Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) El viaje #2
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El viaje #2

—Es tan cierto como que algún día todos moriremos —dijo con una sonrisa que no se parecía a ninguna sonrisa suya habitual—. Yo estuve allí hace años con mi hermana… y con la amiga de mi hermana. Todo ocurrió tal y como se dice. Mi hermana fue con su novio, y unos meses más tarde se casaron. La amiga cortó una flor, pero se marchitó antes de llegar al claro. Y unas semanas después, su chico ya estaba besando a otra.

—¿No te ha contado eso tu madre? Lo del árbol… —preguntó Colette, arqueando una ceja.

—Mi madre no es de Eldermere. Se mudó aquí con mi abuelo antes de conocer a mi padre. Venían de Belmara, creo. Dejaron la ciudad cuando mi abuela murió.

—Eso lo explica —asintió Colette, tocándose el pelo con un gesto pensativo—. Por eso no conoces una de nuestras tradiciones más antiguas. No hace falta que te lo diga, Galen: Elyse está esperando que le lleves una de esas flores. Es una señal de compromiso.

—¿Tú crees?

—No. No lo creo —dijo Colette, con calma—. Estoy segura. ¿De qué cosas crees que hablamos las chicas cuando no estáis vosotros cerca?

Galen se pasó la mano por el pelo como si tratara de despeinar sus propias dudas.

—¿Y por qué no me ha dicho nada?

—Porque eres un zoquete —respondió ella con una dulzura cortante—. Ninguna chica pide esas cosas al chico que le gusta. Espera que él las haga. ¿Qué hay de romántico en pedir un regalo? ¿Una prueba de amor? En Eldermere, los hombres han traído esas flores desde siempre. Es el gesto lo que importa. No la flor.

Galen se quedó mudo un instante, como quien descubre que ha vivido con una puerta cerrada en su propia casa.

—¿Y ese árbol está cerca? —preguntó entonces, mirando a Mira con súbita urgencia.

—Depende. Si atajamos por el bosque del este, podríamos ver el claro. El árbol aún debe de estar allí.

—¿Y no nos desviaría mucho?

—En realidad, no. De hecho, acortaríamos un par de horas. Pero tendríamos que seguir por otro camino que pasa por el medio del bosque. Uno que ya no vuelve a cruzar este. Y hay un puente.

—¿Qué tipo de puente? —inquirió Peter, sin disimular su incomodidad.

—Uno de cuerdas.

Peter frunció el ceño.

—¿No sería mejor ir por el camino de siempre?

—Quizá —dijo Mira, encogiéndose de hombros—. Pero entonces perderíamos el árbol y el atajo. Este camino tiene algo especial. Yo lo hice con mi hermana y su novio. Fue precioso.

—Todo lo que tiene historia acaba trayendo problemas —murmuró Rufus.

Colette lo oyó.

Porque Colette siempre lo oía.

Y le lanzó una mirada rápida, afilada, como si quisiera que le doliera.

—Siempre tan prudente, Rufus. Siempre tan sensato. A veces da la sensación de que nunca harías nada solo por belleza. Si alguna vez alguien espera de ti un gesto romántico, más le vale tener paciencia. Mucha.

Rufus no respondió. Miró el camino, las piedras bajo sus botas y el viento entre los árboles. El crujido suave de las ramas.

Pensó —aunque no lo dijo— que no todas las cosas hermosas merecen ser alcanzadas. Que algunas esconden espinas. Que otras, simplemente, no son para uno.

Pero lo cierto era que, a pesar de su sensatez, incluso los más cautos se dejan tentar por las promesas.

Sobre todo cuando vienen de alguien como Sylvae.

Colette llevaba días, quizá semanas, montada en un carrusel de estados de ánimo que él no podía descifrar. Un día era su aliada, su confidente, su risa preferida. Al siguiente, lo atravesaba con frases punzantes que no sabía por qué dolían, pero dolían igual. Era como intentar leer un libro con las páginas desordenadas. Como caminar sobre un lago que no sabía si estaba congelado o a punto de quebrarse.

Y, aun así, seguía contando con ella.

Porque Colette era parte de su mundo desde que el mundo era pequeño.

Y esa clase de cosas… no se dejan atrás tan fácilmente.

—Entonces, si no os importa —dijo Galen mientras ajustaba su bufanda—, atajaremos un par de horas por este sendero. Yo cogeré mi flor y cruzaré los dedos para que no se marchite. Y vosotros podéis hacer lo mismo… si hay alguien a quien regalársela.

Sonrió, no con malicia, sino con ese tipo de sonrisa que lleva un pequeño secreto escondido detrás.

—Además, llegaremos a la feria de Vaelmere dos horas antes. Dos horas extra para merendar más pan de miel, para ver las competiciones de cría o para que Peter intente ganarse unos drakens apostando en las carreras de gallos.

—Eso fue una vez —refunfuñó Peter, con una sonrisa derrotada.

—¿Alguien se opone? —preguntó Galen, dándose media vuelta para continuar.

Nadie respondió. Pero en el silencio hubo muchos tipos de respuestas. Peter se encogió de hombros mientras Mira le echaba un ojo. Colette miró a Rufus de reojo, y luego siguió caminando sin decir palabra. Galen recogió una piedra plana del camino y la lanzó al bosque con la precisión de quien necesita distraer las manos para ordenar lo que siente.

Y Rufus… Rufus solo caminó.

Porque algo en aquel bosque lo llamaba.

