ᛒ-Los Tres Regalos de Sylvae
Había regresado de Thanes más animado, pero el lago seguía siendo el mismo.
Las aguas congeladas reflejaban el cielo como un espejo antiguo, atrapando estrellas en su superficie de cristal.
Las mismas ramas desnudas se mecían con el viento.
El aire seguía siendo frío, cortante, cargado del mismo silencio invernal.
Pero Sylvae no estaba allí.
Y esa ausencia lo devoraba.
La primera noche, Rufus esperó con paciencia.
Se sentó en la orilla, con las rodillas contra el pecho, mirando el reflejo de la luna en el hielo.
Cada vez que el viento soplaba y los árboles susurraban, su corazón se tensaba con la esperanza de que ella apareciera.
Pero no lo hizo.
Cuando la medianoche pasó y el frío se hizo insoportable, se levantó y regresó a casa.
La segunda noche trajo su flauta.
Tocó melodías que sabía que ella conocía.
Canciones que habían compartido, que antes habían llenado el silencio entre ellos.
La música danzó sobre el hielo, deslizándose entre las sombras de los árboles.
Pero el lago seguía vacío.
El eco de sus propias notas fue la única respuesta.
La tercera noche, su paciencia comenzó a resquebrajarse.
—Sylvae —susurró, alzando la mirada hacia el bosque.
El viento sacudió las ramas, como si le respondiera con un murmullo indiferente.
—Si estás aquí, dime algo.
Pero nadie le contestó.
Nadie.
Algo había cambiado.
Podía sentirlo.
Era como si todo el bosque contuviera la respiración cuando él la llamaba.
Como si algo invisible estuviera esperando… pero él no sabía qué.
¿Fue un error besarla?
¿Había cruzado una línea que no debía?
Había buscado respuestas sobre ella, sobre su origen. ¿Había pronunciado su nombre en lugares donde no debía ser dicho?
¿Acaso la había alejado de él sin darse cuenta?
¿Las hadas podían desaparecer para siempre?
El pensamiento le oprimió el pecho.
Antes, pensar en Sylvae le hacía sentir paz.
Ahora, su ausencia era un peso que no podía sacudirse.
Miró la luna sobre el hielo.
Por un momento, la imagen se sintió extraña.
El reflejo en el lago parecía más oscuro, más profundo.
Casi como si no estuviera reflejando el cielo, sino un abismo bajo sus pies.
El bosque estaba más callado de lo normal.
Los búhos no cantaban.
Los ciervos no se acercaban.
Las sombras entre los árboles se sentían más densas, como si el mundo entero estuviera en pausa.
Esperando.
Esperando algo que él aún no comprendía.
Rufus cerró los ojos y respiró hondo.
No se rendiría.
No importaba cuánto tardara, volvería al lago todas las noches si era necesario.
Porque, si Sylvae aún existía en algún lugar del bosque, él la encontraría.
Porque no podía aceptar que simplemente se hubiera desvanecido.
No su Sylvae.
Aquella noche llegó desesperado.
El viento ululaba entre las ramas desnudas, un canto lejano y solitario que parecía responder al dolor de Rufus.
El lago seguía intacto, inmóvil, con la luna derramada sobre su superficie de cristal. Frío. Silencioso. Indiferente.
Y vacío.
Otra noche sin Sylvae.
Rufus sintió una opresión en el pecho, un peso que ya no podía ignorar.
Había esperado. Había confiado en que volvería.
Pero el bosque solo le daba silencio.
El frío le mordía los dedos, pero no le importó.
Sacó su flauta.
No para llamarla.
No esta vez.
Si no estaba allí para escucharlo, que el bosque escuchara su tristeza.
Apoyó la flauta en sus labios y sopló la primera nota.
Su sonido era tenue al principio, un murmullo que se elevó sobre la escarcha como el aliento de un fantasma.
Después, la melodía cobró forma.
No era una canción alegre.
No era un canto de amor.
Era un lamento profundo, una herida abierta en forma de música.
Un susurro que hablaba de la ausencia, del vacío que alguien deja cuando se va.
De la espera interminable.
Del miedo a olvidar la voz de quien amas.
Cada nota era un hilo invisible que se extendía sobre el hielo, tocando las sombras del bosque, acariciando la oscuridad entre los árboles.
Era un idioma antiguo, uno que no necesitaba palabras.
Y el mundo escuchó.
El canto de los búhos se apagó.
Los ciervos detuvieron su andar, alzando la cabeza con las orejas tensas, como si entendieran.
Incluso el viento, siempre inquieto, pareció contener el aliento.
Y el lago…
El lago emitió un sonido ahogado.
Un gemido, un crujido leve, como si algo bajo el hielo también estuviera llorando.
Rufus sintió la humedad en los ojos, pero no dejó de tocar.
Sus lágrimas se mezclaron con la escarcha de su piel, rodando por su rostro sin sonido.
La música se hizo más intensa, más profunda, más rota.
Un corazón partido convertido en melodía.
Y entonces ella apareció.
Primero fue una sombra en el hielo.
Luego, un movimiento entre la bruma.
Y, por último, Sylvae surgió del vacío.
No caminó ni emergió de repente.
Simplemente estaba allí.
De pie en la superficie helada, como si nunca se hubiera ido.
Pero esta vez su rostro era diferente.
Sus ojos no reflejaban la diversión de otras noches.
Esta vez tenían algo más.
Dolor.
Preocupación.
Y algo que Rufus no pudo descifrar.
Sylvae no dijo nada al principio.
