Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La Música de Eldermere
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La Música de Eldermere

El Roble Torcido siempre estaba abarrotado los sábados por la noche. Harlan, su dueño, había logrado convertir aquella taberna en el corazón del pueblo, un lugar donde las preocupaciones quedaban en la puerta y la cerveza nunca escaseaba.

Pero, desde hacía unas semanas, había algo más que llenaba el lugar.

La música de Rufus.

Al principio, la idea de contratar a un flautista en la taberna pareció ridícula para algunos. ¿Quién iba a querer escuchar un instrumento tan delicado en medio del ruido de los borrachos y las conversaciones estridentes? Pero, desde la primera noche, Rufus había demostrado que su flauta podía hacerse escuchar por encima de todo.

No tocaba simplemente melodías alegres para amenizar la velada. No se conformaba con acompañar las risas y el tintineo de las jarras de cerveza.

No.

Rufus tocaba como si la música fuera un hechizo.

Y lo era.

Las notas danzaban en el aire, llenaban cada rincón de la taberna, se entrelazaban con el humo de la chimenea y envolvían a la gente en un instante de magia que nadie quería romper.

Harlan mismo se sorprendió la primera vez que lo escuchó. Había visto músicos tocar antes, pero nunca uno que lograra hacer callar a la gente cuando tocaba. Por eso, después de aquella noche, lo contrató para tocar todos los sábados.

Y Rufus lo disfrutaba.

No solo por el dinero extra, sino porque en la esquina más cercana al escenario siempre estaban sus amigos: Peter, Mira, Galen, Elyse y Colette.

Solían reírse, hacerle gestos mientras tocaba, y, cuando terminaba una canción, brindaban en su honor antes de gritarle que tocara otra.

Era una buena vida.

Esa noche, la taberna estaba más animada que de costumbre. Rufus había tocado un par de canciones que hicieron que incluso los más reacios tamborilearan los dedos sobre las mesas.

Cuando terminó una de sus melodías más rápidas, una oleada de aplausos estalló entre los clientes.

—¡Maldita sea, muchacho! —gritó Harlan desde la barra, con su voz ronca—. ¡Si sigues tocando así, acabarás por sacarme más dinero del que gano!

Rufus se inclinó con una sonrisa antes de guardar la flauta en el cinturón y bajar del pequeño escenario improvisado.

Y entonces la vio.

Hannah. Una chica del pueblo lo miraba desde una de las mesas cercanas. Cabello castaño, ojos grandes y sonrisa audaz. No era la primera vez que la veía en la taberna, pero sí la primera vez que le sostenía la mirada con esa expresión en los ojos.

Rufus se dispuso a caminar hacia la mesa de sus amigos, pero ella se adelantó y se cruzó en su camino.

—Tocas como si la flauta fuera parte de ti —dijo con una media sonrisa.

Rufus parpadeó, sorprendido.

—¿Eso es un halago?

—Es una observación. Pero, si quieres que sea un halago, puedo añadir algo más. —Se inclinó un poco hacia él, bajando la voz—. También brillas mientras lo haces.

Rufus rio, sacudiendo la cabeza.

—¿Te ha gustado?

—Me ha encantado —respondió ella, y, antes de que él pudiera decir algo más, le hizo un gesto con la cabeza hacia la barra—. Vamos, deja que te invite a una copa.

Rufus se apoyó en la barra mientras Hannah le pedía dos jarras de cerveza a Harlan.

—No me suelen invitar a muchas copas —comentó Rufus con una sonrisa.

—Pues deberías acostumbrarte —respondió ella, deslizando una jarra frente a él—. Dicen que las chicas del pueblo están empezando a interesarse por el joven flautista.

—¿Quiénes lo dicen?

—Oh, no puedo revelar mis fuentes. Pero dime, ¿qué tiene tu música que hace que te olvides de todo cuando tocas?

Rufus pensó en la pregunta mientras bebía un sorbo.

—Creo que es lo único que sé hacer que realmente… hace que el mundo desaparezca por un rato para mí. Y supongo que, en parte, para los demás.

Hannah sonrió con un gesto ladeado.

—Entonces dime, ¿qué harías si una chica te pidiera que tocaras una canción solo para ella?

—Depende de la chica —dijo Rufus con una ceja arqueada.

—Y si fuera yo…

Rufus la observó por un segundo, notando la manera en que lo miraba. No era el tipo de mirada ingenua de quien solo admira su música. Era otra cosa. Hannah era guapa. No bellísima, quizá, pero sí el sueño de cualquier chico de su edad. Aun así, su mente y su alma solo pensaban en Sylvae.

—Entonces, tal vez —respondió con una sonrisa juguetona—. Pero tendría que ser una canción muy especial.

Hannah sostuvo su mirada un instante antes de soltar una leve risa y chocar su jarra contra la de él.

Colette no estaba sonriendo.

Desde la mesa donde estaban sentados sus amigos, observaba la escena en la barra con una sensación que no supo definir al principio.

Rufus estaba allí, riéndose con Hannah, inclinado hacia ella con esa facilidad suya para hablar con cualquiera. A pesar de ser rarito, tenía más encanto que todos los demás chicos del pueblo juntos, al menos para Colette.

Mira, que estaba a su lado, le dio un codazo en las costillas.

—Podrías ir a interrumpirlos.

—¿Y por qué haría eso? —respondió Colette con voz neutra, llevándose la jarra a los labios.

Mira sonrió con burla.

—No lo sé. Tal vez porque llevas mirándolos todo el tiempo con cara de quien acaba de morder un limón.

