Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) Peter
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Peter

Habían comenzado el día jugando como siempre, pero la cabeza de Rufus estaba en otra parte.

—Ya nunca tienes tiempo para ir al lago —le dijo Peter.

—Mi madre dice que es peligroso.

—Nunca se quejó antes.

—Las madres cambian. Dice que a veces han ocurrido accidentes en el lago. Que el hielo es frágil en algunas zonas.

—Pero no solo es eso. Ahora siempre estás ocupado. Ya no tienes tiempo para hacer excursiones, buscar conejos, ardillas y pájaros.

—Tengo que ayudar en casa… —Rufus no se sentía cómodo con el interrogatorio.

—Podría ir y ayudarte. A mi madre no le importaría.

—Es mejor que no…

—Hay algo que no me estás contando.

—Peter, sabes que eres mi mejor amigo, y sabes que haría cualquier cosa por ti. Pero no podemos estar siempre juntos.

Su amigo entrecerró los ojos, sin estar del todo convencido.

—Eso no responde a lo que te he dicho.

Rufus apartó la mirada.

—Solo digo que a veces hay cosas que uno tiene que hacer solo. Además, soy casi un año mayor que tú. Tengo que hacer cosas que tú aún no haces.

—¿Y qué cosas son esas?

Rufus sintió que el estómago se le encogía. Podía mentir, claro. Decir que su madre realmente lo necesitaba en casa. Decir que su padre le había dado más responsabilidades. Pero Peter lo conocía demasiado bien, y no se tragaría cualquier excusa.

Así que optó por la única verdad que podía decir sin delatarse.

—No lo entenderías.

Peter resopló, cruzándose de brazos.

—Si no me lo explicas, claro que no.

—No es tan fácil.

Peter chasqueó la lengua, frustrado.

—Entonces dime algo, Rufus. ¿Esto tiene que ver con el lago?

El silencio que siguió fue una respuesta suficiente.

Peter bajó los brazos. Lo observó con la seriedad de alguien que ha visto un hilo suelto en la costura de la realidad y no puede evitar tirar de él.

—Lo sabía. —Su voz sonaba más firme ahora, con la seguridad de quien se enfrenta a un misterio a punto de resolverse—. Algo pasa allí. Y tú no me lo quieres contar.

Rufus sintió un nudo de culpa en la garganta. Porque Peter tenía razón. Porque él siempre había sido su compañero en todo. Porque si hubiera sido cualquier otra cosa, se lo habría contado. Pero Sylvae… Sylvae era distinta. Era suya.

Si él descubría a su amiga, podría perderla para siempre.

—Peter… —Rufus suspiró, sin saber cómo explicarlo—. No podemos estar siempre juntos.

El silencio que se formó entre ellos fue diferente a los demás. No era la clase de silencio cómodo de cuando esperaban a que un conejo saliera de su madriguera, ni el que compartían cuando uno de los dos estaba demasiado cansado para hablar.

Era un silencio afilado.

Peter lo sostuvo con la mirada un momento más, pero al final negó con la cabeza.

—Está bien —dijo, con la voz tensa—. Si no me lo quieres contar, no lo hagas.

Dio media vuelta y comenzó a caminar, dejando a Rufus con la sensación de que algo en su amistad acababa de agrietarse, como el hielo antes de romperse.

Pero Rufus no lo siguió.

Porque, en el fondo, sabía que Peter no se equivocaba. Algo estaba pasando en el lago.

Y él no podía dejar de volver.

—¿Qué tal si vamos al pueblo? Hoy hay mercado —dijo finalmente Peter.

El pueblo estaba animado. El aire de la mañana era fresco y crujiente, con el olor a pan recién horneado flotando en la plaza. Las chimeneas humeaban en lo alto de los tejados de Eldermere, y los mercaderes comenzaban a desplegar sus productos en los pequeños puestos de madera. Vendían desde telas gruesas hasta manzanas invernales.

Rufus y Peter avanzaban entre la gente, esquivando carretas y saludando con un gesto rápido a los conocidos. Peter ya no estaba enfadado e iba contando una historia absurda sobre cómo había vencido a un hombre en un duelo de cartas en la taberna, exagerando cada detalle.

—Lo juro, Rufus, nunca había visto a alguien tan desesperado. Sudaba como un cerdo antes del matadero.

—¿Y qué te apostó? —preguntó Rufus sin mucha emoción.

Peter infló el pecho con orgullo.

—Una cena gratis.

Rufus resopló.

—Eres un auténtico mercenario. Una cena gratis es algo que uno se apuesta con una chica, no con un adversario…

Peter sonrió con suficiencia, pero se detuvo al ver dos figuras familiares cerca de la fuente de la plaza.

—Mira quiénes están aquí.

Mira y Colette estaban junto al borde de la fuente, con un par de manzanas en la mano. Mira comía distraídamente, mientras Colette parecía entretenida observando a un grupo de niños jugar con una cuerda de saltar.

—Si es nuestro dúo de gallinas de corral —bromeó Peter con una sonrisa amplia mientras se acercaban.

Mira levantó la vista y le lanzó un pedazo de su manzana, que él esquivó por poco.

—Y, si no me equivoco, aquí vienen el gallo fanfarrón y su sombra.

Rufus sonrió de lado.

—¿Quién es el gallo y quién es la sombra?

Colette rio suavemente.

—Depende del día.

Peter puso una mano en su pecho, fingiendo indignación.

—¡Qué crueles! ¿Es así como tratan a sus amigos más encantadores?

Mira cruzó los brazos y alzó una ceja.

—Encantador no es la palabra que usaría.

