Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La granja
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La granja

El sol se elevaba sobre los campos cuando Rufus salió del establo con un cubo de agua caliente entre las manos. El frío mordía el aire, y la nieve que cubría el suelo crujía bajo sus botas.

Habían pasado casi seis meses desde que no veía a la niña. Pero el otoño había llegado ese mismo día con las primeras nieves, y, con el frío, ella le había dicho que regresaría.

Él era ahora un poco más alto y un poco más fuerte. Pero seguía siendo el chico raro del colegio.

Su padre era un hombre de hombros anchos y manos curtidas por el trabajo. Estaba junto al corral de las vacas, revisando que la cerca siguiera firme. Los inviernos en Eldermere eran crueles, y un poste flojo significaba problemas.

—Rufus, trae más heno para los caballos.

El chico asintió, dejando el cubo a un lado y sacudiéndose los copos de nieve del cabello antes de caminar hacia el granero. El olor a paja seca y a cuero gastado lo envolvió mientras recogía un par de brazadas de heno.

Al regresar, su padre ya había comenzado a alimentar a los cerdos, echando grano en los comederos de madera. Rufus se unió a él, en silencio al principio, concentrado en el trabajo.

Pero había algo que le rondaba la cabeza. Algo que no tenía nada que ver con la granja ni con el invierno.

Esperó un poco más. Hasta que su padre se enderezó y se apoyó en la pala con aire satisfecho.

Era ahora o nunca.

—Papá…

—¿Mmm?

Rufus pateó un poco la nieve con la punta de la bota, como si hubiera encontrado de repente muy interesante la forma en que el hielo se acumulaba.

—¿Cómo sabes si le gustas a una chica?

El hombre se quedó quieto un segundo. Luego giró la cabeza hacia su hijo con una expresión inescrutable. Rufus no pudo decir si iba a reírse o a darle un sermón.

Y entonces su padre sonrió.

—¿Es por Mira o por Colette?

Rufus casi dejó caer el cubo de agua.

—¡No es por ninguna! Y menos por ellas —protestó.

Su padre soltó una carcajada profunda.

—Ah, claro. No es por ninguna.

Rufus resopló y siguió esparciendo heno entre los comederos, intentando ocultar el calor que subía a sus mejillas.

—Solo preguntaba en general.

Su padre sonrió con ese gesto tranquilo que siempre tenía cuando lo veía luchar con sus pensamientos.

—Bueno, hijo… si una chica te mira como si estuviera tratando de descifrar qué demonios pasa por tu cabeza, pero no se marcha, es una buena señal.

—¿Eso es todo? —Rufus frunció el ceño, escéptico.

—No. —El hombre arrojó un último puñado de grano a los cerdos y se giró hacia él con una mirada astuta—. Si te deja verla en sus momentos de verdad, no cuando está rodeada de gente, sino cuando es ella misma… si es sincera contigo, entonces le importas.

Rufus se quedó en silencio, procesando esas palabras.

—Esta chica nunca está rodeada de gente. Por ahí vamos bien…

Su padre le dio una palmada en el hombro, haciéndolo tambalearse un poco.

—Y, si un día te mira como tu madre me miraba a mí… más vale que estés listo, muchacho.

Ahora Rufus sí se sonrojó.

—¿Y cómo te miraba mamá?

El hombre sonrió con melancolía, como si en su mente estuviera viendo algo muy lejano.

—Como si fuera a darme un puñetazo y un beso al mismo tiempo.

Rufus soltó una risa.

Su padre le revolvió el cabello con la mano enguantada y tomó la pala de nuevo.

—Anda, muchacho. Termina de dar de comer a las gallinas y deja de pensar tanto. Cuando llegue el momento, lo sabrás.

Y, con eso, volvió al trabajo.

Rufus, sin embargo, se quedó unos segundos más, mirando la nieve y sintiendo una extraña calidez en el pecho.

Tal vez su padre tenía razón.

El sol se deslizaba perezoso sobre Eldermere, calentando la nieve que cubría la granja. El aliento de los caballos salía en nubes blancas mientras Rufus y su padre terminaban de revisar el agua en los bebederos. El frío no daba tregua, pero el trabajo tampoco.

Su padre se sacudió la escarcha de las botas y se apoyó en la cerca, observando cómo Rufus esparcía la última tanda de grano para las gallinas.

El chico parecía distraído.

Desde la conversación de antes, su padre había notado que su mente estaba en otro lugar. O en alguien.

Así que esperó. Sabía que Rufus no preguntaba cosas sin un motivo.

Y no se equivocó.

Rufus dejó caer un puñado de grano en la nieve y, sin mirarlo, lanzó su siguiente pregunta.

—Papá… ¿qué ocurre si te gusta una chica que es muy diferente a ti?

Su padre arqueó una ceja, con la sombra de una sonrisa en el rostro.

—¿Diferente cómo?

Rufus pateó un poco la nieve con la punta de la bota.

—Que le gustan otras cosas.

Su padre asintió lentamente, como si esperara que continuara. Pero Rufus se quedó callado, con la mandíbula apretada.

El hombre suspiró y le dio un golpecito en el hombro con la pala.

—No des más rodeos, Rufus.

Rufus apretó los labios. Inspiró profundamente y luego soltó la verdad.

—Por ejemplo, de otra clase social. Alguien realmente alejado del tipo de chicas que se casa con gente como nosotros. Y, cuando imagines a alguien muy diferente, como una princesa, imagina que es aún más diferente.

