Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) Vuelta a la Ciudad de Thanes
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Vuelta a la Ciudad de Thanes

El amanecer cubría los campos con una luz dorada cuando el carro de la familia de Rufus salió de Eldermere. El frío aún no se disipaba del todo, y el aliento de los caballos formaba nubes blancas en el aire helado.

El camino era largo y accidentado, un sendero de tierra endurecida que serpenteaba entre colinas y bosques, dirigiéndose hacia la gran ciudad de Thanes.

Los caballos avanzaban a buen ritmo, con el carro de madera cargado hasta el borde de sacos de grano, manzanas y otros productos de la granja.

En el asiento delantero, su padre sostenía las riendas con firmeza, con la mirada fija en el camino. A su lado, su madre revisaba las cuentas, murmurando los precios y calculando las posibles ganancias.

En la parte trasera del carro, Rufus y Galen estaban sentados sobre los sacos de grano, con las piernas colgando por un costado. El traqueteo del carro sacudía sus cuerpos, pero estaban acostumbrados.

—No me malinterpretéis —dijo Galen con una sonrisa perezosa, estirándose como si acabara de despertar—, pero no entiendo por qué no vendemos todo el grano en Eldermere y nos ahorramos el viaje.

—Porque en Thanes nos pagarán el doble —respondió su padre, sin volverse a verlo.

—Sí, sí… El doble de trabajo para el doble de dinero —bufó Galen—. Aun así, preferiría quedarme en casa.

—Claro, porque quedarte en casa significa dormir más —dijo Rufus con una sonrisa.

Galen le dio un leve empujón con el hombro.

—¿Y qué hay de ti? —preguntó—. Tienes cara de estar soñando con otra cosa.

Rufus se encogió de hombros, sin responder.

Porque era cierto.

No pensaba en el mercado.

Pensaba en la ciudad.

Thanes. La capital.

La había visitado unas cuantas veces antes, pero siempre lo fascinaba. Era un lugar lleno de voces, de colores, de rostros desconocidos.

En Eldermere todo era siempre igual.

En Thanes, en cambio, había historias esperando en cada calle. Además, había una biblioteca, la más grande de la comarca. Quizá allí encontrase respuestas sobre Sylvae.

—Estás pensando en la gente, ¿verdad? —interrumpió su madre con una sonrisa conocedora—. Y también en esa chica que te gusta.

Rufus parpadeó.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque eres mi hijo.

El chico se acomodó en los sacos y miró a su madre con curiosidad.

—¿Y tú? ¿No piensas en la gente? ¿No piensas en papá?

Ella soltó una risa breve.

—No, hijo. Yo pienso en que necesito vender todo lo que llevamos. Y a tu padre lo tengo muy visto como para pensar en él.

Su padre soltó un gruñido de aprobación.

—Tu madre tiene razón, Rufus. Un mercado como el de Thanes es una guerra silenciosa. Y también es cierto que solo se acuerda de mí si hay trabajo que hacer en casa. Así son las mujeres: dulces hasta que te cazan, y después, una pesadilla.

—Exageras —dijo su madre, dándole un codazo en el costado.

—No —dijo su padre con seriedad—. Ahora en serio. Los comerciantes son como lobos. Si huelen que tienes demasiada mercancía o que no sabes negociar, intentarán bajarte los precios. Hay que ser listos.

Galen puso los ojos en blanco.

—Siempre con la estrategia.

—Así es como se mantiene una familia. Además, tú vas a casarte pronto y formarás una familia. Tienes que aprender. Tu suegro es comerciante. Si quieres entender este mundo, debes aprender los trucos del oficio.

El carro pasó junto a un grupo de viajeros, comerciantes que también iban camino a la ciudad, cargados con sacos de especias y cestas de verduras. Algunos los saludaron con un gesto de cabeza, aunque la mayoría se concentraba en su propia travesía.

Rufus miró el cielo despejado.

El sol aún estaba bajo en el horizonte, pero el aire tenía ese olor especial de los días en que algo importante estaba por suceder.

—Thanes nos espera —dijo su madre con una sonrisa.

—Vamos a hacer buenos negocios —añadió su padre.

Pero Rufus no pensaba en los negocios.

Pensaba en las historias que lo esperaban más allá de las murallas de la ciudad. En la biblioteca y en Sylvae.

El sol estaba más alto en el cielo cuando el carro de la familia de Rufus llegó a las puertas de Thanes.

Las murallas de la ciudad se alzaban imponentes ante ellos, gruesas y antiguas, con el color de la piedra desgastada por el tiempo. Desde lo alto, las banderas ondeaban con los colores de la ciudad, y los guardias patrullaban con expresión seria, observando el incesante ir y venir de mercaderes, viajeros y campesinos que entraban y salían por la gran puerta principal.

Pero lo que realmente capturó a Rufus no fueron las murallas.

Fue el caos vibrante de la vida dentro de la ciudad.

Antes de cruzar la entrada, ya podía oír el bullicio del mercado.

—Bienvenido a la gran Thanes, hermano —dijo Galen con una sonrisa perezosa—. Intenta no quedarte con la boca abierta.

Rufus ni siquiera lo escuchó.

El camino adoquinado se extendía como una arteria viva dentro de la ciudad, y en sus márgenes una multitud de voces se entrelazaban en un murmullo constante.

