Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) ᛒ-Pequeñas Ofertas a lo Eterno
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ᛒ-Pequeñas Ofertas a lo Eterno

El viento soplaba con suavidad sobre la superficie helada del lago, arrastrando finos copos de nieve como si fueran cenizas de un fuego invisible. El invierno en Eldermere no tenía piedad, pero, para Rufus, el frío ya no significaba lo mismo.

Ese día llegó con una nueva idea.

Había pensado en ello toda la noche. En cómo sería si no estuviera solo en aquel secreto. En cómo Peter, su mejor amigo, se burlaría al principio, incrédulo, y luego se asombraría al verla, al descubrir que todo era real.

No quería esconderlo más.

Pero, cuando Sylvae apareció entre la bruma del lago, antes de que pudiera siquiera pensar en mencionarlo, ya supo que ella lo sabía.

Ella siempre lo sabía.

—¿Puedo venir a verte con un amigo? —preguntó Rufus, con la esperanza temblando en su voz.

El silencio se extendió entre ellos como una fina capa de hielo a punto de romperse.

Sylvae no respondió enseguida. Lo observó con esa mirada insondable, plateada como la luna en un agua quieta.

Y, cuando habló, su voz fue firme, pero suave.

—Ya te he dicho otras veces que no.

Rufus parpadeó, sorprendido por la rapidez de su respuesta.

—¿Por qué?

Ella inclinó la cabeza, con esa expresión que no revelaba si estaba molesta, divertida o triste.

—Si realmente quieres a tu amigo… —hizo una pausa, dejando que el viento terminara la frase por ella— o si me quieres a mí, no lo harás.

Rufus sintió un escalofrío.

No por el frío, sino por la forma en que lo dijo.

Era una advertencia.

Pero también era algo más.

—No lo entiendo —dijo él, y era cierto.

Ella no apartó la mirada de él.

—Sí, lo entiendes.

Pero él no quería entenderlo.

—Peter no diría nada. No es como los demás. Él…

Sylvae lo interrumpió con suavidad.

—¿Y si lo hace?

—No lo hará.

Ella exhaló despacio, como quien ve una hoja a punto de caer de un árbol y sabe que no puede detenerla.

—¿Puedes prometerlo?

Rufus abrió la boca para insistir. Para decir que sí, que lo apostaría, que confiaba en su amigo más de lo que confiaba en sí mismo.

Pero algo en la expresión de Sylvae lo detuvo.

No era enojo ni era miedo.

Era algo más parecido a… resignación.

Como si ya hubiera pasado antes.

Como si ya hubiera visto esa historia repetirse muchas veces.

—Sabes que no puedes hablarle a nadie de mí —dijo ella, sin rabia, sin reproche, solo con la certeza de quien conoce una verdad inquebrantable—. Si lo haces, será como una traición, y no volverás a verme.

Rufus sintió un nudo en la garganta.

—Eso no es justo.

—No. —Sylvae bajó la vista, pasando los dedos sobre la superficie del hielo, con una delicadeza imposible—. Pero es la única manera.

—¿La única manera de qué?

Ella tardó en responder. El lago estaba en calma, pero, en su reflejo, la luna tembló.

—De seguir existiendo. De que podamos seguir viéndonos.

Rufus sintió el corazón latiendo con fuerza en su pecho.

—¿Qué significa eso?

Sylvae se apartó del hielo y lo miró fijamente. Sus ojos eran espejos, pero no reflejaban solo su rostro.

Reflejaban algo más.

Algo antiguo.

Algo frágil.

—No le he dicho a nadie que vengo a verte cada día —susurró ella—. Si un día lo descubren, no podré volver.

Las palabras se quedaron suspendidas entre ellos.

Frágiles.

Peligrosas.

Definitivas.

Rufus bajó la mirada.

No porque no quisiera preguntar más.

No porque no tuviera mil preguntas ardiendo en la garganta.

Sino porque le daba miedo la respuesta.

Desde aquel día, nunca volvió a preguntarle sobre su hogar.

Desde aquel día, nunca volvió a pensar en llevar a Peter con él.

Desde aquel día, entendió que había secretos que no podían compartirse.

Y que algunos mundos desaparecen si se los nombra en voz alta.

Rufus había aprendido algo sobre Sylvae en los días que la visitaba.

Sabía que nunca dejaba huellas en la nieve, pero que sus dedos podían dejar marcas en el hielo.

Sabía que su risa no sonaba como la de los demás, sino como un eco suave en el viento.

Sabía que podía desaparecer en un parpadeo si así lo quería, pero que siempre lo escuchaba, incluso cuando fingía no hacerlo.

Y sabía, también, que nunca aceptaba regalos.

Pero eso no lo detenía.

—Hoy te he traído algo.

Sylvae giró la cabeza con calma, observándolo con curiosidad, pero sin moverse.

—Sabes que no lo aceptaré.

