El viaje #4
—Colette —dijo Mira, en un susurro lleno de plomo.
Ella ya estaba avanzando hacia el centro del puente. Justo donde Galen se había detenido antes.
Y lo que pasó después ocurrió con la velocidad de las pesadillas.
Primero, el tablón bajo su pie izquierdo crujió.
Después, se hundió con un chasquido seco.
Colette dio un paso hacia atrás.
El tablón trasero también cedió.
Y entonces, por un instante suspendido en el tiempo, ella no estaba ni sobre el puente ni fuera de él. Solo colgaba, con los brazos extendidos, los dedos crispados sobre las cuerdas y las piernas bamboleándose sobre el vacío.
La cuerda que la sostenía estaba dañada y empezó a ceder por el peso concentrado en aquel punto.
Pero resistía.
Por ahora.
—¡Colette! —gritó Galen.
Él fue el primero en moverse. Se lanzó al puente con valentía de hermano mayor, de quien cree que el amor basta para desafiar a la gravedad. Dio dos pasos. Luego tres.
Y entonces una de las cuerdas que sujetaba el pasamanos se soltó, y el puente giró con un chasquido agudo y cruel, como si algo riera entre los árboles.
Galen se detuvo. El miedo lo golpeó en el pecho con una mano helada. Dio un paso atrás. Su respiración se volvió áspera.
—No puedo… Si doy un paso más, se viene abajo…
Colette gritó.
No de pánico.
Sino de rabia.
Una palabra que nadie entendió del todo.
Y entonces Rufus se movió.
No corrió.
Caminó con pasos firmes, rápidos.
Como si el viento le hubiera dictado la única solución posible.
—¡Rufus, no! —gritó su hermano—. ¡Se va a romper!
Pero él no respondió. El puente crujía bajo sus pies, pero él avanzaba como si no lo oyera. Como si el vacío no existiera.
Colette colgaba ya con una sola mano.
Y justo antes de que la otra cediera, él llegó.
Se arrodilló sobre las tablas que aún quedaban y se estiró.
—Dame la mano.
—¡No puedo!
—¡Claro que puedes! —le rugió, con una voz que no parecía la suya. Era más grave. Más verdadera.
Ella levantó la vista. Sus ojos estaban llenos de furia y de miedo, pero también de algo más antiguo. De orgullo herido. De algo que no quería pedir ayuda, pero que la necesitaba desesperadamente.
Entonces estiró la mano.
Rufus la atrapó con fuerza.
Y tiró.
No fue fácil. El puente tembló bajo ellos. La cuerda gemía. El tablón a su lado se partió por la mitad con un sonido amargo.
Pero él no la soltó. Ni siquiera cuando sintió que la fuerza le fallaba, ni cuando sus pies empezaron a deslizarse hacia el borde.
Con un último esfuerzo, la arrastró hacia él.
Colette cayó sobre los tablones torcidos y se agarró como pudo a las cuerdas que aún seguían intactas. Estaba sin fuerzas, respirando como si acabara de nacer de nuevo.
Rufus seguía de rodillas.
No se movió.
Solo la miró.
Ella giró el rostro, con la frente empapada de sudor y los labios temblorosos.
No dijo nada.
Solo le sostuvo la mirada.
Y respiró.
—Hay que salir antes de que el resto del puente ceda —dijo Rufus, con las manos agarradas al único pasamanos que no estaba roto. Su voz era más baja de lo habitual, como si no quisiera romper del todo aquel momento de reconciliación… pero supiera que ya no tenían tiempo.
Colette asintió, aún sin palabras, tragando saliva con dificultad. Sus dedos seguían temblando y sus brazos parecían de papel mojado. Pero se incorporó, despacio, con cuidado.
—Tenemos que separarnos —añadió Rufus, señalando con la cabeza hacia las cuerdas—. Si caminamos juntos, el peso puede tirar más del puente.
Ella dudó. Por un instante, pareció querer quedarse a su lado, no por miedo… sino por algo menos lógico. Pero luego miró el tablón astillado junto a sus pies y asintió otra vez.
—Tú primero —susurró.
Rufus negó con la cabeza.
—Tú estás más lejos del principio. Tienes que moverte ya. Yo te sigo.
La chica respiró hondo y, sin más palabras, se incorporó por completo. El puente crujió en protesta, como si recordara que aún no había terminado con ellos. Colette avanzó con pasos lentos, medidos, clavando la mirada en cada tablón antes de pisar.
Rufus la observaba sin apartar la vista, como si pudiera sostenerla con los ojos.
Cuando ella estuvo a más de tres metros de distancia, él se levantó y comenzó a seguirla, manteniéndose justo detrás, pero sin acercarse demasiado.
Ni una palabra.
Ni un suspiro de más.
Solo el crujir de la cuerda, el silbido del viento entre los árboles y el sonido de su propia respiración en los oídos.
Una tabla se movió bajo su pie derecho.
Rufus se detuvo.
Esperó.
Contó tres segundos.
Luego avanzó.
Colette llegó primero. Galen la ayudó a salir del último tramo, tirando de su brazo sin decir nada. Ella solo pudo asentir, sin agradecer aún, sin entender del todo lo que acababa de pasar.
Rufus tardó unos segundos más. Pero finalmente llegó también. Salió del puente y puso ambos pies en tierra firme con la gravedad de quien ha cruzado algo más que un precipicio.
Su hermano lo agarró del brazo. Rufus nunca lo había visto tan nervioso en toda su vida. Estaba histérico.
—¡¿Estás bien?!
—Sí —dijo Rufus, sin mirar atrás.
—¡Has estado a punto de morir, idiota!
Después le dio un empujón que lo hizo tambalearse y, acto seguido, lo abrazó.
—¡No te voy a perdonar nunca esto! Joder, ¡la has salvado! Debería haber ido yo a buscarla, pero no me atreví… ¡Es mi culpa!
Él no sabía qué decir, pero sus ojos buscaron a Colette. Ella estaba sentada en una roca, con las piernas temblorosas y la vista fija en el suelo, mientras Mira la abrazaba con lágrimas en los ojos.
Solo cuando él se acercó, ella alzó la mirada.
—Gracias —susurró.
No fue un “gracias” casual ni social.
Fue algo más grave.
Más personal.
Como si acabara de aprender que hay personas que están, incluso cuando no lo entiendes. Colette supo entonces que, quisieran o no quisieran los dos, sus vidas siempre estarían entrelazadas.
Rufus no respondió. Solo se sentó a su lado, dejando que el silencio llenara el espacio entre ellos, y le puso un brazo por encima de los hombros.
Porque a veces, después de una caída, las palabras llegan demasiado tarde.
Y, a veces, no hacen falta.
Galen los observaba en silencio, sin acercarse, intentando calmarse. Unos pasos más atrás, Peter lloraba.
No solo por el miedo.
No solo por el susto.
Lloraba porque sabía cuán cerca habían estado de perderla para siempre… y porque, llegado el momento, ninguno de ellos había sabido qué hacer.