El Peso de los Años
Rufus regresaba a casa después de un largo día en la granja. Sus manos estaban ásperas por el trabajo, su ropa impregnada del olor a tierra y sudor, y el sol comenzaba a ocultarse detrás de las colinas, tiñendo el cielo con tonos de oro y violeta.
Decidió pasar a ver a su abuelo antes de volver. Su madre quería que se mudase con ellos a la granja, pero él decía que era demasiado pronto y que allí solo molestaría. Rufus pasaba regularmente por allí para aprender a fabricar medicinas y mejorar su técnica con la flauta, pero a veces las semanas se alargaban y pasaba días sin verlo.
Althar había sido un músico conocido en su época, en las ciudades más grandes del reino y en las cortes de reyes y nobles. Su talento con la flauta y otros instrumentos era legendario, capaz de hacer llorar a los guerreros más duros con su música.
Él siempre decía que Rufus había heredado su oído y su don, multiplicados por diez.
Cuando cruzó la puerta, lo primero que vio fue a su abuelo sentado en su sillón junto a la chimenea, con la pipa humeando entre sus manos temblorosas. La luz del fuego arrojaba sombras sobre su rostro, marcando cada arruga con una claridad cruel.
Aún era guapo y elegante, alto, delgado y con manos largas de músico. Tenía el cabello blanco que alguna vez fue rubio, siempre bien peinado. Sus ojos eran azulados, con una mirada afilada y nostálgica.
Althar levantó la vista al oírlo entrar y sonrió.
—Sigues volviendo —murmuró, con voz ronca por los años y el tabaco.
Rufus dejó sus cosas a un lado y se acercó, sentándose en un banco frente a él.
—No veo por qué no lo haría. Lo haré durante años y años. Además, aún no me has enseñado todo lo que necesito saber sobre curación y plantas.
El anciano rio suavemente, pero no era un sonido alegre.
—Ah, la juventud. Crees que todo es eterno hasta que dejas de ser joven. No necesitas saber todo lo que sé yo sobre curación, porque en ti sanar es algo innato.
Rufus frunció el ceño, halagado por lo que le había dicho, pero su abuelo siguió hablando, como si no esperara respuesta.
—Es aterrador envejecer, ¿sabes? Aquí lo ves todo con tus propios ojos. Los huesos ya no se mueven con suavidad. Los ojos se cansan porque les falta luz, y los pulmones… —Hizo una pausa y aspiró profundamente, como si quisiera comprobar si todavía funcionaban—. Los pulmones encuentran cualquier excusa para descansar.
Rufus lo miró en silencio, dejando que hablara.
—Pero lo peor no es eso —continuó, sacudiendo la cabeza—. Lo más aterrador es llegar a los noventa años y no encontrar a nadie a tu alrededor. Nadie que escuche tus historias llenas de heroísmo imaginario.
Sonrió con un toque de ironía.
—Sabes que no les interesa. Que solo fingen escuchar porque creen que es lo correcto. Pero, aun así, lo disfrutas. Porque, en algún punto de la vida, contar historias es lo único que te queda.
El silencio se instaló entre ellos.
Rufus entrelazó los dedos sobre las rodillas, sin saber qué decir.
Su abuelo lo miró con una intensidad que no había esperado.
—¿Qué edad tenías cuando conociste a la abuela? ¿Cuándo te casaste con ella?
Althar sabía el porqué de la pregunta.
—¿Te preocupa formar una familia? —preguntó.
Rufus parpadeó, sorprendido por el cambio de tema.
—No lo sé —admitió, porque era la verdad—. La familia es importante, pero tú fuiste una vez un hombre famoso. La familia lo complica todo, ¿no?
El anciano dejó escapar un suspiro y apoyó el bastón en el suelo con un golpe seco.
—La familia es lo único que importa, Rufus. La fama es como cenizas que se lleva el viento —murmuró—. No enciende un fuego ni permanece en su lugar.
Levantó la mirada hacia su nieto, con una seriedad inquebrantable.
—No pierdas el tiempo persiguiendo cosas que desaparecerán cuando cierres los ojos por última vez. Cuando llegue el invierno de tu vida, lo único que importará será si hay alguien sosteniendo tu mano al final. Si has amado a alguien de verdad en tu vida.
Rufus asintió. Porque entendió exactamente lo que su abuelo quería decirle.
El silencio entre ellos se alargó, pesado como una noche sin luna. Althar tomó otra calada de su pipa y exhaló el humo con lentitud, como si cada palabra que estaba a punto de decir necesitara ser sopesada antes de pronunciarse.
—¿Y tú? —preguntó Rufus al final—. ¿Lo lamentas?
El anciano alzó la vista, arqueando una ceja.
—¿El qué?
—No haber elegido diferente. Hablas como si hubiera algo en tu vida que te gustaría haber cambiado.
Su abuelo sonrió, pero era una sonrisa cansada, con más sombras que luz.
—Cada hombre tiene una vida para vivir, Rufus. No hay atajos, no hay caminos seguros. Solo decisiones, unas buenas, otras no tanto. Nunca sabrás si estás tomando la mejor decisión mientras la tomas, pero sí podrás distinguir entre buenas y malas decisiones.
Se quedó un momento en silencio, con la mirada perdida en el fuego.
—Cuando era joven, pensaba que el mundo me debía algo. Que, si me esforzaba lo suficiente, si era lo bastante fuerte o inteligente, lo tendría todo. Pero la vida no es así. La vida te da lo que quiere darte… y te quita lo que quiere quitarte.
Rufus tragó saliva, sintiendo que aquellas palabras no eran solo para su abuelo, sino también para él.
—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó.
Althar lo miró con seriedad.
—Sigues adelante —respondió simplemente—. Sigues adelante, pero con los ojos abiertos. No cometas el error de pasarte la vida persiguiendo algo que, cuando lo alcances, descubras que no era lo que querías.
Rufus asintió, pero su abuelo no había terminado.
—Dime, muchacho… ¿qué es lo que realmente buscas?
Él dudó.
Por un instante, quiso decir la verdad. Que quería respuestas. Que amaba a Sylvae. Que quería saber si alguna vez podría vivir con ella.
Pero algo en la forma en que su abuelo lo miraba lo hizo dudar.
—No lo sé —murmuró.
El anciano sonrió de lado.
—Entonces averígualo.
Rufus miró el fuego arder en la chimenea, escuchando el crepitar de la leña consumiéndose lentamente.
—¿Y si, cuando lo descubra, ya es demasiado tarde?
El abuelo soltó una carcajada seca.
—Siempre es demasiado tarde para algo. Pero nunca es demasiado tarde para todo.
Él dejó escapar una leve risa también, sacudiendo la cabeza.
—Eres un viejo terco.
—Y tú, un joven testarudo —replicó su abuelo, dando otra calada a su pipa—. Pero, a veces, los tercos y los testarudos son los que consiguen lo que buscan.
Rufus se levantó, sintiendo el peso de la conversación sobre sus hombros.
—Descansa, abuelo.
—Haz lo mismo, muchacho —murmuró el anciano, sin apartar la vista del fuego—. No cargues más de lo que tu espalda puede soportar.
Rufus se quedó mirándolo un momento más antes de salir de la habitación.