Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) Vuelta a la Ciudad de Thanes #2
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Vuelta a la Ciudad de Thanes #2

Las manzanas fueron colocadas en cestas de mimbre, asegurándose de que las más rojas y brillantes quedaran al frente. El color llamaba la atención.

—Parece que sí aprendiste algo —bromeó Galen mientras Rufus acomodaba las manzanas.

—A diferencia de ti, que solo sabes hablar.

—Las palabras son una herramienta tan poderosa como las manos.

—Depende de para qué.

Galen sonrió, sin molestarse en responder.

Mientras ellos trabajaban, su madre se encargaba de organizar el puesto de manera atractiva.

—Pon esos sacos un poco más a la izquierda —indicó—. Quiero que la gente vea bien lo que vendemos.

Rufus obedeció, mientras su madre se aseguraba de que todo estuviera ordenado y presentable.

El mercado era ruidoso y estaba lleno de distracciones. Los primeros compradores pasaban, pero nadie se detenía aún en su puesto.

—Esto es lo difícil —dijo su madre con un suspiro—. Conseguir que la gente se acerque.

Rufus miró a su alrededor.

Había tantos puestos, tantas voces compitiendo por la atención, tantos productos brillando bajo la luz del sol.

¿Cómo lograr que la gente mirara el suyo?

Entonces tuvo una idea.

El mercado seguía rugiendo a su alrededor, con voces entrelazadas en una cacofonía interminable. Pero Rufus sabía que, entre todo aquel ruido, una melodía podía destacar.

Se subió a una pequeña tarima de madera junto al puesto, improvisada con un par de cajas vacías. Desde allí, el bullicio del mercado parecía aún más grande, pero también más lejano, como si fuera una marea en la que él podía encontrar su propio ritmo.

Sacó su flauta y la sostuvo un momento entre los dedos, sintiendo su peso familiar.

No había planificado tocar, pero, en cuanto la sostuvo, supo que debía hacerlo.

Galen arqueó una ceja.

—¿Vas a dar un concierto?

Rufus no respondió.

Llevó el instrumento a sus labios y sopló la primera nota.

La melodía no era fuerte, pero tenía un ritmo suave, un sonido claro que flotaba por encima del ruido del mercado.

Era un canto que se deslizaba entre las voces, una pausa en el bullicio.

Al principio fue suave, tímida, deslizándose entre las voces sin imponerse.

Pero el viento la tomó.

Y la llevó más lejos.

Las notas se elevaron por encima del bullicio, entre los gritos de los vendedores y el sonido de las carretas rodando por los adoquines. La melodía era ligera, como una brisa de primavera que se cuela entre las ramas.

No pedía atención.

Simplemente se dejaba escuchar.

Los primeros en notarlo fueron los niños.

Un grupo que jugaba cerca se detuvo, con los ojos abiertos de curiosidad. Uno de ellos tiró de la manga de su madre.

—Mamá, escúchalo.

Otro se acercó corriendo y se quedó a pocos pasos de la tarima, con la boca entreabierta.

Y luego empezaron a llegar más.

Una anciana que pasaba con un canasto se detuvo. Un hombre que iba apresurado redujo el paso. Una mujer con un chal de colores vivos levantó la vista de las telas que estaba examinando.

La melodía de Rufus era una historia sin palabras, una música que hablaba del bosque, del viento, del agua corriendo entre las piedras.

Era algo antiguo y nuevo a la vez.

El ruido del mercado no desapareció, pero su música se filtró entre él, como una hebra de oro en un tejido gris.

Y, poco a poco, atrajo a los clientes.

—Qué manzanas tan rojas —comentó una anciana.

—¿El grano es bueno?

—Mi hijo quiere quedarse a escuchar.

El padre de Rufus miró a su hijo con una mezcla de aprobación y sorpresa.

—Supongo que la música también vende.

Rufus sonrió y siguió tocando.

Porque, al final, atraer a la gente nunca había sido el problema.

Solo había que saber cómo hacer que se detuvieran.

—¿Qué clase de manzanas vendes, muchacho? —preguntó un comerciante mientras se acercaba.

El padre de Rufus le sonrió con satisfacción.

—Las mejores que probará en Thanes.

Más personas comenzaron a detenerse frente al puesto. Algunas simplemente para escuchar, otras porque la música les había hecho mirar en aquella dirección.

—Llévese un saco de grano, buen hombre. Nosotros lo llevaremos a su casa. —dijo su madre a un comprador que había aparecido de la nada.

El mercader sonrió y asintió.

Rufus siguió tocando.

Cada nota parecía atraer más miradas.

Un hombre dejó una moneda en el suelo frente a la tarima, como si Rufus fuera un trovador callejero.

