La biblioteca
La plaza del mercado aún zumbaba con el eco de la jornada, pero, a medida que Rufus se alejaba, el bullicio comenzaba a disiparse.
El sol ya se inclinaba hacia el horizonte, tiñendo los edificios de piedra con un dorado apagado. Las sombras se alargaban en las calles adoquinadas y, aunque la actividad en el centro de la ciudad no cesaba, la urgencia de las primeras horas del día había dado paso a un ritmo más pausado.
Rufus caminaba con paso rápido, pero con los sentidos atentos.
Thanes era una ciudad de piedra antigua y secretos viejos, y, aunque había estado allí antes, siempre le parecía diferente.
Las calles eran más estrechas cuanto más se alejaba del mercado; las tiendas, más pequeñas; los edificios, más altos. Había letreros grabados con nombres de mercaderes y símbolos que no entendía, anuncios de posadas, de sastres, de cerveceros.
En las esquinas se amontonaban los puestos más humildes, donde vendedores ambulantes aún intentaban atraer a los rezagados del mercado.
—¡Joven, joven! —Una voz cantarina lo interrumpió mientras pasaba frente a un hombre que sostenía un colgante en la mano—. Un amuleto contra los malos espíritus, muy efectivo. Protege el alma de los que sueñan demasiado.
Rufus ni siquiera desaceleró.
—No necesito protección.
—¡Todo el mundo la necesita! —insistió el vendedor, levantando su mercancía—. Especialmente los que andan por caminos que no deberían.
Esa última frase hizo que Rufus se detuviera por un segundo, pero no miró atrás.
No tenía tiempo para supersticiones.
Siguió avanzando. La biblioteca estaba cerca.
Cuando dobló una esquina, vio la biblioteca de Thanes.
Era un edificio sólido y alto, con paredes de piedra oscura y ventanales de vidrio teñido que reflejaban la luz del atardecer. Sus puertas de madera estaban grabadas con inscripciones antiguas, letras que no reconocía pero que parecían más viejas que la misma ciudad.
Justo cuando se acercaba a la entrada, la puerta se abrió y un grupo de aprendices de escriba salió cargando pergaminos y libros.
Eran jóvenes, no mucho mayores que él, vestidos con túnicas sencillas pero bien cuidadas. Hablaban entre ellos, discutiendo sobre un tratado que habían leído, con la emoción de quienes viven entre palabras y conocimiento.
Uno de ellos, un muchacho de rostro alargado y gesto serio, intercambió una mirada fugaz con Rufus.
Por un instante, Rufus tuvo la sensación de que lo reconocía.
Pero eso era imposible.
El aprendiz se limitó a inclinar levemente la cabeza en señal de cortesía y siguió caminando con los demás, alejándose por la calle.
Rufus los vio perderse entre las sombras de los edificios.
Se preguntó cuántos secretos guardaba la biblioteca.
Se preguntó si alguno de ellos sabía algo sobre Sylvae.
Si alguna vez habían leído sobre el lago, sobre lo que habitaba en él.
Y, con ese pensamiento, se acercó a la gran puerta de madera y la empujó.
El peso de la puerta crujió bajo sus manos. El sonido fue engullido por el silencio espeso del interior.
En cuanto cruzó el umbral, sintió que el mundo cambiaba.
La biblioteca de Thanes no era como ningún otro lugar en el que hubiera estado antes.
El aire tenía un peso distinto, como si cada palabra escrita en aquellos libros lo hiciera más denso, más cargado de historias y conocimientos olvidados.
Las paredes de piedra oscura se alzaban imponentes, adornadas con estanterías que subían tan alto que parecían perderse en las sombras del techo abovedado. Filas interminables de libros cubrían cada rincón: encuadernaciones de cuero gastado, rollos de pergamino enrollados con cintas de tela descolorida.
En lo alto, los ventanales dejaban entrar la última luz del atardecer, proyectando haces dorados sobre el suelo de mármol pulido. El polvo en el aire relucía como partículas de oro flotando entre las columnas.
Rufus aspiró profundamente.
El aroma a pergaminos viejos, tinta fresca y cera derretida era abrumador y reconfortante a la vez.
Por un instante, se sintió pequeño.
Aquel lugar estaba hecho de secretos, de preguntas y respuestas enterradas en papel.
Y él iba a desenterrar una.
Pero antes tuvo que admitirlo: estaba perdido.
No sabía por dónde empezar.
No sabía dónde buscar a Sylvae en medio de aquel océano de conocimiento.
Sin embargo, su corazón latía con emoción.
Porque, en ese instante, supo que la respuesta estaba en algún lugar entre aquellas páginas.
Solo tenía que encontrarla.
Rufus avanzó por la biblioteca con pasos cautelosos, sintiéndose un intruso en aquel reino de papel y tinta.
El sonido de sus botas resonaba en el suelo de mármol.
Las estanterías se alzaban a su alrededor como muros de un laberinto, cada una cargada con volúmenes encuadernados en cuero desgastado, algunos con letras doradas en sus lomos, otros con inscripciones casi borradas por el tiempo.
Pasó por secciones de historia y política, observando títulos como «Las guerras del Primer Reino» y «Linajes de la Casa Real de Thanes».
Nada de eso le interesaba.
