Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La Música de Eldermere #3
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La Música de Eldermere #3

El pueblo nunca volvió a ser el mismo desde que él regresó.

No porque él hubiera cambiado, sino porque algo en el aire cambió con su presencia.

La gente se apartaba cuando él pasaba, sin ser del todo consciente de por qué. Tal vez era la forma en que su sombra parecía alargarse más de lo normal cuando caminaba al atardecer. O cómo el viento silbaba diferente cuando estaba cerca.

Pero no importaba cuánto intentara reintegrarse a la vida que había dejado atrás. Él tampoco se sentía igual.

Y luego comenzaron los sueños.

La primera noche soñó con el bosque.

No era una pesadilla al principio.

Caminaba entre los árboles, con el sonido de las hojas crujientes bajo sus botas. La luna iluminaba el sendero, pero había algo más… una luz flotando en la distancia.

Blanca.

Azul.

Temblorosa.

Se movía entre los árboles como un susurro de luz, guiándolo, atrayéndolo más y más adentro.

Y entonces oyó su nombre. No era una voz humana.

Era como el eco del viento en la nieve, como el murmullo de un río que corre bajo el hielo.

Pero la reconoció.

Era ella.

El sonido lo atravesó como una caricia helada, como un aliento en el oído. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no se detuvo.

No podía detenerse.

Cuando la luz se alejó, él la siguió. Cuando la voz lo llamó, su corazón latió más rápido. Y entonces, en la espesura de la noche, la vio.

De pie, al otro lado de un arroyo congelado.

El mismo cabello oscuro como la medianoche. La misma piel blanca como la nieve. Pero sus ojos… sus ojos eran distintos.

No reflejaban la luna.

La devoraban.

Se despertó sobresaltado, con la sensación de que aún la tenía frente a él.

Se pasó una mano por el rostro y miró alrededor. Su habitación estaba fría. Más de lo normal. Su mujer dormía a su lado tiritando.

El vidrio de la ventana tenía escarcha.

Y, cuando bajó la vista, vio que había huellas de agua en el suelo, como si alguien hubiera estado allí, de pie junto a su cama.

A partir de esa noche, los sueños volvieron.

A veces eran solo susurros en la oscuridad.

A veces veía sombras entre los árboles al borde del pueblo.

A veces, cuando pasaba cerca del bosque, el viento le traía un aroma dulce y extraño, una fragancia que no pertenecía a este mundo.

Era una llamada.

Un recordatorio.

Al principio, resistió. Ignoró las señales, se dijo a sí mismo que solo eran sueños, que el pasado era el pasado.

Pero entonces empezaron las ausencias.

La gente lo veía salir de su casa en la madrugada, con los ojos vacíos y los pies descalzos, caminando hacia la espesura del bosque. Pero, cuando le preguntaban al día siguiente, él no recordaba haber salido.

Los niños decían que lo habían visto de pie en el borde del bosque, mirando fijamente entre los árboles sin moverse, sin parpadear, sin respirar.

Una vez, un cazador lo encontró en el claro donde había desaparecido treinta años antes.

De pie, en el mismo círculo de piedras.

Con los ojos abiertos.

Con los labios entreabiertos, como si estuviera murmurando algo.

Pero, cuando lo sacudió para despertarlo, sus ojos no reflejaban la luz.

El día antes de que desapareciera para siempre, se paró en la puerta de su casa y miró a su esposa.

Había lágrimas en sus ojos, pero no eran de tristeza.

—¿Sabes qué es lo peor? —susurró, con una sonrisa amarga—. Todo este tiempo pensé que tenía elección.

Ella lo miró, sin entender.

Él tragó saliva y exhaló un suspiro largo.

—Creí que podía decidir quedarme —dijo con voz baja, casi inaudible—. Pero… ella nunca me dejó ir.

Esa noche desapareció.

Cuentan en el pueblo…

Dicen que volvió al bosque, de donde nunca debió haber salido.

