Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) Sombras y Ecos en Brandelor #4
71%

Sombras y Ecos en Brandelor #4

—Quizá quiera, pero no esta noche. Buenas noches, caballero.

Y la puerta se cerró con un clic seco.

Durante unos segundos nadie dijo nada. El silencio se alzó como un muro entre ellos.

—¿Y ahora qué? —preguntó Peter al fin.

Galen seguía mirando la puerta como si aún pudiera atravesarla con solo desearlo lo suficiente. Tenía el puño apretado en el bolsillo donde guardaba la flor.

—No voy a irme —dijo por fin, con la voz baja, áspera—. Si tengo que pasar la noche en esta maldita acera, lo haré. Mañana volveré a llamar. Y, si vuelven a decirme que no está, entraré igual.

—Hay otras formas de encontrarla —dijo Mira, que lo miraba con ternura, pero también con sensatez.

—¿Qué otras formas?

—Esperar, por ejemplo, a que vuelva a Eldermere —dijo Rufus.

Colette, que había estado callada todo el tiempo, se sentó en el borde de una fuente cercana, con la capa recogida entre los brazos. No miraba a nadie. Solo al suelo.

—Tal vez no sea ella la que está fuera de casa —murmuró—. Tal vez sois vosotros los que no estáis donde deberíais. Este viaje es un disparate tras otro.

Nadie respondió. Porque sabían que, de alguna manera, tenía razón.

Y así esperaron durante más de una hora.

—Vámonos a dormir —dijo Galen, después de un largo silencio. Se frotaba los brazos, aunque el frío no era el culpable—. Tenemos que buscar un sitio donde pasar la noche y, si esperamos más, no vamos a encontrar ninguno. Podemos volver mañana.

Comenzaron a andar. No sabían a dónde iban, pero estaba claro que en aquel barrio burgués no encontrarían dónde dormir.

Delante iba Peter, siguiendo todo el tiempo la dirección que le marcaba la brújula y planteándose si realmente el cacharro no era tan inútil después de todo.

La ciudad había comenzado a apagarse, pero las luces de algunos establecimientos resistían como pequeñas hogueras contra el frío. En el centro de la plaza, bajo una hilera de faroles que ardían con llama azulada —no mágica, pero casi—, un restaurante mantenía sus ventanas iluminadas con un resplandor dorado. El tipo de luz que hace que todo parezca más cálido desde fuera. Más feliz.

Siguieron andando, preguntando dónde había posadas baratas.

Fue entonces cuando Peter se detuvo.

No por cansancio, sino porque algo en su mirada había cambiado.

La brújula señalaba hacia el restaurante.

—Galen…

—¿Qué?

—No mires rápido, disimula... Mira… allí.

El grupo giró la cabeza hacia el ventanal del local. Dentro, entre reflejos y cristal empañado por el calor, se veía a Elyse. Estaba sentada frente a un muchacho elegante. No había beso ni manos entrelazadas, pero sí sonrisas. De esas que se quedan un segundo más en el rostro. Él dijo algo. Elyse rio. Y su mano —ligera, delicada— tocó la muñeca del joven.

La reacción de Galen fue lenta, como si le hubieran golpeado el estómago sin que el dolor llegara del todo.

—No puede ser —murmuró.

—No saques conclusiones, Galen —dijo Mira rápidamente. Su voz era suave, pero firme—. No sabemos quién es ese chico.

—¿Y qué importa? Mírala. Ella no me ha sonreído así en semanas. Quizá nunca. ¿Ves cómo le mira y le toca?

—Podría ser alguien de su familia —aventuró Rufus, incómodo, sabiendo que no estaba ayudando—. O un amigo. Un vecino.

—¿Un vecino que la mira como si fuera la única hoguera en mitad del invierno? —La voz de Galen se quebró sin romperse—. Yo he puesto esa cara.

Rufus no dijo nada más. Solo observó. El rostro de Elyse, los gestos, el modo en que ella inclinaba la cabeza hacia él. Era como ver una canción escrita en otro idioma: no sabías leerla, pero el tono te lo decía todo.

Colette, a unos pasos, no miraba la escena. Solo a Galen. Y, aunque no dijo nada, había en su mirada una comprensión silenciosa. Como si entendiera, desde un rincón amargo, lo que era no sentirse elegida.

—Galen… —dijo Rufus al fin, muy bajo—. No lo sabes todo. Ni ella te lo ha contado todo. Pero eso no significa que no te quiera. Puede que simplemente… no sepa cómo decirlo. No sabemos quién es ese chico. Podemos ir ahora mismo y puedes decirle algo, o podemos volver a casa. Tú decides.

—¿Decir qué? ¿Que me ha olvidado? ¿Que ha vuelto a su mundo de ciudad y se ha dado cuenta de que no encajo? —dijo con un hilo de risa amarga—. ¿O que yo era su forma de rebelarse un rato, hasta que su padre eligiera a alguien como él?

Los demás callaron. En la plaza, una campana marcó la hora. O quizá no fue una campana. Quizá fue el eco de algo más antiguo que vivía bajo las piedras de Brandelor. Algo que sabía reconocer los corazones heridos.

—Vamos —dijo Mira, rozando el brazo de Galen—. No tenemos por qué quedarnos aquí.

Galen asintió, pero no por convicción. Era un movimiento automático. El cuerpo seguía adelante cuando el alma se había quedado mirando por una ventana.

Caminaron en silencio.

Y Rufus, sin saber por qué, sintió que Colette se alejaba de él con cada paso, aunque caminara a su lado. Tal vez porque ella también se había visto reflejada en aquella escena: alguien relegado, alguien convertido en segundo lugar dentro de un juego que nadie quiere perder.