El Camino #2
La mujer lo tomó, lo giró entre los dedos. Lo acercó a la luz como si leyera algo en el metal. Luego lo dejó caer en una cajita de madera sin decir palabra. Después miró profundamente a Rufus.
—Subid antes de que cambie de idea.
Nadie lo agradeció en voz alta, pero todos lo sintieron.
Antes de que subieran al carro, la mujer lo llamó.
—¿Cómo sabías lo del viaje? Lo de mi historia… ¿Lo dijiste por decir?
Rufus se encogió de hombros.
—Sabía que usted fue una vez como nosotros. Y no hace tanto tiempo de ello. Pero es fácil olvidar.
Después entró junto con sus amigos, mientras la mujer recordaba una época de su vida que casi había perdido.
El interior del carro olía a madera vieja, a cuero mojado y a algo más: esa mezcla de incertidumbre y posibilidad que acompaña todo viaje.
—¿A qué vino esa historia? —preguntó Galen—. La de la mujer y su viaje.
—Simplemente lo deduje —respondió Rufus.
Galen lo miró de reojo.
—Pero ¿cómo lo has deducido?
Él se encogió de hombros.
—Solo dije la verdad.
Pero sabía que no era solo eso.
A veces, la verdad tenía un eco. Y ese eco, cuando encontraba la grieta justa, hacía que la piedra se abriera. Desde hacía un tiempo, él tenía presentimientos. Eran solo imágenes, pero la mayoría de las veces traían certezas.
Las ruedas rechinaban con cada curva, como si discutieran con el camino. Rufus se sentó junto a la ventana. Observaba cómo el paisaje iba cambiando de color con la tarde.
A veces campos.
A veces árboles.
Y, a veces, solo cielo, cuando las colinas se abrían en claros como suspiros.
Mira se quedó dormida pronto, con la cabeza apoyada en el hombro de Peter, que no se atrevió a moverse por miedo a despertarla. Tenía una ramita enredada en el cabello, pero parecía tan tranquila que nadie quiso decirle nada.
Galen escribía. Tenía una hoja doblada sobre las rodillas y un trozo de carboncillo. Sus trazos eran lentos, como quien teme que la emoción vaya más rápido que las palabras.
Rufus no quería mirar, pero lo hizo de todos modos. Solo alcanzó a leer una línea, fugaz, cuando el viento le levantó un borde del papel:
«No sabía si llevar flores o palabras, así que escribo esto por si no sé qué decirte cuando te vea».
No preguntó ni comentó. Solo bajó la mirada.
Colette iba sentada al otro lado. Miraba por la ventana con los brazos cruzados. Parecía despierta, pero su expresión era de quien ha viajado muy lejos sin moverse del sitio. Rufus quiso hablarle. Quiso decirle algo tonto. Algo como “¿te acuerdas del queso que trajo Peter?” o “esa cabra de tres patas me ha dado pesadillas”.
Pero no dijo nada.
Y ella, como si hubiera sentido la intención, cerró los ojos.
No por sueño, sino como defensa.
Tenía que reflexionar sobre qué había entre él y ella.
Y, en ese momento, la diligencia aminoró la marcha.
La tarde se hacía ya más azul.
Más lenta.
El bosque, a ambos lados del camino, parecía escuchar.
Y entonces Rufus lo vio.
En un claro entre dos colinas, una figura.
Una silueta.
Alta.
Delgada.
No parecía moverse, pero tampoco estaba quieta. Como si la estuvieran soñando.
Un instante después, ya no estaba.
Solo una rama colgaba del árbol más cercano, balanceándose suavemente.
No había viento.
Rufus no dijo nada. Porque no siempre se debe contar lo que se ve entre los árboles.
Apretó su bolso contra el pecho.
La flauta dormía envuelta en él.
El traqueteo de la diligencia se volvió un ritmo hipnótico. Afuera, los campos cambiaban de color con la caída del sol y, dentro del carro, todos guardaban un silencio distinto.
En la tercera parada, justo cuando el cielo comenzaba a oscurecerse y el viento olía a tierra mojada, la puerta de la diligencia se abrió.
Una mujer subió sin ayuda.
Nadie la esperaba.
Era vieja, pero no como lo eran las ancianas de los pueblos, llenas de arrugas y lana. Esta tenía el rostro terso, como tallado en cera antigua, y los ojos… los ojos eran casi blancos, pálidos como la leche.
No pidió permiso ni explicó su presencia. Se sentó junto a Rufus, aunque había dos bancos vacíos. Nadie dijo nada. Era como si el aire mismo se hubiese hecho más espeso.
Al principio no habló. Sus amigos dormían, y él hizo lo mismo, exhausto por la tensión del día.
