Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) Peter #2
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Peter #2

Su hermano le lanzó una mirada rápida, una mezcla de burla y reconocimiento.

—Para una vez que Rufus dice algo inteligente…

Peter se inclinó sobre la mesa, mirándolos con curiosidad.

—Entonces, Elyse, dime… —Su tono se volvió casi conspirador—. ¿Va bien la conquista?

Ella apoyó el codo en la mesa y la barbilla en la mano.

—Oh, no sé… —dijo con una sonrisa juguetona—. Creo que aún no ha decidido si soy un misterio o un reto.

Galen sonrió con suficiencia.

—¿Por qué no puedes ser ambas cosas?

Mira y Colette hicieron un gesto de fingida admiración.

—Qué caballero —dijo Mira, arrancando un trozo de pan.

—Un poeta, incluso —añadió Colette.

Peter sacudió la cabeza.

—Y pensar que todo esto es por una copa de vino y una conversación junto al fuego.

Elyse lo miró con una sonrisa de lado.

—No subestimes el poder de una buena conversación.

Galen apoyó un brazo sobre el respaldo de la silla, observándola con el mismo aire confiado de siempre.

—¿Y qué opinas de esta compañía inesperada? —dijo Galen—. ¿Estábamos mejor solos?

Elyse sostuvo su mirada sin apartarse.

—Depende.

—¿De qué?

—De si piensas compensarme por la interrupción cuando se vayan.

Peter soltó una carcajada y se llevó la mano al pecho.

—Elyse, eres oficialmente mi nueva persona favorita. Nunca conocí una chica tan rápida de mente como yo.

Galen sonrió.

—Ya lo veremos.

Mira apoyó la barbilla en la mano, observando la escena con un suspiro teatral.

—Bueno, hemos cumplido nuestro propósito. Hemos visto cómo Galen intenta ser encantador. Ahora podemos irnos.

Peter se puso de pie dramáticamente.

—Lamentamos la interrupción, oh, gran seductor.

Galen resopló, pero Elyse aún sonreía cuando el grupo empezó a alejarse.

Rufus los siguió, pero, antes de salir, miró una vez más a su hermano.

Galen no apartó la vista de Elyse. No importaba cuántas bromas hicieran, cuántas interrupciones soportara: había algo en su mirada que no cambiaba.

Y Elyse lo sabía.

Rufus salió de la taberna con una sensación extraña en el pecho.

No supo si era por Galen.

O si, en el fondo, era porque le recordaba a él mismo y a alguien que nunca podría sentarse con él en un lugar así.

Cuando se dirigió a la puerta, sin embargo, sus amigos se habían parado y miraban hacia el interior de la taberna.

El local estaba más ruidoso que antes. Ahora que el mercado comenzaba a cerrarse y la noche se acercaba, los aldeanos y mercaderes buscaban calor, comida y un buen relato para terminar el día.

Y nada atraía más a la gente en una taberna que un buen contador de historias.

El viejo Marlon estaba de pie sobre un barril vacío en el centro del salón, con su capa raída y su sonrisa astuta, dejando que las llamas de la chimenea dibujaran sombras danzantes en su rostro.

Todos lo conocían. Era un viajero, un contador de historias, un hombre que había visto más allá de Eldermere y que traía cuentos de tierras lejanas.

Cuando alzaba la voz, la gente callaba.

Cuando comenzaba un cuento, hasta el ruido de las jarras se volvía más tenue.

Rufus y los demás ya estaban de pie cerca de la puerta, listos para irse, cuando la voz del viejo Marlon los detuvo.

—¡Ah, viajeros, mercaderes, campesinos y curiosos! —dijo, abriendo los brazos—. Hoy os contaré una historia de advertencia, un cuento viejo como el viento, una verdad que los hombres han olvidado y que las hadas recuerdan bien…

Rufus sintió una punzada en el pecho.

Había escuchado muchas historias en su vida. Algunas sobre hadas buenas, sobre dones mágicos, sobre milagros.

Pero otras… otras no eran así.

Y, por el tono de Marlon, esta no iba a ser una historia amable.

Peter se cruzó de brazos con aire divertido.

—Oh, esta promete.

Colette y Mira volvieron a sentarse, intrigadas.

Rufus no quería escuchar.

Pero no pudo evitarlo.

Esta era la historia del viajero perdido.

El viejo Marlon dejó caer su voz a un susurro conspirador, obligando a todos a inclinarse un poco hacia delante.

—Hubo una vez un viajero —comenzó Marlon—. Un hombre joven, valiente y testarudo, como suelen ser los hombres antes de que el mundo les enseñe prudencia. Viajaba por los caminos de la montaña buscando fortuna, pero lo encontró la noche.

El viejo dejó que el fuego chasqueara antes de continuar.

—No era una noche común. La luna estaba alta, sí, pero no alumbraba el camino. La niebla había bajado de los pinos como una manta viva, y cada vez que el viajero creía reconocer una piedra, un árbol o una curva del sendero, el bosque parecía cambiarla de lugar.

Algunos campesinos murmuraron entre dientes. Todos sabían que, cuando la niebla se movía contra el viento, lo sensato era volver atrás.

—Caminó durante horas —dijo Marlon—. O eso creyó él. Llamó a sus compañeros, pero solo le respondió el eco. Gritó el nombre de su madre, porque hasta los hombres valientes recuerdan a su madre cuando tienen miedo, pero el bosque se tragó la palabra antes de que terminara de pronunciarla.

Rufus sintió un leve frío en la espalda.