Otro más hizo lo mismo.

Él no estaba tocando por dinero, pero lo agradeció con una leve inclinación de cabeza.

Su padre lo vio y asintió con aprobación.

Galen, apoyado contra el carro, sonrió con diversión.

—No está mal, hermano. Tal vez deberías hacer esto en vez de trabajar en la granja.

Rufus no respondió; solo continuó tocando, perdiéndose en la música.

Y entonces la vio.

Entre la multitud, una figura destacaba.

No por su tamaño ni por una presencia imponente, sino por su ropa.

Vestía un manto de tela fina, con colores demasiado vibrantes para ser los de una comerciante común. Su cabello era oscuro, recogido en un peinado sencillo pero elegante.

No parecía estar allí para comprar.

No miraba las manzanas ni el grano.

Miraba a Rufus.

Su expresión no era de simple curiosidad, como la de los demás.

Había algo en su mirada, en la forma en que inclinaba levemente la cabeza, en la manera en que sus labios se curvaban en una media sonrisa.

Como si hubiera escuchado algo en su música que nadie más había notado.

Rufus sintió un leve escalofrío recorriéndole la espalda.

Pero siguió tocando.

Porque, de alguna manera, sabía que ella no quería que se detuviera.

Y, en ese momento, el mercado entero desapareció.

Solo existía la música.

Solo él.

Y aquella joven de aspecto noble, escuchándolo como si estuviera descubriendo algo que llevaba mucho tiempo esperando encontrar.

El día pasó, y las ventas superaron con mucho lo que habían previsto.

El sol comenzaba a descender, pintando el cielo con tonos dorados y naranjas mientras el bullicio del mercado se apagaba poco a poco. Los comerciantes recogían sus puestos, algunos con rostros satisfechos por un día de buenas ventas, otros con expresiones de resignación al ver su mercancía aún sin vender.

El puesto de la familia de Rufus había sido un éxito.

Los sacos de grano se habían reducido a menos de la mitad, las manzanas casi se habían agotado, y su padre contaba las monedas con expresión aprobatoria.

—Buen día, muchachos —dijo, metiendo las ganancias en una pequeña bolsa de cuero—. Mejor de lo que esperaba.

Su madre sonrió mientras envolvía las últimas manzanas en tela para protegerlas del frío nocturno.

—Tendremos que volver antes de lo que pensábamos.

Rufus levantó la cabeza.

—¿De verdad?

Su padre asintió, sin darle demasiada importancia.

—Si Thanes sigue pagando bien, no veo por qué no.

Pero, para Rufus, esas palabras significaban más de lo que su padre imaginaba.

Thanes no era solo un mercado.

Eran historias esperando a ser descubiertas, rostros desconocidos, misterios escondidos entre los muros de la ciudad.

Y, más importante aún, era el lugar donde alguien lo había escuchado.

Sin embargo, la emoción se desvaneció cuando el recuerdo de otra persona se filtró en su mente.

Sylvae.

El hielo.

El lago.

La manera en que su nombre había parecido desaparecer en el aire cuando lo pronunció sobre el agua.

Su música había llegado a los oídos de mercaderes, nobles y niños en Thanes.

Pero ¿y si también podía llegar hasta ella?

Galen terminó de cargar la última caja en el carro y se sacudió las manos, satisfecho.

Se acercó a Rufus y, con su sonrisa burlona habitual, le dio una palmada en la espalda.

—Te lo reconozco, hermano —dijo—. Tu flauta fue más útil que cualquier truco de venta que haya visto o usado estos años.

Rufus le guiño un ojo.

—Siempre dices que la música no sirve para nada.

Galen se encogió de hombros.

—Bueno, servirá mientras siga trayendo dinero. Quizá sea útil también con las chicas. Debo aprender a tocar algún instrumento…

Su padre levantó la vista, sin dejar de atar los sacos al carro.

—Podrías ganarte la vida con esa flauta, Rufus.

Rufus no supo qué responder.

Sabía que su padre lo decía como un cumplido, pero la idea de ser un músico ambulante no era lo que él quería.

La música no era solo una herramienta.

Era su conexión con algo más grande, algo que ni siquiera entendía del todo.

Algo que tenía que ver con Sylvae.

—Papá, me dijiste que, si terminábamos pronto, podría visitar la biblioteca.

—¿Dije eso?

—¡Sí!

—¿Cuánto tiempo necesitas para eso?

—Una hora. La biblioteca está al lado.

Su madre aprobó con la cabeza.

—Nosotros necesitamos comprar algunas cosas para la boda de Galen.

—Nos vemos aquí en dos horas —dijo su padre.