Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La biblioteca #2
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La biblioteca #2

¿Qué significaba eso?

Rufus tragó saliva.

Empezaba a entender algo.

Pero todavía no sabía si quería saberlo todo.

El sonido del papel al pasar era casi imperceptible en la gran biblioteca de Thanes, pero, para Rufus, cada crujido parecía amplificado.

Seguía leyendo, sumergido en un mundo que no debería existir.

Las palabras en el libro eran antiguas, pero extrañamente vivas, como si en ellas latiera algo que no quería ser olvidado.

Y entonces llegó a una página que no estaba allí.

El libro continuaba con una sección importante, pero… no lo hacía.

El texto se detenía abruptamente.

La siguiente página había sido arrancada.

No rota.

No deteriorada por el tiempo.

Arrancada.

Deliberadamente.

Rufus frunció el ceño y pasó los dedos por el borde donde la página debería estar.

Las fibras del papel se deshilachaban como una herida mal cerrada.

Alguien no quería que aquella parte de la historia se leyera.

Pero lo peor no era eso.

Lo peor era lo que sí podía leer.

Justo antes del vacío, había una última frase incompleta.

«Y aquellos que se enamoran de una de ellas…»

El espacio en blanco parecía burlarse de él.

El aire a su alrededor se volvió más frío, o tal vez era solo su mente procesando lo que acababa de leer.

Su corazón dio un latido seco y pesado.

Porque él sabía cómo debía terminar esa frase.

O, al menos, lo intuía.

Y no le gustaba lo que significaba.

Las palabras eran una advertencia.

Y él ya había cruzado el umbral del que hablaban.

El escalofrío que sintió no fue solo por la página arrancada.

Era una sensación más antigua, más instintiva.

La sensación de que alguien lo estaba mirando.

El peso de una mirada silenciosa.

Levantó la cabeza lentamente, con los dedos aún apoyados sobre el borde deshilachado del papel.

El corazón le latía con fuerza.

Miró a su alrededor.

La biblioteca estaba en penumbra, iluminada por lámparas de aceite que dibujaban sombras largas en los estantes.

Al principio, no vio nada.

Pero entonces sus ojos se encontraron con los de un anciano.

Estaba de pie, a pocos pasos de él, entre los estantes de historia.

Vestía una túnica oscura, sin adornos, pero bien cuidada.

Sus ojos no eran como los de un viejo cualquiera.

No eran débiles ni difusos por la edad.

Eran atentos.

Eran cansados.

Pero, sobre todo, eran los ojos de alguien que sabía y buscaba.

Rufus se quedó inmóvil, sintiendo que el tiempo se había ralentizado.

El anciano dio un paso hacia adelante.

Y, en un murmullo bajo, casi como si las palabras fueran un secreto que no debía decirse en voz alta, susurró:

—No deberías buscar respuestas en lugares donde las preguntas han sido olvidadas a propósito.

Rufus sintió la piel erizarse en su nuca.

Las palabras se deslizaron dentro de él como un eco de algo antiguo.

—No hay nada de olvido en arrancar las páginas de un libro. Eso se llama censura —contestó Rufus.

El anciano entornó los ojos.

—¿No eres un poco mayor para creer en cuentos de hadas? —dijo.

—¿Y no es usted un poco mayor para andar arrancando hojas de los libros de la biblioteca y metiendo las narices en las lecturas de extraños?

El anciano se detuvo a mitad de su paso, volviendo la cabeza con lentitud, como si Rufus hubiera dicho algo inesperado… algo que lo divertía.

—Ah. Un muchacho con lengua afilada —musitó, con una sonrisa velada.

Rufus no retrocedió.

No iba a dejarse intimidar.

Había algo en aquel hombre, algo que olía a conocimiento viejo, a secretos enterrados bajo siglos de polvo. Algo que no pertenecía del todo a la biblioteca, pero que la conocía demasiado bien.

El anciano lo estudió en silencio, sus ojos arrastrándose por su rostro, su postura, la forma en que aún tenía los dedos sobre la página arrancada.

—No fui yo quien arrancó esas hojas —dijo, con voz pausada—. Si lo hubiera hecho, créeme, no habrías notado su ausencia.

Rufus frunció el ceño.

—Entonces, ¿quién lo hizo?

El anciano se encogió de hombros con estudiada indiferencia.

—Alguien que entiende que ciertas preguntas no deben responderse.

—O alguien que teme que se respondan —corrigió Rufus.

Por un instante, vio algo en los ojos del anciano.

Un destello fugaz.

Algo entre diversión y advertencia.

—Si de verdad crees que descubrir la historia cambiará algo, sigue buscando —dijo finalmente el anciano—. Pero ten cuidado, muchacho. Las historias olvidadas no siempre quieren ser recordadas.

Rufus sintió un escalofrío.

