ᛒ-El secreto del lago #2
Los leñadores llegaron minutos después, alertados por los gritos. Encontraron a Peter de pie sobre el hielo resquebrajado, con los labios morados, el pecho agitándose con jadeos entrecortados y los brazos aún aferrados a su amigo.
Los adultos no podían entenderlo.
—¿Cómo lo hizo? —susurraban entre ellos—. Es imposible. Un niño tan pequeño no tiene fuerza para romper un hielo tan grueso.
Un anciano del grupo, que había estado observando, sonrió con la serenidad de alguien que entendía más de lo que decía. Se acercó a ellos y habló con voz tranquila:
—Yo sé cómo lo hizo.
—¿Cómo? —preguntaron, aún incrédulos.
El anciano los miró a los ojos, con la certeza de quien ha visto demasiados inviernos y aprendido sus secretos.
—Porque no había ningún adulto a su alrededor para decirle que no podía hacerlo. Y porque era su mejor amigo…
Hubo un silencio. Un silencio denso, como si el mismo hielo se contuviera en la respiración de los hombres que estaban allí. Los leñadores asintieron, murmurando entre ellos, intentando dar sentido a lo imposible.
Pero entonces una voz temblorosa rompió el aire helado.
Rufus habló por primera vez.
—El agua me tragó, pero no era agua. Era algo más. Algo denso, algo vivo. Algo que me sostuvo en su abrazo y me miró a los ojos. Quise gritar, pero no había aire en mi garganta. Estaba ahogándome.
Las miradas se volvieron hacia él.
—Por un segundo creí ver algo allá abajo. Algo que no era mi amigo. Algo antiguo y paciente. Algo que miró a través de mí… y al final me dejó ir.
Y, con esas palabras, la conversación terminó. No porque no hubiera más preguntas, sino porque, en aquel frío que calaba los huesos, nadie quiso hacerlas. Y porque aquellas historias sobre algo antiguo debajo del lago no gustaron a ninguno de los adultos.
Años después, la gente del pueblo los miraría aún con extrañeza. A uno, por haber caído. A otro, por haberlo sacado. Pero a veces… cuando estaban solos, Peter lo veía temblar sin motivo. Y, cuando le preguntaba por qué, Rufus solo decía:
—A veces, cuando duermo… el lago me llama.
Las Promesas que No Florecen.
La caída de Rufus al lago trajo más consecuencias de las que nadie supo medir del todo.
Peter pasó dos semanas con las manos vendadas y un silencio inusual que hacía eco en su manera de caminar, como si el hielo aún crujiera bajo sus pies. Decía que no le dolía, y quizá era cierto. Pero, cuando dormía, se quejaba en voz baja, como quien guarda la fiebre en el fondo de la garganta.
Rufus, por su parte, pasó tres semanas entre sábanas y vahos de eucalipto, con el pecho convertido en una fragua que no terminaba de apagarse. Tosía con una rabia tranquila, como si su cuerpo quisiera recordar lo cerca que había estado del silencio absoluto. De vez en cuando, al dormir, murmuraba palabras entrecortadas. Algunas eran nombres. Otras, ni siquiera eso. Sonaban como restos de una canción olvidada.
Su madre lo cuidó sin tregua. Le frotó la espalda con ungüentos calientes, le preparó sopas que olían a romero y a pena, y le prohibió —con una severidad que no dejaba lugar a réplica— volver al lago.
Él asintió. Claro que sí, madre. No volveré.
Y, por supuesto, nunca lo respetó.
No porque fuera rebelde. No por desobediencia ni por terquedad. Rufus no era de esos. Pero había algo en aquel lago —algo bajo el hielo, o quizá en el viento que lo rozaba— que no lo dejaba del todo en paz.
No era curiosidad lo que lo empujaba a volver. Era otra cosa.
Como si el agua aún le debiera una respuesta.
Poco a poco, las aguas volvieron a su cauce.
Rufus regresó al colegio. Peter dejó de llevar las manos vendadas, aunque aún se las frotaba con gesto ausente cuando el frío apretaba. Los días comenzaron a parecerse de nuevo entre sí, como piedras redondeadas por la corriente: grises, previsibles, seguros.
Peter asumió que Rufus no volvería al lago. Pensó —y no sin cierto alivio— que la fiebre, la tos y las noches enteras ardiendo bajo mantas bastarían para convencer a su amigo de que lo que fuera que había visto, o creído ver, no valía el riesgo. A veces incluso lo decía en voz alta, como quien espanta un mal sueño.
—Era solo el hielo, ¿sabes? El frío y el susto. A todos nos pasa. Te lo imaginas, lo agrandas… Pero ya pasó.
Y Rufus asentía.
Asentía como quien acepta un plato de sopa que no tiene hambre de comer. Con esa amabilidad falsa que se reserva para las mentiras que duelen menos que la verdad.
Porque en cuanto su cuerpo dejó de temblar, volvió al lago. No por desafío. No por testarudez.
Volvió porque no podía no hacerlo.
Lo hacía en silencio, al caer la tarde, cuando el pueblo comenzaba a recogerse y los humos de las chimeneas formaban nubes perezosas sobre los tejados. Se deslizaba por caminos poco transitados, evitaba ser visto. No porque le diera miedo que lo descubrieran, sino porque el lago —ella— le pertenecía más en secreto.
Intentaba parecer normal. Pero había algo en su manera de mirar el cielo al atardecer, en la forma en que callaba cuando el viento soplaba del este, que dejaba ver que no lo era del todo.
