Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La sabiduría de Althar #2
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La sabiduría de Althar #2

—No como piensas.

—No he dicho lo que pienso.

—Pero lo estás pensando.

—Soy viejo. Es uno de los pocos placeres que me quedan —dijo el abuelo con una carcajada—. Hacer hablar a mi nieto mientras finjo que no entiendo nada.

Rufus se pasó una mano por el pelo.

—Bueno, no quiero hacer daño a nadie.

Althar soltó una risa seca.

—Entonces, si estamos hablando de muchachas, no te enamores y no dejes que ninguna se enamore de ti. Para eso tendrás que ser antipático con todas las que se te acerquen.

Rufus lo miró, herido.

El viejo suspiró.

—Perdona. Eso ha sido cruel, aunque cierto.

—Gracias.

—No hay manera limpia de elegir cuando no sabes a dónde llevan dos caminos.

Rufus bajó la vista.

—¿Y si uno de esos caminos es seguro?

—¿Seguro para quién?

La pregunta lo descolocó.

—Para mí. Para ella. Para todos.

—Eso suelen decir los que quieren enterrarse vivos con buena educación.

Rufus frunció el ceño.

Althar apoyó los codos en la mesa.

—Escúchame. Que alguien sea bueno contigo no te obliga a enamorarte. La gratitud no es matrimonio. La ternura no es promesa. Y la culpa, muchacho, es una pésima razón para entregar una vida.

Rufus sintió que algo le apretaba el pecho.

—¿Y si esa persona merece ser amada?

—Todos los seres humanos merecen muchas cosas que no reciben.

—Eso es horrible.

—Sí. Por eso la gente escribe canciones, libros y poesías.

Rufus miró hacia el fuego.

—Ella no me pide nada.

—Eso no significa que no lo espere.

—Lo sé.

—Y tú lo sabes porque también esperas a alguien y sufres como ella. Por eso no quieres hacerle daño. Porque temes que sufra lo mismo que tú.

Rufus se quedó inmóvil.

Althar no necesitó más.

—Ah.

—No digas “ah”.

—No he dicho nada más.

—Pero lo has dicho como si lo entendieras todo.

—No todo. Solo lo suficiente para preocuparme.

Rufus cerró los dedos sobre la rodilla.

—Cuando estoy con una, siento paz. Como si pudiera volver a ser quien era antes.

—¿Y con la otra?

Rufus tragó saliva.

—Siento que quien era antes ya no basta. Con ella siento felicidad. No esa felicidad tranquila de los días buenos, ni la de una mesa llena, ni la de una canción bien tocada. Es otra cosa. Como si todo dentro de mí se despertara al mismo tiempo. Como si el mundo, que siempre me ha parecido un poco estrecho, de pronto tuviera puertas donde antes solo había paredes. Como si hubiera descubierto la verdadera felicidad.

Sus dedos se cerraron despacio sobre la tela de sus pantalones.

—Cuando está cerca, no pienso en lo raro que soy. Ni en si decepciono a mi padre, ni en si Galen entiende algo de mí, ni en si Peter cree que estoy perdiendo la cabeza. Con ella no tengo que encajar. No tengo que bajar la voz. No tengo que fingir que no oigo lo que oigo.

Respiró hondo.

—Me mira como si no hubiera nada malo en mí. Como si todo lo que los demás llaman rareza fuera simplemente… mi forma de estar vivo.

Althar lo observó sin interrumpir.

—Y, cuando se va —continuó Rufus, con la voz más baja—, todo vuelve a ser pequeño. La casa, el pueblo, los campos, incluso mi propio cuerpo. Como si me quedara grande por dentro y no supiera dónde poner todo lo que siento.

Se frotó la cara, avergonzado.

—Eso suena ridículo.

—No —dijo Althar—. Suena peligroso.

Rufus cerró los ojos un instante.

—Lo sé. Pero, cuando soy feliz con ella… abuelo, no parece peligro. Parece todo lo que un hombre necesita para ser feliz.

Althar guardó silencio.

La frase quedó en la cabaña con un peso incómodo.

—Eso suena hermoso —dijo el viejo al fin—. También peligroso.

—Lo sé.

—No. Lo sospechas. Saberlo es otra cosa.

Rufus alzó la mirada.

—¿Entonces qué hago?

Althar se inclinó hacia atrás. Sus huesos crujieron como madera vieja.

—Primero, deja de llamar elección a una duda cuando ya has elegido.

Rufus abrió la boca, pero no dijo nada.

—Segundo —continuó Althar—, no uses a una persona buena como refugio contra algo que quizá nunca consigas. Si no estás por ella, debes dejárselo claro para que siga su camino.

Rufus palideció.

—Yo no haría eso.

—Todos creemos eso hasta que estamos cansados, solos y alguien nos quiere justo como necesitamos. Entonces somos egoístas y nos aprovechamos del amor desinteresado de quienes nos quieren.

La dureza de esas palabras lo alcanzó de lleno.

—No quiero perderla —murmuró Rufus.

—¿A cuál?

Rufus no respondió.

Althar asintió, triste.

—Ahí tienes otra respuesta.

Rufus se levantó de golpe y caminó hasta la ventana.

—No es tan sencillo.

—Nunca lo es. Pero lo sencillo y lo justo rara vez van juntos.

Afuera, el viento movía la hierba baja. Más allá de los campos, el mundo parecía inclinarse hacia el lago.

—Una de ellas está aquí —dijo Rufus—. Es real. La conozco. Sé cómo ríe, cómo se enfada, cómo finge que no le importa nada. Sé que no me traicionaría.

—¿Y la otra?

Rufus apoyó la frente contra el marco frío de la ventana.