—Entonces dime, Mira, ¿cuál usarías? —replicó Peter, con un tono divertido.

Mira lo miró de arriba abajo y fingió pensarlo.

—Molesto.

—Casi lo mismo.

Colette sonrió y miró a Rufus.

—¿Y tú? ¿Por qué tanta seriedad?

Rufus se encogió de hombros.

—No estoy serio.

—Oh, sí lo estás. —Mira lo señaló con su manzana—. Tienes esa cara de “estoy pensando demasiado en algo”.

Rufus bufó.

—Tal vez porque algunos de nosotros usamos el cerebro de vez en cuando.

Mira le dio un codazo.

—Y otros lo usan demasiado. Colette lleva toda la mañana hablando de ti. Haz algo útil y céntrate en el presente.

Colette se puso roja.

Peter se estiró, disfrutando del aire fresco.

—¿Qué hacemos hoy?

Mira sonrió con picardía.

—¿Y si hacemos que Rufus confiese qué lo tiene tan distraído?

Rufus se excusó.

—No estoy distraído.

—Oh, claro que lo estás. —Colette lo miró con curiosidad—. No te hemos visto en días.

—Estaba ocupado.

Mira entrecerró los ojos.

—¿O tal vez estabas con alguien?

Rufus se quedó en silencio un segundo, demasiado corto para notarse, pero suficiente para que Mira levantara una ceja con satisfacción.

—No es asunto tuyo.

Peter se echó a reír.

—Mira eso. Rufus con secretos. Me encanta.

Colette sonrió con dulzura.

—Debe de ser importante, entonces.

Rufus no dijo nada. El viento sopló entre las casas, y el murmullo de la plaza siguió con su propio ritmo.

—Vamos —dijo al fin, cambiando de tema—. Si seguimos aquí, Peter acabará apostando su dignidad en otro duelo de cartas.

Peter suspiró dramáticamente.

—Mi dignidad nunca estuvo en juego. Solo mi estómago.

El grupo estalló en risas y se alejó entre la multitud, con el frío de la mañana mordiendo el aire.

Pero, a pesar de la charla y las bromas, Rufus no pudo dejar de pensar en ella.

—¿Dónde está Elyse? —preguntó Rufus.

—Está con tu hermano en la taberna del Roble Torcido. Galen quiere conquistarla y ella se quiere dejar conquistar. Cada vez pasa menos tiempo con nosotras.

—Podríamos ir a cotillear. Hoy hay mercado y debe de haber ambiente allí. Podríamos fastidiarles el plan… —dijo Peter.

La taberna del Roble Torcido era el corazón del pueblo en los días de mercado. La gente entraba y salía con el bullicio de la compra y el intercambio, buscando un respiro del frío, una conversación animada o simplemente una jarra caliente entre las manos.

El humo de la chimenea flotaba en el aire, mezclándose con el olor a madera vieja, cerveza y pan recién horneado. Las mesas estaban llenas de comerciantes cerrando tratos, campesinos descansando después de la jornada y jóvenes riendo despreocupadamente.

Pero cuando Rufus y los demás entraron, no buscaron una mesa vacía.

Buscaron a Galen.

Y lo encontraron.

Sentado en una esquina junto al fuego, con una copa en la mano y una sonrisa de suficiencia en el rostro, Galen inclinaba la cabeza ligeramente hacia Elyse, que lo miraba con una expresión que oscilaba entre el juego y la verdadera diversión.

Se notaba que disfrutaban de la compañía del otro.

Elyse sostenía una copa con elegancia, con los dedos jugando distraídamente en el borde del vaso mientras sonreía por algo que Galen acababa de decir.

Él se inclinó un poco más cerca, sin romper la compostura, sin parecer desesperado, sino confiado.

Demasiado confiado.

Peter fue el primero en actuar.

—Bueno, bueno… —dijo con dramatismo mientras se acercaban a la mesa—. Si es el gran Galen, enredando corazones como siempre.

Galen alzó la vista lentamente, sin inmutarse, como si ya hubiera esperado la interrupción.

—Peter. —Su tono era casi perezoso, como si estuviera evaluando si valía la pena molestarse—. ¿Tienes algún motivo para interrumpir una conversación privada?

Mira se dejó caer en un banco vacío y tomó una hogaza de pan de la mesa sin preguntar.

—Oh, claro que sí —dijo con una sonrisa inocente—. Nos aburríamos.

Colette se sentó junto a ella con más delicadeza, pero su sonrisa escondía la misma intención traviesa.

Rufus no se sentó. Simplemente observó.

Elyse los miró a todos, como si evaluara el giro de los acontecimientos. Pero, en lugar de molestarse, sonrió con diversión.

—Ah… Así que esto es una emboscada.

—Piensa en ello más como una prueba de resistencia —dijo Peter, tomando asiento sin esperar invitación—. Si Galen realmente te quiere conquistar, tiene que aguantar a los amigos.

Galen bebió un sorbo de su copa.

—No sé quién te dijo que eras gracioso, Peter, pero espero que no lo sigas creyendo.

—No lo hago. —Peter tomó una jarra vacía de la mesa y la levantó—. Soy encantador, no gracioso.

Elyse se rio, y Rufus notó el destello de complicidad entre ella y Galen.

A pesar de la interrupción, seguía habiendo algo entre ellos, algo que no se apagaba tan fácilmente.

Mira le dio un codazo a Rufus.

—¿Qué opinas tú?

Rufus, que había estado observando en silencio, alzó una ceja.

—Opino que Galen no necesita nuestra ayuda. Los buenos amigos no llegan cuando los necesitas. Ya están ahí cuando te das cuenta.