La casa encendida #2
La llama tembló más de lo normal, como si una corriente invisible hubiera atravesado el cuarto. Rufus miró hacia la ventana. Estaba cerrada.
El libro olía a polvo, humedad y algo más.
Algo parecido al invierno.
Se sentó en la cama y lo abrió.
Las primeras páginas estaban escritas en una caligrafía apretada, inclinada, difícil de seguir. Algunas palabras parecían antiguas; otras habían sido tachadas con tanta fuerza que la tinta había rasgado el papel. Había dibujos en los márgenes: ramas entrelazadas, lunas partidas, manos sin cuerpo, círculos cruzados por líneas que le recordaron al hielo cuando empieza a agrietarse.
Rufus pasó una página.
Luego otra.
Y entonces encontró una frase que le hizo olvidar el frío.
Ningún paso entre mundos permanece cerrado cuando ambos lados recuerdan el mismo nombre.
Leyó la línea una vez.
Dos.
Tres.
Abajo, alguien dejó caer un leño junto al hogar. El golpe sonó lejos, como si viniera de otra casa.
Rufus acercó la vela.
Debajo de aquella frase había una anotación más pequeña, escrita con otra mano.
Tras el quebranto de Thirielle, las Guardianas juraron guardar las orillas, los pozos, los bosques huecos y toda agua capaz de recordar. No por odio a los hombres. Por miedo a lo que los hombres despiertan cuando aman sin medida.
Rufus sintió que la piel de los brazos se le erizaba.
Thirielle.
Había oído ese nombre antes. O quizá no. Quizá solo le parecía haberlo oído en sueños, mezclado con el ruido del agua bajo el hielo. Su abuelo le había dicho que el libro no hablaba de ella pero había referencias.
Pasó la página.
Un dibujo ocupaba casi todo el papel: una mujer de pie entre dos árboles, con los ojos vendados y las manos abiertas hacia dos lados opuestos. A un lado, figuras humanas arrodilladas. Al otro, siluetas altas, luminosas, con rostros sin rasgos.
Entre ambos grupos había una línea de agua.
Y sobre la línea, escrito en tinta gris:
La primera ley: ningún nombre verdadero será entregado a sangre mortal.
Rufus dejó de respirar.
La vela chisporroteó.
Recordó a Sylvae inclinándose hacia él sobre el hielo. Su voz más baja que el viento. La forma en que su nombre —su verdadero nombre, o quizá no el verdadero— había entrado en él como una herida dulce.
Cerró el libro de golpe.
El cuarto quedó en silencio.
Demasiado silencio.
Durante un momento solo oyó su propia respiración.
Luego, desde abajo, la voz de Galen subió por la escalera:
—¡Rufus! ¿Sigues vivo?
Rufus cerró los ojos.
—Sí.
—¡Pues no leas cosas sobre pus y fiebres!
Rufus soltó una risa débil, casi sin aire.
—Buenas noches, Galen.
—¡Buenas noches, raro!
Los pasos de su hermano se alejaron.
Rufus volvió a abrir el libro.
Esta vez con más cuidado.
Como si el papel pudiera sangrar.
La siguiente página estaba casi vacía con un gran dibujo orgánico de flores y ramas. Solo había una frase en el centro.
Los hijos de las fronteras no pertenecen a ningún lado, pero todos los mundos los reclaman.
Rufus se quedó mirando aquellas palabras hasta que la llama empezó a dolerle en los ojos.
Pensó en su madre, abajo.
Pensó en Colette, que siempre parecía esperarlo aunque nunca se lo pidiera.
Pensó en Sylvae, que aparecía con el hielo y desaparecía con la llegada de la primavera.
Durante un rato encontró solo listas de nombres, advertencias repetidas y símbolos que parecían dibujados por alguien que había tenido miedo de levantar la pluma. Hablaban de orillas, de pozos, de árboles huecos, de aguas que no debían ser llamadas dos veces por el mismo nombre.
Pasó una página.
Luego otra.
Y entonces encontró un título escrito con una tinta más clara, casi azulada.
De Njord y aquellas que no fueron esposas
Rufus frunció el ceño.
Conocía ese nombre. No estaba seguro, pero pensaba que era el nombre del padre de Sylvae, o al menos eso le había dicho ella. Con ella cada conversación era un puzle. ¿Lo habría entendido bien? Njord, dios del mar, señor de los vientos favorables, padre de mareas y riquezas. Los pescadores lo invocaban antes de salir. Los viejos lo culpaban cuando las redes volvían vacías. Los niños lo imaginaban alto como un mástil, con barba de espuma y manos capaces de partir barcos.
Pero el libro no hablaba de barcos.
Hablaba de hadas.
Rufus acercó la vela.
No todas las uniones del dios fueron cantadas en salones ni grabadas en piedra. Njord tuvo tratos con reinas de espuma, mujeres de arrecife y criaturas nacidas en aguas que ningún remo había herido. Algunas lo amaron por su poder. Otras por su belleza. Otras no lo amaron en absoluto, y por eso él las recordó más tiempo.
Rufus pasó el dedo bajo la línea siguiente.
Entre todas ellas hubo una que no pertenecía al mar.
La llama de la vela tembló.
Rufus dejó de respirar un instante antes de continuar.
Su nombre fue escrito de varias formas por manos humanas: Lyranna, Isveth, Isvel, Lir-Saen. Ninguna de esas palabras debe tomarse por cierta. Los hombres nombran mal aquello que temen.
Rufus tragó saliva.
Sylvae le había dicho algo parecido una vez. No con esas palabras, pero sí con esa severidad extraña, como si los nombres fueran cuchillos. ¿Sería la madre de Sylvae? Imposible. Ella era una chica joven.
Siguió leyendo.
Era un hada de aguas quietas. No de río, pues el río huye. No de mar, pues el mar devora y devuelve. Ella guardaba lagos inmóviles, estanques dormidos, charcas de bosque donde las estrellas podían verse incluso al mediodía si uno sabía mirar sin pedir nada.
Allí donde ella vivía, el agua no olvidaba. Conservaba rostros, juramentos, canciones, muertes pequeñas, besos negados y promesas que nunca llegaron a florecer.
Rufus sintió un frío lento subirle por los brazos.
Pensó en el lago.
En la oscuridad bajo el hielo.
En Sylvae diciendo que debajo dormían recuerdos, promesas rotas y nombres que no debían decirse.
Njord la vio en una estación sin nombre, cuando los hielos todavía no habían aprendido a romperse bajo el peso de los hombres. Se dice que llegó a ella siguiendo el reflejo de una luna que no estaba en el cielo, sino atrapada en la superficie de un lago.
El dios quedó complacido. Y los dioses, cuando se complacen, suelen creer que han sido elegidos.
Rufus casi sonrió, pero la sonrisa murió enseguida.
Le ofreció palacios de coral donde las lámparas ardían con fuego azul. Le ofreció ballenas blancas que cantarían bajo sus ventanas. Le ofreció tormentas obedientes, barcos cargados de oro, redes siempre llenas, perlas nacidas sin dolor y un trono junto a las mareas.
Ella escuchó todo sin inclinar la cabeza.