Donde el fuego no juzga
La noche había caído por completo, y Brandelor lucía sus luces como un árbol de invierno demasiado viejo para celebrar algo. Las farolas, altas y delgadas, escupían una luz pálida y azulada que no calentaba. El viento era fino, como un hilo de aguja helada, y se colaba por los cuellos, por los puños, por los silencios.
El grupo caminaba en fila, sin hablar. Solo el ruido de sus pasos —unos más arrastrados que otros— marcaba el compás de su decepción.
Galen fue el primero en empujar la puerta de una posada. Tenía nombre dorado, farol de cobre y un felpudo limpio. Un hombre con mostacho perfectamente recortado salió al mostrador, les echó un vistazo… y negó con la cabeza antes siquiera de escuchar la pregunta.
—Todo reservado —dijo, y se dio la vuelta.
En la siguiente, el precio fue la barrera. Dos drakens por cabeza. Sin comida. Sin baño. Solo paja seca bajo techo y una llave oxidada.
Peter se acercó al mostrador, entrecerrando los ojos como si estuviera en una obra de teatro barata y esperara su línea.
—¿Dos drakens por cabeza? ¿Sin comida, sin baño y con paja? Señora, eso suena a plan de citas tenebroso.
—¿Hay algo más barato? —preguntó Mira.
La mujer del mostrador, rolliza y adornada con anillos, desvió la mirada de sus uñas.
—Más barato, dormid en las alcantarillas.
Peter masculló algo que solo Mira oyó. Colette ni se inmutó. Galen giró sobre los talones y salió sin saludar.
—Bueno, compañeros de miseria, la decisión es vuestra: ¿moho con techo y ruina económica absoluta para el resto del año o estrellas?
—Hace demasiado frío para dormir en la calle —dijo Galen.
En la tercera, el rechazo no fue ni educado.
La posadera, una mujer de mentón afilado y moño tensado como una cuerda de laúd, los miró de arriba abajo. Concretamente a Peter, con su chaqueta sin botones, y a Rufus, con el barro seco aún en las botas.
—Aquí no es sitio para… aldeanos sucios —dijo, arrastrando la última palabra como si masticara una espina.
Galen dio un paso hacia delante.
—Traemos dinero.
—Y eso no los hace huéspedes. Solo los hace… un problema.
Peter soltó una carcajada seca.
—¡Vaya! ¡Qué servicio! Si hubiera un premio a la hostilidad, usted tendría ya una estantería llena de trofeos. Prefiero dormir bajo una carreta antes que respirar el aire de esta pocilga.
—Entonces estáis en la ciudad adecuada —dijo la mujer, ya girándose—. Hay muchas carretas, muchas pocilgas y pocas posadas.
—Perfecto. Además, seguro que allí hay menos pulgas que en sus camas. Y, si esto es una posada, mi casa es el palacio del rey de Mintas.
Salieron. Nadie dijo nada durante un buen tramo.
En una esquina donde las calles se cruzaban como dudas, se detuvieron.
Galen se apoyó en una barandilla de hierro forjado, aún tenso por dentro. Mira miraba las luces danzantes de una taberna al otro lado del canal. Peter pateaba una piedrecita de un lado a otro, como si eso contara por avanzar.
—¿No tienes ninguno de esos trucos que te surgen de tiempo en tiempo, Rufus? ¿Una premonición, una idea…? —preguntó Mira.
Rufus no contestó… pero miraba la ciudad como si ella estuviera a punto de mostrarle lo que buscaba, si le hacía la pregunta correcta.
Habían acabado en una plaza lateral, lejos de las avenidas elegantes y de los vendedores nocturnos. Un banco de piedra, una farola que parpadeaba y un silencio pesado como una manta mojada.
Peter fue el primero en dejarse caer, dejando escapar un suspiro más largo que cualquier queja.
—Bueno… al menos no llueve —dijo Mira, forzando una sonrisa.
Nadie le respondió.
El aire no estaba de acuerdo con su optimismo, y unas nubes negras aparecían a lo lejos, ocultando parcialmente la luz de la luna.
Peter, con los brazos cruzados, propuso lo que nadie quería decir en voz alta:
—Podemos dormir bajo alguna cornisa. He visto una al lado de la tienda de especias… Tiene techo y huele a hinojo.
—Dormir al raso en Brandelor. Qué romántico —masculló Galen. Su voz estaba seca. Como el barro cuando ya no puede moldearse—. Solo me faltaba que Elyse pasase y nos viese durmiendo ahí.
Rufus no decía nada. Miraba a su hermano, con los hombros vencidos y la mandíbula apretada. Galen no lloraba. No era ese tipo de tristeza. Era otra peor: la que se te mete en las costillas y te hace dudar si el amor que pensabas haber recibido era amor… o solo ilusión.
Además, para Galen, la pobreza era una maldición que le quitaba el sueño cada noche. Se avergonzaba de su familia cuando estaba con Elyse y, en el fondo de su ser, maldecía esa pobreza porque la alejaba de ella.
Sin embargo, para Rufus, sus padres le habían dado el regalo más grande: una forma de mirar el mundo sin poseerlo. En su miseria, él consideraba que eran príncipes. Cuando nació, dormían todos juntos en una misma cama, pero el mundo les pertenecía. La pobreza le había enseñado que uno podía ser rico sin tener casi nada, porque, cuando perteneces al mundo, el mundo te pertenece. Su padre no sabía leer ni escribir, pero le enseñó que, incluso en la carencia, se puede vivir con belleza y dignidad.
