Sombras y Ecos en Brandelor #3
—Y tú… tú no lo llevas en el bolsillo, muchacho. Lo llevas en la sangre.
Fue entonces cuando una mano se cerró sobre su brazo.
—Rufus —dijo Peter, en voz baja pero urgente—. Ya está bien. Vamos.
Rufus no se movió.
—¿No lo has oído? —susurró, sin mirarlo—. Él sabe cosas. Cosas que no ha podido inventarse. La mujer del carruaje, en el trayecto a Brandelor…
—Sabe vender, que no es lo mismo —gruñó Peter—. Es un mercachifle con buena voz y demasiada imaginación. Y tú estás demasiado cansado para darte cuenta.
El viejo tras el puesto soltó una risa breve.
—No lo estoy inventando —dijo, sin dejar de mirar a Rufus—. Solo repito lo que otros olvidaron.
Peter dio un paso entre ellos, interponiéndose.
—Mire, señor. No queremos problemas. Y mi amigo tiene tendencia a… complicarse. Así que vamos a seguir nuestro camino.
—Nadie se complica por mirar un pañuelo —replicó el hombre, casi con ternura—. Solo se complican… los que recuerdan. Y tu amigo está recordando. Ya no hay vuelta atrás…
—Vamos.
Peter tiró de él esta vez, con más fuerza.
—Mira está buscando a Colette, y Galen puede haberse metido ya en líos. No podemos quedarnos aquí.
Rufus dejó que lo alejara, aunque sus pasos se resistían. Miró una vez más por encima del hombro. El puesto parecía más oscuro de lo que recordaba. Como si ya no estuviera del todo allí. Como si nunca hubiera estado.
—¿Rufus? —preguntó Peter, cuando ya se habían alejado unos metros.
—¿Qué?
—¿Estás bien?
Rufus tardó en responder. Luego asintió con un movimiento que no convenció ni a Peter ni a sí mismo.
—Sí… Solo que a veces no sé si las cosas extrañas me están buscando o si soy yo quien empieza a verlas más a menudo.
Peter no dijo nada. Pero apretó el paso, como si quisiera poner tierra de por medio entre ellos y aquel puesto. Como si lo que oliera en el aire no fuera incienso ni polvo… sino peligro.
—Allí están Mira y Colette.
Colette iba junto a Mira. Estaban junto a una mesa de madera cubierta por un paño azul. Sobre él había unas pocas piezas bien dispuestas: anillos con piedras lechosas, péndulos de metal sin sombra… y un relicario.
Era pequeño, redondo, de cristal fino. Dentro flotaba una flor. No estaba marchita ni muerta. Sencillamente suspendida. La misma flor que ellos habían cortado del Árbol de las Promesas. Pero no estaba como la suya: seca y quebradiza. Esta tenía el tono leve del amanecer, y las venas de sus pétalos parecían todavía cantar.
Al mirarla, Colette sintió frío. No el de la noche, sino otro más profundo, como si viera una versión de sí misma que nunca llegó a ser.
—¿De dónde la has sacado? —preguntó Colette a la vendedora, una mujer de ojos demasiado claros para la oscuridad que los rodeaba.
Ella la miró. No con sorpresa, sino con una especie de reconocimiento que dolía.
—Es una flor del Árbol de las Promesas. No todas las flores florecen en nuestro mundo —dijo—. Algunas pertenecen al otro. Y, aun así, alguien las arranca.
—¿Qué significa?
—Significa que hay cosas que deberían haber sido y no fueron. Pero algunas no desaparecen. Solo… esperan. Como las promesas rotas. Esa flor es el recuerdo de una historia de amor que no fue, pero que está esperando a ser.
—¿Por qué sabes que no fue?
Colette tocó el relicario. El cristal estaba helado.
Galen llegó en aquel instante.
—Nos vamos. ¿Os sobra el dinero para gastarlo en baratijas?
No esperó respuesta. Dio media vuelta con la determinación de quien no quiere ser cuestionado, y sus pasos se alejaron entre la multitud del mercado.
