Peter #3
—Después bailaron. No mucho. Solo una pieza. Solo hasta que amaneciera. Ella puso una mano sobre su hombro y otra sobre su pecho, justo donde los hombres creen guardar el valor, y le dijo: “Si en algún momento quieres irte, vete. Yo no cierro puertas”.
Marlon sonrió con tristeza.
—Y era verdad. Las hadas rara vez necesitan mentir. Les basta con decir la verdad de una manera que los hombres puedan malinterpretar.
Elyse seguía inmóvil.
—El viajero vio el sendero detrás de los árboles. Lo vio una vez, dos veces, tres. Podría haberse ido. Pero cada vez que miraba hacia el camino, pensaba en el frío, en el hambre, en las deudas, en la muchacha que quizá ya no lo amaba. Y cada vez que miraba hacia ella, veía ojos que lo hacían sentirse elegido.
Marlon golpeó suavemente el barril con el bastón.
—Al final bebió.
Un gemido pequeño recorrió la taberna.
—No por sed. Eso habría sido más fácil de perdonar. Bebió porque ella había bebido antes del mismo cuenco y le sonrió como si compartirlo fuera una promesa.
Rufus cerró los ojos un segundo.
—El vino no sabía a uva. Sabía a verano perdido. A la primera vez que alguien pronuncia tu nombre con cariño. A una puerta que se abre solo para ti.
Marlon dejó caer la voz.
—Cuando despertó, seguía en el claro.
Un silencio.
—El hada estaba a su lado. El fuego no se había apagado. La luna no se había movido. “¿Ves?”, dijo ella. “Solo ha pasado una noche”.
Nadie respiraba con normalidad.
—Pero él oyó campanas a lo lejos. Campanas de funeral. Muchas. Demasiadas. Corrió hacia el camino. La niebla se abrió para dejarlo pasar, porque las hadas no retienen a quienes ya no saben a dónde volver.
Marlon bajó la mirada hacia el suelo de la taberna.
—Su casa era un montón de piedras. El pozo estaba seco. El roble donde había grabado sus iniciales era un tronco partido por un rayo. Preguntó por su madre, y una anciana le dijo que aquella mujer había muerto hacía cuarenta inviernos, después de dejar una vela encendida en la ventana hasta que los dedos se le torcieron de frío.
Colette se llevó una mano a la boca.
—Preguntó por su padre. Le dijeron que había muerto buscándolo en la montaña. Preguntó por la muchacha que lo esperaba. Nadie la recordaba joven. Había vivido, se había casado, había tenido hijos, había enterrado a dos de ellos y había muerto pronunciando un nombre que nadie entendía.
Marlon hizo una pausa larga.
—El suyo.
Rufus sintió el golpe de aquellas palabras como si fueran para él.
—Habían pasado setenta años.
Las jarras golpearon suavemente las mesas cuando varios hombres exhalaron a la vez.
—Pero el viajero seguía igual. Joven. Entero. Con el sabor del vino todavía en la lengua.
Marlon inclinó el rostro, y las sombras de la chimenea le alargaron la nariz y los pómulos.
—Entonces hizo lo que hacen los hombres cuando descubren que han perdido la vida: buscó a quien culpar.
El fuego se agitó.
—Volvió al bosque con un cuchillo en la mano. Gritó el nombre falso que le había dado. Gritó hasta que la niebla volvió. Gritó hasta que el estanque apareció entre los árboles.
Rufus no quería escuchar más.
Pero escuchó.
—Ella seguía allí.
La taberna entera pareció encogerse.
—No había envejecido ni un día. Tenía las mismas flores imposibles en el cabello, los mismos ojos demasiado grandes, la misma tristeza. Cuando lo vio, sonrió. No con crueldad. No con burla. Con alivio.
Marlon habló entonces con voz de mujer, suave y terrible:
—“Has vuelto. Mi amor, solo ha pasado una noche”.
Algunas mujeres hicieron el signo de protección. Un hombre murmuró una oración.
—El viajero levantó el cuchillo. Ella no huyó. Solo lo miró como si aceptara un golpe que sabía jamás se daría.
