Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) ᛒ-El secreto del lago #4
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ᛒ-El secreto del lago #4

—Eso sí podrías intentarlo un poco. Por dignidad…

Colette la fulminó con la mirada.

Mira alzó las manos.

—Un poco nada más.

—No sé hacer eso.

—Sí sabes. Con todo el mundo menos con él.

La frase cayó limpia y cruel.

Colette se quedó quieta.

Porque era verdad.

Con los demás podía ser afilada. Podía contestar rápido, poner los ojos en blanco, marcharse antes de que la hirieran. Con Rufus no. Con Rufus se quedaba. Aunque él hablara de cosas que no entendía. Aunque desapareciera sin explicar nada. Aunque volviera con esa tristeza de lago pegada a los huesos y una música distinta en los dedos.

—Una vez —dijo Colette— me dio la mitad de su pan.

Mira parpadeó.

—¿Eso es todo?

—No. No es eso.

Colette tragó saliva, molesta consigo misma por estar hablando.

—Teníamos nueve años. Yo había dicho que no tenía hambre porque en casa no quedaba casi nada y no quería que nadie lo supiera. Él no me preguntó. No puso esa cara horrible de pena que pone la gente cuando descubre que eres pobre. Solo partió su pan y dejó la mitad junto a mi mano, como si se le hubiera caído por casualidad.

Mira la escuchó sin interrumpir.

—Después siguió hablando con Peter de no sé qué tontería. Ni siquiera me miró. Eso fue lo peor.

—¿Lo peor?

—Sí. Porque, si me hubiera mirado, si hubiera esperado que le diera las gracias, habría sido más fácil olvidarlo.

Mira suspiró.

—Ah.

—No digas “ah”.

—Es que ahora lo entiendo un poco más.

—No hay nada que entender.

—Claro que sí. Tú no te enamoraste de Rufus porque sea guapo.

—No he dicho que no sea guapo.

—No hacía falta. Se te nota en la cara cada vez que respira.

—Mira.

—Vale, vale.

Colette se pasó una mano por el cabello, furiosa y avergonzada.

—Me gusta porque hace esas cosas. Porque ve una herida y no mete el dedo. Porque, cuando alguien está triste, no pregunta veinte veces qué ocurre solo para sentirse útil. Se queda cerca. Como si dijera: “No sé arreglarlo, pero no voy a dejarte sola con ello”. Es un chico que sufre cuando ve sufrir a los demás. Es incapaz de no ayudar. Y es alguien que sabes que nunca te va a fallar.

Mira sonrió, ahora con tristeza.

—Y tú haces lo mismo con él.

Colette miró otra vez hacia Rufus.

Esta vez no apartó los ojos.

—Sí.

—Aunque él no lo vea. Eso es muy bonito.

—No. Es una idiotez.

—También.

Las dos se quedaron calladas.

Rufus, al otro lado, recogió una ramita del suelo y la hizo girar entre los dedos. Luego, sin darse cuenta, se la llevó a los labios como si fuera una flauta. No llegó a soplar. Solo la sostuvo allí un instante, con la mirada perdida hacia el lago.

Peter gritó entonces:

—¡Rufus! ¡Diles que Galen hace trampa!

Rufus volvió en sí. Sonrió, caminó hacia ellos y dijo algo que hizo protestar a Galen y reír a Peter.

Parecía el mismo que ella había conocido unos años antes.

Casi.

—Cuando éramos pequeños —dijo ella—, una vez lo vi llorar detrás del granero.

Mira alzó las cejas.

—¿Rufus?

—Sí. Tendría ocho años. Galen había aplastado sin querer un nido de ratones con una rueda. Todos nos reímos porque Galen se puso blanco como la leche. Pero Rufus no. Rufus se quedó callado. Luego desapareció. Lo encontré detrás del granero, enterrándolos en una cajita de madera.

Mira bajó la vista hacia sus manos.

—Eso parece muy suyo.

—No solo eso. Les puso nombres.

—¿A los ratones?

—A todos.

Mira se tapó la boca para no reírse.

—No te rías.

—No me río.

—Sí te ríes.

—Un poco.

Colette le dio un golpe suave con el hombro.

—Lo que quiero decir es que Rufus mira las cosas como si todas merecieran ser recordadas. Hasta las pequeñas. Hasta las feas. Hasta las que nadie quiere mirar.

Mira volvió a observarlo. Rufus seguía junto al fresno, aunque ahora Peter le gritaba algo y él parecía regresar poco a poco al cuerpo, como quien vuelve de una habitación fría.

—Por eso es especial —dijo Mira.

Colette no contestó.

La frase quedó entre ambas, demasiado desnuda.

—No por la música —añadió Mira—. Bueno, también por la música. Pero no solo por eso.

Colette tragó saliva. Le molestaba que Mira lo hubiera dicho con tanta facilidad, como si nombrar aquello no lo volviera más peligroso.

—Es especial porque se queda —dijo Colette al fin—. Aunque le duela. Aunque no entienda. Aunque todos los demás sigamos caminando como si nada.

Colette se levantó del murete y se sacudió la falda.

—Voy a hacerte caso.

Mira abrió mucho los ojos.

—¿Vas a volverte inaccesible?

—No. Eso sigue siendo una estupidez.

—Ah.

—Voy a dejar de mirarlo como si estuviera esperando que me eligiera.

Mira la observó con cuidado.

—Eso suena difícil.

—Lo será.

—¿Y si no puedes?

Colette miró a Rufus una última vez.

Él no la vio.

Por supuesto que no la vio.

—Entonces haré lo de siempre —dijo—. Fingiré mejor.

Y echó a andar hacia los chicos con la barbilla alta, la sonrisa preparada y el corazón hecho un desastre.

Mira se quedó un momento en el murete, observándola alejarse.

Luego miró hacia el camino del lago.

El viento venía de allí.

Y, por alguna razón, traía frío.