ᛒ-La noche del secreto
Hacía solo unos días desde que Sylvae había reaparecido.
Con el paso de los años habían cambiado no solo sus cuerpos, sino también su relación. Ya no jugaban. No del mismo modo. En lugar de correr por la nieve o desafiarse con duelos invisibles, pasaban horas sentados en el hielo, hablando en voz baja. A veces ni siquiera hablaban. Se quedaban en silencio, y Rufus sentía que aquel silencio era más importante que cualquier conversación.
No sabía cuándo había cambiado. Solo sabía que, en algún punto, mirar a Sylvae le producía un nudo en la garganta, como si algo en él estuviera a punto de deshacerse.
—Otra vez estás perdido en las nubes, Rufus —le dijo su hermano mientras caminaban por el bosque de camino a casa—. ¿Quieres que juguemos a las cartas esta noche con Peter?
—Quiero salir a dar un paseo.
—¿Otra vez de noche y solo? ¿Quieres que te acompañe?
—Sabes que me gusta dar paseos nocturnos solo. Me sirve para aclarar las ideas.
Su hermano Galen era un buen jinete, excelente negociador y, según su madre, Elsha, tenía una lengua de oro cuando se trataba de convencer a alguien de hacer algo. Pero casi nunca conseguía que Rufus se quedara en las noches de invierno, ni que le hablase de aquello que claramente ocultaba.
Si él era el hijo que soñaba con lo imposible, Galen era el que haría que las cosas funcionaran.
Y por eso, cada vez que veía a su hermano menor desaparecer por la noche, con la excusa de que iba a “dar un paseo”, sabía que Rufus escondía algo.
Y no le gustaba no saber qué.
—¡Bah! ¿Qué adolescente pasea solo en Eldermere? Eso es de viejos… —dijo, dándole un codazo—. No me digas que sigues enamorado de las estrellas. ¿Es por eso por lo que te gusta andar solo?
—Quizá las estrellas sean mejor compañía que vosotros —respondió Rufus con una media sonrisa.
Galen levantó una ceja.
—¿Eso significa que hay una chica?
—No he dicho eso.
—Eso significa que hay una chica.
Peter se inclinó con burla.
—¿Es real o te la imaginaste?
Rufus les lanzó una mirada, pero su sonrisa no desapareció.
—Es real.
—¿Cómo se llama?
—No puedo decirlo.
Galen soltó un silbido.
—Ah, una mujer misteriosa. Me gusta.
Peter lo miró con los ojos entrecerrados.
—Espera… ¿por qué no puedes decirlo?
—Porque no quiero —dijo Rufus, encogiéndose de hombros.
Galen rio entre dientes.
—¿Es la hija del panadero? ¿La de la posada? ¿Alguien de otro pueblo? Es Colette… al fin.
—No.
—¿Tiene novio?
—¡No!
—¿Entonces qué es tan especial? —Peter cruzó los brazos—. Vamos, Rufus. Nos hemos contado todo desde que éramos niños.
Él los miró. No podía decírselo. No todavía.
—No lo entenderíais.
Su hermano resopló.
—Eso es lo más pretencioso que has dicho en tu vida. Tu hermano mayor puede entender cualquier cosa inapropiada que estés haciendo, y me resultaría raro que no la hubiera hecho yo ya.
—Es verdad. No puedo.
Peter lo estudió por un momento.
—¿Es del pueblo al menos?
El silencio que siguió fue demasiado largo.
Galen y Peter se miraron entre sí. Luego volvieron a mirarlo.
—Rufus… —dijo su hermano, entre divertido y preocupado—. Por favor, dime que no te has enamorado de una forastera.
—No es una forastera. Vive aquí…
—Eso suena a algo que diría alguien que está enamorado de una forastera —murmuró Peter.
Rufus suspiró.
—No lo entenderíais.
Galen y Peter lo miraron fijamente, como si intentaran leer su mente.
—Esto se pone interesante —murmuró su amigo.
Su hermano sonrió.
—Rufus, hermano, juro por mi vida que descubriré quién es y me plantaré en su casa con una guitarra para cantarle una canción de tu parte.
Él sonrió de medio lado.
—Lo dudo.
—¿Eso es un reto?
—Eso es una promesa.
Después de eso se separaron, siguiendo cada uno su camino.
Esa noche, cuando llegó al lago con el farol en la mano, la vio esperándolo en la orilla.
La luna estaba alta en el cielo, reflejándose en la superficie helada, y Sylvae parecía casi parte de la nieve misma. Inmóvil. Serena. Inalcanzable.
—Pronto dejarás de venir —dijo ella sin apartar la vista del agua congelada.
Rufus se detuvo en seco.
—No sé de qué hablas.
Ella giró la cabeza con lentitud. Su cabello plateado resplandecía bajo la luz del farol.
—Eres humano. Creces. Te alejas. Los tuyos no recuerdan lo que ven en el hielo cuando son adultos.
Su voz era suave, sin reproches. Pero, en sus ojos, Rufus creyó ver algo que nunca había visto en ella antes. Algo parecido a la tristeza.
—Yo sí —respondió con firmeza.
Sylvae lo miró.
—Por ahora.
El viento sopló entre los árboles desnudos. Rufus sintió que algo dentro de él se estremecía. Un miedo sordo, un presentimiento.
—¿Y si no quiero olvidarte?
Sylvae inclinó la cabeza. Su expresión era imposible de descifrar.
—Entonces tendrás que quedarte.
Lo dijo con una sonrisa. Pero no era una broma.
