ᛒ-Los Tres Regalos de Sylvae #2
Sylvae no apartó la mirada de él.
—Este es mi segundo regalo.
Rufus extendió la mano, pero dudó.
—¿Qué es?
Sylvae exhaló suavemente.
—Un recuerdo.
Él parpadeó.
—¿De quién?
Sylvae le tomó la mano con suavidad y la guió hacia la esfera.
—Tócala y lo sabrás.
Cuando sus dedos rozaron la luz, todo cambió.
El mundo se desvaneció.
El frío del lago, el murmullo del viento, la oscuridad de la noche… todo desapareció.
Y, de repente…
Él estaba allí.
En un bosque.
No uno como los que conocía. No era el de Eldermere.
Era más salvaje, más verde, más puro.
El aire olía a sal y a tierra húmeda.
Y, ante él, había dos figuras.
Un hombre y una mujer.
La madre y el padre de Sylvae. No sabía explicarlo, pero lo supo en cuanto los vio.
Su madre era una ninfa del bosque.
Su piel era como la luz filtrándose entre las hojas; su cabello tenía reflejos de otoño y primavera al mismo tiempo.
Y su risa…
Era como el agua corriendo por un arroyo.
Su padre, Njord, señor de las mareas y de los vientos marinos, era todo lo opuesto.
Alto y fuerte, con el cabello oscuro y una presencia que recordaba a la tormenta antes de caer.
Pero, cuando la miraba a ella, cuando la tocaba con la punta de los dedos, no había fuerza ni tormenta.
Solo devoción.
Se reían juntos, se susurraban cosas que Rufus no podía escuchar.
Ella deslizaba las manos sobre su rostro, tocándolo como si él fuera una maravilla que nunca dejaría de admirar.
Y él la sostenía como si el mundo entero fuera demasiado frágil para merecerla.
Era un amor puro.
Inmenso.
Prohibido.
Pero Rufus no vio cómo terminaba la historia.
Porque, antes de que pudiera verlo, la visión se rompió.
Y él volvió a estar en el lago.
Rufus exhaló bruscamente, como si hubiera estado conteniendo la respiración.
La luna seguía allí.
Sylvae seguía frente a él.
Pero el recuerdo…
El recuerdo se había ido.
Se quedó en silencio, con el corazón golpeándole el pecho.
Lo había visto.
Había visto a su madre viva.
No en una historia.
No en un sueño.
Real.
Pero su pecho se contrajo con una certeza amarga.
Si era un recuerdo…
Entonces ella ya no estaba.
Rufus tragó saliva. Su voz salió temblorosa.
—Ella… tu madre… murió, ¿verdad?
Sylvae no respondió de inmediato.
Pero la tristeza en su mirada fue suficiente.
Finalmente, asintió.
—Sí.
Rufus apretó los puños, sintiendo un nudo en la garganta.
—¿Cómo?
Sylvae bajó la mirada.
—No puedo decírtelo.
Rufus sintió un vacío en el pecho.
No solo por su madre ni por su historia.
Sino porque, por primera vez, comprendió algo aterrador.
Había más cosas que Sylvae no le estaba diciendo.
Había verdades que ella estaba protegiendo.
Y, tarde o temprano, tendría que descubrirlas por sí mismo.
El aire se sentía distinto.
No era solo el frío que se deslizaba sobre la escarcha ni el silencio del bosque que los rodeaba.
Era Sylvae.
Algo en ella había cambiado.
No en su apariencia ni en su voz.
Pero Rufus lo sintió.
Era como si hubiera tomado una decisión.
Como si se hubiera rendido a algo más grande que ella.
Ella lo miró con una expresión que nunca antes había visto.
No era su habitual aura de misterio.
Era… vulnerabilidad.
Y eso lo asustó más que cualquier otra cosa.
Sylvae dio un paso hacia él.
Lento.
Decidido.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó una mano y tomó la suya.
Sus dedos eran fríos, etéreos, ligeros como el aliento del viento.
Pero su agarre fue firme.
Rufus no se movió.
No podía.
El lago parecía contener la respiración.
La luna brillaba con más fuerza.
Y, cuando Sylvae habló, su voz no era un susurro, sino un eco de algo más profundo.
—¿Sabes por qué los de mi clase no dan su verdadero nombre a los humanos?
Rufus frunció el ceño.
Su voz salió baja, casi temblorosa.
—¿Por qué?
Sylvae ladeó la cabeza, con la mirada atrapada en la suya.
—Porque, si lo hacemos… significa que hemos dado algo que nunca podremos recuperar.
Algo sagrado.
Algo que nos une.
Para siempre.
Rufus sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
El viento se deslizó sobre el hielo, pero él apenas lo notó.
Porque las palabras de ella eran demasiado grandes, demasiado importantes.
Las dejó pesar en su pecho.
Las dejó llenar el espacio entre ambos.
Y luego susurró:
—Sylvae… yo te conozco.
Ella esbozó una leve sonrisa.
Pero era una sonrisa triste.
Una sonrisa que sabía que él no entendía del todo.
—Ese no es mi nombre verdadero.
