Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) Sombras y Ecos en Brandelor #2
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Sombras y Ecos en Brandelor #2

—Sabes, Rufus, todo es temporal y pasajero excepto la forma en que hacemos sentir a los demás. Y tú me haces sentir querida y protegida. Gracias por estar ahí siempre que te necesito.

Después volvió a caminar, aún agarrada a su brazo, sin decir nada.

Y él la dejó caminar pegada a él, sintiendo el calor de su cuerpo a su lado. Había momentos en los que sostener el silencio de alguien… era la única forma de consolarlo y de decirle que era alguien muy importante en su vida.

Y entonces sonó una campana, lejana.

Profunda.

Una nota grave que pareció brotar de lo más hondo de la ciudad.

Peter fue el primero en verlo, en una plaza grande a la que estaban llegando.

—¡No puede ser! La Feria de Medianoche —dijo Mira—. Es el mejor mercado del país. Es muy especial. Elyse me ha hablado de este mercado mil veces.

Nadie sabía muy bien cuándo se instalaba ni quién daba el permiso. Algunos decían que solo aparecía en noches sin luna; otros, que solo venía cuando alguien realmente lo necesitaba.

Pero ahí estaba.

Las luces no eran lámparas. Eran farolillos de aceite flotante, colgados de cuerdas. Y las sombras que proyectaban no eran del todo fieles. A veces bailaban antes de que tú te movieras. O se quedaban quietas mientras tú pasabas de largo.

—Dicen que aquí puedes encontrar todo lo que existe en el mundo —susurró Mira, como si temiera que el mercado la escuchara y se ofendiera—. Incluso cosas que ni sabías que existían. O que ya no existen… pero recuerdan haberlo hecho.

Rufus no respondió. Solo alzó la vista. Era cierto: era especial. El aire olía distinto. No a especias ni a comida, sino a memoria. A cosas que habían sido guardadas demasiado tiempo y ahora volvían al mundo a tientas.

—¿Y esto lo hacen cada cuánto? —preguntó Peter. En su voz había una mezcla de duda y asombro que no supo ocultar.

—Unas pocas veces al año —dijo Mira—. Pero nunca las mismas. Aparece como quiere.

—¿Cómo sabes que es el mercado del que te habló Elyse?

—¿Te parece un mercado normal? ¿Ves algo similar a los mercados que has visto antes?

Galen ya se había adelantado, atraído por un puesto donde un hombre vendía cuchillos que, según afirmaba, podían cortar una mentira si se la decía en voz alta.

Mira caminó hacia un puesto cubierto de tela verde musgo, donde se vendían anillos y horquillas.

Colette se quedó un momento junto a Rufus. Miró el mercado como quien ve algo que no se atreve a tocar y luego, sin decir nada, se alejó hacia una hilera de frascos donde flotaban luces pequeñas como lágrimas atrapadas.

Rufus no se movió aún.

Quería observar un poco más. El gentío era más silencioso de lo que uno esperaría en un mercado. Las voces eran suaves, los pasos no hacían eco. Había algo contenido en el aire. Como si todo lo que se ofrecía no fuera solo para ser vendido… sino también para ser entendido.

—Vaya noche extraña… —murmuró Peter desde algún lado.

Y tenía razón.

Porque en un mercado donde se venden cosas que nadie recuerda haber perdido… hay que tener cuidado con lo que uno encuentra.

Peter se acercó al puesto de los objetos delicados. Brújulas, cajas para joyas, plumas, relojes… Cada uno de ellos tenía un letrerito minúsculo escrito en una caligrafía gótica y sospechosamente poética. El vendedor lo saludó con una sonrisa que parecía ensayada en un espejo durante siglos.

—¿Curioso por los caminos ocultos, viajero?

—Curioso por todo lo que no implique perder monedas o enfrentar responsabilidades, amigo mío.

—Eres adolescente. No me digas que ya tienes tantas responsabilidades…

—Los que somos empresarios debemos calcular siempre antes de comprar, y eso conlleva tener en cuenta qué parte se queda nuestro rey.

—¿También eres empresario? —exclamó el vendedor con una carcajada.

Los ojos de Peter se posaron en una brújula pequeña. El estuche era de latón gastado y el cristal estaba levemente empañado, como si hubiese llorado por dentro. En la tapa, grabadas, había unas palabras: «No señala el norte. Señala lo que fuiste. O lo que temes volver a ser».

Peter soltó una risita nerviosa.

—Ay, ay, ay. Este cacharro tiene carisma. Me lo llevo. ¿Cuánto cuesta?

—Este cacharro, como tú dices, es especial. No marca el norte, sino hacia donde no debes ir. Digamos que señala cuáles fueron tus mayores errores pasados… o cuáles pueden ser los futuros.

—¿Señala hacia mis exnovias?

—¿Ya tienes exnovias, muchacho? ¿No eres un poco joven?

—Parezco joven. Es de familia. ¿Cuánto cuesta?

—Diez drakens.

—¿Por una brújula que no funciona? Supongo que también vende mapas inventados a precios desorbitados.

El vendedor se irguió, intentando mantener la compostura.

—Esta brújula señala lo que uno fue… o lo que teme volver a ser y debe evitar. Y sí funciona. Indica a dónde no debes ir.

—¿Y puedo devolverla si no funciona?

—¿Cómo vas a devolver un objeto mágico? Conocer tus errores antes de cometerlos puede hacerte inmensamente rico. No se le puede pedir devolución a un objeto así.

—No lo ha hecho rico a usted. Luego no debe de ser muy efectiva. Le doy dos drakens.