Colette retiró la mano del relicario, como si el frío del cristal se le hubiera metido bajo la piel. Mira le rozó el brazo, leve, como diciendo “vamos” sin decirlo.
Rufus echó una última mirada al puesto, al relicario… y a la vendedora. Ella ya no los miraba. Ahora parecía ocupar su tiempo con un hombre anciano que preguntaba por un anillo de cobre.
—Ese era… el mismo tipo de flor del Árbol de las Promesas, ¿verdad? —preguntó Peter.
Rufus asintió, y los cinco comenzaron a caminar, saliendo del mercado, que se disolvía en sombras y neblina, como si nunca hubiera estado allí.
—¿Cuánto dura sin marchitarse?
Mira se encogió de hombros.
—Mi hermana aún tiene la suya, tan fresca como el primer día.
Peter frunció el ceño. En su mano seguía aferrado a la brújula.
—No me hace gracia que estemos dando vueltas como tontos por esta ciudad. ¿Seguimos buscando? —dijo Galen—. ¿Por qué sigues esa brújula en lugar de preguntar?
—La compré en el mercado. Indica dónde están mis problemas.
—No necesitas ninguna brújula para buscar tus problemas —dijo su amigo—. Tienes un instinto natural para encontrarlos.
La ciudad volvía a estirarse delante de ellos: torres como espinas, ventanas con reflejos de lámparas lejanas, calles empedradas que susurraban nombres de otros que ya pasaron.
Peter miró la brújula. La aguja no marcaba el norte, pero sí algo: giró suavemente, apuntando en dirección a una avenida más amplia, donde las casas tenían cúpulas de cobre y balcones enrejados.
—Disculpe, ¿la calle Laelith… sabe dónde está? —preguntó Galen a una mujer que pasaba.
—Por allí —dijo ella, señalando a la misma avenida que marcaba la brújula.
—Este cacharro no falla —dijo Peter para sí mismo, sorprendido de que girase justo en la dirección que estaban buscando.
Y caminaron.
En silencio.
Mira susurraba algo a Galen. Él asentía sin oírla realmente. Estaba demasiado ocupado imaginando el rostro de Elyse, el momento, las palabras que había escrito y que quizá olvidaría pronunciar.
Y así siguieron el rumbo que indicaban los viandantes a los que preguntaban y la brújula de Peter.
Un objeto viejo, torcido, casi roto.
Pero que seguía apuntando, inquebrantable, hacia lo que todavía no había sido encontrado. En cada calle y en cada esquina, las indicaciones de la gente coincidían con la dirección que marcaba el objeto.
La casa de los padres de Elyse se alzaba en medio de una hilera de viviendas antiguas, todas con ventanas de cristal caro, verjas de hierro trabajado y portales que olían a madera encerada. Una casa que no decía “hogar”, sino “estatus”. Una de esas que no se construyen para vivir, sino para ser vistas desde lejos.
La brújula marcaba la puerta como el presagio de que algo no iba a salir bien.
Galen subió los tres escalones de la entrada sin dudarlo. Llamó. Una vez. Luego otra, más fuerte.
Pasaron unos segundos. Después se abrió la puerta.
La mujer que apareció llevaba el cabello recogido en un moño perfecto y una lámpara en la mano. Vestía de manera sobria, pero su postura —y su mirada— hacían el trabajo de un uniforme. Era la clase de criada que no solo servía, sino que juzgaba.
Los miró a todos de arriba abajo. Y, cuando vio las botas polvorientas, los abrigos gastados, las mejillas todavía rojas del viento del camino, su expresión se endureció aún más.
—¿Sí?
—Buscamos a Elyse —dijo Galen. Su voz era firme, pero no desafiante.
—La señorita Elyse no se encuentra en casa.
La criada dejó que el silencio se alargara y luego añadió con una sonrisa:
—Y, en cualquier caso, no recibe visitas no anunciadas. Especialmente a estas horas.
La puerta comenzó a cerrarse.
—¡Un momento!
Galen dio un paso al frente.
—Soy su novio. Ella querrá verme.
La mujer se detuvo, pero no cambió el gesto.