Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) El Camino
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El Camino

El pueblo de Vaelmere los recibió con el murmullo constante de la feria: pregoneros, relinchos, cencerros, olor a cuero viejo y a pan recién hecho. El bullicio los golpeó después del silencio del bosque.

Había toldos de colores tensados entre los árboles, puestos con tarros de miel brillante como ámbar, pasteles de carne tibios, zanahorias del tamaño de un brazo y cuchillos que prometían cortar el viento. Y, sin embargo, ninguno de ellos parecía tener hambre.

Colette iba detrás del grupo. No cojeaba, pero cada paso suyo tenía el peso de algo que no quería recordar. Caminaba con la espalda recta, como si el orgullo pudiera reemplazar el aliento que aún le faltaba.

No siempre es la caída lo que te rompe. A veces es lo que pasa después, cuando nadie sabe qué decirte.

Rufus la miraba a ratos. Se mantenía a unos pasos de distancia. Ni demasiado lejos para parecer indiferente ni demasiado cerca para que ella pudiera apartarlo. Iba contando los pasos sin darse cuenta, como si el suelo pudiera darle respuestas que el silencio de ella le negaba.

Peter intentaba hablar. De cualquier cosa. De todo. Del queso picante de los puestos, de la cabra con tres patas que habían visto en la entrada. Pero nadie recogía sus palabras. Se deshacían en el aire como nieve en primavera.

Caminaba unos pasos por delante, hablando solo. No porque quisiera, sino porque los demás no respondían.

—Sabéis que esto debería ser divertido, ¿no? —dijo con esa energía tibia del que intenta animar a un grupo que ya está medio muerto por dentro—. Una feria, un pueblo al que venimos una vez cada siglo, ganado, polvo, amigos… amigos, en teoría. ¿Dónde está la risa? ¿Dónde están las canciones? ¿Dónde quedó aquello que hacíamos cuando no había otra cosa que hacer más que pasarlo bien sin complicaciones ni drama?

Nadie contestó.

Ni siquiera el eco.

El viento prefirió hacerse el muerto.

—¿Qué tenemos? Silencio. Ni un maldito juego, ni una risa. Ni un alma bailando con la torpeza necesaria como para generar anécdotas vergonzosas.

Así que Peter se encogió de hombros y se metió las manos en los bolsillos.

—Está bien. No pasa nada. Yo seguiré hablando por si a alguien se le ocurre volver al mundo real. A veces pasa. A veces no.

—Estás haciendo monólogos otra vez, Peter —dijo Mira, que era la única que lo escuchaba, mientras se ponía a su lado.

—¡Al fin alguien que respira y vocaliza! Dime que tú también quieres salvar esta fiesta de la depresión masiva.

—Danos un poco de tregua. Seguro que los demás se animan cuando se nos pase el susto del bosque. ¿Y tú? —preguntó ella, cruzándose de brazos—. ¿Tienes un plan o solo estás aquí quejándote en nombre de todos?

—Yo solo quiero un momento bonito. ¿Sabes? Algo de música, quizá una pelea de borrachos con moraleja… Lo básico de cuando venimos a la feria.

—Creo que vas a tener que esperar a la noche para llevarte ese recuerdo.

Y siguieron caminando.

Galen no hablaba en absoluto. Tenía una expresión ausente, como si sus pensamientos caminaran unos metros por delante, en dirección a otra ciudad.

Caminaron en silencio un buen rato, bordeando los puestos de la feria como si fueran extranjeros en su propia tierra.

Peter se giró hacia el grupo, ya sin esperar respuestas, como quien habla con las paredes… pero con menos fe en que lo escuchen.

—¿Sabéis qué? No hace falta que digáis nada. No sea que alguien se rompa el labio intentando sonreír. De verdad, qué ambientazo. He visto funerales con más ritmo. Os lo juro, si esto es la alegría del viaje en grupo, preferiría haberme quedado en casa organizando la leña por tamaño. Al menos allí están mis padres animándome.

Se detuvo un instante y miró a los demás con una seriedad torpe, casi impropia de él.

—Un día os vais a dar cuenta de que el tiempo no perdona, que las ferias no duran y que los amigos tampoco.

Finalmente, llegaron a una plaza lateral. Había un banco de piedra, una fuente que cantaba bajo el sol y sombra suficiente para que pudieran detenerse a pensar qué hacían allí.

Entonces Galen lo dijo. Sin levantar la voz y sin mirarlos siquiera.

—No me voy a quedar aquí. Voy a Brandelor. Voy a llevarle la flor a Elyse antes de que algún burgués bien peinado y con padres ricos se le declare.

El mundo pareció detenerse un segundo.

Mira fue la primera en reaccionar. Una sonrisa amplia le iluminó la cara, como si acabara de escuchar la frase final de una canción bien compuesta.

—¡Eso es amor de verdad! —dijo, como si no cupiera duda.

Peter resopló, sin molestarse en disimular su resignación.

—Sabía que esto iba a pasar… —murmuró, cruzándose de brazos—. Sabía que era mala idea venir con Galen a un lugar de diversión como este si Elyse no venía. Es un calzonazos de categoría.

Colette no dijo nada al principio. Solo bajó la vista al empedrado, como si le costara alzar el rostro. Luego, con una voz baja, casi sin tono, dijo:

—Yo también voy.

Nadie la miró raro.

Nadie preguntó por qué.

