Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La granja #2
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La granja #2

La niña giró la cabeza hacia él. Su cabello plateado se movió como agua bajo la luz de la luna. No parecía sorprendida por la pregunta.

—Los nombres son importantes —dijo—. Son la llave y la cerradura. Solo se dan a aquellos que amas.

Rufus la miró con el ceño fruncido.

—Eso no tiene mucho sentido.

Ella sonrió, con ese aire de quien lo sabe todo.

—Tal vez.

Se quedaron en silencio unos instantes. El viento soplaba entre los árboles, y Rufus sintió que su aliento salía en pequeñas nubes blancas que flotaban un momento antes de desvanecerse.

—¿Y tú? —preguntó ella de repente.

—¿Yo qué?

—¿Quién eres?

—Soy Rufus —respondió sin dudar.

Ella ladeó la cabeza, divertida.

—Eso es solo un nombre. ¿Quién eres?

Él se sintió confundido.

No supo qué decir. Supuso que lo que ella le quería explicar era que los nombres no definen a las personas, pero eso iba en contra de lo que le había contado otras veces.

No era la primera vez que ella le respondía con preguntas extrañas, pero esta era diferente. ¿Quién era él? ¿Qué clase de pregunta era esa?

La niña lo observó en silencio. No insistió. No parecía necesitar que respondiera.

—¿Ves? —dijo con una sonrisa ligera, como quien demuestra un punto sin necesidad de explicarlo—. No es tan fácil. En tu mundo, los nombres son algo casi azaroso, escogido por los padres. En el mío, el nombre nos define.

El viento cambió de dirección. Rufus sintió cómo un espasmo le recorría la espalda. Y, por un momento, solo por un momento, tuvo la extraña sensación de que no era el viento lo que le movía el cabello, sino otra cosa. Algo que no podía ver.

—Puedes llamarme Sylvae —susurró ella entonces, con una voz que fue un soplo en el aire.

Rufus parpadeó.

—¿Eso significa que confías en mí? ¿Que te importo?

Ella sonrió, pero su sonrisa tenía un matiz extraño.

—Eso significa que necesitas llamarme de algún modo.

—¿Y por qué no tu nombre verdadero?

Ella bajó la mirada al hielo. Sus dedos pálidos se posaron sobre la superficie helada con una suavidad imposible.

—Porque un nombre verdadero es algo que solo se da una vez.

Había algo solemne en su voz. Algo antiguo.

Rufus sintió un escalofrío.

No entendió del todo lo que quiso decir. Pero sí entendió que no debía preguntar más.

El hielo bajo ellos crujió suavemente, como si algo en las profundidades del lago acabara de despertar.

Rufus miró el hielo, con el sonido del crujido aún resonando en su mente.

—¿Eso fue…?

Sylvae no apartó la mano de la superficie helada. Sus dedos pálidos parecían parte del lago, como si fueran raíces extendiéndose hacia lo profundo.

—Solo el hielo respirando.

Rufus no estaba seguro de si era una metáfora o una verdad que no entendía. Con ella, las dos cosas solían ser lo mismo.

Se quedaron en silencio por un momento. El aire nocturno era claro, cortante, y la luna pintaba sombras alargadas sobre la nieve. Sylvae tenía esa expresión tranquila que siempre llevaba, como si el tiempo no tuviera ningún efecto sobre ella.

Pero a Rufus le pesaban las palabras no dichas.

—¿Por qué te quedas aquí?

Ella lo miró de reojo.

—¿Dónde más iría?

—No lo sé… —Rufus se encogió de hombros—. A algún lugar donde no haya tanto frío.

Sylvae rio suavemente, y el sonido no era del todo humano. Era como el susurro de hojas en el viento, como el eco de un arroyo escondido entre piedras antiguas.

—¿Y si yo soy el frío?

Rufus frunció el ceño.

—No puedes ser el frío.

—¿No?

Él la miró fijamente. Había aprendido a leer sus silencios, sus medias sonrisas, sus respuestas envueltas en misterio.

—No —dijo, con voz firme esta vez—. Eres algo más.

Sylvae parpadeó, y su sonrisa se suavizó un poco. Pero no dijo nada.

El viento sopló otra vez, y volvió la sensación de que algo invisible rozaba el lago junto a ellos.

Rufus tragó saliva. Esa era la parte que le costaba aceptar.

Podía hablar con ella. Podía verla, escucharla, sentir su presencia junto a él. Pero no podía negar que había algo en ella que no pertenecía del todo a este mundo.