El anciano giró sobre sus talones y comenzó a alejarse otra vez, deslizándose entre los estantes como si conociera cada rincón de la biblioteca con los ojos cerrados.

Pero, antes de desaparecer del todo, se detuvo una última vez.

Sin mirarlo, dijo en voz baja:

—Si realmente deseas respuestas… no busques solo en los libros. Busca en los nombres que la historia dejó atrás.

—¿Qué significa eso?

—Significa que los libros no siempre contienen la verdad completa, especialmente cuando están escritos por hombres que han intervenido para borrar ciertas partes de la historia. ¿Sabes aquello de que la historia la escriben los vencedores?

Rufus frunció el ceño.

—No lo entiendo.

—La verdadera historia no siempre está en lo que se conserva, sino en aquello que ha sido deliberadamente olvidado. Si quieres la verdad, debes buscar los nombres que fueron silenciados.

—¿Y cómo puedo buscar esos nombres?

El anciano dio medio paso, sin volverse del todo, pero su voz resonó en el aire con un tono bajo y firme, como si hablara de algo que no debía decirse en voz alta.

—Algunas historias se reescriben, muchacho. Algunos nombres desaparecen de los registros, arrancados de las páginas para que nadie los recuerde. Reyes, hechiceros, guardianes del bosque… Todos ellos caminaron alguna vez por estas tierras, pero sus nombres se desvanecieron como niebla al amanecer.

El anciano suspiró, como si recordara algo que ya nadie más podía.

—Los libros solo cuentan lo que les han permitido contar. Pero las palabras no son las únicas guardianas de la verdad. Si de verdad quieres respuestas, busca a quienes aún recuerdan.

Se giró, con la mirada clavada en Rufus.

—Las personas son los últimos libros vivos. Los ancianos del pueblo, los que aún susurran leyendas junto al fuego, los que nunca aprendieron a escribir pero llevan en sus mentes los relatos de quienes vivieron antes que ellos. Ellos podrían contar lo que el papel ya no dice.

Rufus tragó saliva.

—¿Y si no hay nadie que lo recuerde?

El anciano dejó escapar una leve risa, seca y amarga.

—Entonces sigue los nombres que aún quedan.

Sus ojos se oscurecieron.

—Porque algunos nombres tienen poder, muchacho. Un nombre verdadero no es solo un sonido. Es un ancla, es un lazo, es una puerta cerrada o la llave que puede abrirla.

Rufus sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Aquello tenía demasiado en común con lo que siempre le decía Sylvae.

—Por eso algunos los esconden. Por eso otros los protegen. Y por eso hay quienes los roban.

El anciano dio un paso más hacia las sombras, y su voz se volvió un susurro.

—Ella no te ha dado su nombre verdadero, ¿cierto?

Rufus sintió que la garganta se le secaba.

—¿Por qué dice eso?

El anciano sonrió levemente, con una tristeza que Rufus no entendió del todo.

—Porque, si lo hubiera hecho… nada de esto sería necesario.

Y, con eso, desapareció entre los estantes.

Rufus se quedó en el mismo lugar, con las manos apretadas en los bordes del libro.

Las preguntas no habían hecho más que multiplicarse.

El anciano ya casi había desaparecido entre los estantes cuando Rufus se armó de valor y alzó la voz:

—¿Cómo puedo buscar un nombre en una biblioteca?

El hombre se detuvo por un instante.

No se giró del todo, pero habló lo bastante alto para que Rufus lo escuchara.

—Los nombres no se buscan. Se encuentran.

Rufus frunció el ceño.

—Eso no me dice nada.

El anciano dejó escapar una risa baja.

—Lo dice todo, muchacho.

Hubo un silencio breve antes de que el anciano añadiera, con un tono más práctico:

—Empieza con los registros. No los libros de cuentos. No las leyendas. Busca en los documentos antiguos: registros de nacimientos, defunciones, herencias. Los nombres dejan rastros en la historia.

Rufus inclinó la cabeza, pensativo.

—¿Y si el nombre fue borrado?

El anciano se encogió de hombros.

—Los nombres pueden ser arrancados del papel, pero no del todo. A veces quedan en anotaciones marginales, en cartas olvidadas, en un título mencionado de pasada en otro libro.

Se giró, con una leve sonrisa.

—Si un nombre desapareció… pregúntate quién quiso que se olvidara.

Y, con eso, siguió su camino, perdiéndose en la penumbra de la biblioteca.

Rufus miró el libro en sus manos. Luego, los estantes que lo rodeaban.

Ahora tenía un camino a seguir.

Y estaba dispuesto a recorrerlo hasta el final.

No encontraría en los registros el nombre de Sylvae, pero quizá sí el del rey destruido por un hada en Eldermere.

CAELUM.

Quizá aquella hada tuviera algo que ver con Sylvae.