Quince minutos después, el sendero de tierra se tornó más estrecho, envuelto en una sombra húmeda que olía a hojas secas y a corteza vieja. Mira fue la primera en detenerse. Había un tronco caído a un lado del camino, cubierto de musgo esmeralda y flores pequeñas que no tenían nombre.

—Aquí es —dijo, señalando un estrecho desvío entre dos olmos.

El aire era más denso allí. Como si el bosque respirara distinto en aquel rincón.

—¿Seguro que quieres llevarnos por ahí? —preguntó Peter.

—No me lo inventé —respondió Mira, cruzando los brazos—. Lo hice hace años con mi hermana, y no nos perdimos. Os lo prometo. El árbol está más adelante, en un claro. Después de eso, solo hay que cruzar un puente viejo y el camino se vuelve a abrir.

—Un puente de cuerdas, ¿no? —murmuró Rufus, sin levantar la voz.

—Sí. ¿Tienes miedo?

Él negó con la cabeza.

No tenía miedo. Pero había aprendido que no todas las cosas que crujían bajo los pies eran ramas secas. Algunas veces eran advertencias.

—Entonces vamos —dijo Colette, adelantándose con paso decidido—. Si las flores de ese árbol son tan mágicas como decís, quiero verlas por mí misma.

Y el grupo se adentró en el bosque, uno tras otro, como si cruzaran sin saberlo el umbral de una historia más antigua que todos ellos.

Tardaron más de lo esperado en encontrar el claro. No porque el sendero fuera difícil, sino porque el bosque parecía resistirse a soltar su secreto. El suelo estaba cubierto de una alfombra de hojas viejas que crujían, como si murmuraran entre sí en voz baja. Las ramas se entrelazaban sobre sus cabezas, dejando pasar la luz en haces delgados, casi líquidos, que caían al suelo como cintas de oro pálido.

Fue Colette quien lo vio primero.

—Ahí está…

Y entonces lo vieron todos.

El claro se abrió como una exhalación entre los árboles, y en el centro, erguido con una dignidad que desmentía su edad, estaba el Árbol de las Promesas.

No era alto ni ancho. No tenía la presencia imponente de los robles ni la solemnidad de los abedules viejos. Pero algo en él obligaba al silencio. Sus ramas se abrían como brazos extendidos hacia el cielo, y, en lugar de hojas, colgaban de ellas pequeñas flores blancas con vetas plateadas. No parecían naturales. Eran suaves como el aliento y tan pálidas que casi brillaban con la luz tenue que se colaba entre las copas.

Cada flor colgaba solitaria en su tallo, como si el árbol no pudiera darse el lujo de ofrecerlas en racimos. Una brisa suave las hacía girar sobre sí mismas, y el sonido que emitían —si se les prestaba atención— no era el de pétalos frotándose, sino algo más cercano a un tintineo lejano. Como si alguien tocara campanas diminutas al otro lado del viento.

—Parece… —dijo Mira, sin saber cómo terminar la frase.

—Parece que está vivo de otra forma —susurró Rufus, como si decirlo en voz alta pudiera romper el hechizo.

Y lo estaba.

No como los árboles comunes.

Aquel árbol no respiraba aire.

Respiraba memoria.

Su corteza no era rugosa, sino lisa como piedra pulida, de un gris perlado que parecía cambiar de tono con la luz. Había símbolos grabados en el tronco —o al menos eso creyeron ver—, pero, cuando parpadeaban, los símbolos ya no estaban.

Colette se acercó primero, despacio. Como si temiera que el suelo se rompiera bajo sus botas. Alargó la mano hacia una de las flores, pero no la arrancó. La tocó con la yema del dedo, y la flor vibró. No como si temiera caer. Como si la estuviera reconociendo.

—Dicen que, si no eres amado de verdad… —murmuró—, la flor se marchita al instante.

Nadie se rio ni la interrumpió.

Porque, en aquel claro, bajo la sombra del árbol, incluso las bromas parecían profanar algo sagrado.

Galen fue el primero. Como siempre.

Arrancó la flor con la facilidad de quien no duda, con esa manera suya de moverse por el mundo como si las puertas siempre fueran a abrirse a su paso.

La sostuvo entre los dedos. Suave, ligera, pálida como un copo de nieve atrapado en primavera. La flor no cambió. No perdió su forma ni su color.

Él sonrió. No con orgullo, sino con simple satisfacción, como quien escucha una canción familiar tocada en el tono justo.

—Bueno… al menos no soy un desgraciado —bromeó, alzándola como si brindara.

Mira fue la siguiente.

Se acercó sin ceremonia y sin temor. Con la calma de quien siempre ha entendido las cosas que otros solo sospechan.

Eligió una flor. No la más bonita, sino la que colgaba más baja, como si la esperara.

La cortó.

La flor tembló entre sus dedos… y luego se quedó tal como estaba. Viva. Íntegra.

Mira sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero contenía más de lo que decía. Dio un paso hacia Peter y, sin decir nada, le pasó el brazo por los hombros.

Un gesto leve. Íntimo. Sincero.

Y él no la apartó, aunque la cara se le puso roja.

—¿Tú no vas a coger una flor? —le preguntó Mira.

Peter encogió los hombros.

—No creo en estas cosas.

—Nadie te está pidiendo que creas —dijo ella, con voz serena—. Solo que tengas el valor de ver qué piensa el árbol de ti.

Peter la miró como si fuera a responder con sarcasmo, pero no lo hizo.