El traqueteo de la diligencia era constante, como el latido viejo de un corazón de madera. Rufus apoyó la frente contra el cristal. Afuera, el mundo se volvía sombra y, dentro, el cansancio comenzaba a nublarle los ojos.
Poco a poco, sin darse cuenta, se quedó dormido.
Y soñó.
Soñó con el Árbol de las Promesas, pero no era el mismo que habían visitado. Sus ramas estaban desnudas, como brazos arrepentidos. Sus raíces, ennegrecidas, humeaban como si hubieran sido alcanzadas por un fuego invisible.
En medio del claro, la flor que él había guardado —la misma que arrancó sin desear entregársela a nadie— flotaba inmóvil sobre la superficie de un lago helado. No se hundía. No giraba. Solo estaba allí, como si la propia naturaleza no supiera qué hacer con ella.
Una voz surgió, suave y antigua. No sonaba fuera de él, sino dentro. Como una idea recordada desde otra vida.
«Lo que florece con amor, pero contra la naturaleza de sus mundos… no durará».
Y entonces comprendió, y el miedo lo atravesó.
El amor que sentía por Sylvae no era mentira. No era capricho. Pero tampoco pertenecía a un único mundo. Y lo que nace donde dos especies se rozan, donde dos naturalezas se contradicen, está condenado a vivir sin suelo. A desafiar las leyes que nadie escribió… pero que todos deben obedecer.
Se despertó sobresaltado.
La madera crujía como si respondiera a su sueño.
A su lado, sus amigos dormían aún, envueltos en sus pensamientos. La flor seguía guardada en su bolsa, pero, cuando la tocó, la notó diferente.
Estaba más fría que el hielo.
Más que el cristal.
Fría como algo que supo lo que era el calor… y ya no lo espera.
La anciana a su lado lo miraba fijamente y tenía una mano sobre su hombro.
Entonces habló.
Un susurro audible.
—Thalanth nôr síel. Nôrlenna… fáevaran.
Rufus lo entendió.
No con la mente, sino con algo más antiguo.
—Lo que duerme, recuerda. Lo que recuerdas… llama.
Rufus la miró y, por un instante, creyó ver el reflejo del lago en sus ojos. El mismo color que había soñado. La misma voz y la misma lengua que había escuchado en su sueño hacía unos instantes y, una noche, cuando Owen, su compañero de clase, estaba enfermo y susurraba dormido en un idioma que nadie debía conocer.
Aquella noche, su abuelo lo curó.
Y él estuvo allí.
—¿Qué es ese idioma? —preguntó Rufus, con la garganta seca—. ¿Qué significa esa frase?
La mujer no retiró la mano. Sus dedos eran ligeros, pero firmes, como raíces que se agarran a la tierra.
—Ese idioma no tiene nombre que los hombres puedan pronunciar —dijo al fin, con una voz que no parecía la suya, sino más joven, más antigua—. Lo hablaban los primeros que despertaron en la niebla. Antes de que existiera la palabra “hada”. Antes de que la traición tuviera nombre.
Rufus tragó saliva. El frío que sentía no venía del aire.
—¿Y qué significa, señora?
—Significa lo que siempre ha significado. Thalanth nôr síel. Lo que duerme… recuerda. Y, si tú recuerdas, si de verdad recuerdas… fáevaran. Llamas. —Sus ojos, pálidos, destellaron como agua bajo la luna—. Llamas a lo que no debería despertar.
Entonces retiró la mano.
Y, como si el contacto hubiera sido un conjuro, se levantó con más agilidad de la que correspondía a su cuerpo.
—Eso no es fácil de entender, señora. ¿Qué es lo que recuerdo y qué es lo que llamo?
—Dile a ella que el sello se está quebrando. Que Névrandir se agrieta.
Rufus sabía perfectamente a quién se refería.
Sabía a quién debía darle el mensaje.
Y eso lo dejó petrificado.
Cuando quiso reaccionar, la diligencia se había detenido. La mujer se levantó, se apoyó levemente en el marco de la puerta y bajó sin mirar atrás en un cruce polvoriento donde no había casas ni caminos.
Nadie más pareció haber prestado atención.
Solo entonces notó que había dejado algo en el asiento.
Un pañuelo gris, de lino fino y antiguo, con un bordado en hilo plateado. No era un símbolo común. Era un círculo entrelazado con raíces y, dentro del círculo, un ojo abierto.
Lo tomó con unas manos que no sabían si debían temblar.
—¿Qué es eso? —preguntó Mira, medio dormida.
—No lo sé —respondió Rufus.
Pero se guardó el pañuelo.
No por curiosidad.
Sino porque había aprendido a reconocer los objetos que no deben dejarse atrás.