Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) ᛒ-El secreto del lago
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ᛒ-El secreto del lago

El sol de invierno se reflejaba aquel día en la superficie helada del lago, envolviendo el paisaje en una quietud engañosa. Dos niños patinaban sobre el hielo, riendo, persiguiéndose, sintiendo la velocidad en sus cuerpos ligeros.

El lago era un ojo. Frío, inmóvil, observándolos mientras jugaban sobre su espalda. Era viejo. Más viejo que el pueblo. Más viejo que los árboles que crecían a su alrededor. Más viejo que ellos.

Y tenía hambre.

El invierno se había extendido sobre el pueblo como una bestia dormida. El aire era tan filoso como el cristal, y el cielo tan pálido que parecía enfermo. Bajo sus pies, el hielo del lago cantaba. Pequeñas fracturas invisibles crujían en la vasta piel blanca, susurrando secretos en un idioma que ninguno de ellos entendía.

Althar siempre decía que los lagos recordaban. Que el hielo era una piel fina sobre algo antiguo y profundo. Que, si uno escuchaba con atención, podía oír el agua oscura susurrando historias debajo. Pero aquel día de invierno, el lago no susurró.

Esperó.

Y luego llamó a uno de ellos.

Aquel día, el lago los había estado observando. Y les hizo pagar por ello. Peter siempre decía que salvaría a su amigo si alguna vez caía. Pero ese día el mundo se volvió cruel y literal.

El hielo tembló con un sonido que no era crujido ni grieta, sino algo más parecido a una palabra dicha en un idioma que ningún hombre debería entender. Los muchachos reían, deslizándose sobre la vasta llanura de cristal. Sus voces tintineaban como campanas de cobre en el aire frío. No sabían que estaban sobre la boca de algo que dormía.

Rufus, ajeno a todo esto, tocaba su flauta. Tocaba porque era lo que hacía mejor que nadie, porque el aire helado moldeaba sus notas hasta convertirlas en algo puro y perfecto. Tocaba porque sabía que Sylvae podía oírlo desde lo más profundo. Tocaba para llamarla. No aparecería con Peter allí, pero él volvería a verla durante la tarde.

Había quienes lloraban al escucharlo tocar en las noches de luna pálida: mujeres que dejaban caer el hilo y la aguja, viejos que se removían en sus sillas con el peso de los recuerdos. No era solo habilidad, ni simple talento. Era algo más. Algo que se le daba como respirar, como si la madera de la flauta reconociera su aliento, como si el viento no pasara a través de ella, sino que bailara a su voluntad.

Su madre solía decir que era la reencarnación de su abuelo, un hombre que había tocado para reyes en tiempos antiguos. Pero Rufus nunca pensó en ello. No tocaba para la gloria ni por orgullo. Tocaba porque, en su interior, las canciones lo consumían como un fuego que solo encontraba sosiego en la melodía.

Y aquel día, el lago lo escuchó.

—¿Sigues enfadado con Mira? —preguntó Rufus.

—Por supuesto. Se rio de mí cuando no supe hacer el problema de matemáticas —respondió Peter.

—Pero eso fue hace ya dos semanas. Además, ¿sabes lo que dice mi padre? Que cuando una chica se ríe de ti es porque le gustas.

—Entonces Mira debe de estar enamoradísima de mí. Porque cada vez que le digo algo se pone a reír con Colette. Me gustaba más antes…

—¿Antes de qué?

—Antes de que la vidente nos dijera que nos casaríamos. Ella se lo ha creído de verdad, y eso complica que sigamos siendo amigos.

—¡Exacto! O simplemente piensa que eres un idiota y por eso se ríe de ti. Desde que Sigrid te llamó idiota, las chicas están a la defensiva contigo. Se piensan que eres un patán.

Peter frunció el ceño.

—No. Soy el mejor en mates y en muchas otras cosas. Bueno, el segundo mejor después de ti. Y quizá de ella. La verdad es que es muy buena con los números.

—Por cierto, ¿y por qué Sigrid te llamó idiota?

—Porque intenté subirme a la cerca de los cerdos en su granja y la rompí.

—Ah. Sí, eso es bastante idiota —confirmó Rufus.

—No, lo idiota fue que me dejé ver por su hermano y ahora se lo anda contando a todo el mundo.

—Bueno, no puedes culparlo. Si un chico hiciera algo así en mi granja, yo también lo contaría. Al menos su padre no ha pasado a hablar con los tuyos. Podría haber pedido que le arreglases la cerca o se la pagases. Y ahí el castigo que te habría caído habría sido de órdago.

—A veces me gustaría que Sigrid desapareciera. Y con ella, su hermano y Mira.

—Eso es una tontería.

—No, en serio. ¿Sabes cuántas veces me ha metido en problemas? Lo de la cerca ha sido mala suerte, pero no le caigo bien. Eso viene de antes.

—¿Sabes cuántas veces te ha sacado de problemas? No lo haría si le cayeses mal.

Peter hizo una mueca.

—Bueno, sí… pero también me mete en ellos.

—Entonces digamos que estás en cero —dijo Rufus, cerrando el análisis.

—Eso no lo hace mejor. —Peter se encogió de hombros y sopló en sus manos para calentarlas—. Oye, ¿crees que la señora Lindström nos odia?

—No —respondió tajantemente Rufus.

—¿Seguro? Porque cada vez que nos ve, suspira como si quisiera lanzarnos un rayo.

—Eso es porque le dimos un motivo. Bueno, porque le diste un motivo. Yo no hice nada. A mí me mira mal solo porque sabe que soy tu amigo. Es la única profesora que lo hace.

