Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) ᛒ-El reflejo de luna
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ᛒ-El reflejo de luna

La luna se reflejaba en el lago con una claridad imposible. No era un simple reflejo: era un intercambio de promesas entre cielo y agua, como si el mundo se hubiera volteado de pronto y ahora caminaran sobre un mar hecho de estrellas detenidas en su caída.

Rufus la observaba.

Sylvae tenía los ojos alzados hacia el cielo, absorta en la lluvia de estrellas que atravesaba la noche como notas sueltas de una canción demasiado vieja para ser recordada del todo.

—Es hermoso —murmuró él, sin atreverse a romper el momento del todo—. Me alegra estar aquí contigo… esta noche.

Ella sonrió. No fue una sonrisa para él, sino para el cielo. Una sonrisa antigua, como si recordara algo que Rufus aún no había vivido.

—Las estrellas que caen no solo son hermosas —dijo al fin. Su voz era suave como tela desgastada por los años—. Tienen un propósito.

—¿Un propósito?

—Son lágrimas de Freya.

Su tono cambió, como si estuviera recitando algo aprendido no con palabras, sino con el alma.

—Dicen que ella no llora por sí misma… sino por nosotros. Cada vez que un corazón humano formula un deseo sincero —uno nacido del amor, del dolor o de la esperanza que se niega a morir—, ella lo escucha. Y, si ese deseo es fuerte. Feroz. Si atraviesa el tiempo, si desafía al miedo y a la muerte… entonces una lágrima suya cae.

Guardó silencio un instante, mientras una estrella trazaba su destino en el cielo.

—Pero no caen en silencio. Arden. Porque están vivas. Porque han sentido. No son rocas que cruzan el firmamento. Son ella, llorando contigo.

Rufus no sabía qué decir. Sentía que, si hablaba, rompería algo delicado.

—Freya no concede deseos como los dioses menores. No da… acompaña. Bendice. Su lágrima toca el deseo y lo entreteje con el mundo, lo vuelve parte del tapiz del destino. Y, si el corazón que lo pidió es digno… entonces la lágrima encontrará su camino. Y algo —algo esencial— cambiará.

Rufus cerró los ojos.

Y, en el silencio sagrado de esa noche, entre el murmullo del agua y la danza de los astros, deseó.

No como quien lanza una moneda.

Deseó como quien entrega un trozo de sí mismo.

Y, aunque no lo supo entonces, una estrella cayó más rápido que las demás.

—Ven conmigo —le dijo ella, levantándose de la piedra en la orilla donde siempre se sentaban y dirigiéndose al centro del lago—. Si caminas detrás de mí sin romper el hielo, te contaré un secreto.

Rufus, por supuesto, aceptó y avanzó con cautela, siguiendo sus pasos.

El juego comenzó con un desafío.

Era un juego peligroso. El hielo cerca del centro del lago no era tan grueso como el de la orilla. Cualquier niño del pueblo sabía que solo los tontos se aventuraban tan lejos cuando el invierno aún no estaba en su punto más fuerte. Además, él había estado a punto de morir allí cuando era más pequeño.

Pero Sylvae no era una niña del pueblo.

Y Rufus, después de tantos años, ya no estaba seguro de seguir siendo un niño del pueblo tampoco.

Ella avanzaba con pasos ligeros, etéreos, como si el hielo la aceptara, como si formara parte de él. Rufus la seguía. Cada uno de sus pasos crujía, pero no lo suficiente como para traicionarlo.

En algún punto, dejaron de moverse.

Sylvae se giró para mirarlo, con el hielo extendiéndose infinito a su alrededor.

—Ganaste.

Rufus sonrió, pero en su pecho sentía algo más que orgullo.

—¿Y el secreto?

Ella ladeó la cabeza.

—¿Cuál crees que será?

Rufus no supo qué responder.

No supo cómo decir que el secreto no estaba en las palabras, sino en la forma en que ella lo miraba, en cómo el viento frío nunca parecía tocarla, en cómo, cuando hablaba, él sentía que todo lo demás en el mundo dejaba de importar.

Pero lo entendió en el momento en que la besó.

No lo pensó ni lo planeó. Solo lo hizo.

Era la primera vez que lo intentaba, y durante un instante creyó que ella desaparecería en el aire, como la niebla en la madrugada.

Pero no lo hizo.

Ella se quedó inmóvil.

Sus ojos, tan oscuros como el hielo profundo, se abrieron con sorpresa.

—No debes besarme —susurró.

Él la cogió de la mano y no la soltó.

—No me importa.

—Debería importarte.

Rufus frunció el ceño.

—Sylvae, yo…

Ella le cubrió la boca con los dedos. El gesto fue suave, casi triste.

Sylvae bajó la mirada. Su mano en la de él no era fría como el hielo. No era tibia como la piel humana. Era algo intermedio. Algo distinto.