Rufus sintió que el corazón le saltaba en el pecho.
Pero no por miedo.
No por confusión.
Por algo más profundo.
Una fuerza que lo estaba llamando a cruzar un umbral invisible.
Porque, por primera vez, entendió la magnitud de lo que estaba a punto de suceder.
Sylvae dio un paso más.
Rufus sintió su aliento frío contra la piel, un roce perceptible, como si su presencia misma fuera más aire que cuerpo.
El lago seguía inmóvil.
El viento contenía la respiración.
Y entonces ella se inclinó.
Lentamente.
Con el cuidado de alguien que está a punto de cambiar el mundo con una sola palabra.
Su voz fue un susurro.
Suave como el roce de las hojas.
Fugaz como la primera nevada del invierno.
Y, al mismo tiempo, más eterna que cualquier otra cosa.
Ella le dijo su nombre verdadero al oído.
El sonido de su nombre en los labios de Sylvae no fue solo un sonido.
Fue un latido en el aire.
Un temblor silencioso.
El lago pareció estremecerse bajo sus pies, como si la superficie de hielo hubiera sentido el peso de ese nombre.
El viento sopló en una dirección nueva, distinta, como si la misma naturaleza hubiera cambiado de rumbo.
Rufus no entendió todo de inmediato.
Pero sintió que algo caía sobre su pecho.
Un peso invisible de certeza.
El nombre resonaba en su interior, vibrando en algún lugar de su alma.
Era más que un sonido.
Era un lazo.
Un ancla.
Algo que nunca antes había sentido, pero que ahora formaba parte de él.
Él ahora sabía la verdad.
Y la verdad era Sylvae.
O, mejor dicho… lo que ella realmente era.
Lo que ella realmente significaba.
Él levantó la vista.
Su mirada buscó la de ella.
Y la encontró.
Llena de una fragilidad nueva.
Poderosa.
Irreversible.
Entonces ella habló.
Su voz fue un aliento en el viento, un eco que se perdió entre los árboles.
—Ahora que lo sabes… estás unido a mí para siempre. No puedes decir nunca mi nombre. Solo recordarlo.
Rufus sintió que el mundo entero había cambiado.
Porque lo había hecho.
El tiempo se había detenido.
El hielo bajo sus pies, el murmullo del viento entre los árboles, la luna reflejada en la escarcha… todo parecía suspendido en un instante que no quería terminar.
Rufus y Sylvae no se separaron.
No hablaron de la próxima vez ni del futuro.
Solo se quedaron juntos, enredados en un abrazo que existía fuera del tiempo.
Como si el universo se hubiera encogido hasta ser solo aquello.
Solo sus cuerpos sosteniéndose en la penumbra.
Solo sus labios encontrándose una y otra vez, como si la noche jamás fuera a acabarse.
Como si supieran que cada beso podría ser el último.
Entre besos y silencios, hablaron.
Pero no con las palabras de los humanos, ni con promesas vacías o juramentos que el mundo pudiera romper.
Con la verdad.
Con preguntas que no necesitaban respuesta.
Con respuestas que nunca se habían atrevido a decir en voz alta.
Rufus hundió el rostro en su cabello plateado, sintiendo su olor a bosque y agua fría, y preguntó con la voz hecha un murmullo:
—¿Por qué me elegiste?
Sylvae cerró los ojos contra su piel.
—No se elige a quien se ama. Hasta aquellos tan poco sensibles como los humanos saben esas cosas.
—Siempre te quise, desde el primer día que te vi aparecer en medio del lago.
Ella sonrió levemente.
Rufus la sostuvo con más fuerza.
Porque sabía que lo que tenían no estaba destinado a durar.
Y porque, justo por eso, cada segundo importaba más.
La luna ya no estaba en lo alto.
El cielo se aclaraba en el horizonte, tiñendo el hielo con un resplandor gris azulado.
El amanecer se acercaba.
Y, con él, la despedida.
Sylvae se separó lentamente de sus brazos, pero su mirada seguía atrapada en la suya.
Había una tristeza indescifrable en su expresión.
Algo inevitable.
—Debo irme.
Las palabras fueron un soplo de escarcha en el aire.
Rufus no intentó retenerla.
Porque sabía que no podía.
Ella dio un paso atrás.
El viento pareció envolverla.
Su silueta se volvió un reflejo entre sombras y luz.
Poco a poco, desapareció en la brisa.
No como alguien que se va.
No como alguien que se pierde.
Como alguien que siempre estará allí.
Rufus se quedó solo en la orilla.
Pero no se sintió vacío.
Porque ahora ella estaba dentro de él.
Porque su nombre ardía en su pecho como un secreto sagrado.
Se tocó el cuello, donde el collar invisible lo protegía.
Miró el lugar en que antes había estado la esfera de luz en su mano.
Sabía que todo había cambiado.
Sabía que ya no había vuelta atrás, que siempre estarían juntos pasara lo que pasara.
Y entonces miró el horizonte, donde el sol comenzaba a pintar de fuego el cielo helado.
Porque ahora él pertenecía a su mundo tanto como ella pertenecía al suyo.