Rufus sintió el frío calarle hasta los huesos, y no era por el viento.
Ella extendió una mano hacia él.
—Ven conmigo.
Él miró su piel pálida, sus dedos finos, fríos como la escarcha. Si la tocaba, ¿qué pasaría?
Sylvae lo observaba con paciencia infinita. No insistió. No lo apuró. Solo esperó.
Rufus apretó los puños y finalmente le dio la mano.
Cuando Rufus tomó su mano, sintió un escalofrío recorrerle el brazo, un frío puro, limpio, antiguo. No era el frío cortante del invierno ni el entumecimiento de la nieve bajo la piel. Era otra cosa. Algo más profundo. Como tocar la luz de la luna. Como sumergir los dedos en la aurora boreal.
Pero no apartó la mano.
Sylvae lo observó con esos ojos que no reflejaban la luz, y algo en su expresión se suavizó.
—¿Confías en mí?
Rufus tragó saliva.
—Sí.
—Entonces ven.
Sylvae tiró suavemente de su brazo y comenzó a caminar. Pero no hacia la orilla, sino hacia el centro del lago.
Rufus sintió un nudo en el estómago.
—Sylvae… el hielo…
—No temas.
Era una orden y una promesa.
Rufus la siguió, primero con pasos cautelosos, luego con más confianza. El hielo bajo sus pies crujió levemente, pero no cedió. No tembló. Como si el lago mismo contuviera la respiración con él.
Cuando llegaron al centro, ella soltó su mano.
—Mira.
Sylvae se arrodilló y pasó la palma de la mano sobre la superficie del hielo. Como respondiendo a su toque, la negrura del lago se tornó cristalina, como un espejo recién pulido. Rufus se inclinó junto a ella y lo vio.
La oscuridad bajo el hielo ya no era solo agua.
Era un cielo invertido.
Miles de luces pálidas titilaban allí abajo, como estrellas reflejadas. No, no reflejadas. Eran reales. Un firmamento desconocido, un cosmos escondido bajo la superficie del lago. Las constelaciones se movían lentamente, como si el tiempo en ese lugar fluyera de forma distinta. Algunas de esas luces parecían más grandes, más brillantes, y pulsaban con vida propia.
Rufus no pudo contener el asombro.
—¿Qué es esto…?
—Mi hogar —susurró Sylvae.
Rufus la miró, sin comprender.
Ella extendió la mano y tocó una de las luces que flotaban bajo el hielo. Esta palpitó en respuesta y ascendió lentamente hasta la superficie, hasta quedar atrapada entre sus manos como una luciérnaga de invierno.
—Cada estrella que ves no es una estrella —dijo Sylvae—. Son recuerdos.
Rufus se estremeció.
—¿Recuerdos?
Sylvae asintió y le ofreció la luz.
—Tómala.
Rufus extendió la mano y, con un temblor perceptible, cerró los dedos alrededor de la pequeña esfera de luz. Un hormigueo le recorrió la piel. De repente, una imagen estalló en su mente, tan vívida y real que casi sintió que la estaba viviendo.
Era un bosque cubierto de escarcha, pero no como los que conocía. Los árboles eran altos, con cortezas plateadas que reflejaban la luz de una luna enorme, suspendida en un cielo de tonalidades imposibles. Había ríos de agua tan pura que parecían hechos de cristal en movimiento. Voces susurraban en el viento, no con palabras humanas, sino con un lenguaje que era a la vez música y significado.
Y allí, entre las sombras del bosque de escarcha, vio figuras moviéndose. Siluetas gráciles, con cabellos que flotaban como hilos de niebla y rostros tan hermosos como irreales. Hadas. Como Sylvae. Como ella antes de estar aquí.
La visión desapareció en un parpadeo, y Rufus se tambaleó ligeramente. Sylvae lo sostuvo antes de que pudiera caer.
—¿Lo viste? —susurró ella.
Rufus la miró con los ojos muy abiertos.
—Era… ¿era real?
Ella sonrió.
—Lo fue.
Él miró su mano, donde la luz había estado momentos antes. Pero ya no quedaba nada.
—¿Eran tus recuerdos?
—No solo los míos —respondió Sylvae, volviendo a mirar el lago—. Aquí se guardan los ecos de todo lo que el hielo ha visto.
Rufus dejó que la idea lo envolviera. Un lago que recordaba. Un lugar donde los momentos no se desvanecían, sino que se convertían en luces atrapadas bajo el hielo, flotando en el tiempo.
—¿Puedo ver más? —preguntó en un susurro.
Sylvae sonrió, pero con una melancolía que Rufus no entendió del todo.
—No esta noche.
—¿Por qué no?
Ella lo miró de una forma que hizo que el nudo en su garganta regresara.
—Porque, si ves demasiado, no querrás marcharte.
El viento sopló de nuevo. El hielo crujió suavemente.
Y, por primera vez, Rufus se preguntó si alguna vez podría marcharse de verdad.
Aquella noche volvió a casa cabizbajo, feliz y triste a la vez. Estaba enamorado; hacía mucho que lo sabía. Pero aquella noche la había tocado por primera vez y, a pesar de que había sido el mejor momento de su vida, se había dado cuenta de cuán diferentes eran.
Pertenecían a dos mundos distintos, y aquello no era un problema de clases sociales. Ni siquiera pertenecían a la misma especie. Ella nunca le había contado qué o quién le impedía visitarlo, pero tenía claro que, en su mundo, su relación no estaba permitida.