Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) Sombras y Ecos en Brandelor
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Sombras y Ecos en Brandelor

Brandelor apareció en el horizonte.

Sus torres asomaban como dedos huesudos, arañando el cielo pálido de la tarde, y sus murallas no parecían defenderse del mundo exterior, sino contener algo en su interior. Una ciudad construida no para abrirse, sino para protegerse de los forasteros. Calles empedradas como venas de piedra, por donde corrían carruajes brillantes y risas que no eran del todo alegres.

La diligencia chirrió al cruzar la última curva del camino. Las ruedas golpearon con un ritmo más seco y preciso. Ya no era tierra lo que pisaban, sino algo más firme… y menos indulgente.

Al entrar por la puerta oeste, Rufus notó el cambio. El aire ya no olía a leña y barro, sino a hierro húmedo, a perfume viejo, a comida especiada que uno no podía pagar con una sonrisa. En cada esquina brillaban faroles mágicos: esferas suspendidas que daban luz sin fuego. Había emblemas de casas nobles tallados en piedra y guardias que patrullaban sin mirar, como si nada pudiera sorprenderlos.

Rufus apretó el saquito donde dormía su flauta al bajar del carruaje. El hecho de que hubiera pertenecido a su abuelo y de que Sylvae la hubiera arreglado para él lo tranquilizaba cuando se sentía nervioso. La tela era áspera, y, bajo ella, la curva de la madera era para él un recuerdo de otro mundo, de otro ritmo. Allí, en medio de la ciudad que parecía hecha de reglas que él no conocía, esa flauta era su única brújula.

Sus amigos seguían sin hablar mucho. Ni siquiera Galen, que caminaba con el ceño fruncido y el paso firme. Tenía los hombros tensos, como si toda la ciudad estuviera a punto de cerrarse sobre él. Miraba las calles con ansiedad, buscando el rostro de Elyse entre balcones y faroles. Su determinación era tan visible que incluso los vendedores callejeros dudaban en ofrecerle algo.

Peter se dedicaba a observar y a murmurar cosas al viento que nadie recogía. Mira parecía encantada, tocando telas que colgaban en los puestos, oliendo jabones y comentando lo elegante que era todo, aunque sin esperar respuesta de sus amigos.

Y Colette… Colette iba detrás. No hablaba ni se reía. Solo caminaba con los brazos cruzados y la mirada afilada, como quien ha recibido una herida que aún no ha cicatrizado del todo y no quiere que se note. Cada tanto, miraba a Rufus de reojo, no con rencor, sino con algo más indefinido. Como si aún no hubiese decidido qué sentir.

A él le dolía verla así. Pero no sabía si era tristeza, culpa o ambas cosas entrelazadas.

El sol se escondía entre los techos de cobre. Las sombras se alargaban en los callejones, y Brandelor empezaba a cambiar de cara. Ya no era la ciudad orgullosa de la entrada, sino algo más antiguo, más sigiloso. Como si la noche la hiciera recordar quién había sido en otro tiempo.

Y, en ese momento, mientras atravesaban la plaza de las estatuas, Rufus sintió algo extraño. Era la certeza de que estaban siendo observados. No por alguien en concreto… sino por la ciudad misma. Los ciudadanos eran más ariscos que los de Thanes. Miraban fijamente sin disimular y nunca respondían a un “buenas noches”. Era la ciudad más grande en la que había estado hasta ahora, y eso le hacía echar de menos Eldermere.

—Disculpe, ¿la calle Laelith… sabe dónde está? —preguntó Galen a un hombre que pasaba con paso rápido.

El hombre no se detuvo. No lo miró. Siguió caminando como si las palabras hubieran sido viento.

—¿Laelith? ¿Calle Laelith? —insistió con otra mujer, que empujaba un carrito lleno de naranjas envueltas en papel dorado.

—¿Qué? No sé —respondió, sin frenar ni un instante.

—Vaya modales… —murmuró Peter—. En Eldermere, e incluso en Thanes, siempre alguien te responde, aunque sea para decir que tampoco lo sabe.

—Fantástico —dijo, alzando la voz lo suficiente para que media plaza pudiera oírlo—. ¡Gran hospitalidad! ¿Sabéis qué pasa? Esta ciudad no está llena de gente maleducada. Está llena de idiotas.

Galen miraba alrededor, frustrado. La ciudad, con sus casas altas, parecía estar hecha para ignorar a los que venían de fuera. Gente que no bajaba la voz ni levantaba la mirada. Gente que sabía a dónde iba, aunque eso significara no detenerse nunca.

—¿Y si preguntamos en algún comercio? —sugirió Mira, intentando suavizar el ambiente.

Finalmente, una mujer mayor que salía de una pequeña tienda de velas los miró con un poco más de calma. Llevaba un farol en la mano y el cabello recogido con un lazo que había sido rojo tiempo atrás.

—¿Laelith? Está cerca del templo. El de los pilares azules. Desde aquí, seguid recto por esa avenida hasta la estatua del general Galber; luego girad a la derecha por la calle de los Tintoreros. Os cruzaréis con el olor antes de ver el letrero. Atravesad el barrio y llegaréis al centro. Sabréis que estáis allí por los palacios y las mansiones. ¿Buscáis trabajo en las casas de los ricos?

—Gracias —dijo Galen, sorprendido, pero con un gesto que fue casi una reverencia.

La mujer solo asintió sin comprender.

Galen echó a andar de inmediato, y los demás lo siguieron, aunque con menos prisa. Las luces mágicas parpadeaban sobre las piedras mojadas, y la ciudad entera parecía respirar con un ritmo ajeno a ellos.

