Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La casa encendida #3
61%

La casa encendida #3

La siguiente frase estaba escrita con letra más grande, como si quien la copió hubiera querido conservar la voz exacta:

—Tu mar nunca calla —le dijo ella—. Yo nací donde el agua es silenciosa y escucha.

Rufus se quedó mirando esas palabras durante largo rato. Definitivamente no era la madre de Sylvae, en el recuerdo que vio, ella parecía enamorada.

Había algo de Sylvae ahí. No en el nombre, no en la historia, quizá ni siquiera en la sangre. Pero sí en la manera de rechazar un mundo entero con una frase hermosa y cruel.

Leyó más.

Njord no comprendió el rechazo. Los dioses comprenden mal aquello que no pueden arrastrar consigo. Confundió silencio con desafío, quietud con desprecio, raíz con prisión.

Así que llamó a la marea.

El mar subió donde no debía subir. Entró por ríos, quebró juncos, cubrió senderos, lamió piedras antiguas y buscó el lago como un amante furioso busca una puerta cerrada.

Rufus apretó los dedos contra la página.

Pero cuando la sal tocó el agua quieta, ocurrió algo que ni siquiera los dioses habían previsto.

El mar perdió la voz.

La casa crujió.

Rufus alzó la cabeza.

Abajo no se oía nada, salvo el murmullo apagado de su padre y el golpe ocasional de algún plato. Volvió al libro.

Durante nueve días no hubo olas en ninguna costa. Las gaviotas volaron sin gritar. Los barcos quedaron inmóviles sobre una piel de agua lisa como vidrio. Los pescadores rezaron. Los reyes ofrecieron oro. Los niños lloraron al ver que el mar ya no respiraba.

Y los dioses se burlaron de Njord, porque nada hiere más a un dios que ser compadecido por otros dioses.

Rufus imaginó un mar entero sin sonido.

No le pareció paz.

Le pareció castigo.

Entonces Njord entendió, aunque tarde, que no podía poseerla sin destruir aquello que decía amar.

Retiró la sal. Dejó volver las olas. Permitió al mar recuperar su hambre.

Pero no renunció.

Rufus pasó la página con cuidado.

La siguiente tenía una mancha oscura cerca del borde, como si alguien hubiera derramado tinta o sangre.

Los textos no concuerdan sobre lo que ocurrió después. Algunos dicen que el hada lo perdonó. Otros, que lo maldijo. Otros, que ambos se encontraron durante una sola noche en un lugar donde ni el mar era mar ni el lago era lago.

De aquella unión nació una hija.

Rufus sintió un golpe seco dentro del pecho.

No fue hecha para un hogar. Fue hecha de dos imposibles: sal y agua dulce, invierno y espuma, memoria y deseo.

El mar la reclamó y no pudo retenerla.

El bosque la llamó y no supo guardarla.

El cielo la miró y no le dio nombre.

Por eso vivió en las orillas.

La vela volvió a temblar.

Rufus no parpadeó.

Hay criaturas que nacen en casas. Hay criaturas que nacen en vientres. Hay criaturas que nacen en juramentos.

Pero los hijos de amores mal resueltos no nacen en un hogar, sino en una frontera.

Rufus leyó esa frase varias veces.

Una frontera.

Lagos helados.

Niebla.

Hielo fino.

Orillas.

Sylvae apareciendo siempre donde el mundo parecía a punto de quebrarse.

A esa hija se le prohibió amar a sangre mortal, pues Njord había aprendido una verdad torcida: que lo breve hiere más a lo eterno que cualquier espada. Y como los dioses rara vez soportan sufrir solos, convierten sus heridas en leyes.

Así fue escrito el primer mandato sobre su descendencia:

Ningún nombre verdadero será entregado a quien deba morir.

Rufus cerró los ojos.

El cuarto pareció inclinarse.

El nombre de Sylvae —el verdadero, el imposible, el que no se atrevía a pensar completo— ardió dentro de él con una dulzura insoportable.

Pues el nombre dado por amor no vuelve intacto a quien lo entrega. Ata. Llama. Abre. Y aun cuando la boca humana calla, el corazón recuerda la pronunciación.

Rufus se levantó tan deprisa que la cama crujió.

Caminó hasta la ventana y la abrió.

El aire frío le golpeó la cara.

Necesitaba respirar.

A lo lejos, más allá de los campos oscuros, el lago no podía verse. Pero Rufus supo dónde estaba. Como se sabe dónde queda una herida bajo la ropa.

Regresó al libro.

La última línea del fragmento estaba escrita aparte, casi como una advertencia añadida por otra mano:

Si alguna vez una hija de agua quieta entrega su nombre, no preguntéis a quién ama, Preguntad qué puerta acaba de abrirse.

Rufus apoyó ambas manos sobre la mesa.

Abajo, la casa seguía viva. Su madre recogía en silencio. Su padre murmuraba algo. Galen se reía con la boca llena, quizá de alguna tontería propia.

Todo parecía igual.

Y, sin embargo, en el corazón de Rufus, algo había cambiado.

No sabía si Sylvae era aquella hija. Algo imposible por su edad, pero ¿quizá una descendiente? ¿Quizá su padre no era literalmente Njord?

No sabía si el libro hablaba de ella, de su sangre, de una antepasada suya o de una mentira antigua repetida tantas veces que había empezado a parecer verdad.

Pero una cosa sí la supo.

Njord no era solo un nombre de canciones viejas.

Y si el dios había convertido una herida en ley, entonces amar a Sylvae no era solo peligroso.

Era desobediencia. ¿Le había hablado de eso Sylvae esos años? Era difícil saberlo.