La sabiduría de Althar
Althar no levantó la vista del mortero.
—Has empezado a gustarles.
Rufus, sentado junto a la ventana, frunció el ceño.
—¿A quiénes?
—A todos los que antes no sabían qué hacer contigo. He oído que te estás haciendo popular en la comarca, no solo por salvar vidas, que nunca ha sido una profesión que interese demasiado a las chicas, sino por tu capacidad musical. Me alegra que hayas heredado eso de mí.
El muchacho bajó la mirada hacia la flauta, apoyada sobre sus rodillas.
—No creo que les guste yo. Les gusta la música. Es mi música la que se ha hecho popular, no yo.
—Es lo mismo para ellos.
—Para mí no. Sigo siendo aquel muchacho raro que no encaja en lo que la gente espera de mí.
Althar sonrió.
—Escucha, Rufus: hagas lo que hagas en la vida, siempre habrá alguien dispuesto a criticarte. Si tienes éxito, dirán que eres arrogante y despertarás envidias aquí y allá. Si no tienes pareja, pensarán que eres un perdedor al que nadie aguanta. Si dices lo que piensas, te llamarán irrespetuoso porque no siempre coincides con sus opiniones. Y, si callas o no dices toda la verdad, te llamarán hipócrita.
Machacó unas hojas secas con una paciencia casi cruel.
—La realidad es simple: la gente siempre encontrará un motivo para juzgarte. Así que vive como quieras, haz lo que te haga feliz e ignora las opiniones de quienes solo miran tu vida porque no tienen nada más importante que hacer con la suya.
Althar dejó que aquellas palabras reposaran un instante antes de volver al tema que parecía divertirle más.
—Y eso me hace volver a las chicas. Muchas veces prefieren a alguien distinto y misterioso antes que a alguien aburrido y fácil de conocer.
Rufus soltó una risa baja.
—¿Eso piensas?
El viejo dejó el mortero sobre la mesa y se limpió los dedos con un paño.
—Pienso que lo que se entrega sin misterio suele perder valor demasiado deprisa. Los hombres demasiado accesibles, los que están siempre esperando una señal, suelen dejar de resultar interesantes. Por eso no deberías pensar tanto en si encajas o no. A veces, no encajar es precisamente lo que te hace interesante.
Rufus alzó la vista.
—Abuelo, yo nunca fui el más popular de la clase. Nunca fui el que más hablaba, ni el que sabía levantar la voz justo en el momento adecuado. Tampoco fui el que soltaba la frase perfecta delante de la chica que le gustaba. Galen siempre ha sido mejor que yo en eso.
El silencio se instaló entre ambos.
Fuera, una gallina escarbaba junto a la puerta con la gravedad de un juez viejo, como si también estuviera escuchando la confesión.
Althar señaló la flauta con la barbilla.
—En una sala llena de borrachos no manda el que más grita. Tampoco el que golpea la mesa con más fuerza. Manda el que no necesita hacerlo. El que puede permanecer en silencio mientras los demás se delatan por impaciencia. El que no se apresura a demostrar su valor porque sabe que el verdadero poder es discreto.
Rufus giró la flauta entre los dedos.
—Peter dice que callo demasiado.
—Peter habla para no tener miedo. A veces simplemente se pone a decir lo primero que se le pasa por la cabeza porque está nervioso.
Rufus sonrió.
—Se enfadaría si oyera eso.
—Por eso no se lo digo a él.
El muchacho rio, pero Althar no.
—Escúchame bien. Cuando alguien se burle de ti delante de otros, no respondas como si tuvieras que recuperar algo. Si te defiendes con demasiada prisa, parecerá que te han herido. Y, si te han herido, querrán probar otra vez.
—¿Entonces dejo que se rían?
—No he dicho eso.
Althar tomó una taza vacía y la puso entre ambos.
—Si un hombre te llama perro en una taberna, puedes ladrar. Puedes morder. O puedes mirarlo como si acabara de demostrar que no sabe distinguir a un hombre de un animal.
Rufus arqueó una ceja.
—Eso suena muy conveniente, pero no es lo que los demás esperan en una situación así.
—Suena mejor que empezar una pelea y romperle la nariz o que te la rompan a ti. Y sale más barato. Si vas a actuar en función de lo que los demás esperan de ti, entonces tu vida está perdida.
Rufus miró hacia la ventana.
—¿Y si insiste?
—Entonces eliges el momento en que tengas ventaja. El momento en que sea imposible perder. Nunca dejes que otro elija por ti cuándo vas a perder la calma. Quien logra enfadarte, hacerte sentir culpable o ponerte a la defensiva, empieza a manejarte. Si conservas la calma, le quitas poder.
Aquello sí pareció quedarse en Rufus. Althar lo vio en la forma en que sus dedos dejaron de moverse.
—La gente prueba los bordes de los demás —continuó el viejo—. A veces con una broma. A veces llegando tarde. A veces pidiendo más de lo que tiene derecho a pedir. Casi nunca lo llaman prueba. Pero lo es. Y la primera respuesta enseña mucho. No muestres debilidad. Observa como si la escena no tuviera que ver contigo, como si la estuvieras viendo desde una esquina. No te dejes arrastrar por las emociones.
Rufus pensó en Hannah, en sus sonrisas demasiado cercanas. Pensó en los hombres de la taberna que ya empezaban a pedir canciones. Pensó en Peter, que a veces se burlaba de él.
