ᛒ -El Lago en Silencio
Al día siguiente, Rufus volvió al lago.
Esperó.
El viento soplaba sobre la superficie helada, levantando pequeños remolinos de nieve como susurros de algo que ya no estaba allí.
Sylvae no apareció.
Él no quería pensar que se había ido.
No quería creer que su beso había sido un error tan grande que la había alejado para siempre.
Pero el lago estaba vacío.
El reflejo de la luna seguía allí, las estrellas continuaban danzando sobre el hielo, pero ella no.
Sintió una punzada en el pecho, densa, profunda, parecida al miedo, pero más cercana a la pérdida.
—Sylvae… —murmuró su nombre en la brisa, sabiendo que nadie lo escucharía.
Apretó los puños.
Y luego sacó su flauta.
Era lo único que podía hacer.
No podía buscarla. No podía llamarla a gritos. No podía atravesar el hielo hasta donde ella solía estar.
Pero podía tocar.
Así que lo hizo.
Llevó el instrumento a sus labios y dejó que la primera nota flotara en el aire como un hilo de luz perdido en la noche.
Al principio, la melodía fue suave. Un lamento contenido, una súplica hecha de aire y madera.
Pero, a medida que tocaba, la música cambió.
Se volvió más intensa, más desesperada, más hermosa y rota a la vez.
No era solo una canción.
Era una llamada.
Cada nota era una pregunta sin respuesta.
Cada pausa era el eco de la última mirada de Sylvae antes de desaparecer.
Cada respiración era el nombre que no se atrevió a decir en voz alta.
Tocó para ella.
Para el vacío que había dejado.
Para la posibilidad de que, en algún lugar del hielo, aún lo estuviera escuchando.
Las notas subían y caían como el viento en el bosque, como el agua bajo la superficie del lago, como el latido acelerado en su pecho.
Era tristeza y amor entrelazados.
Era un grito silencioso que solo ella podría comprender.
Pero el lago no respondió.
El viento sopló con indiferencia.
Y la nieve siguió cayendo, cubriendo sus huellas, como si él nunca hubiera estado allí.
Rufus bajó la flauta con los labios temblorosos y el corazón latiéndole demasiado rápido.
Se quedó en silencio.
Esperó.
Nada.
Su pecho se apretó como si el frío hubiera entrado en sus huesos.
Se mordió el labio con rabia, con frustración, con esa sensación de saber que algo se ha perdido y no hay forma de traerlo de vuelta.
Y entonces tomó aire y tocó de nuevo.
Una vez más.
Por si acaso.
Porque, a veces, el amor no es otra cosa que seguir tocando, incluso cuando el silencio es la única respuesta.
Pero no hubo respuesta.
Al día siguiente volvió.
Esperó más.
La nieve caía con lentitud, y el lago estaba silencioso, inmóvil, como si nunca hubiera albergado secretos. Como si todo lo que había vivido con ella hubiera sido un sueño.
El tercer día llevó su flauta otra vez.
Se sentó en la orilla con las piernas cruzadas, con la madera fría entre los dedos, y tocó. Tocó la melodía que Sylvae solía escuchar con los ojos cerrados, la que él había compuesto para ella, la que había nacido en su pecho después de tantas noches junto al hielo.
Tocó hasta que el sol comenzó a caer, hasta que la luna se reflejó en la superficie congelada del lago.
Nada.
Solo el viento.
Tocó de nuevo.
Las notas flotaron sobre el agua helada, temblorosas, como si también estuvieran esperando una respuesta.
Pero la respuesta nunca llegó.
El hielo se quedó vacío.
Y, por primera vez en su vida, Rufus sintió miedo de verdad.
No del lago, ni del frío, ni del silencio.
Sino de la posibilidad de que Sylvae se hubiera ido para siempre.