—La otra… cuando no está, todo parece esperar. Desaparece durante meses, y nunca estoy seguro de que vaya a volver a verla.

Althar no contestó enseguida.

—Eso no me gusta.

El viejo se puso en pie despacio y fue hasta él.

—Mírame.

Rufus obedeció.

—No confundas intensidad con verdad. Hay fuegos que alumbran una casa y fuegos que la devoran. Desde lejos, ambos parecen hermosos.

—¿Y cómo se distingue?

—Por lo que queda de ti después.

Rufus respiró hondo.

—Con la segunda soy más.

—¿Más qué?

La pregunta lo dejó sin defensa.

Más vivo, pensó.

Más suyo.

Más perdido.

—No lo sé.

—Entonces averígualo antes de prometer nada a nadie. A veces, lo que nos atrae de alguien es precisamente la imposibilidad de tenerlo. Y no todo deseo que duele merece ser llamado amor.

Rufus bajó la mirada.

—¿Y si ya he prometido algo a alguien que quizá no debería haber prometido?

Althar se entristeció.

—Las peores promesas suelen hacerse así. Sin estar seguro de lo que se hace.

El silencio volvió a instalarse entre ellos.

Luego, el viejo habló con más suavidad:

—Esa muchacha que está aquí, la real, la que se enfada y finge… no la castigues por no ser el misterio que te llama. Y a la otra, sea quien sea, no la conviertas en el destino de tu vida solo porque te duele.

Rufus sintió un nudo en la garganta.

—¿Y si una me da una vida y la otra me da sentido?

Althar lo miró largo rato.

—Entonces estás en problemas, muchacho.

Rufus soltó una risa amarga.

—Eso ya lo sabía.

—Pero hay una pregunta mejor.

—¿Cuál?

—Con cuál de las dos puedes ser bueno sin mentir.

Rufus no respondió.

Althar apoyó una mano en su hombro.

—No elijas a quien más te necesite. Ni a quien más te deslumbre. Elige, si puedes, donde tu amor no te vuelva cobarde.

Rufus cerró los ojos.

Y pensó en Colette, que siempre estaba cuando él volvía.

Pensó en Sylvae, que nunca prometía volver y, aun así, conseguía que todo en él la esperara.

—¿Y si cualquier elección me vuelve cruel? —preguntó.

Althar apretó su hombro.

—Entonces procura ser cruel una sola vez. No todos los días hasta que la decisión esté tomada.

Fuera, el viento movió la puerta.

Durante un instante, Rufus creyó oír agua bajo el suelo.

Althar lo observó.

—Hay otra cosa.

—¿Cuál?

—En relación con esa chica que desaparece. No estés siempre disponible para todo el mundo. Ni siquiera para quienes amas.

Rufus levantó la vista, incómodo.

—Eso suena egoísta.

—Eso suena a conservar el alma.

—¿Y si alguien me necesita?

—Entonces ve. Pero, si alguien solo necesita comprobar que sigues ahí cuando se acuerda de ti, no corras cada vez que silbe.

Rufus pensó otra vez en Colette. En Peter. En su madre esperándolo despierta. En Sylvae, apareciendo y desapareciendo con las estaciones, como si el mundo entero tuviera que aceptar su ausencia sin explicación.

—¿Y si soy yo quien espera? —preguntó.

Althar lo miró largo rato.

Ahí estaba la pregunta verdadera, desnuda al fin.

—Entonces cuida que la espera no te convierta en su esclavo.

Rufus se tensó.

—No soy un perro.

—Todavía no. Pero lo serás si eres demasiado servicial.

La frase dolió más de lo que su abuelo buscaba.

Althar no pidió perdón.

—El amor no es arrodillarse ante una puerta cerrada, Rufus. Puedes llamar. Puedes cantar bajo la ventana, si eres lo bastante tonto. Pero, si nadie responde nunca, en algún momento debes decidir si sigues amando a una persona o si ya solo amas tu propia herida.

Rufus apartó la mirada.

—No sabes de qué hablas.

—Claro que no —dijo Althar con suavidad—. Solo soy viejo.

Aquello lo enfadó más que una acusación.

El viejo se puso en pie con esfuerzo y tomó un frasco del estante.

—Mírame.

Rufus obedeció a medias.

—No te estoy diciendo que ames menos. Los hombres que aman poco me aburren. Te estoy diciendo que no confundas entrega con desaparición. Si alguien te quiere, debe encontrarte entero. No convertido en una sombra de lo que eres, esperando permiso para respirar.

Rufus tragó saliva.

—¿Y si esa persona no puede quererme como yo quiero?

Althar no respondió enseguida.

La cabaña olía a menta seca, humo viejo y lluvia cercana.

—Entonces tendrás que elegir entre una verdad que duele y una mentira que te alimenta durante un tiempo antes de devorarte.

Rufus cerró los dedos sobre la flauta.

—Eso no consuela.

—Las cosas ciertas rara vez consuelan al principio.

Rufus pensó que quizá había buscado información sobre Sylvae en todas partes menos en el lugar por el que debería haber comenzado.

—Abuelo, eres muy sabio. ¿Sabes algo sobre seres feéricos?

El abuelo lo miró.

Rufus siempre había sido especial para la música y la curación. No necesitaba saber ni aprender; para él era como recordar algo que se había perdido generaciones atrás dentro de la familia. Y, sin embargo, en los últimos meses aquella herencia se había hecho más presente en él que nunca.

Para muchos antes que él, esa herencia había sido una maldición.

Así que Althar dudó antes de hablar.

—Hubo otros antes que tú —dijo.

Rufus levantó la mirada demasiado deprisa.

—¿Otros? ¿A qué te refieres?

El viejo lo observó con atención. No sonrió.