Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La Música de Eldermere #2
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La Música de Eldermere #2

Galen, que había estado en silencio, tomó un sorbo de su cerveza y miró a Elyse.

—¿Vas a participar en la carrera de caballos, mi amor?

Elyse se estiró, sonriendo con confianza.

—Por supuesto. Alguien tiene que recordarles a los hombres del pueblo que una mujer puede dejarlos en el polvo.

—Lo que significa que Galen no participará —bromeó Peter—. No quiere que su futura esposa le gane delante de todo el pueblo.

Galen puso los ojos en blanco.

—La carrera es después de la boda, y eso es lo que me preocupa. Si se cae del caballo y se queda coja, será tarde para devolverla a su padre.

—¡Eres un sinvergüenza! —gritó Elyse.

—Un sinvergüenza enamorado.

—Siempre lo mismo con vosotros —dijo Colette—. Todas las conversaciones acaban azucaradas con Elyse y Galen besándose. Sois los peores. ¿Por qué no hablamos de algo que no se pueda llevar a su campo?

Mira la miró con una ceja arqueada.

—¿Como qué?

Colette se quedó en silencio un momento. Luego se encogió de hombros.

—No sé. Quizá de lo que haremos cuando termine el invierno.

Elyse sonrió con nostalgia.

—Me gustaría visitar la costa.

Peter frunció el ceño.

—¿Para qué? Es solo agua.

Mira le dio un golpe en la cabeza.

—¡Peter!

Elyse rio.

—Porque es hermosa. Y diferente. Aquí solo tenemos bosques, lagos y montañas. A veces quiero ver algo más.

Colette asintió.

—A mí también me gustaría viajar.

Galen miró a su futura esposa con un brillo curioso en los ojos.

—Quizá un día podamos hacerlo.

Elyse le sonrió y tomó su mano sobre la mesa.

Peter resopló.

—¿Otra vez? Menos romance, por favor.

Mira sonrió con picardía.

—Dices eso porque tú serás el único viejo y soltero del grupo.

—¿Viejo? —Peter puso una mano en el pecho, fingiendo estar ofendido—. Por favor, aún soy joven y apuesto.

—Claro —dijo Colette, rodando los ojos—. El doncel más codiciado de Eldermere.

La mesa estalló en risas.

Por un momento, todo fue simple.

La cerveza, la conversación, la calidez de la taberna.

Por un momento, todo fue como debía ser.

—Bueno, bueno… Hablando de planes. ¿Cómo lleváis los preparativos de la boda?

Elyse suspiró, dejando caer la cabeza contra el respaldo de su silla.

—No me lo recuerdes…

Galen sonrió con un gesto tranquilo, bebiendo un sorbo de su cerveza antes de responder.

—Todo está bajo control.

—¿Bajo control? —Elyse se giró hacia él con incredulidad—. ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con mi madre? Porque, te lo aseguro, nada está bajo control.

Peter rio y le dio una palmada en el hombro a Galen.

—Bienvenido al infierno de las bodas, amigo.

—¿Infierno? —intervino Colette, fingiendo indignación—. ¿Desde cuándo casarse es un castigo?

Mira rio.

—Desde que las madres se involucran.

Elyse asintió con gravedad.

—Exacto. Mi madre está obsesionada con que todo sea perfecto. Que si las flores deben ser blancas, pero no demasiado blancas; que si el vestido tiene que tener más encaje; que si la comida debe servirse en platos de cerámica porque el metal es demasiado frío.

—Dioses… —murmuró Rufus, que había llegado de la barra y se había sentado con ellos justo a tiempo para escuchar aquello—. No sabía que casarse implicaba luchar una guerra con las decoraciones.

—Oh, Rufus —suspiró Elyse, llevándose una mano a la frente—. No tienes ni idea.

Mira se apoyó en la mesa con los codos y los ojos brillando de emoción.

—¿Y qué hay del vestido? ¿Ya lo tienes?

—Sí, pero no lo veréis hasta el día de la boda —respondió Elyse con una sonrisa misteriosa.

Galen sonrió y tomó la mano de su prometida.

—Yo tampoco lo veré hasta entonces, así que estamos en la misma situación.

Peter chasqueó la lengua.

—Hermano, todo esto es ridículo. ¿Por qué no haces lo que un hombre sensato haría? La raptas, os casáis en algún pueblo lejano y te ahorras el drama.

Elyse le lanzó una servilleta a la cara.

—No seas bruto, Peter.

—Era solo una sugerencia —dijo él, encogiéndose de hombros mientras reía.

Colette se inclinó hacia Elyse con una sonrisa sincera.

—Debe de ser emocionante. Más allá de los problemas, quiero decir.

Elyse suspiró, pero su expresión se suavizó.

—Lo es —dijo, mirando a Galen con cariño—. Es mucho estrés, pero sé que, al final del día, lo único que importará es que estaremos juntos.

Mira suspiró con dramatismo, apoyando la mejilla en su mano.

—Qué romántico…

Peter hizo una mueca.

—Qué cursi…

Todos se rieron, y Elyse le lanzó otra servilleta a Peter, que esta vez la atrapó antes de que le diera en la cara.

—¿Y tú, Rufus? —preguntó Mira, cambiando de tema—. ¿Te ves algún día casándote?

El grupo entero se giró hacia Rufus, que se detuvo con la jarra a medio camino de sus labios.

—Yo… —Rufus carraspeó, incómodo ante tantas miradas—. No lo sé.

Colette lo miró de reojo, pero no dijo nada.