—Lo sé. —Rufus se encogió de hombros—. Pero eso no cambia nada.

Ella suspiró, una brisa ligera que flotó en el aire.

—¿Y qué has traído, entonces?

Rufus sonrió, se arrodilló frente a ella y abrió la bolsa de cuero que llevaba al hombro.

—Primero, un pequeño tesoro.

Sacó una piedra de río, lisa y redonda, que había encontrado junto a los caballos. La giró entre los dedos, dejando que la escasa luz del día brillara sobre su superficie húmeda.

Sylvae la miró.

—Eso no es un tesoro.

—Depende de a quién le preguntes. —Rufus sostuvo la piedra en su palma, ofreciéndosela—. Es perfecta. Suave, pulida por el agua y el tiempo. Ha viajado más que nosotros, seguro. Y no es algo fabricado por los hombres, así que puedes cogerla.

Sylvae ladeó la cabeza.

—¿Y qué haría con ella?

—Podrías guardarla en un bolsillo que no tienes.

—Ah. No tengo bolsillos.

—Por eso lo digo.

Sylvae sonrió, pero no tomó la piedra.

—Guárdala tú. Alguien tiene que cuidarla.

Rufus la devolvió a la bolsa sin que su sonrisa se desvaneciera. Sabía que no la aceptaría, pero aun así, ofrecérsela le hacía sentirse bien.

—Está bien. Segundo regalo.

Metió la mano en la bolsa y sacó una cinta roja de tela.

Sylvae la miró con una leve curiosidad.

—Eso es un hilo largo.

—Es una cinta.

—No veo la diferencia.

—Te lo mostraré.

Rufus la tomó y la sostuvo entre los dedos, estirándola. La luz atravesó el tejido en un destello tenue, como un pequeño hilo de atardecer atrapado entre sus manos.

—Podrías ponértela en el cabello —le dijo, con una sonrisa.

Sylvae llevó una mano a la cinta. No la soltó, pero su expresión cambió.

—¿Y por qué haría eso?

—Porque te la he traído yo.

Ella entrecerró los ojos, examinándolo.

—Y, si lo hiciera, ¿qué pasaría?

Rufus se encogió de hombros.

—Nada.

Sylvae sonrió, pero con ese aire de alguien que sabe que la verdad nunca es tan simple.

—Nada nunca es solo nada.

Rufus inclinó la cabeza.

—Quizá significaría que te acuerdas de mí cuando no estás conmigo. Tal vez. Pero tampoco todo tiene que significar algo.

Sylvae se quedó en silencio un momento. Luego, con una lentitud que le resultó infinita, tomó la cinta de entre sus dedos.

Por un instante pareció que iba a atársela al cabello.

Pero, en lugar de eso, la dejó sobre el hielo a su lado.

—Tercer regalo —dijo Rufus, sin inmutarse.

Sacó de la bolsa una manzana pequeña y roja.

Sylvae la miró y arrugó la nariz con delicadeza.

—Eso es comida.

—Sí.

—Yo no como lo que coméis vosotros. Aunque podría hacerlo…

—Lo sé.

Sylvae ladeó la cabeza.

—Entonces, ¿por qué me la das?

Rufus giró la manzana entre sus manos y la sostuvo con firmeza.

—Porque, cuando veo algo hermoso, quiero compartirlo contigo.

Sylvae parpadeó.

El viento sopló sobre la superficie del lago, haciendo crujir el hielo en la distancia. Las nubes se movieron lentamente sobre ellos, y la luz del sol, pálida y temblorosa, se reflejó en sus cabellos plateados.

Por un momento, no dijo nada.

Luego, su sonrisa se tornó más suave, más triste.

—Tú siempre quieres darme cosas, Rufus —dijo finalmente, cogiendo la manzana y dándole un bocado.

—Sí.

—¿Por qué?

Rufus miró la manzana en su boca, la cinta, la piedra aún guardada en su bolsa. Luego la miró a ella.

—Porque me siento feliz cuando te las doy y estoy contigo.

Sylvae lo miró. No con sorpresa ni con burla. Solo con algo profundo e inmenso, como si en ese momento él hubiera dicho algo que nadie más le había dicho antes.

Rufus dejó la piedra y la cinta entre ellos, sobre el hielo.

—No tienes que aceptar mis regalos. Solo me gusta traerte cosas.

Sylvae miró la fruta por un instante. Luego, en un movimiento ligero como una hoja cayendo al agua, se inclinó hacia él.

Y, por primera vez, tomó otro de sus regalos.

No la cinta.

Ni la piedra.

Rozó su mano.

Solo fue un instante. Pero fue el instante más bonito que Rufus había vivido hasta entonces.

El hielo bajo ellos crujió de nuevo, como si la misma tierra contuviera la respiración por algo que no debía haber ocurrido.

Y, aunque ella no dijo nada más, Rufus supo que aquel roce había sido un punto de inflexión entre ellos.