Los comerciantes gritaban sus ofertas, tratando de atraer clientes con promesas de precios inigualables. Había carretas cargadas de grano, cestas llenas de frutas exóticas y barriles de especias de colores vivos. El aire estaba impregnado del aroma del pan recién horneado, de la acidez del vino derramado en las tabernas y del inconfundible olor salado del mar cercano.

Niños corrían entre los puestos, algunos ayudando a sus familias, otros robando manzanas cuando los mercaderes no miraban.

Un hombre pasaba con una jaula de gallinas que cacareaban escandalosamente.

Una anciana agitaba una vara de madera tallada, vendiendo supuestos amuletos de protección contra la mala suerte.

Y, en cada esquina, se escuchaba el tintineo de las monedas intercambiándose.

—Vuelve a cerrar la boca, Rufus —bromeó Galen.

Rufus le lanzó una mirada, pero no lo contradijo.

Era difícil no maravillarse con todo aquello.

Eldermere nunca se sentía así.

Eldermere era predecible.

Thanes era una historia que cambiaba a cada paso.

—Nos quedaremos sin sitio en el mercado si seguimos aquí parados —gruñó su padre, agitando las riendas.

El carro avanzó lentamente entre la multitud, siguiendo el camino hacia la plaza principal.

A cada lado, vendedores ambulantes se acercaban, ofreciéndoles desde dulces de miel hasta cuchillos de hierro.

Rufus tuvo que apartar la vista cuando un mercader intentó venderle un abrigo “de la mejor lana del norte” a un precio desorbitado.

Su madre suspiró.

—Lo mismo de siempre —dijo, con una sonrisa de quien ya ha vivido muchas idas y venidas al mercado.

—Lo mismo de siempre, pero con más gritos —añadió Galen.

Pero, antes de que pudieran llegar a la plaza, un guardia detuvo el carro.

Llevaba una cota de malla bajo su abrigo grueso y un casco con el emblema de la ciudad en la frente.

—¿Negocios en Thanes? —preguntó con tono práctico.

—Grano, manzanas y algunos productos del campo —respondió el padre de Rufus, sin perder la calma.

El guardia echó un vistazo al carro, evaluando la mercancía con la experiencia de alguien que hacía aquello todos los días.

Metió la mano en uno de los sacos de grano, dejó que los granos resbalaran entre sus dedos y asintió.

—Todo en orden. Pueden pasar.

El padre de Rufus hizo avanzar el carro, y pronto la entrada del mercado se alzó ante ellos.

—Ahora viene la parte difícil —dijo la madre de Rufus.

—¿Vender? —preguntó Galen.

—No —respondió su padre con una sonrisa ladeada—. Conseguir un buen sitio antes de que otro comerciante lo tome.

Y, con esas palabras, dobló las riendas y se adentraron en el corazón del mercado.

Rufus se sujetó con fuerza al borde del carro.

El verdadero desafío estaba por comenzar.

El mercado de Thanes era un torbellino de actividad, un mar de voces, colores y olores que se entremezclaban en el aire helado. Los comerciantes ya estaban instalados en la plaza, y los mejores espacios estaban ocupados. Los más experimentados habían desplegado sus productos en puestos de madera bien montados, con paños de colores para llamar la atención, letreros tallados con el nombre de sus familias y precios bien marcados.

—No dejes que te deslumbre, Rufus —dijo su padre, con una mirada práctica—. Estamos aquí para vender, no para pasear.

Rufus asintió, pero sus ojos seguían vagando por el mercado, observando los rostros desconocidos, imaginando las historias que cada persona podría contar.

Galen, sentado sobre un saco de grano en la parte trasera del carro, se estiró con pereza.

—Padre tiene razón. Vamos a vender grano y manzanas, no a casarnos con la hija de un noble.

—¿Y tú qué sabes de nobles? —bufó Rufus.

—Sé que les gusta gastar dinero —respondió con una sonrisa.

Su madre interrumpió la conversación antes de que se desviara más.

—Lo primero es conseguir un buen sitio.

Los vendedores gritaban para atraer clientes, algunos con frases elaboradas, otros con simple energía.

—¡Las mejores telas del sur! ¡Más finas que la seda de un príncipe!

—¡Carne ahumada, especias traídas desde los puertos lejanos! ¡Pruebe antes de comprar!

—¡Medias de lana para el invierno, las más cálidas de toda Thanes!

El padre de Rufus hizo avanzar el carro con calma, evaluando cada esquina del mercado.

Finalmente, encontró un comerciante con un puesto amplio que aún tenía espacio libre.

—¿Cuánto pides por ese espacio? —preguntó su padre.

El comerciante, un hombre robusto con barba espesa, lo miró de arriba abajo antes de responder.

—Diez draken por la jornada.

—Tres.

—Seis.

El padre de Rufus suspiró, pero asintió.

—Está bien.

Intercambiaron las monedas, y el hombre se apartó para dejarles el lugar.

—Buena suerte con las ventas —dijo el comerciante antes de alejarse.

—Bien, muchachos —dijo su padre—. Manos a la obra.

Rufus y Galen bajaron del carro y comenzaron a descargar los sacos de grano y las cajas de manzanas.

Los sacos eran pesados, pero ambos estaban acostumbrados a ese tipo de trabajo. El grano se apiló en el fondo del puesto, con algunas bolsas más pequeñas para vender a quienes no quisieran comprar en grandes cantidades.