Algo en él seguía buscando.
Y no todos los ojos ven lo que buscan.
El año pasó rápido. Sylvae desaparecía en los meses cálidos, lo que sumía a Rufus en una profunda melancolía, pero, en su ausencia, sus amigos volvían a ser lo que habían sido antes de que la conociera a ella. Seres con los que pasaba todo el tiempo que no estaba ayudando en la granja.
Durante el día, fingía que todo era como antes. Se reía con Peter, hablaba con Mira, discutía con Galen sobre cosas que no importaban. Jugaba con Colette a hacerse el distraído.
Y Colette, que no era tonta, jugaba a creérselo.
Una tarde, mientras Galen y Peter discutían junto al pozo sobre quién había lanzado una piedra más lejos —una disputa absurda que llevaba, según ellos, varios años sin resolverse—, Rufus se apartó un poco del grupo. No mucho. Unos pasos. Lo suficiente para quedar bajo la sombra torcida de un fresno y mirar hacia el camino que llevaba al lago.
No dijo nada ni hizo nada.
Solo miró.
Colette lo vio primero. Siempre lo veía primero, aunque fingiera lo contrario.
—Otra vez —murmuró.
Mira, que estaba sentada en el murete con las piernas colgando, siguió la dirección de sus ojos.
—¿Otra vez qué?
—Esa cara.
—Rufus tiene muchas caras.
—No esa.
Mira ladeó la cabeza. El viento le movió algunos mechones sobre la mejilla.
—Parece triste.
Colette soltó una risa baja, sin alegría.
—Rufus no parece triste. Siempre parece como si hubiera dejado algo suyo en otra parte y nadie le hubiera enseñado a vivir sin eso.
Mira la miró entonces, no a Rufus.
—Eso ha sonado demasiado pensado. Creo que piensas demasiado en él.
—Pues qué lástima. Yo quería que sonara casual.
Colette se cruzó de brazos.
—Antes se reía antes que todos.
—Antes no se caía por lagos helados.
—No es eso.
Mira no respondió enseguida. Tenía esa manera suya de guardar silencio que no era vacío, sino espera. Como si escuchara algo que los demás no alcanzaban a oír.
—¿Entonces qué es? Rufus siempre fue un poco rarito. Es verdad que era un rarito interesante, inteligente, sensible… como nos gustan a las chicas. Pero ahora ha superado el nivel máximo admisible de rareza. Sin embargo, a ti te sigue gustando. Creo que te gusta más que antes. ¿No crees que es un amor platónico y un poco dañino?
Colette apretó los labios.
—No lo sé. Y eso es lo que me enfada. No sé lo que ve cuando me mira, pero me ve como una amiga. Ahora incluso más que antes.
—A ti te enfada casi todo lo que tiene que ver con él. Creo que solo te ve como una amiga porque siempre estás pensando en él y siempre estás disponible. Igual deberías volverte más inaccesible. Ya sabes: lo que no se tiene siempre parece más interesante.
Colette la miró como si acabara de sugerirle prender fuego a la iglesia.
—Eso es una estupidez.
—No. Es una estupidez eficaz, que es muy distinto.
—No quiero que Rufus me quiera porque finjo que no me importa.
—Pues entonces vas mal.
Colette abrió la boca para responder, pero se quedó callada.
Mira no sonreía ya. Tenía esa calma suya que a veces irritaba más que una burla. Como si hubiera llegado a una conclusión antes que los demás y solo estuviera esperando a que el mundo tuviera la decencia de alcanzarla.
—Colette —dijo con suavidad—, tú no quieres gustarle. Tú quieres que despierte un día y entienda que llevas años ahí esperándolo y él no se ha dado cuenta.
—Eso no tiene nada de malo.
—No he dicho que lo tenga. Pero es poco probable.
—Lo dices con esa voz.
—¿Qué voz?
—La voz de cuando crees que alguien está a punto de hacerse daño y no sabes si impedirlo o mirar.
Mira bajó la vista. Durante un instante pareció mucho mayor, aunque no lo era. Nadie en el grupo lo era todavía, no del todo. Pero algunos días, cuando el viento venía del lago, todos parecían crecer de golpe y mal.
—Rufus no es cruel —dijo Mira.
—Ya lo sé.
—Ese es el problema.
Colette frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Que si fuera cruel, sería más fácil odiarlo. Si se burlara de ti, si te usara, si te prometiera cosas… podrías enfadarte de verdad. Pero no hace nada de eso. Te sonríe, te escucha, te guarda sitio, te da las gracias como si cada gesto tuyo fuera una bondad cualquiera. Y tú te mueres un poco cada vez.
Colette apartó la mirada.
Peter y Galen seguían discutiendo junto al pozo. Rufus estaba con ellos, pero no del todo. Se había reído de algo, aunque tarde, como si alguien le hubiera soplado al oído que esa era la respuesta correcta. Después volvió a mirar hacia el camino del lago.
Colette sintió rabia.
No contra él.
Eso era lo peor.
—No me muero —dijo.
—No. Tú no. Tú eres demasiado orgullosa para morirte por un chico. Tú harías algo mucho más irritante.
—¿Como qué?
—Vivir cerca de él toda la vida y fingir que no esperas nada de él.
Colette soltó una risa breve.
—Qué dramática eres.
—Y tú, qué mala mentirosa.
Hubo un silencio.