Marlon guardó silencio.
—Y entonces él comprendió la última crueldad.
Peter susurró:
—¿Cuál?
Marlon no lo miró.
—Que ella decía la verdad.
Nadie habló.
—Para ella, solo había pasado una noche. Para ella, él acababa de marcharse. Para ella, el dolor de él era incomprensible, pero no fingido. Lo había amado durante unas horas. Él la había amado durante una vida perdida.
Rufus notó que el corazón le golpeaba con fuerza.
—El viajero no la mató. Algunos dicen que no pudo. Otros dicen que no quiso. Los más viejos dicen que, cuando uno ha sido amado por un hada, aunque sea de una forma terrible, queda una parte de ti que siempre intenta perdonarla. Pero lo cierto es que aunque lo hubiera intentado, no lo habría conseguido. Las hadas no son fáciles de encontrar n9i de matar, son mas poderosas de lo que la mayoría de la gente piensa.
Marlon bajó la voz hasta casi apagarla.
—Lo que sí hizo fue preguntarle una cosa.
El silencio era absoluto.
—“¿Me robaste la vida?”
El viejo tardó en responder, como si aún escuchara la contestación del hada.
—Y ella dijo: “No. Te di una noche sin dolor. Fuiste tú quien no quiso volver mientras aún podía”.
Rufus sintió que el suelo de la taberna parecía inclinarse.
—Entonces el viajero lloró. No por ella. No por sí mismo. Lloró porque entendió que hay prisiones hechas de hierro, y otras hechas de deseo. Y las segundas son más difíciles de romper, porque desde dentro se parecen mucho a la felicidad.
Marlon enderezó la espalda.
—Al amanecer, encontraron su cuchillo junto al estanque. De él no encontraron nada. Ni huesos. Ni ropa. Ni sombra.
La taberna permaneció muda.
—Algunos dicen que volvió con ella. Otros, que se arrojó al agua. Otros, que todavía camina entre los caminos y la niebla, joven por fuera y viejo por dentro, advirtiendo a los muchachos que no acepten vino de manos hermosas.
Marlon miró hacia la puerta, donde Rufus permanecía inmóvil.
—Pero los que saben escuchar dicen otra cosa.
Hizo una pausa.
—Dicen que cada invierno, cuando la niebla baja de los montes, se oye una voz de hombre junto a los estanques. No grita ni pide ayuda. Solo repite un nombre que ya nadie recuerda. Y, desde el otro lado del agua, una mujer responde siempre lo mismo:
El viejo Marlon abrió los labios.
—“Solo una noche más”.
Los hombres sacudieron la cabeza, incómodos.
Rufus rio con un tono forzado y habló en voz alta.
—Un buen cuento para asustar a los niños.
Marlon lo miró con gravedad.
—No, muchacho.
El fuego chasqueó en la chimenea.
—Es una historia real para advertir a los hombres.
Y, con esas palabras, el viejo se bajó del barril y recogió su capa, dejando que la historia se asentara en la piel de todos.
Rufus sintió que el aire de la taberna se volvía demasiado pesado.
Mira se abrazó a sí misma, con el ceño fruncido.
—Es solo una historia, ¿no? Pero todas las historias que hablan de hadas siempre acaban en tragedia.
Colette asintió lentamente.
—Sí… Y las historias siempre vienen de algún lugar.
Peter habló, sin apartar la vista de la chimenea.
—No sé vosotros, pero si una mujer me invita a beber de un cuenco de oro, lo pensaría dos veces.
Rufus soltó una risa nerviosa.
—Lo pensarías, pero lo harías.
Colette le lanzó una mirada de advertencia.
Rufus no dijo nada.
Apretó los puños y respiró hondo.
Sylvae nunca le había ofrecido nada.
Nunca lo había llamado «mi amor», ni le había hecho promesas.
Pero ella también le había advertido.
«No hables a nadie de mí».
Y ahora Rufus no sabía si esa advertencia era para protegerse a sí misma… o para protegerlo a él.