Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) Las estaciones pasan
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Las estaciones pasan

Las estaciones pasaron y, con ellas, la niñez de Rufus.

Se volvió más alto. Sus manos, que antes sostenían ramas como espadas, ahora eran más fuertes, callosas por el trabajo en la granja de su padre. Su voz dejó atrás el tono infantil y se volvió más grave.

Su cabello dorado se oscureció ligeramente, adquiriendo el tono del trigo maduro, y sus amigos empezaron a notar que Rufus tenía un aire que no encajaba con la rudeza de la granja.

Pero, aunque el mundo a su alrededor cambiaba, aunque Peter se llenaba la boca de nuevas historias sobre chicas y aventuras, aunque sus padres esperaban de él más responsabilidades, cada invierno Rufus volvía al lago.

Y Sylvae siempre estaba allí.

Desaparecía en los meses de verano, pero volvía cuando el lago empezaba a congelarse.

Durante los meses cálidos, todo cambiaba. La luz parecía otra, el aire se volvía más liviano, como si el tiempo se deshiciera lentamente entre las hojas verdes. Ella no estaba, y, con su ausencia, el mundo volvía a girar alrededor de otros: de Peter, de Galen, de Colette y de risas compartidas a las que él asistía como espectador más que como parte. El centro que una vez ocupó se desdibujaba, y nadie —ni siquiera ellos— le exigía explicaciones.

Nunca le preguntaban dónde había estado durante los meses fríos, en qué rincón del mundo se había perdido mientras los días se hacían cortos y el lago enmudecía. Ni siquiera Colette. Ella, que lo conocía tan bien, que podía descifrar sus silencios como si fueran versos subrayados en un cuaderno viejo, tampoco lo hacía.

Aquellos años viendo a la chica del lago le habían dejado el alma llena de una nostalgia sin nombre, una ternura que se negaba a marcharse. Pero no era el único que cargaba con eso. Colette también llevaba su propio eco de lo no correspondido.

Para él, ella era su refugio. No su sombra ni su confidente ocasional, sino su mejor amiga, la única a la que se atrevía a confiarle esas emociones torcidas y esas verdades sin forma que no podía decir ni a Peter ni a Galen. Ni siquiera a Sylvae.

Con Colette, las palabras no necesitaban traducción. A veces bastaba con quedarse en silencio a su lado para entender que alguien, en algún rincón del universo, también se sentía fuera de lugar.

Para ella, él no era simplemente otro rostro entre los pasillos ni el muchacho extraño que los demás rehuían con miradas bajas o risitas veladas. Había en su forma de estar en el mundo —en su silencio, en su atención desviada hacia las hojas que caían o los libros sin título— una gravedad silenciosa, como si portara algo antiguo, algo que no podía nombrarse, pero que pesaba.

Donde otros veían rareza, ella veía una calma extraña. Donde percibían introversión, ella sentía sabiduría. Y, aunque no podía explicarlo del todo, le parecía que Rufus pertenecía a otro ritmo, uno más lento, más hondo, como si caminara al borde de los sueños. Él no decía mucho, pero sus ojos hablaban. No de este mundo, pensaba ella, y, sin embargo, más presente que cualquiera de los demás.

A veces, sin que él lo supiera, lo observaba como si observarlo fuera escuchar una canción lejana que, de algún modo, solo ella podía oír.

Lo más extraño era que Sylvae no parecía crecer del mismo modo.

O tal vez sí, pero no como crecían las muchachas del pueblo. No de golpe, no con torpezas ni estirones, no con mangas que se quedaban cortas ni voces que cambiaban. En ella el tiempo no avanzaba: se acumulaba. Había inviernos en que parecía más niña que nunca, con la mirada llena de una curiosidad casi salvaje. Y otros en que, al sentarse junto a él sobre el hielo, Rufus tenía la sensación de estar hablando con alguien más antiguo que la nieve, más paciente que las piedras del fondo del lago.

Él crecía hacia delante.

Sylvae, en cambio, parecía crecer hacia dentro.