El aire se quedó quieto un instante. Era una pregunta más difícil que la anterior.

Pero su padre no se sorprendió.

En cambio, su sonrisa se desvaneció un poco, y su mirada se volvió más seria, más pensativa.

—¿Alguien a quien sus padres nunca le dejarían estar contigo? —dijo, sin rodeos.

Rufus asintió.

Su padre no respondió de inmediato. Miró el campo cubierto de nieve, las cercas de madera que se alzaban como barreras contra el viento, y luego a su hijo, que esperaba con una expresión mezcla de esperanza y miedo.

Cuando finalmente habló, su voz fue más baja.

—Entonces tienes dos caminos, Rufus.

El chico frunció el ceño, atento.

Su padre se apartó de la cerca, sacudiéndose la nieve de los guantes.

—El primero es dejarlo pasar. Asumir que el mundo funciona como funciona y que algunas cosas no están destinadas a salir bien.

La nieve crujió bajo sus botas cuando caminó un par de pasos.

—El segundo… —volvió a mirar a Rufus, con expresión seria— es estar dispuesto a luchar por ello.

El viento sopló entre los árboles. No había broma en su voz, no había falsa esperanza.

—Pero te advierto algo. —Su tono se endureció un poco—. Si tomas el segundo camino, más te vale estar seguro. Porque, si lo haces a medias, terminarás solo y sin nada.

Rufus se quedó en silencio.

Su padre suspiró, frotándose el rostro con una mano enguantada.

—Mira, muchacho. Sé que en las historias los príncipes se casan con campesinas y los pobres conquistan el mundo. Pero la realidad es que la gente no suele permitir que esas cosas funcionen.

Levantó la vista hacia el cielo gris.

—Algunas familias creen que el linaje, el estatus y las apariencias lo son todo. Para ellas, lo que sientes no importa. Solo importa a quién perteneces.

Rufus bajó la mirada. Algo dentro de él se revolvía con rabia ante esas palabras, aunque sabía que eran verdad.

Su padre lo notó y le dio una palmada en la espalda, no con dureza, sino con algo parecido a la compasión.

—Pero también te diré esto.

Rufus alzó la vista.

—Algunas personas nacen con jaulas a su alrededor. Y aprenden a salir de ellas. Y, desde que naciste, sé que tú eres una de esas personas.

El chico no respondió. No sabía qué decir.

El viento siguió soplando, frío y eterno, pero Rufus ya no lo sentía de la misma manera.

Había algo ardiendo dentro de él. Algo que el invierno no podía congelar: la esperanza.

—Si se lo preguntase a Peter, sé que me diría que me olvidase del tema. Él pensaría que debería renunciar a esta chica porque pertenece a un mundo distinto al mío.

—Estás dando por hecho que Peter piensa.

Rufus soltó una carcajada.

—Es mi amigo. Detrás de sus maneras desinhibidas hay una persona muy inteligente. Desde luego que piensa.

—Hijo, no es solo Peter. La mayoría de las personas no piensa de verdad. Solo ordena sus prejuicios una y otra vez a lo largo del día y lo llama razón. Cree que forma opiniones, pero muchas veces solo las hereda de sus padres, de su cultura o de sus miedos.

Rufus guardó silencio.

Su padre apoyó ambas manos en el mango de la pala.

—Pensar de verdad duele, porque te obliga a seguir caminos que la mayoría prefiere no pisar. A veces significa romper ideas que te resultaban cómodas. Por eso tan poca gente lo hace. Y por eso quienes lo hacen ven el mundo de otra manera.

El hombre lo miró con una seriedad tranquila.

—Tú eres uno de ellos, Rufus. Por eso no debes detenerte solo porque los demás no sepan mirar más lejos.

Rufus respiró hondo, sintiendo cómo aquellas palabras se le quedaban dentro.

—¿Ni siquiera si los demás creen que son justos?

Su padre soltó una risa seca.

—Sobre todo esos. Algunos presumen de no tener prejuicios, pero solo han cambiado unos por otros más elegantes. A veces, forzarse a parecer justo es otra forma de dejar de pensar.

Rufus no respondió.

La nieve seguía cayendo sobre los campos, silenciosa y lenta. Pero, por primera vez en mucho tiempo, el invierno le pareció menos grande.

Nuestros Nombres.

Una vez la visitó después del atardecer. La noche era un espejo oscuro, y el lago, su reflejo inmóvil. Rufus y ella estaban sentados en la orilla, con el hielo extendiéndose ante ellos como una promesa silenciosa. No hablaban mucho cuando estaban juntos. No hacía falta. A veces, las palabras solo estorbaban.

Pero esa noche Rufus quería respuestas.

Llevaba tiempo pensándolo. Había aprendido cosas de ella, cosas que nadie más sabía. Sabía que nunca dejaba huellas en la nieve. Sabía que su risa sonaba diferente, como si estuviera hecha de ecos lejanos. Sabía que, cuando la miraba directamente a los ojos, sentía un vértigo extraño, como si estuviera asomándose a un pozo sin fondo.

Pero lo que no sabía era su nombre.

Y eso le molestaba. Ya había intentado conocerlo al principio, y ella se había negado en redondo. Pero ¿por qué no volver a intentarlo?

—Nunca me has dicho tu nombre —dijo al fin, rompiendo el silencio.