El viaje #3
Se acercó, con esa expresión suya de escepticismo práctico. Tocó una flor y la cortó con rapidez, como quien arranca una venda.
La sostuvo entre sus dedos.
Y la flor… vivió.
No solo vivió. Pareció brillar, como si reconociera algo.
Peter no dijo nada. Solo bajó la vista, sonriendo de medio lado.
Mira le rodeó los hombros con otro abrazo inesperado.
—Sabía que tenías un corazón debajo de esa cara de piedra.
Peter rio. Una sonrisa breve, pero sincera.
Colette se volvió entonces hacia Rufus.
—¿No vas a probar suerte, Rufus? —preguntó, con una voz suave, casi dulce… pero con un filo oculto.
Rufus negó con la cabeza.
—No lo necesito.
Lo dijo rápido.
Demasiado rápido.
—Claro. Tú nunca necesitas nada —replicó ella, cruzando los brazos.
Galen, que observaba desde un lado, le dio un pequeño empujón con el codo.
—Vamos, cobarde. No cuesta nada.
Rufus dudó.
Solo un segundo.
Luego, en silencio, avanzó hacia el árbol.
Eligió una flor al azar. La tomó entre los dedos.
Y la cortó.
La flor no cambió.
Ni se marchitó ni brilló.
Simplemente… siguió viva.
Como si siempre le hubiera pertenecido.
Rufus la miró con emoción. En su mente solo estaba Sylvae.
No dijo nada.
Pero Colette sí.
Sonrió. Una sonrisa contenida, visible. Como quien descubre un secreto que había querido creer durante mucho tiempo.
Entonces fue su turno.
Se acercó al árbol con algo de ceremonia. Como si supiera que cada paso contaba.
Eligió una flor perfecta. Pequeña, blanca, con un borde ligeramente azul en los pétalos.
La cortó.
Ahora estaba segura de que sus sentimientos eran correspondidos y de que la flor no se marchitaría.
Pero, en menos de un segundo… la flor se marchitó entre sus dedos.
Como si algo invisible la hubiese tocado y la hubiese vaciado de vida.
—No puede ser… —musitó.
—A veces pasa —dijo Mira con una sonrisa nerviosa, en voz baja, intentando justificar la situación—. Inténtalo de nuevo.
Colette tragó saliva. Asintió.
Eligió otra flor. Más alta esta vez.
La cortó.
Y otra vez… la flor se marchitó.
Más rápido aún.
Peter dio un paso hacia ella, como para decir algo, pero no supo qué.
Colette alzó la mano, como para detenerlo.
—Solo son flores —intentó decir Mira, en tono conciliador.
—O tal vez —dijo Colette, con la voz rota en una sonrisa amarga— solo soy yo, la única tonta que creyó que esto podía tener algo de realidad detrás.
Miró a Rufus.
Él estaba a unos pasos, con la flor aún en la mano y la mirada baja.
Colette lo miró como si por fin entendiera algo que había intentado negar durante demasiado tiempo.
—No deberías creer en estas tonterías —dijo él, sin levantar la vista.
—Eres el ser más idiota que pisa la tierra —le dijo ella.
No con rabia ni con desprecio.
Con tristeza.
Como quien por fin deja caer una piedra que llevaba demasiado tiempo cargando en el pecho.
Colette bajó la mirada.
Tenía la flor marchita aún entre los dedos, pero no parecía verla.
Los pétalos, que un instante antes eran suaves como el aliento del alba, ahora crujían como papel seco.
Sus labios temblaron. No dijo nada. No tenía que hacerlo, porque casi todos comprendían lo que estaba pasando.
Mira se acercó despacio y la rodeó con los brazos. Un gesto sin explicaciones, sin frases consoladoras. Solo eso: un abrazo.
Colette, rígida al principio, resistió. Como quien ha prometido no llorar. Como quien se ha entrenado para no ceder.
Pero Mira no soltó.
Colette cerró los ojos. Respiró hondo.
Y, aunque las lágrimas no llegaron a caer, su rostro se tensó en ese gesto frágil que viene justo antes del llanto.
—No pasa nada —susurró Mira, muy cerca de su oído—. No significa nada. O tal vez sí, pero no lo que tú crees. El árbol solo habla del futuro cercano; no es una premonición para toda la vida.
Colette no respondió.
Solo se quedó así, dejando que su amiga la sujetara un poco más fuerte.
Como si, por un momento, pudiera sostener también todo lo que dentro de ella quería desmoronarse.
A unos pasos, Rufus no sabía si acercarse o alejarse. Sentía que, sin haber hecho nada, había roto algo entre ellos. Y lo peor era que no sabía cómo arreglarlo.
El árbol seguía allí, impasible.
Y el viento movía las ramas con una indiferencia antigua, como si hubiera visto muchas veces aquel tipo de tristeza… y supiera que también esa, tarde o temprano, pasaría.
Nadie habló al principio.
Solo se escuchaban las hojas y un mirlo lejano que no parecía tener prisa por decir lo que tenía que decir.
Entonces Galen rompió el silencio con suavidad.
—Creo que deberíamos seguir. El sol se nos va a echar encima si queremos llegar a Vaelmere con luz.
Dio un paso, luego otro, hasta ponerse al lado de Colette.
Le pasó el brazo por encima de los hombros, no con picardía, sino con el gesto torpe y honesto de un hermano mayor improvisado.
—Oye… si no estuviera locamente enamorado de Elyse, tendrías que soportarme a mí detrás de ti todo el día.