Por un momento, pensó en hablarle a Galen. Pero no encontró palabras que no sonaran huecas.
Entonces algo cambió.
Se levantó. No dijo nada. Solo entrecerró los ojos y miró hacia el final de la calle, más allá del anillo de casas altas. Donde las sombras eran más largas y la ciudad comenzaba a olvidarse de sí misma.
Allí, en una curva, vio una luz.
No era luz de farola ni de casa rica. Era una luz naranja, viva. Una llama que bailaba con el viento, acompañada por otras, más pequeñas. Como si alguien hubiera encendido un puñado de estrellas en medio de la mugre.
Caminó hacia allí. Pasó bajo una arcada, sorteó dos carros abandonados y una vieja puerta que olía a moho.
Y entonces lo vio.
Un campamento. Un círculo de hogueras encendidas en un claro de adoquines agrietados. Hombres y mujeres de rostro curtido, ropas amplias, voces roncas que cantaban y reían al mismo tiempo. Cocinaban algo en una olla enorme. El olor era fuerte, terroso, pero cálido.
Había niños que correteaban descalzos entre sombras, y viejos que tocaban instrumentos que Rufus no conocía. Instrumentos hechos de cuerdas que no eran cuerdas, de cajas que no eran madera. Uno de ellos sacaba un sonido grave, como si la tierra misma estuviera contando una historia.
Rufus se quedó un momento mirando. Como quien duda si debe entrar en un sueño.
Y entonces volvió.
Regresó al grupo con paso lento, pero seguro.
—Quizá… —dijo, al llegar—. Quizá ellos nos dejen dormir allí esta noche.
Galen lo miró como si no entendiera.
—¿Quiénes?
Rufus señaló con la barbilla hacia el resplandor lejano.
—Zíngaros. Hay un campamento. No parecen peligrosos.
Peter frunció el ceño.
—¿Zíngaros? ¿Y si nos despertamos sin botas y con las mochilas vacías?
—¿Y si nos despiertan con una canción? —replicó Rufus, sin levantar la voz—. ¿De verdad crees que aún se nos puede robar algo? Debemos de haber marcado un hito en la ciudad como los más pobres que pasaron nunca por aquí.
Nadie dijo nada al instante.
Colette fue la primera en levantarse. No miró a nadie.
—Yo prefiero fuego… aunque no sea mío.
Mira la siguió sin dudar. Peter resopló, resignado. Galen se frotó la cara como quien se arranca una duda. Y finalmente se levantó también.
Caminaron hacia el fuego.
El grupo avanzó en silencio.
Al borde del campamento, uno de los ancianos los vio. Se alzó desde su banco bajo una lona desgastada. Sus ojos eran como carbones apagados que aún recordaban el fuego.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó.
Su voz no era agresiva. Era como la madera: firme, pero ya sin filo.
Antes de que ninguno de los otros pudiera hablar, Rufus dio un paso al frente. No porque se sintiera valiente, sino porque sintió que debía hacerlo.
—No queremos caridad —dijo—. Solo compartir el fuego. Y tierra suficiente para soñar sin que nadie nos mire mal. No tenemos dónde dormir y la noche es fría. Podemos pagar algo, y yo puedo tocar la flauta.
El anciano entrecerró los ojos.
Fue entonces cuando una mujer joven se levantó desde otra hoguera. Tenía el cabello rubio, tostado por el sol y recogido en una trenza gruesa, que contrastaba con sus ojos como lunas nuevas. Lo observó con atención… y lo reconoció.
—Ese chico… —murmuró a alguien junto a ella, sin decir por qué.
Luego se acercó lentamente.
—Yo os he visto antes.
—Tal vez en el mercado —dijo Mira, apresuradamente.
Pero la mujer no les respondía a ellos. Solo miraba a Rufus.
—¿Qué buscáis en una noche así?
—A una amiga —respondió Galen, con la voz ya más firme—. Vino a esta ciudad hace días. No la hemos encontrado. Y los hostales… bueno, no son para nosotros. Se nos van de nuestro presupuesto. Podemos juntar cuatro drakens entre todos.
El anciano asintió despacio. Sus ojos aún estaban fijos en Rufus.
—¿Y tú?
—¿Yo? —preguntó el chico.
—Sí. Tú. ¿Qué es lo que has perdido? ¿De verdad tocas la flauta? ¿Qué más sabes hacer?
—También sé contar historias.
El anciano esperó. Luego asintió, como si la respuesta hubiera estado allí todo el tiempo.
—Aquí nadie cobra por compartir fuego y cama con aquellos que están en peor situación que nosotros. Porque, a veces, la riqueza está en el pan que sobra, y el alma de uno se mide por lo que ofrece al que llega sin nombre, no por lo que tiene escondido bajo la cama.
Peter susurró algo que nadie entendió del todo, pero el anciano sonrió sin dientes. Una sonrisa que no necesitaba más adornos que la leña ardiendo.
—Si sabéis escuchar —dijo la mujer—, esta noche aprenderéis algo más que a entrar en calor. Y tú… —añadió, señalando a Rufus— tendrás la oportunidad de tocar la flauta y contar una historia. Pero debes saber que los zíngaros somos maestros en eso. Prepárate para hacerlo bien si quieres sorprendernos.
Galen agradeció el ofrecimiento con una inclinación. Mira sonrió. Colette aún no decía nada, pero sus ojos se posaron en la música que emergía del rincón más alejado: un hombre con un violín curvo tocaba una melodía que parecía haber nacido en la sangre.