La sabiduría de Althar #3
—Otros muchachos y muchachas que creyeron que el mundo empezaba donde todos los demás decían que terminaba.
—No sé de qué hablas.
—Claro que no. Solo has venido a preguntarme por dos muchachas sin nombrar a ninguna.
—No he dicho que sean dos muchachas.
—No. Has sido mucho más torpe. Has dicho “una” y “la otra”.
Rufus apartó la vista.
Althar se levantó con esfuerzo y fue hasta uno de los estantes. Apartó varios frascos, una caja de agujas y un paño doblado, y sacó de detrás un libro pequeño, encuadernado en cuero oscuro. No parecía importante. Quizá por eso lo era.
Lo dejó sobre la mesa.
—Cuando era joven —dijo—, toqué una vez en una casa noble de Vareth. Había allí un hombre que coleccionaba historias como otros coleccionan monedas. No las amaba. Solo quería poseerlas. Una noche, después de demasiado vino, me mostró este cuaderno y me dijo que había pertenecido a una mujer de Brandelor. Una descendiente de los viejos juramentos.
Rufus miró el libro.
—¿Qué juramentos?
Althar pasó la mano sobre la cubierta.
—Los de las Guardianas.
La palabra pareció enfriar la habitación.
Rufus no se movió.
—¿Guardianas de qué?
—De los bordes —dijo Althar—. De los lugares donde el mundo humano se toca con otros mundos y ambos fingen no sentirlo.
Rufus tragó saliva.
—Eso suena a cuento.
—Los cuentos son la forma que tiene la verdad de entrar en casas donde no la invitarían. Ya sabes: la realidad se transforma en historia, la historia en mito y el mito en cuento. Es una cuestión de tiempo.
Althar abrió el cuaderno. Las páginas estaban manchadas por humedad antigua. En una de ellas había un dibujo trazado con tinta gris: un ojo cerrado, atravesado por raíces.
Rufus sintió una presión extraña detrás de las costillas.
—Había mujeres —continuó Althar— que no servían a reyes ni a sacerdotes. Guardaban pasos, lagos, bosques, colinas huecas. Al principio eran hadas, pero hubo un momento en que hadas y humanos separaron sus caminos. Las Guardianas continuaron.
»Otras no eran hadas, pero tampoco humanas del todo. Algunas nacían de sangre mezclada. Otras eran elegidas. Otras, según dicen, eran hadas castigadas por amar demasiado bien a quien no debían.
—¿Amar a quién?
Althar lo miró.
—A hombres.
Rufus no dijo nada.
—Y los hombres, como siempre, hicieron lo que mejor saben hacer cuando algo sagrado les ofrece la mano.
—¿Qué?
—Prometer más de lo que podían sostener. Las relaciones entre hadas y humanos se prohibieron hace miles de años por algo que no te voy a contar.
El fuego crujió.
—Después del caos entre hombres y hadas, las Guardianas dejaron de ser mediadoras amables y se volvieron jueces. Antes guiaban a los humanos perdidos y a las hadas que no respetaban la separación entre mundos. Después, los devolvían a la fuerza.
»Hubo una orden de siete Guardianas que juraron no amar nunca a nadie que caminara bajo sol humano. Se cubrían los ojos con vendas plateadas para no ver rostros, solo “la forma del alma”. Así no podían encariñarse.
—¿Quieres decir que las hadas y los seres humanos no pueden mantener relaciones? ¿Está prohibido?
—Así es. Se toleraban, si acaso, encuentros esporádicos sin compromiso, pero incluso eso empezó a estar mal visto después de un acontecimiento terrible que ocurrió hace siglos.
—¿Y qué ocurre si un hada lo hace?
—Puede ser duramente castigada.
—Alguien me dijo que las hadas temen dar su nombre verdadero. ¿Es por esto?
—Sí. Incluso antes de Thirielle, la Guardiana que creó el caos, los dioses decretaron que ningún ser feérico podía entregar su nombre verdadero a un humano.
Rufus sintió que se le secaba la garganta.
Althar continuó:
—No porque fuera romántico, sino porque era peligroso. Si un humano conocía el nombre real de un hada, podía llamarla aunque ella no quisiera. Y, si el hada amaba al humano, podía oírlo incluso desde otro mundo.
El viejo pasó una página del cuaderno con mucho cuidado.
—Cuentan algunos que, en los tiempos antiguos, un hada se enamoró de un pastor que recibió el nombre verdadero de una hada menor. Al principio la llamaba solo cuando estaba solo y triste. Luego la llamó cuando tuvo miedo. Luego, cuando tuvo hambre. Luego, cuando envejeció. Ella acudía siempre, cada vez más débil, hasta que una noche llegó convertida en nieve sucia y no pudo volver a su reino.
Rufus no respiraba.
—Las Guardianas no castigaron al pastor. Castigaron al hada. Porque, según ellas, quien entrega su nombre entrega también la puerta hacia su mundo. Y eso es peligroso.
Althar alzó la mirada.
—Los hombres creen que guardar un secreto es no contarlo. Las hadas saben que a veces basta con pronunciarlo una sola vez en el corazón equivocado.
—No sabía que supieras tantas cosas sobre hadas, abuelo. ¿Y qué ocurre con los seres humanos que tienen contacto con ellas? ¿También los castigan?
—Sí, pero de otra manera. Después del caos, una Guardiana llamada Vaelith recibió una tarea terrible: borrar de la mente humana cualquier encuentro con seres feéricos.
No mataba. Solo quitaba recuerdos.
Pero los recuerdos arrancados no desaparecían. Se convertían en flores blancas bajo el hielo o en piedras huecas que susurraban por la noche.
Althar bajó la vista hacia el cuaderno.
—Un día encontró a una anciana que había amado a un ser del bosque en su juventud. La anciana ya no quería verlo. No quería volver con él. Solo quería conservar el recuerdo de haber sido amada de forma imposible.
Vaelith intentó quitarle ese recuerdo, pero la anciana se resistió.
—Si me quitas eso —le dijo—, no me salvas del dolor. Me robas la prueba de que viví. Me condenas a vivir sin lo único que me permite ser feliz en la vejez.
Vaelith desobedeció por primera vez.
La dejó recordar.
Desde entonces, algunas Guardianas empezaron a distinguir entre proteger y mutilar.
—¿Pero el recuerdo no le producía dolor a la anciana?
—No. Al contrario. No todo dolor debe ser arrancado, muchacho. Hay dolores que se transforman en melancolía y tristeza, pero otros se convierten en bellos recuerdos al envejecer.
Rufus miró con ansiedad el libro. No era un compendio histórico, pero muchas de aquellas historias podrían enseñarle a comprender mejor a Sylvae. Era mejor que lo que había encontrado en la biblioteca de Thanes.
—No sabía que tenías este libro. ¿Puedo cogerlo prestado?
—Puedes quedártelo, Rufus. Lo saqué para ti.
—¿Por qué nunca me lo enseñaste?
—Porque no quería que utilizases esa mente prodigiosa que tienes en leer historias de hadas.
—¿Hay alguna historia sobre Thirielle?
—No, Rufus. Pero hay otras historias interesantes.