—¿Buscar trabajo en las casas de los ricos? ¿De verdad tenemos tanta pinta de miserables?

Y desde atrás, justo cuando el dramatismo quería tomar asiento, habló Peter:

—Bueno, Galen… tú pareces el tipo de persona que no solo limpiaría los aseos de los aristócratas, sino que además está enamorada de uno de ellos. Veamos: ropas gastadas, expresión de haber perdido una apuesta con la vida y esa energía de “me rindo, pero finjo que aún lucho”.

—Gracias, Peter. Ya me dejas más tranquilo.

—No te preocupes, amigo. Si nos contratan, yo me pido ser el mayordomo misterioso que guarda secretos turbios y sirve bebidas con traumas familiares. Y después los vende al mejor postor o hace chantaje.

Galen miró a Mira con cara de “¿ves lo que tengo que soportar?”.

Mira sonrió, pero no dijo nada. Estaba empezando a entender que discutir con Peter era como discutir con el eco: inútil y con riesgo de volverte más tonto.

—Vamos, que, si la dignidad se comprara y vendiera, nosotros seríamos más pobres de lo que ya somos.

Rufus y Mira fueron los únicos en reírse.

—Venga, no exageres, Peter… ¿Tú qué harías si te ofrecieran trabajo ahí? —preguntó Rufus, con curiosidad real.

—¿Yo? Fácil. Me infiltraría como tutor de esgrima de algún niñato aristócrata. Le enseñaría a blandir la espada mientras le meto ideas peligrosas en la cabeza. Para el tercer día ya estaría garabateando proclamas contra el rey en las cortinas de terciopelo.

Galen soltó un bufido.

—Estás loco.

Mira apretó el paso. Peter también. Galen murmuró algo sobre arrepentirse de cada decisión tomada desde que se había levantado esa mañana.

Rufus, sin embargo, se giró con una carcajada.

—¿Puedes callarte un segundo?

—¿Un segundo? Claro. Cronométralo. Uno. ¿Ves? Nuevo récord del reino.

Colette no pudo evitar reírse bajito.

—No le des cuerda —advirtió Galen.

—¿Cuerda? Peter se da cuerda solo. No sé qué desayuna por la mañana.

En un cruce de calles, Colette se detuvo. Mira y Peter ya iban adelante.

Solo Rufus quedó a su lado.

—Creo que ya estás más animada. Peter es un poco cansino, pero es difícil no reírse con él.

Ella lo miró más tranquila por primera vez desde la mañana.

—¿Cómo te sientes? —preguntó él.

—No sabía que dolía más cuando te salvan… que cuando caes. Así me siento.

—Lo siento, pero ¿no me dirás que preferirías que no te hubiera ayudado?

—No. Quiero decir que me has salvado la vida y aún no te he dado las gracias.

Colette dudó, pero finalmente se cogió del brazo de Rufus.

—Esa es una deuda que no es fácil de saldar. Muchas gracias por arriesgar la vida por mí. Nadie lo habría hecho. Solo tú.

El silencio que siguió no fue vacío. Estuvo lleno de todo lo que Rufus no supo decir.

Las palabras se le formaban en la garganta, pero no salían. Porque ¿cómo se responde a eso? ¿Con una disculpa? ¿Con gratitud? ¿Con vergüenza?

—Colette… —empezó a decir.

Rufus bajó la mirada, incómodo con el peso del agradecimiento.

—No tenías que agradecerme nada —dijo, casi en un murmullo.

Colette rio muy suave.

—¿Y qué hago entonces?

Él se encogió de hombros.

—No lo sé… No me lo enseñaron en mi familia. Las cosas se hacen por aquellos que te importan. No hace falta que te den las gracias, porque lo haces por aquellos que lo merecen. Creo que no hace falta agradecerlo. Uno sabe cuándo algo fue de verdad y cuándo el otro lo valora.

Hizo una pausa.

—Y tú no necesitabas decir nada. Con estar bien, aquí, con nosotros… bastaba. Tú también habrías arriesgado la vida por mí. Igual ni siquiera lo sabes, pero yo lo sé, y eso es lo que cuenta.

Colette se quedó en silencio. Sus dedos seguían agarrados al brazo de Rufus, pero sin tensión. Como si se le hubiera olvidado soltarlo.

—¿Y tú? —preguntó entonces, muy bajo—. ¿Estás bien?

—No del todo. Pero infinitamente mejor que si te hubiera perdido.

La frase salió sin adornos, como una piedra lanzada al agua sin querer ver el eco que provoca.

Colette se detuvo, obligándolo a hacer lo mismo. El cruce de calles estaba vacío. Solo una farola vieja crepitaba con luz naranja sobre sus cabezas.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó—. Podrías haber muerto. Nadie te lo habría reprochado si no te hubieras atrevido.

Rufus pensó en mentir. Pensó en decir que fue un impulso, que no lo pensó. Pero, al mirarla, no pudo.

—Porque eras tú. Y porque hay cosas que uno no calcula. Solo las hace.

—Eres idiota —dijo ella, y su voz tembló justo al final.

Rufus sonrió, pero no contestó.

Después de un momento, fue ella quien rompió el silencio:

—¿Crees que el árbol tenía razón?

—¿Qué parte?

—La flor. Que no me correspondía.

—No lo sé. Pero creo que, a veces… las flores también se equivocan.

O quizá no se equivocan, pero no lo dicen todo. No son oráculos. Solo pétalos.

Ella sonrió y no pudo evitar abrazarlo.