—¿Eso es un cumplido o una amenaza? —respondió Colette, con una sonrisa débil.
—Una mezcla, como todas las buenas verdades. Eres la chica más lista y más guapa de toda la comarca, y eso no lo digo yo solo.
Ella rio, bajito. No por alegría, sino por gratitud. Como quien encuentra una rama firme en mitad del hielo.
Y luego caminaron.
No rápido.
Pero juntos.
El camino hacia el puente fue escaso en palabras. Mira y Galen iban en primera fila hablando con Colette para animarla.
Rufus sabía que ella estaba enfadada con él, así que iba unos metros detrás de ellos con Peter, manteniendo las distancias.
El sendero empezó a estrecharse, como si el bosque mismo tuviera algo que guardar. La luz se volvió más pálida, filtrada por ramas que entrelazaban sus dedos oscuros sobre sus cabezas.
Peter fue el primero en notar el sonido. No era viento ni agua. Era el susurro de cuerdas tensas, el crujir lento de madera antigua que se movía sin que nadie la tocara.
—Debe de estar cerca —murmuró Mira.
Unos pasos más y salieron del bosque.
El grupo se detuvo sin que nadie lo ordenara.
Frente a ellos, el terreno se abría como una herida: un desfiladero profundo, de paredes musgosas y raíces colgantes, que se perdía entre la niebla. Al otro lado, el bosque continuaba como si nada, verde y apacible, fingiendo que el abismo no existía.
Y, entre un lado y otro, colgado en el aire como una promesa incierta, estaba el puente.
No era ancho. Apenas lo suficiente para una persona. Las tablas de madera estaban negras por la humedad, algunas astilladas, otras inclinadas como dientes rotos. Las cuerdas, tensadas de árbol a árbol, parecían firmes… pero también lo parecen las telarañas.
El puente crujía, incluso en calma.
Movido por el viento o por su propia memoria.
—Ahí está —dijo Mira, con voz baja.
—¿Eso… es seguro? —preguntó Peter, con el ceño fruncido.
—Lo era —respondió Galen con una sonrisa de oreja a oreja—. La última vez que alguien lo cruzó con vida, al menos.
Rufus no dijo nada. Observaba el puente como quien lee una advertencia escrita en otro idioma.
El abismo no tenía fondo visible.
Solo copas de árboles.
Solo la promesa de caída.
Pero, más allá, esperaban las horas ganadas, la feria, la música, las luces. El mundo seguía. Siempre había algo al otro lado.
Y el puente, temblando en su propio silencio, los desafiaba a creer que podrían cruzarlo sin que nada cambiara.
Galen fue el primero en aventurarse. Con su andar despreocupado de siempre, puso un pie en la primera tabla del puente, que crujió bajo su peso como si despertara de un sueño largo y mal dormido.
—No suena muy amistoso —murmuró, aunque no retrocedió.
Dio unos pasos más, presionando las tablas antes de apoyar todo el peso en ellas. La cuerda se tensó, gimiendo como un animal viejo. Entonces, al llegar cerca de la mitad del puente, una tabla cedió levemente. No llegó a romperse, pero se hundió con un crujido que pareció más cercano al hueso que a la madera.
Su instinto de supervivencia se activó.
Se detuvo, con el cuerpo rígido, y su respiración quedó suspendida durante un segundo largo.
—¿Cuándo fue la última vez que pasaste por aquí, Mira? —preguntó sin girar la cabeza.
—Hará cinco años —respondió ella, sin demasiada seguridad en la voz—. Las tablas ya estaban mal entonces, pero ninguna se rompió.
Él dio un paso más, esquivando la tabla peligrosa. Pero, justo al apoyar el pie, sintió el mismo hundimiento bajo él, como si el puente se quejara.
Se quedó allí un momento.
Luego, con la misma lentitud con la que uno se retira de una promesa peligrosa, empezó a andar hacia atrás, midiendo cada paso.
—Quizá no sea mala idea volver al camino —dijo al llegar al borde.
—¿Y perder las dos horas del atajo más casi una hora de vuelta? —protestó Colette, cruzada de brazos.
—Lo prefiero a perder la vida —replicó él—. Yo no paso.
—Se supone que eres el mayor del grupo. ¿Cómo te puede dar miedo pasar? —dijo Mira.
—Precisamente porque soy el mayor propongo dar la vuelta. No es que lo vea inseguro; es que me da la sensación de que ninguno de nosotros va a llegar al otro lado.
Rufus se había mantenido callado. Observaba el puente, pero también a Colette, que no dejaba de mirar al otro lado, como si la feria estuviera allí, flotando en el aire, llamándola.
—Mi hermano tiene razón. Mejor perder tres horas que perder la vida.
Esa fue la frase que lanzó a Colette. Estaba enfadada con él por lo que había pasado, así que fue su manera de mostrarle su rabia.
—No está tan mal —dijo ella, de pronto.
Su tono tenía filo.
Y la historia estaba a punto de torcerse.
No dijo nada más. Dio un paso. Luego otro. El crujido del puente acompañaba su avance como una música vieja, una que hablaba de madera podrida y promesas flojas. No se giró ni miró a nadie. Era, en ese momento, orgullo en estado puro. Un fuego helado que no necesitaba razón ni sentido.
Rufus frunció el ceño, pero no habló. Sabía que, si lo hacía, solo la animaría más a cruzar. Apretó los puños, como si las palabras que no decía pudieran contenerla mejor que las cuerdas del puente.