—Ocho drakens, y es mi última oferta. Lo tomas o lo dejas.

Peter arqueó una ceja.

—Ocho drakens por un aparato que solo sirve para recordarte tus fracasos. Interesante concepto de motivación. Usted no vende brújulas… vende culpas enlatadas.

El vendedor se incomodó.

—Es un objeto mágico. Puede ayudarte a evitar errores catastróficos.

—¿Como el suyo al ponerle ese precio? —Peter sonrió con cortesía letal—. Le ofrezco tres drakens y estas dos mazorcas que traigo de Eldermere.

Abrió el bolso que llevaba consigo.

—Así cubre el coste del metal y la vergüenza de intentar estafar a un adolescente pueblerino como yo.

El vendedor dudó.

—Es una pieza única…

—Y, como todas las piezas únicas, tiene valor solo si alguien cree que lo tiene. Yo solo quiero la brújula. No toda la poesía que la rodea.

—Está bien. Tres drakens y las mazorcas. Sabes negociar, chico. ¿Vienes de una familia de vendedores?

—Mi padre tiene una pequeña tienda en Eldermere. Si alguna vez pasa por allí, visítenos.

Peter abrió la brújula y se fue de allí corriendo y contento después de pagar, buscando a Rufus y mirando hacia donde le marcaba el objeto. Lo encontró ensimismado y hablando en un puesto atendido por un anciano.

Rufus lo había visto primero en una esquina, extendido sobre una bandeja de madera entre retales viejos y guantes sin pareja. El tejido era gris pálido, casi blanco, como si el tiempo lo hubiese blanqueado hasta dejarlo sin voz. Y, sin embargo, el bordado resistía. Un ojo cerrado, rodeado por raíces entrelazadas, como si durmiera dentro de un bosque que nadie recordaba.

Rufus sintió cómo se le tensaba el estómago.

Era el mismo símbolo que había visto en el pañuelo que dejó la mujer en la diligencia y que llevaba ahora en el bolsillo. Pero este era más antiguo. Más roto. Como si hubiera sido usado en otro tiempo por alguien que vivió —o aún vivía— con el peso de ese emblema sobre el pecho.

Se inclinó.

—¿Cuánto por esto? —preguntó al hombre tras el puesto, una figura encorvada, envuelta en un abrigo que parecía cosido con restos de retales.

El hombre no lo miró.

—Ese símbolo no se vende —dijo con una voz de papel quebrado—. Solo cambia de dueño cuando alguien está a punto de recordar quién es realmente. ¿Lo has visto antes?

Rufus no supo qué responder.

Pero no necesitó hacerlo.

El hombre empujó el pañuelo hacia él con un dedo.

—Me recuerda a algo que vi una vez. ¿Sabe lo que significa?

—Es el símbolo de los Guardianes. O de las Guardianas.

—¿Guardianes de qué?

El vendedor alzó la mirada por primera vez. Sus ojos eran de un gris verdoso, gastados como piedras de río.

—¿Guardianes de qué? —repitió, casi como si le doliera la pregunta.

Se tomó un instante antes de responder, y, cuando lo hizo, su voz bajó una octava.

—Los Guardianes no cuidaban cosas que pudieras ver. No eran centinelas de puertas ni vigilantes de caminos. Guardaban los bordes. Los límites. Lo que separa un mundo del otro. Lo que mantiene los nombres en su sitio y el olvido donde debe estar.

Rufus frunció el ceño.

—¿Límites?

—Entre lo que puede tocarse… y lo que no. Entre lo que duerme… y lo que, si despierta, no vuelve a ser sueño. —El anciano estiró un dedo nudoso y trazó el borde del símbolo en el aire, sin tocar el pañuelo—. Este emblema no era un aviso. Era un sello. Un recuerdo. Y un juramento sobre algo que debían proteger con su vida.

Rufus no sabía qué decir.

El hombre añadió:

—Cuando lo veas, recuerda que no es casualidad. Nadie tropieza dos veces con un símbolo antiguo como este… sin motivo. Si alguien te lo da, no lo ha hecho al azar. Es para que recuerdes quién eres.

Luego le cerró los dedos alrededor del pañuelo con una lentitud casi ritual.

—Si tienes uno igual, no lo pierdas. A veces, lo único que separa a un muchacho de un destino equivocado… es una memoria bien doblada en el bolsillo.

Rufus se llevó la mano al bolsillo y apretó el pañuelo que tenía allí entre los dedos. Su pulso se aceleraba, pero su voz no tembló.

—¿Cómo sabe que yo llevo un símbolo como este en el bolsillo? ¿Y por qué tiene usted uno… si ha dicho que estos símbolos solo cambian de dueño cuando alguien está a punto de recordar quién es?

El hombre bajó la vista, como si leyera algo escrito sobre la madera del puesto. No sonrió, pero algo en su rostro se suavizó. Cuando habló, su voz fue más lenta.

—Yo también fui niño. También soñé con ojos cerrados y lagos que no eran de agua. También olvidé cosas que no sabía que había sabido. A veces, ese símbolo nos encuentra cuando estamos listos para recordar… pero no todos lo estamos.

Guardó silencio y, después, con una voz más baja, añadió:

—Yo lo llevé mucho tiempo. Lo perdí una noche de invierno, cuando dejé de creer que era posible cambiar el mundo desde sus bordes. Pero volvió a mí. Se quedó sobre esta mesa, esperando… al siguiente.

Rufus no supo si creerle. Pero sabía que no estaba mintiendo.

El hombre se inclinó un poco hacia él.