Colette soltó un resoplido.

—No seas ridícula.

—Claro, claro. —Mira se encogió de hombros—. Pero, si quieres esperar a que Hannah lo arrastre fuera de la taberna para… ya sabes, mostrarle cómo se le agradece la diversión a un buen músico, adelante.

Colette casi escupió la cerveza.

—¡Mira!

Su amiga se rio.

Pero Colette dejó la jarra en la mesa con un golpe más fuerte de lo necesario.

No tenía ninguna razón para sentirse así.

Ninguna razón para importarle.

Pero, aun así… algo dentro de ella ardía como un carbón encendido.

Y, mientras Rufus seguía conversando con Hannah en la barra, Colette sintió que su noche se había arruinado sin siquiera saber por qué. Su amor por él era platónico, lo sabía desde hacía años. Él estaba enamorado de otra.

—Bueno, bueno… Parece que nuestro flautista encantador tiene una admiradora —dijo Galen.

Peter dejó su jarra en la mesa con una sonrisa burlona.

—¿Solo una? No sé si te has dado cuenta, pero cada sábado hay al menos tres chicas mirándolo como si fuera el único hombre en Eldermere.

Elyse sonrió.

—Oh, por favor. Es Rufus. Seguro que ni siquiera se da cuenta.

Galen soltó una risa baja.

—Oh, sí que se da cuenta. Lo que pasa es que no sabe qué hacer con ello.

—Tu hermano no es tan espabilado con las chicas como tú —dijo Elyse.

—Yo solo tengo ojos para ti, mi amor…

Colette siguió bebiendo en silencio, con la mirada fija en la espuma de su cerveza.

Mira no dejó pasar el detalle.

—Y dime, Colette… —dijo con tono travieso—. ¿A ti qué te parece Hannah?

Colette parpadeó, fingiendo desinterés.

—¿Por qué me lo preguntas a mí?

Peter alzó una ceja.

—No sé, tal vez porque miras a Rufus como si estuviera a punto de tomar la peor decisión de su vida.

Colette resopló.

—Es una chica simpática, supongo.

—¿Simpática? —se burló Mira—. Bueno, sí. Simpática. También bonita. También interesada. También inclinándose demasiado cerca.

Elyse sonrió con diversión.

—Es lo normal. Es músico. A las chicas les atrae la música.

—Claro —dijo Mira, con una sonrisita—. La música.

Colette suspiró y dejó su jarra sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—No veo el problema.

—Oh, nadie ve el problema —dijo Peter, alzando las manos con inocencia fingida—. Excepto tú.

Colette los miró a todos, sintiendo el calor subirle a las mejillas.

—¿Podemos hablar de otra cosa?

Galen, que hasta entonces se había mantenido al margen, decidió intervenir.

—No la molestéis —dijo con tono neutral—. Es normal preocuparse por un amigo.

Mira se cruzó de brazos.

—Claro, claro. Aunque yo lo llamaría de otra forma…

Colette la fulminó con la mirada, pero Elyse decidió cambiar de tema antes de que Mira siguiera pinchando.

—De todas formas, es bueno que Rufus empiece a disfrutar su éxito. Se lo merece.

Galen asintió.

—Sí, aunque dudo que él lo vea así. Para Rufus, la música es algo natural. Como respirar.

Peter se encogió de hombros.

—Bueno, respirar no le consigue admiradoras.

—Tal vez no —dijo Mira, con una sonrisa pícara—. Pero tocar la flauta sí.

Colette puso los ojos en blanco y se hundió un poco más en su silla.

—De todas formas, yo creo que él solo piensa en esa chica que le gusta —dijo Elyse—. Ni siquiera sabemos quién es ni dónde vive, pero desaparece por las noches y su madre dice que es por una chica.

Rufus seguía en la barra con Hannah, ajeno a la tormenta de miradas y suposiciones que había dejado en su mesa.

Elyse suspiró y apoyó el codo en la mesa, removiendo distraídamente la espuma de su cerveza con el dedo.

—Bueno, dejemos en paz a Rufus y su misterioso encanto con las mujeres. Hay cosas más importantes de las que hablar.

Peter arqueó una ceja con diversión.

—¿Más importantes que ver a Colette tratando de no explotar?

Colette le dio un leve golpe en el brazo, haciéndolo reír, pero Elyse ignoró el comentario y continuó.

—Como, por ejemplo, la feria de primavera.

Mira se incorporó con entusiasmo.

—¡Oh, sí! La feria de Thanes. He oído que este año traerán a un lanzador de cuchillos.

—¿Un lanzador de cuchillos? —dijo Galen, frunciendo el ceño—. Genial. Nada como tener a un tipo arrojando dagas afiladas en un pueblo lleno de niños.

Mira se encogió de hombros.

—Vamos, no seas aburrido. También traerán danzarinas, puestos de comida, juegos… Parece como si nunca hubieras visto una feria.

—Y competición de arquería —añadió Peter—. Voy a ganar este año.

Elyse rio.

—¿No decías lo mismo el año pasado?

—Sí, pero este año he practicado más.

—El año pasado perdiste contra un niño de catorce años, Peter —dijo Colette, con una sonrisa burlona.

—¡Ese crío tuvo suerte! —protestó Peter—. Y, además, nadie recuerda a los que pierden. Este año voy a por la revancha.

Mira le dio una palmadita en el hombro.

—Sí, sí, seguro. Asegúrate de no quedar último otra vez.

Peter fingió indignación mientras los demás se reían.