El viaje
El año había pasado con lentitud. Hacía meses que no la veía, y eso lo sumergía en una tristeza de la que solo lograban sacarlo Peter y Colette.
Antes de comenzar el otoño, antes de la reaparición de Sylvae, surgió la oportunidad de hacer algo todos juntos.
El sendero hacia la feria de Vaelmere serpenteaba entre campos bajos y bosques todavía dormidos. El día era fresco, de esos que aún no han decidido si se quedarán en primavera o volverán al abrigo del invierno. La luz se filtraba entre ramas grises y delgadas, y en el aire flotaba ese olor limpio que solo tienen las mañanas en las que todo parece posible.
Galen iba en cabeza, como siempre. Con una rama larga a modo de bastón, el paso saltarín de quien nunca ha sentido verdadero cansancio. Mira caminaba a su lado, con una bufanda hecha trizas anudada al cuello y un panecillo en la mano. Detrás venían Peter, Colette y Rufus, repartiendo silencios cómodos, empujones sin malicia y trozos de queso envueltos en papel aceitado.
Elyse no estaba con ellos. Estaba de viaje con sus padres en Brandelor, una ciudad de torres grises, alta burguesía, nobleza y rumores dorados. Su ausencia se notaba, pero nadie lo decía en voz alta. Era una de esas ausencias que pesan más cuando no se nombran.
Colette, que llevaba el paso justo al lado de Rufus, lo miró con ojos entrecerrados y una media sonrisa.
—¿Echando de menos a Elyse? —dijo, guiñándole un ojo.
Galen no se volvió, pero su voz flotó hacia atrás, ligera como el viento.
—Un poco. Bueno… bastante. Aunque también está bien hacer algo por primera vez en meses sin ella. Y supongo que a ella también le vendrán bien unas vacaciones de mí. —Hizo una pausa teatral—. Espero que lo esté pasando bien.
—Eso lo dices con la boca pequeña —comentó Colette, con ese tono que parecía siempre al borde de la burla y la verdad—. Dicen que en Brandelor hay muchos jóvenes guapos. Y que besan mejor que en ninguna otra ciudad del reino.
—¿Quién lo dice? —preguntó Peter, con los ojos entrecerrados, como si oliera una trampa.
—Todas las chicas que han estado allí —respondió ella, alzando el mentón con falsa dignidad.
—¿Como cuáles? —insistió Peter, ya sonriendo.
—Se dice el pecado, no el pecador.
—Y eso de que besan mejor… ¿también se aplica a las chicas? —intervino Rufus, con la voz serena de quien lanza una piedra al agua solo para ver las ondas.
Colette se giró hacia él, alzando una ceja.
—Pensaba que esos temas no te interesaban, Rufus.
Él sonrió.
—Lo digo por un interés meramente académico.
—¿Académico? ¿Vas a estudiar filología y besos en Brandelor?
—No. Solo es curiosidad científica. Observación pura.
—Pues no —respondió Colette con un brillo pícaro en la mirada—. Los que han estado allí dicen que los chicos son hermosos, atentos y que saben besar como si fueran a morir mañana… pero que las chicas son feas, brutas y no se bañan en meses.
Rufus soltó una carcajada, y en ella se mezclaron la incredulidad y el juego.
—Habría que estudiarlo —dijo—. Ver qué está pasando en esa ciudad para que haya tanta diferencia entre unos y otras.
El grupo estalló en risas. Incluso Mira, que rara vez se reía con fuerza, soltó una carcajada breve.
Pero Galen no reía.
Se había quedado atrás. La rama en la mano ya no era un bastón juguetón, sino algo más cercano a una lanza plantada en el suelo. Cuando por fin habló, lo hizo con esa voz suya que, en lugar de cortar, se deshilacha como tela vieja.
—Vaya —murmuró—. No sabía que había tanta competencia en Brandelor. Elyse siempre me dice que se aburre como una ostra cada vez que la llevan allí con sus padres. Pero creo que a su padre no le gusto.
—¿Por qué piensas eso? —preguntó Peter, sin burlarse esta vez.
Galen encogió los hombros con un gesto que no era del todo casual.
—Pequeños detalles. Cosas que no se dicen, pero se notan. Como que no me saluda cuando me cruzo con él por la calle. Que, cuando voy a buscarla a casa, siempre me dicen que no está… aunque lo esté. Han dejado de comprar verduras en nuestra granja, y no solo eso: han hablado con sus amigos para que tampoco nos compren a nosotros.
Peter soltó una carcajada.
—Vaya. “Pequeños detalles”. Como un elefante corriendo por un campo de amapolas.
—Exacto —dijo él con una sonrisa amarga—. Ese hombre se cree el amo del pueblo.
—Si fuese por dinero, casi lo es —añadió Peter con tono sombrío—. Es el hombre más rico de Eldermere, y no es buena idea tenerlo de enemigo.
—¿Y tus padres qué opinan? —preguntó Colette.
Galen alzó la barbilla con algo parecido al orgullo.
—Mis padres son dinamita. Pobreza con pólvora. Dicen que ni la princesa de Calenhar sería indigna de su hijo.
—Buena respuesta —dijo Mira, con una sonrisa breve—. Nosotros opinamos igual. Elyse parece feliz contigo. No hay ni punto de comparación con cómo estaba cuando salía con aquel engreído de Brandelor.
