La Casa de Rufus
La casa de Rufus estaba construida con la paciencia de generaciones. De madera oscura y piedra, se alzaba en el claro de un bosque que en invierno parecía tragarse la luz del sol antes de lo debido. Tenía un techo inclinado, cubierto de tejas antiguas que en las noches de tormenta susurraban cuando el viento las golpeaba. Era un hogar pequeño, pero resistente, como un animal que ha aprendido a sobrevivir a los inviernos más duros.
La entrada estaba protegida por un porche con vigas gruesas, lo suficientemente amplio para sentarse en las tardes de verano y lo bastante robusto para aguantar el peso de la nieve cuando el invierno se adueñaba de la tierra. Las botas de su padre solían quedarse junto a la puerta, llenas de barro o escarcha según la estación, y un hacha descansaba apoyada contra la pared, siempre lista para partir leña.
Dentro, el calor del hogar lo envolvía todo con su aroma a leña quemada y especias. La chimenea dominaba la sala principal; su piedra estaba oscurecida por el humo de años de inviernos fríos. Las llamas proyectaban sombras danzantes en las paredes, y sobre la repisa de la chimenea se alineaban pequeñas figuras talladas en madera —conejos, ardillas—: recuerdos de tiempos mejores, pequeños tesoros que su padre había creado con sus propias manos.
—Otra vez tarde —le dijo su madre al verlo entrar en casa—. Mañana tienes que madrugar para ayudar a tu padre. ¿Dónde te metes? No me gusta que salgas solo en la nieve. ¿Sabes cuántos han muerto perdidos en medio de la noche en invierno?
—Mamá, sabes que conozco los bosques como la palma de mi mano, y solo salgo cuando hay luna que me deje ver y buen tiempo para ir y volver.
Él se dirigió hacia la cocina, y su madre lo siguió.
Su madre se llamaba Elsha.
Era un nombre sencillo, pero con un sonido suave y cálido, como el fuego en una noche de invierno. Un nombre que evocaba la paciencia de alguien que había pasado su vida enfrentando los duros inviernos del norte y cuidando de su familia con la misma firmeza con la que partía la leña para el hogar.
Al llegar a la cocina, ella suspiró y le dio un abrazo.
—¿Con quién andas? ¿Tienes novia? ¿Quién es?
Rufus se tensó ligeramente en el abrazo de su madre. No porque la pregunta le incomodara —bueno, sí, un poco—, sino porque no tenía una respuesta que pudiera darle sin mentir.
—No es nadie —dijo rápidamente, tal vez demasiado rápido.
Su madre se separó solo lo suficiente para mirarlo con ojos suspicaces.
—Oh, Rufus… Conozco esa cara. He visto a tu padre poner la misma cuando intenta ocultarme algo.
Él chasqueó la lengua.
—No estoy ocultando nada.
—¿Ah, no? —Ella levantó una ceja—. Entonces dime, ¿qué muchacha del pueblo es la que te tiene con la cabeza en las nubes?
—No es una muchacha del pueblo.
Su madre lo miró fijamente.
—¿Entonces quién?
—No es nadie, mamá.
Ella no respondió de inmediato. Solo frunció ligeramente los labios y lo estudió con atención.
—Mientes —dijo con calma, sin reproche, como si lo estuviera declarando como un hecho más.
Rufus sintió un escalofrío. No de frío, sino porque ella tenía razón.
—No es una mentira —dijo, desviando la mirada—. Solo que… no puedes entenderlo.
Su madre suspiró.
—¿Está casada?
—¡No!
—¿Es mayor que tú?
—No exactamente…
Ella cruzó los brazos.
—Rufus, por el amor de Dios, ¿es humana al menos?
El silencio que siguió fue lo peor que podría haber hecho.
Su madre parpadeó lentamente.
—Hijo. —Su voz bajó un tono—. Dime que no andas metido en cosas raras.
Rufus se encogió de hombros, intentando restarle importancia.
—No son cosas raras.
—¿Entonces qué son?
Rufus tragó saliva.
—Es… complicado.
Su madre lo miró largamente, y por un instante él temió que insistiera, que lo presionara hasta sacarle la verdad. Pero entonces ella suspiró de nuevo y le revolvió el cabello con ternura.
—Rufus, lo que sea que estés haciendo, solo te pido una cosa.
—¿Qué?
Su madre le tomó el rostro entre las manos, con esa mirada que lo hacía sentirse como un niño otra vez.
—Que no hagas nada que no puedas deshacer.