Y, sin embargo, seguía volviendo.

—¿Alguna vez estuviste en otro lugar? —preguntó de repente.

Sylvae levantó la vista hacia la luna. Sus ojos reflejaban la luz plateada de una manera extraña, casi líquida.

—Hace mucho tiempo.

—¿Cómo era?

Ella bajó la mirada de nuevo, y su expresión se tornó pensativa. Como si tratara de recordar algo que ya no estaba segura de haber vivido.

—Era… diferente.

—¿Mejor?

Sylvae no respondió de inmediato. Luego sus dedos se cerraron ligeramente sobre el hielo.

—No era una pregunta de “mejor o peor”. Era solo otro lugar. Otra forma de existir.

Rufus apoyó los brazos sobre sus rodillas, intentando entender.

—¿Echas de menos ese lugar?

Esta vez Sylvae sí sonrió, pero su sonrisa tenía un tinte melancólico.

—Echar de menos es algo que hacen los humanos.

Rufus arrugó el ceño.

—Eso no responde a nada. ¿Tú nunca estás triste cuando no ves a alguien a quien… valoras? Yo, por ejemplo, estoy triste cuando no te veo durante los meses de verano. ¿Tú nunca te acuerdas de mí?

Sylvae inclinó la cabeza, divertida.

—Tal vez.

El hielo crujió otra vez.

El sonido no era fuerte, pero era distinto.

Rufus sintió que la piel se le erizaba en la nuca.

Sylvae suspiró y retiró la mano del lago.

—Es tarde.

Ella se levantó y comenzó a andar.

—Debajo del lago hay un mundo mucho más grande de lo que podrías imaginar. La superficie solo es una puerta entre dos mundos.

Rufus miró el cielo. Las estrellas brillaban como si hubieran sido sembradas en la negrura absoluta.

No quería irse.

No quería romper la frágil burbuja que había entre ellos aquella noche helada.

—¿Volveré a verte?

Sylvae andaba con una ligereza imposible. Como si el hielo no tuviera peso bajo sus pies.

—Siempre que me llames.

—¿Cómo sé que vendrás?

Ella lo miró con aquella expresión que no delataba nada.

—No lo sabes.

Antes de marcharse, Sylvae le tendió un objeto alargado envuelto en un paño oscuro.

—¿Es… mi flauta?

Ella no respondió. Solo le ofreció una sonrisa que parecía venir de otro tiempo, como si supiera algo que él aún no entendía.

Se giró. Su cabello, plateado como la luna, ondeó suavemente con la brisa. Caminó sobre el lago helado sin dejar rastro, sin provocar una sola grieta en el hielo.

Rufus la siguió con la mirada.

Había algo en su sonrisa que lo inquietaba, algo en su risa que le recordaba el canto de un pájaro justo antes de alzar el vuelo. Algo en la forma en que sus pasos se deslizaban sobre el hielo sin dejar huellas, en la manera en que el viento nunca movía su cabello cuando ella se iba.

Por primera vez, se preguntó si el hielo bajo ella era el mismo hielo bajo sus propios pies.

Por primera vez, cuando la vio desaparecer entre la bruma del lago, sintió un estremecimiento que no tenía nada que ver con el frío.

El invierno aún era largo.

Pero, de algún modo, Rufus supo que no duraría para siempre.

Había algo en el aire, algo en el hielo, algo en la nieve crujiente bajo sus botas que le susurraba que todo lo bueno, todo lo hermoso, todo lo imposible, estaba a punto de acabar.

Y, cuando la vio desaparecer en la lejanía, un pensamiento le cruzó la mente, breve y fugaz como el reflejo de la luna en la superficie del lago.

Quizá ya estaba acabando.

Después bajó la vista y retiró el paño.

La flauta que sostenía entre sus manos era la misma que le había dado su abuelo. O eso creyó por un instante.

Pero ya no estaba rota.

No había señales de unión, ni astillas, ni grietas.

La madera parecía más viva, más pulida, más… despierta. Como si hubiera dormido durante años y, al fin, hubiera recordado quién era.

Rufus la llevó a sus labios, con la duda pesándole en los dedos.

No podía sonar igual después de lo que había pasado.

Pero cuando sopló la primera nota, el sonido no era el mismo.

Era mejor.

Más profundo. Más claro. Más real.

Como si por fin, después de todo, la flauta también lo hubiera estado esperando a él.

Y entonces, solo quedó el frío. Pero aquella vez, algo cambió.