Caminó más allá, dejando atrás los relatos de batallas y tratados comerciales, hasta llegar a un pasillo más oscuro y apartado.
Las velas en los candelabros brillaban con menos intensidad allí, como si la luz también dudara en entrar a ese rincón de la biblioteca.
Rufus alzó la vista y leyó el grabado en madera sobre la estantería:
«Mitos y leyendas».
Su corazón dio un pequeño salto.
Si había respuestas sobre Sylvae, tenían que estar allí.
Con los dedos llenos de polvo, empezó a recorrer los lomos de los libros.
«Cuentos de las Montañas del Norte».
«Las crónicas de los espíritus errantes».
«Las tierras que el tiempo olvidó».
Muchos hablaban de criaturas extrañas, pero no de hadas.
Pasó las páginas de un libro viejo sobre supersticiones campesinas, donde los aldeanos creían que los fuegos fatuos eran almas atrapadas entre los mundos.
Otro volumen mencionaba criaturas que acechaban en los ríos, pero nada sobre seres como Sylvae.
La frustración empezó a crecer en su pecho.
¿Qué pasaba si nadie había escrito sobre ella o sobre los de su clase?
¿Y si su existencia era solo un secreto susurrado entre los árboles, nunca puesto en palabras?
Y entonces vio el libro.
No estaba colocado con cuidado en la estantería, sino torcido, como si alguien lo hubiera hojeado y lo hubiera dejado allí sin preocuparse de devolverlo a su sitio.
El título estaba grabado en letras desvaídas en la cubierta de cuero agrietado:
«Los susurros del bosque: criaturas que habitan entre nosotros».
Rufus sintió un escalofrío.
Ese era el tipo de título que prometía respuestas.
Con manos ansiosas, lo tomó y lo llevó a la mesa más cercana.
El polvo se levantó en un pequeño suspiro cuando lo abrió.
Su búsqueda acababa de volverse mucho más interesante.
El rincón más apartado de la biblioteca estaba casi en penumbra, iluminado solo por una lámpara de aceite que colgaba sobre una mesa de madera oscura.
Rufus se hundió en la silla, con el libro abierto frente a él, sus dedos pasando las páginas con una mezcla de impaciencia y cautela.
El cuero de la cubierta era áspero bajo sus manos, y el papel tenía esa textura gruesa y crujiente de los textos antiguos.
Respiró hondo.
Y comenzó a leer.
Las primeras páginas hablaban de seres olvidados por el tiempo. Espíritus de la naturaleza que no eran ni completamente benignos ni completamente malignos, sino algo diferente.
Seres cuyos propósitos no podían medirse con los estándares humanos.
Los párrafos describían criaturas que no envejecían, que existían entre las sombras de los bosques y los reflejos de los ríos.
Pero fue una frase la que hizo que la sangre se le helara.
«Algunas hadas no son visibles a simple vista. Pueden caminar entre nosotros, pero su reflejo no siempre se ve en el agua. Otras, en cambio, solo existen mientras alguien recuerde haberlas visto».
Rufus sintió un escalofrío.
Volvió a verla en su memoria: de pie sobre el hielo, con el cabello plateado moviéndose en el viento, los ojos fijos en él y el lago extendido a sus pies como un espejo oscuro.
Nunca se había fijado de verdad.
O quizá sí, pero no había querido entenderlo.
Sylvae casi nunca dejaba reflejo.
La luna sí. Las estrellas sí. Las ramas desnudas de los árboles también. Incluso él, cuando se inclinaba sobre el agua quieta, podía ver su rostro temblando bajo la superficie.
Pero ella no.
O al menos no siempre.
No del todo.
Solo algunas veces la había visto reflejada con claridad, y fueron momentos en los que ella había bajado la guardia.
La noche en que la besó.
El recuerdo lo golpeó con una fuerza helada. Durante un instante, justo antes de que el hielo crujiera bajo sus pies, había visto dos figuras sobre el lago. Él y ella. No en la superficie, sino debajo, como si el agua hubiera aceptado por fin escribirla junto a él.
Y entonces comprendió por qué Sylvae se había asustado.
El beso no solo había sido un beso.
El lago lo había visto.
La recordó, siempre moviéndose con ligereza sobre el hielo, siempre quedándose cerca de él, pero nunca demasiado cerca del agua descongelada.
Se había dado cuenta sin darse cuenta.
La piel de sus brazos se erizó.
¿Había sido un simple detalle sin importancia?
¿O una advertencia silenciosa que él había ignorado?
Rufus volvió a las páginas, con los ojos recorriendo las líneas con ansia.
Un nuevo pasaje lo detuvo.
«No todas las hadas tienen nombres propios. Algunas son solo ecos del bosque, pero aquellas que tienen un nombre verdadero deben protegerlo, porque un nombre tiene poder».
Sylvae.
Ella nunca había querido decirle su nombre real.
Le había dado un nombre para llamarla, pero no su verdadero nombre. E incluso ese nombre, para ella, había sido como entregar un pedazo de su alma. Aquel día en que se lo dijo, Rufus supo que ella sentía algo por él. Aunque fuese solo amistad. Una amistad especial.
Y ahora entendía por qué.
Los nombres eran algo más que palabras.
Eran llaves.
Eran anclas.
Eran promesas.
Y, si un hada entregaba su verdadero nombre…