El viejo se sentó frente a él. La luz de la tarde le dibujaba los huesos de las manos, nudosos y finos, manos que habían arrancado música a salas llenas de nobles y a cocinas pobres con el mismo respeto.
—Cuando yo tocaba en Vareth —dijo—, había un conde que siempre llegaba tarde. Siempre. Entraba cuando la primera pieza ya había empezado. Hacía ruido con las botas, saludaba a quien no debía en medio de la actuación, arrastraba la silla. La primera vez pensé que era torpeza. La segunda, soberbia. La tercera, entendí que quería saber si yo detendría la música por él.
—¿Y la detuviste?
Althar sonrió.
—No. Toqué más bajo.
Rufus frunció el ceño.
—¿Más bajo?
—Mucho más bajo. Tan bajo que todos tuvieron que callarse para escuchar. Y, como todos callaron, él quedó solo haciendo ruido. Comenzaron a silbarle y a decirle que se callara. En lugar de buscar un enfrentamiento directo, que habría sido terrible por nuestra diferencia de clase, provoqué uno entre él y quienes no tenían nada que perder.
Rufus soltó una risa.
—Eso es cruel.
—No. Cruel habría sido dedicarle una canción.
El viejo también sonrió, pero enseguida su mirada volvió a ponerse seria.
—Hay hombres que solo aprenden cuando la vida les obliga a verse tal como son. No hace falta gritarles ni humillarlos. Basta con dejar que carguen con las consecuencias de sus actos.
Rufus se quedó pensando en eso.
—¿Siempre fuiste así?
—No. De joven hablaba demasiado. Quería que me quisieran en todas partes. Un error ridículo, pero común entre los jóvenes.
—¿Y dejaste de quererlo?
—No. Dejé de necesitarlo.
La diferencia quedó flotando en la cabaña.
Rufus pasó el pulgar por las runas de la flauta.
—¿Y cómo se hace eso?
Althar tardó en responder.
—Perdiendo cosas y aprendiendo a vivir sin ellas. Casi siempre.
Rufus no supo qué decir.
El viejo miró hacia el fuego, donde una rama se partió con un chasquido.
—Si necesitas que todos aprueben tu vida, cualquiera puede gobernarte con una mala cara. Una muchacha. Un amigo. Un noble. Pero, cuando entiendes que algunos te malinterpretarán aunque les abras el pecho y les muestres el corazón, ese día empiezas a ser libre.
Rufus sintió frío en las manos.
—No sé si quiero que me malinterpreten.
—Nadie quiere. Pero es el precio de no vivir de rodillas.
Pensó en Colette.
No supo por qué.
—¿Y si no quieres hacer daño? ¿Si alguien a quien aprecias quiere algo de ti que no le puedes dar? —preguntó.
Althar lo miró con más atención.
—Entonces aprende a decir no sin adornarlo.
—Eso suena fácil.
—Por eso casi nadie lo hace. La gente teme decir que no, y, sin embargo, es una de las lecciones más importantes que debes aprender para vivir en paz. Cuando dejas de pedir permiso para existir, eres más difícil de manejar. Y eso se nota.
Rufus se quedó quieto.
Althar no insistió. Volvió al mortero, pero su voz perdió dureza.
—No tienes que entregar todo lo que eres para que te crean bueno, muchacho.
Rufus meditó y tardó un rato en hablar.
El abuelo no lo apuró. Solo siguió separando hojas secas sobre la mesa, apartando las sanas de las ennegrecidas con una paciencia que a Rufus siempre le había parecido irritante.
—Abuelo.
—Mala forma de empezar —dijo Althar—. Siempre que dices “abuelo” con esa voz, alguien está enfermo, enamorado o a punto de cometer una estupidez.
Rufus sonrió.
—No estoy enfermo.
—Entonces quedan dos opciones peores.
El muchacho bajó la mirada hacia sus manos.
—¿Cómo sabe uno cuándo debe quedarse con alguien?
Althar dejó una hoja sobre el montón equivocado, la miró y la cambió de sitio.
—Pregunta extraña.
—No he preguntado nada extraño.
—Has preguntado como quien ya sabe la respuesta y quiere que otro cargue con la culpa.
Rufus apretó la mandíbula.
—No es eso.
—Entonces habla claro.
Rufus miró hacia la ventana. Afuera, la tarde tenía ese color apagado de los días que no terminan de decidir si llover o helar.
—Hay personas que son buenas para uno —dijo al fin—. Personas que están. Que no exigen demasiado. Que te conocen desde que eras niño.
Althar levantó una ceja.
—¿Y…?
—Ya me entiendes.
—No. Pero sigue. Me divierte fingir que sí.
Rufus soltó aire por la nariz, molesto.
—Alguien puede mirarte y verte como eres. Incluso las partes feas. Incluso las ridículas. Y quedarse. Y quererte tal y como eres.
Althar lo observó con más atención.
—Eso no es poca cosa.
—Lo sé.
—No suenas agradecido.
—Lo estoy.
—Suenas culpable.
Rufus calló.
Ahí estaba. La palabra exacta, como una espina bajo la uña.
—Y luego —continuó, más bajo— hay otra clase de persona. O de… sentimiento. Algo que no se parece a nada. Que aparece y todo lo demás parece menos real. Más pequeño.
Althar no se movió.
—¿Una muchacha?
Rufus tardó demasiado en contestar.
—Quizá.
—“Quizá” es una respuesta de cobarde o de poeta. A veces son lo mismo.
Rufus se removió en la silla.
—No puedo hablar de ella.
El viejo no sonrió.
—Eso ya es una respuesta.