El silencio cayó como un trapo húmedo sobre el grupo.
—¿Qué? —dijo Galen, frunciendo el ceño—. ¿Estuvo saliendo con un chico de Brandelor?
Colette y Mira se miraron. Demasiado tarde para rectificar.
—Yo… pensaba que había sido su primer novio —añadió él, más sorprendido que molesto.
—Qué ingenuo eres —bufó Colette—. Todos los hombres sois iguales. Pasáis años perdiendo el tiempo entre bromas y barro, y, cuando por fin os fijáis en nosotras, creéis que acabamos de salir de un convento.
—¿Y quién era ese tipo? —preguntó, ahora sí, inquieto.
Mira se encogió de hombros.
—Un señorito de Brandelor. Hijo de un burgués importante. A los padres de Elyse les encantaba. Refinado, educado, de los que besan la mano y nunca pisan el barro.
Galen apretó los labios.
—No lo dudo —dijo con voz baja.
Y, por un momento, el camino pareció más largo, como si las palabras pesaran más que las mochilas. Nadie habló durante un rato, y los árboles alrededor, altos y callados, parecían también haber oído demasiado.
—No tienes que estar así, hermano —dijo Rufus con voz tranquila—. Elyse te quiere. Y eso no cambia solo porque esté en la ciudad.
—No estoy así —replicó Galen, demasiado rápido.
—Sí que lo estás —intervino Colette.
Galen no respondió de inmediato. Pisó una rama que crujió bajo su bota, y el ruido fue tan seco como su silencio.
—Bueno —admitió al fin—. Tal vez un poco. Pero es que… Elyse nunca me habló de ese tipo. Ni una palabra.
—¿Y le habías preguntado? —preguntó Colette con media sonrisa.
Galen soltó aire por la nariz.
—No se pregunta sobre algo que se supone que no existe.
—Bueno, no es tan grave —añadió Mira, encogiéndose de hombros—. Espera a que vuelva. Hablas con ella. Lo solucionáis.
—¿Y si todo este viaje fue una excusa? ¿Y si sus padres la llevaron a Brandelor para volver a ponerla delante de ese imbécil?
—Eso es muy inmaduro —dijo Colette, sin rodeos—. Los padres no deciden de quién se enamoran sus hijas. Ojalá fuera tan simple.
Galen se encogió un poco. No físicamente, sino por dentro, donde se encogen los pensamientos cuando no encuentran suelo firme.
—Ya… pero a veces lo intentan —murmuró—. Estoy seguro de que su padre hará todo lo que pueda para que tenga un novio rico de ciudad en lugar de un paleto pobre de pueblo como yo.
—Los que somos de pueblo no somos paletos —protestó Peter—. Nacer en una ciudad o en un pueblo no marca quién eres.
—Pero nacer pobre sí —dijo Galen, cada vez más enfadado.
—Bueno. Si tanto te preocupa perderla, ¿por qué no das un paso más allá en vuestro compromiso? —propuso Colette.
—¿Te refieres a comprarle un anillo de compromiso? Ya lo he hecho…
—Sí, eso estará bien. Pero en Eldermere hay tradiciones más importantes que esa si te gusta una chica —corrigió ella.
—¿Más importantes que un anillo?
—Pues claro. ¿En qué mundo vives, Galen? El árbol…
—¿Qué árbol…?
—¿Cuál va a ser? ¿No me digas que no sabes lo que dicen del Árbol de las Promesas? —preguntó Colette, sin mirar a nadie en particular.
—¿Qué árbol? —preguntó Rufus, con la boca llena de pan.
—¡El Árbol de las Promesas! —dijeron Colette, Mira y Peter al unísono.
—Yo no creo en eso —dijo Peter, casi disculpándose—. Pero sé que es una tradición.
—¿De qué va eso? —preguntó Galen.
—Cualquiera diría que habéis crecido en la luna en lugar de en nuestro pueblo —dijo Mira—. Es uno que crece en un claro cerca del viejo camino del sur. Florece una vez al año, solo durante unos días. Y dicen que, si alguien encuentra una de sus flores de invierno y se la da a la persona que ama… esa noche, esa persona soñará con él. Es una señal de que están destinados.
—Los árboles no suelen dar flores en invierno. ¿Es un cerezo de invierno o un hamamelis? —preguntó Rufus.
—No. Es un árbol especial. Nadie sabe de qué especie es.
—¿Y la flor dura varios días? —preguntó Galen, interesado.
—Si alguien está enamorado de ti, dura meses en buen estado —apuntó Colette.
Peter rio. De esas risas que uno suelta para llenar el aire, no porque haya encontrado algo gracioso.
—Lo que nunca me han explicado es qué pasa si nadie te ama.
—Entonces la flor se marchita en cuanto la tocas —dijo Colette, tocando una ramita caída como si fuera la flor en cuestión—. Eso dicen, al menos.
—Vamos, Colette. No lo dicen, es una realidad confirmada por generaciones de habitantes de nuestro pueblo y de los pueblos cercanos.
Galen giró la cabeza por encima del hombro.
—¿Eso es cierto?
—Claro que no —respondió Peter con una sonrisa ladeada—. Pero cada primavera los enamorados intentan adivinar su futuro visitando ese árbol.
Mira dio un pequeño salto sobre una raíz sobresaliente y se giró para corregir a Peter con la seguridad de quien ha oído esa historia más veces de las que puede contar.