Porque, a veces, uno no huye del lugar donde ha estado. Huye del lugar donde ha sentido demasiado.

Rufus sintió que las palabras se formaban en su pecho antes de decidir decirlas.

—Entonces yo voy contigo.

No dijo “con Galen” ni “con vosotros”.

Dijo contigo, refiriéndose a ella.

Colette no respondió, pero Peter, que llevaba toda la tarde leyendo silencios y miradas como si fueran recetas de un pan mal horneado, lo notó: los hombros de ella se aflojaron. Como quien sigue cargando el saco, pero al menos ya no piensa que va a romperse la espalda.

Peter suspiró de nuevo.

—Perfecto. Fabuloso. Porque, claro, ¿qué es una feria anual con juegos, ruido y posibilidad de no pensar durante unas horas, cuando puedes gastarte lo poco que tienes en ir a Brandelor a entregarle una flor a la misma persona que ves todos los días en Eldermere? No tiene sentido. Pero bueno. Ya puestos a vivir con lógica absurda, no deberíamos haber ido a buscar el árbol. Ahora no estaríais así.

Galen alzó una ceja.

—¿Vienes o no?

—Si no voy, acabáis en una zanja, acusados de algo o escribiendo poesía. Así que sí, vengo. Pero que quede claro: lo hago por motivos de supervivencia. No quiero ser el que se queda atrás en una feria, bailando con su sombra y explicando a los vecinos que mis amigos están haciendo el ridículo en otro pueblo. Porque eso me parecería aún más deprimente para el fin de semana.

Y así, uno tras otro, los cinco comenzaron a andar. Dejaron atrás la feria, las voces, la miel y el ruido.

Caminaban hacia la estación de diligencias.

Caminaban hacia otra ciudad.

Pero, más que eso, caminaban hacia lo que aún no sabían que serían.

La estación era poco más que un cobertizo largo, abierto al viento por tres de sus costados. El techo crujía cuando pasaban ráfagas, y los caballos, atados a postes viejos, resoplaban con la paciencia de los que han nacido sabiendo que su destino es siempre tirar de algo.

Las ruedas embarradas de otros carros habían dejado surcos como cicatrices en el barro. La gente iba y venía cargando baúles, sacos y niños somnolientos. Algunos discutían con la mujer que vendía los pasajes, una anciana huesuda con una manta sobre los hombros y manos grandes como palas de panadero. Su voz era firme, su mirada calculadora. No parecía vender viajes, sino veredictos.

Galen se acercó primero.

—¿Una diligencia a Brandelor?

La mujer alzó los ojos sin mover el cuello. Asintió y señaló una tabla clavada en un poste.

—Próxima salida: en cinco minutos. Tres asientos por banco. Dos drakens por cabeza.

—¿Y si es ida y vuelta?

—Cuatro drakens por cabeza.

—Pero no es justo. Debería ser un poco más barato. Además, somos cinco. Solo entre nosotros casi llenamos la diligencia. Y mis compañeros son casi niños. ¿No hay descuento para jóvenes desesperados?

La mujer de la estación tenía el rostro como la madera vieja: curtido por el viento y por los años, inexpresivo como una piedra tallada a martillo.

—Vamos, señora. Cinco pasajeros de una vez, eso no le pasa todos los días —dijo Galen, con esa media sonrisa suya que solía abrir más puertas que una llave maestra—. Además, somos tranquilos. Tres duermen, uno escribe cartas de amor y el último habla.

—Y otro ronca —añadió, intentando introducir humor, señalando a Peter, que gruñó con el ceño fruncido.

La mujer ni parpadeó.

—No hago descuentos por chistes malos ni por viajeros dormidos. Dos drakens por cabeza. Ida. Cuatro, ida y vuelta.

—Pero mire… estamos llenando su carro —insistió Galen—. Es un viaje corto, y le prometo que ninguno canta.

—Los niños ocupan asiento como los adultos —dijo ella, seca como un tronco partido en invierno—. Y sueltan más migas. He visto que lleváis comida en esos bolsos.

Galen bajó los brazos. Dio un paso atrás, derrotado.

Entonces Rufus habló.

No alzó la voz ni cambió el gesto. Solo avanzó un paso, como si el aire lo empujara suavemente.

—No queremos pagar menos —dijo—. Solo lo justo. Lo que le cobraría a alguien como usted, en un día como hoy.

La mujer lo miró por primera vez.

Él continuó:

—Usted sigue siendo joven, casi como nosotros. Pero hace años hizo un viaje. No tenía dinero. Recuerda bien lo difícil que fue. Alguien la ayudó entonces. Y usted no lo ha olvidado.

Su tono no era firme ni suplicante.

Era otra cosa.

Una cuerda afinada en una nota que no se escucha con los oídos.

La mujer le sostuvo la mirada un largo segundo. Luego bajó la vista. Se llevó las manos al regazo y las apretó como si recordara algo que dolía… o que dolía haber olvidado.

—Tres drakens por cabeza —dijo. No como una concesión, sino como quien corrige un error—. Y no más palabras.

Rufus asintió.

No sonrió.

Contaron las monedas entre todos. No alcanzaban. Rufus metió la mano en el bolsillo de su abrigo. No sacó monedas. Sacó un pequeño anillo de cobre, cubierto de tierra reseca. Lo había encontrado meses atrás, cavando entre los surcos de la parcela sur, y lo había guardado por alguna razón que ahora ya no recordaba.

—¿Esto sirve?