Dicen que, en las noches sin luna, si alguien se acerca al claro maldito, puede ver dos sombras danzando entre los árboles.

Una de ellas es alta y humana.

La otra, más delgada, más etérea, con el cabello flotando en el viento aunque no haya viento.

Y, si uno se atreve a acercarse demasiado…

Puede oír un susurro flotando en la brisa:

«Solo han pasado dos noches…»

Dicen que los círculos de piedra en los bosques no están ahí por azar. Que los antiguos los construyeron para encerrar cosas que no debían caminar entre los hombres. Y que, si alguien entra… puede que no sea él quien salga.

El viejo Marlon se inclinó con una reverencia teatral al final de su historia, y los parroquianos empezaron a aplaudir. Incluso los amigos de Rufus se unieron al aplauso, sonriendo entre sí.

Pero Rufus no aplaudió.

No podía.

—¿Por qué aplaudís a esa cantidad de patrañas? —soltó, con un tono más cortante de lo que pretendía.

Los demás se giraron hacia él con sorpresa.

—La historia daba grima, pero era interesante —dijo Elyse, encogiéndose de hombros.

—Todas sus historias son siempre iguales —replicó Rufus, cruzándose de brazos—. Hadas malditas, aterrorizantes, engañosas… ¿De dónde ha sacado este hombre esas historias? No son la clase de historias que mi madre cuenta en casa.

Mira le lanzó una mirada curiosa.

—¿Por qué te importa tanto?

—Porque no es verdad —respondió él de inmediato.

Peter resopló con diversión.

—No sabía que ahora eras un experto en hadas, Rufus.

Los nudillos de Rufus se apretaron contra la mesa. Más de lo que debían.

—Quizá sé más de lo que creéis.

El grupo guardó silencio por un momento, evaluando su reacción. Había algo en la forma en que lo dijo que no sonaba como una broma.

Galen fue el primero en romper el silencio.

—Vamos, hermano. Es solo un cuento.

Rufus apartó la mirada y negó con la cabeza.

—No todos los cuentos son solo cuentos… Algunos son verdad y otros se crearon para difamar, para mentir, para engañar.

Colette lo observó de reojo. Sabía que esas palabras escondían algo más, algo que Rufus no estaba diciendo.

Pero, antes de que alguien pudiera preguntarle más, una voz sonó desde el otro lado de la taberna.

—Tienes razón, muchacho.

Todos se giraron.

El viejo Marlon estaba de pie junto a la barra, mirándolo con una sonrisa ladeada. Sus ojos oscuros brillaban bajo la tenue luz de las lámparas.

Marlon dio un paso hacia él. Su capa raída rozaba el suelo de madera.

—No todos los cuentos son solo cuentos —repitió con voz baja—. Y no todas las historias que cuento son mentira. Aunque también tienes razón en que algunas se inventaron para engañar.

Harlan carraspeó desde detrás de la barra, visiblemente incómodo.

—Vamos, viejo, deja al chico en paz. Solo está defendiendo su punto.

Pero Marlon no apartó los ojos de Rufus.

—Dime, muchacho… —dijo en un tono que no solo él, sino también sus amigos, notaron que no era simple curiosidad—. ¿Alguna vez has visto un hada con tus propios ojos?

El corazón de Rufus dio un vuelco.

Por un instante, no pudo responder.

Pero Marlon ya lo estaba estudiando con atención, con una sonrisa que no era la de un simple cuentacuentos.

Era la de alguien que sabía más que el resto.

Y entonces, antes de que Rufus pudiera abrir la boca para contestar, Marlon añadió en un murmullo audible:

—Porque, si lo has hecho… deberías tener cuidado.

Y, con eso, le dio la espalda y volvió a su asiento, dejando a Rufus con la garganta seca y un nudo en el estómago.

Porque, en su interior, lo sabía.

El viejo Marlon sabía algo.