La casa encendida
Cuando Rufus llegó a casa, la cena ya estaba servida.
Lo supo antes de abrir la puerta. El olor a cebolla dorada, pan caliente y caldo espeso se escapaba por las rendijas como una mano familiar tirando de él hacia dentro. Durante un instante, con la mano apoyada en el picaporte, casi consiguió creer que aquella era su vida entera: la casa, el humo, las voces, el barro seco en las botas, el hambre simple de quien ha caminado demasiado.
Luego recordó el libro escondido bajo su abrigo.
Y la ilusión se quebró.
Entró despacio.
Su padre estaba sentado a la cabecera de la mesa, partiendo pan con los dedos gruesos. Tenía las mangas arremangadas y el rostro enrojecido por el fuego. Su madre servía el caldo sin mirar a nadie, aunque Rufus sabía que lo había visto entrar desde el primer crujido de la puerta. Elsha no necesitaba levantar los ojos para saber cuándo uno de sus hijos traía frío en los huesos o culpa en el cuello.
Galen ocupaba su sitio habitual, con una rodaja de pan en una mano y la paciencia de un hombre que llevaba esperando lo justo para poder quejarse.
—Mira quién ha decidido honrarnos con su presencia —dijo—. Ayer llegaste ya bien entrada la noche.
Rufus colgó el abrigo junto a la entrada.
—He tardado menos que ayer.
Edric soltó una carcajada que hizo temblar la jarra de la mesa.
—Déjalo sentarse antes de juzgarlo, Galen. Si tu madre no lo ha interrogado, no creo que su hermano deba hacerlo.
—No voy a morir —dijo Rufus.
—Eso dicen todos antes de que tu madre les pregunte dónde han estado.
Elsha dejó el cucharón dentro de la olla y miró por fin a Rufus.
—¿Dónde estuviste anoche?
La risa de Edric se apagó, aunque la sonrisa le quedó rondando en la barba.
Rufus se sentó. No demasiado deprisa ni demasiado despacio. Había aprendido que ambas cosas podían parecer sospechosas.
—En el camino viejo.
—¿Haciendo qué?
—Caminando.
Galen resopló.
—Qué muchacho tan misterioso.
Rufus le lanzó una mirada cansada.
—¿Y tú qué has hecho hoy? ¿Casarte otra vez con Elyse en tu cabeza?
Galen se atragantó con el pan.
Edric golpeó la mesa con una mano, encantado.
—Buen golpe.
—No ha sido buen golpe —protestó Galen, aunque se le habían colorado las orejas.
—Ha sido decente —dijo Elsha.
—Madre.
—No he dicho nada malo. Cuando quieras, puedes traer a la chica para que la conozcamos. Llevas años con ella.
Rufus sonrió mientras aceptaba el cuenco que ella le tendía. El caldo estaba tan caliente que le quemó los dedos a través de la cerámica. Lo agradeció. El frío de fuera aún le vivía bajo la piel.
Elsha se fijó en sus manos.
—Tienes los dedos helados.
—Hace frío.
—No tanto. Pasas demasiado tiempo en la calle y no trabajando en la granja.
Rufus bajó la mirada al cuenco.
Galen, que hasta entonces disfrutaba demasiado de su propia vergüenza, lo observó con atención.
—¿Has vuelto cerca del lago?
El silencio fue pequeño, pero todos lo oyeron.
Edric dejó de untar pan en el caldo.
Elsha no se movió.
Rufus sopló la superficie del cuenco.
—No.
La mentira salió limpia.
Demasiado limpia.
Galen entornó los ojos.
—No he dicho que estuvieras en el lago. He preguntado si habías estado cerca.
—Y yo he dicho que no. Madre no me deja.
—¿Estás seguro?
Rufus alzó la vista.
—¿Ahora tú haces preguntas como madre?
—Deja a tu hermano —dijo Elsha—. Ya te ha dicho que no.
—Gracias, mamá —dijo Rufus—. Estuve con el abuelo.
—Tú tampoco pongas esa cara de investigador barato, Galen.
Edric volvió a reír, pero esta vez nadie lo siguió.
Rufus tomó una cucharada. El caldo le quemó la lengua y, aun así, tragó. Necesitaba hacer algo con la boca que no fuera explicar.
Galen apoyó los codos en la mesa.
—Peter dice que últimamente desapareces al caer la tarde.
—Peter habla demasiado.
—Peter se preocupa.
—Peter también habla demasiado cuando se preocupa.
—Eso es verdad —dijo Edric—. No he visto jamás en la vida un chico que hable tanto. Es mejor no tener dolor de cabeza cuando te lo encuentras. Te pone la cabeza como un bombo.
Elsha le dirigió una mirada.
—No ayudes.
Edric levantó ambas manos.
—Solo doy testimonio.
Elsha se volvió hacia la olla, pero sus hombros se tensaron.
Edric partió otro pedazo de pan, despacio.
—Estoy cansado —dijo Rufus.
—Siempre estás cansado —respondió Galen.
—Aún estoy creciendo.
Galen abrió la boca, pero Elsha lo cortó.
—Come y vete a dormir.
La frase no admitía disputa.
Durante un rato, solo se oyó el roce de las cucharas contra los cuencos y el crujido de la leña en el hogar. La casa era pequeña, pobre en muchas cosas, pero por la noche parecía resistir al mundo con una terquedad hermosa. Las paredes guardaban olor a humo viejo, lana húmeda y pan. En una esquina, las botas de Edric descansaban torcidas junto a las de Galen, enormes, embarradas, brutales. Las de Rufus parecían más estrechas, aunque estaban igual de gastadas.
Su madre le sirvió más caldo sin preguntarle.
Rufus murmuró:
—Gracias.