—No lo hagas —murmuró ella.

Rufus frunció el ceño.

—Sylvae, yo…

Pero ella negó con la cabeza antes de que pudiera decir más.

—No lo digas. No aquí ni ahora.

—¿El qué?

Sylvae lo miró entonces, y por primera vez no pareció antigua ni imposible, sino asustada.

—Lo que estás a punto de decir.

Rufus sintió que el aire se le detenía en el pecho.

—Es verdad…

—No para este lugar. No mientras no lo nombres.

El hielo crujió bajo ellos, como un susurro.

—No lo digas.

—¿Por qué?

—Porque sentirlo aún es tuyo —murmuró ella—. Pero, si lo dices aquí, el hielo lo escuchará. Y entonces también será suyo.

Sylvae apartó la vista hacia la superficie oscura.

—Hay cosas que el corazón debe guardar sin que el mundo las reclame. Pero, si las dices aquí, el hielo las oye. Y lo que el hielo oye… lo recuerda.

Rufus tragó saliva.

—¿Y qué pasa si lo recuerda?

Sylvae no respondió enseguida.

—Que deja de pertenecerte solo a ti. Que puede condenarnos a los dos.

Ella no sonrió.

El reflejo de la luna sobre el lago pareció oscurecerse levemente, como si una sombra hubiera pasado por el agua en lo profundo.

—Sylvae…

Ella dio un paso atrás, y su mano, aquella que Rufus aún sostenía, se deslizó lentamente de la suya.

—Rufus. No digas mi nombre ahora.

Él sintió una punzada en el pecho.

No la entendía.

Pero la dejó ir.

Y, cuando la vio deslizarse hacia la oscuridad del lago, sintió que había perdido algo que no sabía que tenía.

El beso había sido un error.

O quizá la única verdad que había entre ellos.

No sabía cuál de las dos cosas era cierta. Solo sabía que, cuando sus labios tocaron los de Sylvae, sintió algo cambiar. Algo profundo, algo antiguo. No fue como besar a una muchacha del pueblo. No fue como lo que Peter describía con orgullo al hablar de sus conquistas en el mercado.

No.

Besar a Sylvae fue como caer en el agua helada. Un vértigo inmediato, un golpe de frío que calaba los huesos y dejaba la piel en llamas. Fue algo vasto y desconocido, como un paso en falso en la oscuridad de un bosque donde nadie ha caminado en siglos.

Y después, ella se había ido.

No había dicho nada. No había huido. Solo había retrocedido lentamente, con los ojos brillantes de algo que Rufus no supo nombrar. Luego se había desvanecido en la bruma sobre el hielo, como siempre hacía.

Levantó la vista al cielo. La luna ya no parecía tan luminosa como antes.

Y entonces escuchó el crujido.

El crujido del hielo bajo sus pies.

Era algo más profundo.

Más antiguo.

Algo que no pertenecía a este mundo.

El sonido vino de lo más hondo del lago.

Rufus sintió el peso del silencio, un silencio que no era natural, como si el lago mismo hubiera despertado. Por primera vez se dio cuenta de que estaba en medio de un lago helado, solo, en mitad de la noche, y de que Sylvae no estaba allí para protegerlo.

Recordó sus palabras.

«No lo digas. No aquí. No ahora.»

«Porque, si lo dices, el hielo lo escuchará.»

El eco de su advertencia resonó en su mente.

Por primera vez en mucho tiempo, tuvo miedo. Recordó el día en que el hielo se quebró bajo sus pies y Peter pudo sacarlo. El día en que algo lo empujó hasta el fondo.

Tuvo miedo, no de ella.

No del frío.

Sino de lo que podía estar debajo.

De aquello que una vez lo había arrastrado al fondo.

De lo que el hielo escondía.

El lago siempre le había parecido un lugar hermoso. Ahora le parecía algo más.

Algo vivo.

Algo que miraba.

Dio un paso atrás, con el corazón golpeándole las costillas.

El agua bajo el hielo no estaba quieta.

No podía verla, pero sabía que algo allí se había movido.

Rufus se obligó a respirar hondo y retrocedió con cuidado, sin correr, sin hacer ruido, como si eso pudiera evitar que lo notaran.

Porque algo lo había notado.

Lo había sentido.

Y, cuando por fin llegó a la orilla, cuando sus pies tocaron la nieve firme, no pudo evitar girarse.

El lago estaba en calma.

Pero Rufus sabía que no lo había imaginado.

Algo había cambiado.

Sylvae lo sabía.

Por eso se había ido.

Por eso no quiso que él dijera su nombre.

Por eso no quiso que la besara.

Porque el hielo había escuchado.

Y el hielo nunca olvida.

Y supo que esta vez tardaría en volver a verla.