Él no respondió.
Elsha lo miró un momento más. Había cansancio en sus ojos, pero también una ternura tan firme que a Rufus le dolió sostenerla.
—Hijo mío —dijo en voz baja—, si supieras cuántas veces te miro en silencio y pienso en la fuerza que guardas… A veces ni tú te das cuenta del muchacho luminoso que eres.
Rufus bajó la mirada, incómodo.
—Mamá…
—Déjame terminar. La vida te pondrá montañas delante. Dudarás. Sentirás miedo. Quizá quieras rendirte. Cuando eso ocurra, recuerda de dónde vienes. Vienes de gente que no se quebró, aunque la vida la arrojara mil veces contra el suelo.
Le acarició la mejilla con el pulgar.
—Eres inteligencia, Rufus. Eres coraje. Y eres amor, aunque a veces no sepas qué hacer con todo lo que sientes. No necesito medallas ni aplausos para saber quién eres. Yo ya conozco al hijo increíble que tengo.
Rufus notó que algo se le cerraba en la garganta.
—No lo olvides nunca —continuó ella—: estoy orgullosa de haberte traído a la vida. Tal vez no te lo digo tanto como debería, pero lo pienso cada día. No hay logro tuyo que no celebre. No hay caída tuya que no me duela. No hay instante en que no agradezca tu existencia.
Él seguía sin saber qué decir.
—Hijo, no temas. Tienes alas fuertes. Y, si algún día flaquean, aquí estarán mis brazos para sostenerte. Si quieres hablar de lo que te pasa, ya sabes que tu madre siempre intentará entenderte.
Y, con eso, lo soltó.
Rufus se quedó de pie en la cocina, con el corazón latiéndole demasiado rápido.
Porque ya era demasiado tarde.
El sonido de pasos pesados resonó en el suelo de madera justo antes de que la figura de Edric, el padre de Rufus, apareciera en el umbral de la cocina. Su chaqueta de cuero estaba cubierta de nieve, y su cabello oscuro tenía mechones plateados que brillaban con la luz del fuego. Su presencia llenaba la habitación con la calidez de alguien que siempre traía consigo el aroma de la leña recién cortada y el aire fresco del exterior.
Pero lo más llamativo de Edric era su risa.
No tenía una de esas risas contenidas, como las que se esconden detrás de la mano o mueren en un susurro. No. Cuando Edric se reía, toda la casa lo escuchaba. Y, en ese momento, tras oír la última pregunta de su esposa, soltó una carcajada que hizo temblar los vasos sobre la mesa.
—¡Por fin! —exclamó, golpeando la mesa con una mano fuerte y callosa—. ¡Ya era hora de que mi hijo pequeño tuviera una historia interesante que contar!
Rufus fingió seriedad, aunque no pudo evitar esbozar una sonrisa.
—No es nada de lo que piensas, padre.
Edric cruzó los brazos, aún con una gran sonrisa en el rostro.
—¿Ah, no? ¿Entonces qué es? ¿Un fantasma? ¿Una princesa secreta? ¿Un amor prohibido? —Al ver que Rufus no respondía de inmediato, entrecerró los ojos con picardía—. Espera…
Elsha lo miró con advertencia.
—Edric, déjalo en paz.
Pero el hombre ignoró la sugerencia y se inclinó hacia su hijo con expresión de conspirador.
—Rufus, dime la verdad… —bajó la voz dramáticamente—. ¿Es una criatura mágica?
El corazón de Rufus dio un vuelco.
Por un instante, no pudo responder.
Y Edric, al ver su reacción, dejó escapar otra carcajada.
—¡Lo sabía! —exclamó, palmeándole la espalda—. Siempre supe que tendrías más imaginación que los otros chicos del pueblo. ¡Por Dios, qué bien suena esto!
Elsha los miró a los dos con seriedad.
—Tenéis que acostaros ya. Tu hermano se casa en unos meses y tenemos que preparar todo para el convite.
Galen se casaría con Elyse y, durante unos meses, vivirían allí. El padre de ella era un mercader rico y les estaba construyendo una casa en el pueblo, pero aún no estaba terminada.
A Rufus no le importaba. Ella era una chica simpática y hacía feliz a su hermano.
Se sintió culpable, estaba rodeado de cariño y, aun así, ya no podía ser completamente honesto ni con sus amigos ni en su propia casa. No era un joven rebelde, sino alguien dividido entre dos mundos que lo querían de maneras incompatibles.