—Mañana ayudarás a tu padre con el vallado norte —dijo ella.
—Mañana iba a ir con el abuelo.
—Después del vallado.
—Madre…
Elsha lo miró.
Rufus cerró la boca.
Edric sonrió con satisfacción.
—Tu madre ha ganado otra batalla sin levantar la voz. Algún rey debería contratarla.
—Ningún rey podría llevarme lejos de vosotros —dijo Elsha.
Galen soltó una risa.
Rufus también, aunque breve.
Por un momento, la cena volvió a parecer normal.
Galen empezó a hablar de Elyse. No directamente, claro. Nunca directamente. Dijo que los Marwood habían comprado dos mulas nuevas, que el padre de Elyse no sabía distinguir una buena bestia de una silla con orejas, que alguien tendría que explicárselo antes de que lo estafaran. Edric lo escuchaba con una sonrisa torcida. Elsha hacía como que no veía el orgullo desbordándosele al hijo mayor cada vez que pronunciaba aquel apellido.
Rufus participó.
No porque no quisiera. Quería. Una parte de él habría dado mucho por quedarse allí, dentro de aquella charla sencilla donde las preocupaciones tenían forma de mulas, cercas rotas, cosechas pobres y muchachas con padres insoportables.
Pero el libro le pesaba bajo el abrigo colgado junto a la puerta.
No pesaba mucho en realidad.
Ese era el problema.
Había cosas capaces de cambiar una vida entera y, aun así, cabían bajo un brazo.
—Rufus.
Levantó la cabeza.
Su padre lo miraba con una ceja alzada.
—¿Nos has oído?
—Sí.
—¿Y?
Rufus parpadeó.
—¿Y qué?
Galen se echó hacia atrás.
—Le estaba diciendo a padre que mañana podrías acompañarme al molino. Hace falta hablar con Roderic por el precio de la harina.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Tengo cosas que hacer después del trabajo.
—¿Qué cosas?
Rufus notó la mirada de su madre antes de verla.
—Leer.
Galen lo miró como si hubiera dicho que iba a casarse con una cabra.
—¿Leer?
—Sí, Galen. Es cuando miras palabras y descubres que significan algo.
Edric soltó una carcajada tan fuerte que Elsha tuvo que sujetar su cuenco.
Galen señaló a Rufus con el pan.
—Un día voy a partirte la cabeza.
—Cuando aprendas a leer las señales de advertencia.
—Basta —dijo Elsha, aunque tenía la boca a punto de sonreír.
Galen mordió el pan con violencia fingida.
—Lee por la noche, entonces. Como todos los locos flacos.
—Eso haré.
La respuesta fue demasiado rápida.
Elsha la oyó.
Rufus lo supo.
Su madre lo miró de una forma que no acusaba, pero tampoco descansaba.
—¿Qué libro?
Rufus sintió que el calor del hogar se volvía incómodo.
—Uno del abuelo.
No era mentira del todo.
No era verdad del todo.
Las peores respuestas vivían en medio.
—¿De medicina? —preguntó Edric.
—Algo así.
Galen hizo una mueca.
—Maravilloso. El abuelo cura enfermedades que no pueden curar los mejores médicos y ni siquiera saca para pagar las hierbas que usa. Espero que no sigas su camino.
Terminó de comer en silencio, se levantó y empezó a recoger los cuencos. Rufus se puso en pie enseguida.
—Yo ayudo.
—No.
—Madre…
—He dicho que no.
Era una negativa tranquila. Eso la hacía peor.
Galen se levantó también, bostezando.
—Yo sí ayudo, madre.
—Tú vas a traer más leña.
—Prefería ayudar con los cuencos.
—Por eso vas a traer leña.
Edric levantó su jarra.
—La reina ha hablado.
—Y el rey puede limpiar la mesa —dijo Elsha.
Edric dejó la jarra.
—El rey obedece.
Rufus aprovechó el movimiento de todos para tomar su abrigo. Lo hizo con naturalidad, o eso intentó. Sacó el libro escondido, lo pegó contra el costado y lo cubrió con el brazo.
Galen, que se dirigía a la puerta, lo vio.
—¿Eso es el libro?
Rufus se detuvo.
—Sí.
—Parece viejo.
—Lo es.
—¿Tiene dibujos?
—Algunos.
Galen sonrió.
—Entonces quizá pueda leerlo yo también.
Rufus le devolvió una mirada seca.
—Son dibujos con letras. Eso lo deja fuera de tu alcance.
—Eres insoportable.
Galen le dio un golpe en el hombro al pasar. No fue fuerte, pero sí más cariñoso de lo que pretendía.
—No te quedes despierto hasta tarde.
Rufus arqueó una ceja.
—Buenas noches —murmuró, y subió.
La escalera crujió bajo sus pies. Conocía cada tabla, cada queja de la madera, cada mancha oscura en la pared donde alguna vez Galen había golpeado con una silla siendo niño.
Su cuarto estaba frío.
Empujó la puerta con el hombro y entró sin encender la vela de inmediato. La luz del hogar subía por las rendijas del suelo, dibujando líneas anaranjadas sobre las tablas. Se quedó quieto, escuchando.
Abajo, su padre decía algo sobre la leña húmeda.
Galen respondía desde fuera con una queja.
Su madre no hablaba.
Rufus cerró la puerta.
Solo entonces sacó el libro.
La cubierta era de cuero oscuro, gastado en las esquinas. No tenía título. O quizá lo había tenido alguna vez y los años lo habían devorado. En el centro, casi invisible si la luz no caía de lado, había un símbolo grabado: un ojo cerrado del que nacían raíces finas.
Rufus pasó los dedos sobre la marca.
Sintió un hormigueo leve.
Retiró la mano.
—No seas idiota —susurró.
Encendió la vela.