—Entonces oyó música.

El silencio de la taberna se volvió más hondo.

—No una flauta. No un violín. No un tambor de feria. Era una música sin instrumento, una melodía tan suave que parecía salir de la nieve al caer. El viajero la siguió, porque hay sonidos que no se escuchan con los oídos, sino con la parte del alma que aún no ha aprendido a desconfiar.

Marlon alzó una mano, como si apartara una cortina invisible.

—Así llegó a un claro del bosque. Y allí la vio.

Nadie bebió. Nadie habló.

—Una mujer sentada junto a un estanque negro. Hermosa como la luna cuando se rompe sobre el agua. Tenía el cabello claro, los pies desnudos y una corona de flores que no pertenecían a ninguna estación. Ni primavera, ni verano, ni invierno. Flores de esas que solo crecen donde el mundo se olvida de sus propias leyes.

Rufus apretó la mandíbula.

—Ella no lo llamó por su nombre —continuó Marlon—, y eso fue lo primero que debió asustarlo. Porque las hadas no necesitan saber tu nombre para encontrarte. Solo lo necesitan para conservarte.

Una mujer hizo el signo de protección con los dedos.

—El viajero preguntó dónde estaba. La mujer sonrió y le respondió: “En el lugar al que llegan los que se pierden deseando ser encontrados”.

Peter, que hasta entonces parecía divertido, dejó de sonreír.

—La mujer le ofreció asiento junto al agua. Él se negó. Le ofreció pan blanco, más tierno que el de cualquier horno humano. Él volvió a negarse. Le ofreció vino en un cuenco de oro. Él retrocedió un paso. No era idiota aquel muchacho, no del todo. Conocía los cuentos. Sabía que no debía comer ni beber en los dominios de las hadas.

Marlon inclinó la cabeza.

—Pero entonces ella no insistió. Y eso fue lo que lo perdió.

El fuego lanzó una chispa.

—Porque los monstruos hambrientos persiguen. Las hadas pacientes esperan.

Rufus tragó saliva.

—La mujer empezó a hablarle. Le preguntó por su casa, por su padre, por la muchacha que quizá lo esperaba al otro lado de la montaña. Le preguntó si era feliz. Y él, que había sido fuerte contra el pan y contra el vino, no supo ser fuerte contra una pregunta hecha con ternura.

Mira miraba al anciano sin parpadear.

—Le dijo que estaba cansado. Que en su casa siempre faltaba leña. Que su padre lo miraba como si nunca bastara. Que la muchacha que lo esperaba tal vez preferiría a un hombre con tierras. Que llevaba toda la vida caminando hacia algún lugar sin saber si alguien lo echaría de menos al llegar.

Marlon bajó la voz.

—Entonces el hada lloró.

Un murmullo inquieto recorrió la sala.

—No lágrimas falsas. No lágrimas de actriz de feria. Lloró como lloran los seres que han vivido demasiado y aun así no han aprendido a no sentir. Y el viajero, que había sabido desconfiar de su belleza, no supo desconfiar de su tristeza.

Rufus sintió que algo dentro de él se cerraba despacio.

—“No bebas”, le dijo ella. “No comas. No me des tu nombre si quieres volver entero. Pero quédate un rato. Solo hasta que pase la niebla”.

Marlon sonrió sin alegría.

—Y él se quedó.

La taberna entera parecía contener el aliento.

—Hablaron hasta que la luna cambió de sitio. O hasta que el cielo fingió cambiar, que no es lo mismo. Ella le contó que en su reino no había madres que envejecieran, ni padres que murieran junto al fuego, ni inviernos que vaciaran las despensas. Él le contó que en el mundo de los hombres nada hermoso dura sin cobrar precio.

Marlon hizo una pausa.

—Después ella cantó.

Rufus bajó la mirada.

—Cantó una canción en una lengua que el viajero no conocía, pero que su corazón pareció entender. Una canción sobre puertas bajo el agua, sobre estrellas atrapadas en raíces, sobre nombres guardados en hielo para que nadie pudiera romperlos. Y él pensó: “Solo escucharé. Escuchar no puede condenar a nadie”.

El viejo Marlon lo miró entonces, o eso le pareció a Rufus.

—Pero hay canciones que son una casa. Y, si entras en ellas, no siempre encuentras la puerta para salir.

Nadie se movió.

—Cuando la canción terminó, el viajero ya no recordaba por qué tenía tanta prisa. Recordaba su casa, sí. Recordaba a su madre. Recordaba incluso el nombre de la muchacha que lo esperaba. Pero todos esos recuerdos parecían estar al otro lado de un cristal empañado.

Marlon levantó un dedo.

—Entonces el hada le pidió una sola cosa.

Su voz descendió hasta convertirse en un hilo.

—“Dime tu nombre.”

Una mujer dejó escapar un suspiro.

—El viajero se puso en pie. Por fin tuvo miedo. El miedo verdadero, el que llega tarde. “No”, dijo. “Mi nombre es mío”. Y ella no se enfadó. Solo bajó la mirada, como si él la hubiera herido.

Rufus sintió que la garganta se le secaba.

—“Entonces dame otro”, pidió ella. “No el que te dieron al nacer. Dame el nombre con el que quieres que te recuerde”.

Marlon abrió las manos.

—Y él pensó que aquello no era peligroso. ¿Qué daño podía hacer un nombre inventado? Así que se lo dio.

El fuego chasqueó en la chimenea.

—Aquella fue la primera cadena.

Rufus dejó de respirar durante un instante.