Eso era cierto. El carácter introvertido de Rufus y el hecho de ser, con diferencia, el mejor alumno del colegio lo convertían en el preferido de casi todos.

—Lo del cuaderno de matemáticas no fue tan grave —dijo Peter.

—No para ti. Para ella sí.

—¿Quién usa tinta roja para corregir exámenes?

Rufus sonrió.

—¿Quién derrama un frasco de tinta en la silla de su profesora?

—¡No fue un frasco! Fue un poco… Y no lo vacié, se me cayó por error al acercarme a ver las notas.

—Un poco que la dejó con el trasero rojo durante toda la clase.

Peter se tapó la boca para ahogar una risa, pero fracasó.

—Ella sabe que fue sin querer, pero no sabe perdonar.

—¿Crees que, si tus padres se enteran, les parecerá gracioso?

—No.

—¿Seguro?

—Bastante seguro.

Peter suspiró.

—¿Por qué las mujeres nunca piensan que lo divertido es divertido? Es una anécdota más que podrá contar a sus nietos algún día.

—Tal vez porque lo divertido suele ser estúpido.

Peter se quedó en silencio un momento, como si estuviera considerando el significado profundo de la vida. Luego se encogió de hombros y volvió a deslizarse por el hielo.

Entonces el lago habló.

No fue un crujido. Fue un gemido. Un lamento hondo que pareció venir de todas partes y de ninguna a la vez. El sonido era antiguo y profundo, como si el hielo no estuviera simplemente cediendo, sino despertando.

Y entonces, el suelo desapareció bajo Rufus.

No cayó ni resbaló ni hubo un grito de advertencia ni un forcejeo inútil. Simplemente fue tragado. Como si el agua hubiera estado esperando. Como si lo hubiera reclamado.

El sonido fue un latigazo en el silencio.

Un instante después, Rufus ya no estaba.

Peter se quedó inmóvil. Congelado más allá del frío. Su mente, su cuerpo, todo quedó suspendido en un instante donde el mundo entero dejó de moverse. Y luego, sin pensarlo, gritó.

Gritó con la fuerza de sus pulmones, con todo el miedo atascado en la garganta, con todo el horror hundiéndosele en el pecho como un ancla.

Esperó que alguien, cualquiera, lo oyera.

Esperó que el mundo respondiera.

Pero el mundo no lo hizo.

No hubo adultos corriendo. No hubo pasos apresurados sobre la nieve. Solo estaban él y el viento gélido, arrastrando su voz lejos, perdiéndola en la vastedad del lago helado.

Peter se movió. Sus piernas se tambaleaban sobre el hielo resbaladizo. Dio un paso hacia el agujero. Luego otro. Pero el hielo se quejó con un crujido amenazante, y su pie resbaló. Su corazón se detuvo por un segundo. No podía acercarse más sin caer también.

Pero Rufus estaba ahí abajo.

Gritó su nombre.

Primero una vez. Luego otra. No sabía cuántas veces. No sabía durante cuánto tiempo. Pero el eco le devolvía su propia voz, burda y hueca, y Rufus no emergía.

—¡Rufus!

El hielo respondió con su silencio cruel.

Peter dejó de gritar.

—¿Por qué no sales? —se preguntó.

Rufus no estaba en el hueco que se había abierto en el hielo. Se movía unos metros más allá de forma caótica bajo la superficie, como si no supiera dónde estaba o no pudiera encontrar la salida.

Peter corrió en círculos, frenético. Su mente buscaba algo, lo que fuera. La vista se le nubló por el viento, por las lágrimas que se helaban en su piel. Sus ojos recorrieron el suelo hasta que encontraron una piedra grande y pesada en la orilla.

Era todo lo que tenía.

La alzó sobre su cabeza y la dejó caer contra el hielo con todas sus fuerzas, en la última zona donde había visto el cuerpo de su amigo. Había pasado mucho tiempo. Quizá Rufus ya estaba muerto.

Nada.

Volvió a intentarlo.

Nada.

El hielo no cedía. No tenía grietas, no tenía debilidades.

—¡Dámelo! —exigió Peter, con la voz rota.

El lago no respondió.

Volvió a golpear.

—¡Dámelo!

El hielo cantó su idioma secreto, su murmullo de invierno que no tenía piedad.

Peter sintió algo ardiéndole en la garganta, algo espeso y caliente, y comprendió que era su propia desesperación ahogándolo.

Golpeó otra vez.

—¡Dámelo!

Una vez.

Diez veces.

Cien.

Le dolían los brazos. Sus nudillos estaban rotos. Su sangre goteaba sobre el hielo, enfriándose antes de tocar el suelo.

Pero el hielo no cedía.

Y Rufus seguía ahí abajo, perdiéndose en la oscuridad.

Peter sintió el miedo deslizarse por su espalda como un bicho helado. Su respiración era un temblor de vapor en el aire.

No podía dejarlo morir.

No podía…

Fue entonces cuando vio la grieta.

Fina como un hilo de araña.

Un suspiro del lago.

Un parpadeo.

Pero creció.

Peter contuvo la respiración.

El hielo gimió de nuevo, esta vez como si estuviera cansado.

Como si, después de tanto resistirse, estuviera a punto de ceder.

Hasta que se rompió y el agua negra quedó al descubierto.

Sin pensarlo, sin dudar, metió el brazo en el agua, sintiendo el frío morderle hasta el hueso. Buscó a su amigo en la oscuridad, palpando, aferrándose a lo que encontró, y tiró. Tiró con todo su ser, con toda la fuerza que su pequeño cuerpo le permitía.

Y sacó a su amigo del agua.