Peter chasqueó la lengua.

—No creo que ningún alma pueda atar a este muchacho. Vive demasiado en su mundo.

—Ya veremos… —murmuró Mira con una sonrisa críptica.

Él sonrió.

—Mira, Rufus, tu archienemigo —dijo Colette, señalando al centro de la taberna.

El viejo Marlon, con su capa raída y su sonrisa astuta, permanecía de pie sobre un barril vacío en el centro del salón, dejando que las llamas de la chimenea proyectaran sombras danzantes en su rostro.

La taberna entera lo escuchaba con atención, bebiendo en silencio, absorta en sus palabras. Rufus apretó los labios. Nunca le había gustado aquel hombre ni sus historias. Especialmente cuando hablaba de hadas.

Siempre las retrataba como seres traicioneros, crueles, ajenos a cualquier vestigio de bondad. Pero la gente del pueblo adoraba sus cuentos, y Harlan lo contrataba cada cierto tiempo para entretener a borrachos y viajeros con relatos oscuros y fantásticos.

Y esa noche no era diferente.

Marlon se aclaró la garganta y comenzó a narrar.

—Esta noche os contaré historias que han pasado de boca en boca, advertencias de aquellos que fueron lo bastante insensatos como para ignorar el peligro. —Su sonrisa astuta recorrió la sala—. Las hadas no son como en los cuentos de los niños. No son dulces ni bondadosas. No son ángeles con alas de mariposa. Son viejas, son crueles y siempre toman más de lo que dan.

Un silencio tenso cayó sobre la taberna. La gente se inclinó sobre sus mesas, fascinada.

Rufus sintió el estómago revolverse.

—Este tío es un analfabeto bastardo y mentiroso.

Peter lo miró sorprendido.

—Nunca te había oído hablar así. ¿Qué tienes contra él?

Rufus no respondió.

Porque Marlon ya había empezado el cuento.

—No todos los que se pierden en el bosque son encontrados. Y no todos los que regresan… siguen siendo los mismos.

En un pueblo muy antiguo, tres hermanos salieron de caza una noche. Eran buenos rastreadores, valientes y orgullosos. Se alejaron más de lo habitual, hasta que la luna desapareció tras las nubes y la niebla lo cubrió todo.

Cuando se dieron cuenta, estaban en un claro. Y, en el centro del claro, había un círculo de piedras.

La niebla giraba a su alrededor como un muro invisible. Las piedras estaban cubiertas de runas que ninguno podía leer, dos de ellos dijeron de alejarse de aquel lugar conocido en las historias del pueblo como maldito, pero el hermano mayor, el más temerario, rio y puso un pie dentro.

La niebla se detuvo.

El viento enmudeció.

Y la noche despertó.

Los dos hermanos que quedaron fuera gritaron, pero el mayor no podía moverse. Sus ojos estaban abiertos, pero ya no parpadeaba. Ya no respiraba. Algo lo estaba mirando desde dentro del círculo, algo que solo él podía ver.

Y entonces desapareció.

Cuando los dos hermanos entraron dentro del círculo no vieron nada. Los dos hermanos menores corrieron hasta el pueblo con el aliento entrecortado y el miedo atenazándoles el pecho. Dijeron que su hermano había sido tragado por la niebla, que el bosque lo había tomado para sí en aquel círculo de piedras que todos conocían. Se organizaron búsquedas. Se llamó a cazadores, sacerdotes y sabios. Pero nadie lo encontró.

El tiempo pasó. Los vivos siguieron adelante.

Su esposa, que durante los primeros años lloró su pérdida, con el tiempo dejó de esperar. Sus hijos crecieron sin él, aprendieron a cazar, a trabajar la tierra, a formar sus propias familias. Sus padres murieron con su nombre en los labios, esperando verlo entrar por la puerta de su casa.

Y, treinta años después… lo vieron llegar.

El hombre perdido entró en el pueblo como si nunca hubiera partido.

Su ropa estaba intacta, su rostro sin una sola arruga. Caminaba con la misma seguridad, con la misma juventud. Sonreía, sin comprender por qué los aldeanos lo miraban con espanto, sin entender por qué sus amigos habían envejecido tanto, su esposa tenía el cabello gris ni por qué sus hijos eran ahora hombres hechos y derechos, con más años de los que él creía tener.

—¿Por qué me miráis así? —preguntó, con el ceño fruncido—. Solo he estado fuera dos noches.

Nadie le respondió.

Nadie se atrevió a decirle la verdad.

Treinta años habían pasado, pero él había estado en otro lugar, en otro tiempo. Y ahora había vuelto… pero ¿era realmente él?

Algunos animales reaccionaban de forma extraña a su presencia. Los perros le gruñían, los caballos se resistían a dejarse montar.

Su hermano fue el primero en darse cuenta. Un día fue a verlo y notó que su reflejo en un espejo se veía… un poco torcido, como si algo no encajara del todo.

Cuando sus hermanos le preguntaron qué había pasado, él les dijo que había estado dos noches con una mujer infinitamente bella. Y, en ese momento, ellos supieron que había sido seducido por un hada.

Las cosas no tardaron en torcerse.

El hombre trató de adaptarse, de encontrar su lugar entre la gente que había olvidado su rostro. Pero algo en él no era del todo correcto.

A veces, cuando creía estar solo, la gente lo oía hablar en un idioma que no existía.

A veces se detenía en medio de la calle y miraba al cielo, como si algo le estuviera susurrando.

A veces sus propios hijos lo miraban y sentían que aquel no era su padre.