Solo lo miró, como si él fuera el error que no debió cometer.
Como si su música hubiera cruzado un umbral que no debía cruzarse.
Había respondido a su lamento y había regresado.
La luna bañaba su silueta con un resplandor pálido, atrapando reflejos plateados en su cabello.
Pero su rostro…
Algo era diferente.
Sus ojos eran oscuros, llenos de algo que Rufus no podía descifrar.
Avanzó lentamente hacia él, con pasos que parecían no tocar el hielo.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, su voz emergió en un susurro.
—No deberías estar aquí.
Era una advertencia.
No una orden ni una amenaza.
Un ruego.
Rufus sintió la rabia y la tristeza arder en su pecho.
—¿Por qué me dejaste solo? —Su voz estaba rota, quebrada por todas las noches que había pasado esperando una respuesta.
Sylvae apartó la mirada.
—Porque este mundo no es para ti.
Rufus se acercó un paso.
—Eso no es cierto.
Ella cerró los ojos por un instante, como si esas palabras la hirieran.
—Sí lo es.
—Entonces, ¿por qué volviste?
Silencio.
Sylvae abrió los ojos y lo miró con una intensidad que lo dejó sin aliento.
—Porque no podía soportar escucharte llorar.
Rufus no tuvo tiempo de responder.
Porque ella se acercó.
Y lo besó.
No hubo advertencia, ni duda, ni vacilación.
Solo el roce de sus labios contra los suyos.
Era frío como el agua del lago, pero dentro de él había algo más.
Era un beso triste.
Era un beso eterno.
Era un beso que significaba muchas cosas a la vez.
Tal vez un adiós.
Tal vez una promesa.
O tal vez…
La única verdad que podía existir entre ellos.
Cuando Sylvae se separó de él, su respiración era un susurro en el aire.
Pero no se apartó del todo.
No podía.
Y Rufus tampoco.
El hielo crujió bajo sus pies.
La luna brilló con más fuerza.
Y el viento pareció contener la respiración.
Porque algo había cambiado.
Para siempre.
El aire se sentía distinto.
Más denso.
Más frágil.
Rufus todavía podía sentir el roce frío de los labios de Sylvae en los suyos, pero el momento se había desvanecido demasiado rápido. Como todo con ella.
Sylvae dio un paso atrás. Su expresión era aún tensa, pero en su mirada había algo que antes no estaba.
Determinación.
Un propósito que él aún no comprendía.
Con lentitud, levantó una mano y, de la nada, sacó algo.
Rufus vio el objeto brillar bajo la luz de la luna.
Era un pequeño collar, con una piedra azul en el centro, del tamaño de una gota de agua atrapada en cristal.
Era hermoso, pero no de la manera ostentosa de la joyería humana.
Tenía un aire antiguo, atemporal.
Como si no fuera solo una joya, sino una historia convertida en piedra.
Sylvae lo sostuvo frente a él.
—Este es mi primer regalo para ti.
Su voz era un murmullo, un suspiro flotando entre ellos.
Rufus no supo qué decir.
Sylvae se acercó de nuevo.
Con dedos fríos y ligeros, colocó el collar alrededor de su cuello.
El metal era suave y liviano, casi como si no estuviera allí.
Pero entonces…
En cuanto el cierre se ajustó y la piedra tocó su piel…
Desapareció.
Rufus dio un respingo, tocándose el cuello de inmediato.
No sintió nada.
Nada más que su propia piel.
Frunció el ceño.
—¿Dónde está?
Sylvae esbozó una leve sonrisa, de esas que solo ella podía hacer.
—Dentro de ti.
Rufus frunció el ceño aún más, moviendo la mano de un lado a otro, buscándolo.
—¿Qué significa eso?
Sylvae ladeó la cabeza, como si la pregunta le divirtiera.
Pero, cuando habló, su tono era serio.
—Te protegerá y te hará recordar quién eres…
Rufus alzó la vista.
—¿De qué me protegerá?
Sylvae desvió la mirada por un instante, como si la respuesta no fuera tan simple.
Luego volvió a él.
—De lo que no ves. De lo que aún no sabes.
Rufus tragó saliva.
—Pero… —volvió a tocarse el cuello—, ¿por qué desapareció?
Sylvae se inclinó ligeramente, con los ojos fijos en los suyos.
—Porque así nadie podrá robártelo.
Rufus sintió un escalofrío.
—¿Nadie?
—Nadie de mi clase podrá verlo. Solo yo.
Su voz era tranquila, pero había algo en ella.
Un secreto oculto en esas palabras.
Rufus sintió una calidez recorrerle el pecho.
No podía verlo ni tocarlo.
Pero sabía que estaba allí.
Dentro de él.
Y, de algún modo, eso lo cambiaba todo.
El reflejo plateado de la luna se extendía sobre el hielo, temblando con el viento.
Rufus todavía sentía el peso invisible del collar en su pecho, aunque no podía verlo ni tocarlo.
Pero ahora Sylvae tenía algo más en sus manos.
Algo que no pertenecía a este mundo.
Sylvae levantó lentamente la palma.
De la nada, una pequeña esfera de luz apareció flotando sobre su piel.
Brillaba como una estrella atrapada, pulsando suavemente con una luz dorada.
No iluminaba como una antorcha, pero su resplandor parecía llenar el aire con una presencia distinta.
Un calor antiguo.
Un latido de algo olvidado.
Rufus observó la esfera sin aliento.
No era solo luz.
Era algo vivo.
Algo que esperaba ser descubierto.