdad?

Rufus asintió.

—Os parecéis algo, pero sois muy distintos. Él es inteligente, pero tú has heredado algo que hacía muchos años que no veía.

Domer giró un poco su bastón entre los dedos nudosos, como si ordenara pensamientos invisibles.

—No es solo la música, muchacho. Se nota que los dos trabajáis la tierra, pero él tiene manos de agricultor y tú de músico —dijo al fin, con una voz que parecía arrastrar siglos—. Pero no es eso. Es la manera en que escuchas el mundo.

Rufus frunció el ceño, confundido.

—¿Cómo escucho el mundo?

El anciano sonrió, y las arrugas de su rostro parecieron profundizarse como ríos secos.

—Los demás oyen el viento. Tú escuchas lo que susurra. Los demás ven el lago. Tú ves lo que duerme bajo su piel. No es algo que pueda enseñarse… Ni siquiera puede aprenderse. Se nace con ello. O no se nace.

Rufus bajó la mirada. El calor del fuego le lamía las palmas, pero sentía un escalofrío en la espalda.

—¿Y eso… es bueno? —preguntó, en voz baja.

Domer soltó una risa breve, casi sin sonido.

—Bueno o malo… —dijo, encogiéndose de hombros—. Solo sé que trae caminos largos. Caminos que pocos entienden. Caminos que a veces pesan más que el propio andar. Tu vida no será como la de tu hermano, ni como la de la mayoría de nosotros.

Se inclinó entonces, bajando aún más la voz, para que solo Rufus pudiera oírlo:

—Ten cuidado con lo que despiertes, hijo de las dos sangres.

Rufus alzó la cabeza de golpe. Pero Domer ya se había incorporado, despacio, como un roble que se despide del viento. Sin explicar nada más, caminó de regreso hacia otro fuego, donde los suyos reían y el duduk seguía llorando melodías viejas.

Rufus habría querido preguntarle qué significaban aquellas palabras sobre las dos sangres. ¿Sabía algo sobre Sylvae? ¿Sobre ellos?

Pero comprendía que no era ni el momento ni el lugar. Y, además, en los ojos del anciano había algo más que sabiduría: había pena. Una tristeza antigua, como la de alguien que carga con verdades que hace mucho dejó de compartir.

Tenía razón, en parte.

Rufus lo sabía.

Desde niño había percibido lo que otros pasaban por alto: el temblor antes de la tormenta, la grieta oculta en el suelo firme, el gesto que anticipa la mentira o el dolor.

Veía.

Y, a veces, sin saber cómo, preveía.

No le gustaba hablar de ello.

Ni siquiera consigo mismo.

Pero lo cierto era que, con solo mirar a alguien, a veces era capaz de oír lo que el alma gritaba en silencio.

Era un don que no había pedido.

Y una maldición que nunca terminó de entender.

Peter fue el primero en romper el silencio, tirando un trozo de pan duro al aire para que un perro famélico lo atrapara al vuelo. Lo llevaba en el bolso como última opción y estaba demasiado duro como para compartirlo con un ser humano.

—Bueno —dijo, limpiándose las migas de las manos—, si alguna vez me pierdo, quiero que me encuentren estos tipos. Seguro que cocinan mejor que en cualquier cuchitril de Brandelor, y eso que ahí te deben de cobrar hasta por respirar.

Mira sonrió, acurrucada junto al fuego, con las piernas cruzadas y una manta vieja sobre los hombros.