Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La Amistad
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La Amistad

La nieve crujía bajo sus pasos cuando llegó al lago. No era la primera vez que venía sin avisar, sin promesa de verla, pero esa noche había algo distinto. El frío no dolía. Era otra cosa lo que le pesaba.

Rufus se sentó sobre la roca habitual. Con manos entumecidas sacó la flauta vieja —la primera, la barata, la de cuando era un niño— y la apoyó en sus labios. La melodía fue torpe, insegura. No tenía la resonancia de la otra, la del abuelo, pero tampoco importaba. Era lo único que tenía.

Tocó una canción sencilla, como una disculpa, y cuando las últimas notas se deshicieron en el aire, ella ya estaba allí.

No caminaba ni aparecía con estrépito. Simplemente estaba. Como si hubiera estado todo el tiempo, esperando a que el viento terminara su trabajo.

—Esa no es la flauta que solías traer —dijo, sentándose junto a él, con sus ojos puestos en sus manos.

—Es la única que tengo ahora.

La niña no preguntó más al principio. Lo observó, como quien escucha a un río desde la orilla.

—¿Y la otra? —preguntó, más tarde, cuando el silencio se volvió demasiado largo.

Rufus tragó saliva.

—Se rompió. —La frase fue simple, pero dolía más que un corte.

—¿Y qué le pasó a tu cara?

—Me caí del carro.

No lo dijo como una mentira. Lo dijo como alguien que sabe que nadie necesita saber la verdad para entender el dolor.

Ella estiró una mano, suave como una hoja que cae sobre el agua.

—¿Puedo verla?

Rufus dudó. La llevaba consigo, envuelta en tela, como si aún pudiera protegerla. Como si aún contuviera su infancia en alguna grieta del barniz.

Pero al final, asintió.

Desenvolvió los dos trozos de madera y los puso con cuidado en sus palmas. La flauta ya no era un instrumento. Era una herida.

La niña los tomó con una delicadeza inhumana, como si los fragmentos pudieran romperse aún más con solo mirarlos mal. Su expresión cambió. Ya no era la de la niña del lago. Era otra. Una mirada de comprensión silenciosa.

—Está dormida —dijo.

—¿Dormida?

—Nada que fue amado de verdad se rompe del todo. A veces, solo espera a que alguien quiera despertarlo.

Ella se puso en pie, con los fragmentos aún en sus manos.

—¿Porque es tan importante para ti?

—Es un regalo de mi abuelo, un recuerdo de cuando tocaba en la corte. No sé lo que le voy a decir cuando lo vea.

—Yo sé cómo despertarla. —Dijo como si sus preocupaciones fueran banales.

—La puedes arreglar... ¿Quieres decir?

—No. —Dijo. Y luego, sonrió — Pero puedo enseñarle a recordar.

Ella se giró hacia el lago. El hielo no crujió bajo sus pies. La nieve no la tocaba.

—¿Te vas tan pronto?

Ella asintió.

—¿La traerás de vuelta?

—Cuando esté lista. —Y añadió, sin mirarlo—. Y cuando tú también lo estés.

Y sin más, desapareció entre la bruma helada.

Rufus se quedó solo, con la melodía aun latiendo en los dedos. No se sentía mejor. Ni peor.

Solo un poco menos roto.

Día tras día, Rufus volvía al lago. Tocaba su flauta, contaba historias, y poco a poco, la niña se acostumbró a su presencia. No hablaba mucho. A veces respondía con una sonrisa efímera, a veces con un silencio que parecía más denso que el propio invierno. Pero siempre volvía.

Y como en todos los juegos, Rufus quería ganar.

Quería hacerla reír. Quería hacer que hablara más. Quería que se quedara más tiempo.

Así que empezó a traerle regalos.

Pero ¿qué le ofreces a alguien que no deja huellas? ¿A alguien que parece no pertenecer del todo a este mundo?

El primer regalo fue un tesoro encontrado en la casa de su abuelo: una moneda de cobre con los bordes desgastados por los años. La colocó en la superficie del hielo entre ellos.

—Para que la guardes —dijo, como si aquello tuviera todo el sentido del mundo.

Ella la observó. Tocó la moneda con la punta de los dedos, pero no la recogió.

—No tengo dónde guardarla.

—¿Cómo qué no?

Ella no respondió.

Cuando Rufus volvió al día siguiente, la moneda seguía allí. Pero tenía escarcha encima, como si hubiera pasado siglos bajo el hielo.

Otro día, trajo una vela que olía a cera y a canela.

—Para que no tengas miedo en la oscuridad —dijo, ofreciéndosela con una sonrisa.

—No me gusta el fuego —respondió ella, con voz distante.

Rufus se encogió de hombros.

—¿Por qué?

Ella lo miró con una tristeza tan honda que él no se atrevió a preguntar más.

—Esto es para ti —dijo otro día, dejando un pedazo de pan con miel sobre el hielo.

Ella inclinó la cabeza, mirándolo con curiosidad.

—¿Para qué?

—Para que lo pruebes.

Ella lo miró un momento más y luego negó con la cabeza.

—No puedo.

—¿No puedes o no quieres?

Ella lo miró con un destello de diversión.

—¿Y si es lo mismo?

Pero había algo en la forma en que miraba la miel, algo en la forma en que su voz se volvía un susurro, que le hizo pensar que no era lo mismo.

Que ella sí quería.

Pero que algo se lo impedía.

—Los que somos como yo no comemos vuestra comida.

Una mañana, el viento era tan fuerte que Rufus sintió el frío atravesar incluso su abrigo más grueso. Al mirarla, se preguntó si ella lo sentía de la misma forma.

—Toma —dijo, quitándose la bufanda y extendiéndosela.

Ella lo observó con sorpresa.

—¿Para qué?

—Para que no tengas frío.

Ella lo miró como si no comprendiera.

—No tengo frío.

—Aún así… quiero que la tengas.

Ella extendió la mano. Tocó la bufanda con delicadeza, y durante un segundo, Rufus creyó que la tomaría. Pero entonces, como si algo invisible la repeliera, dejó caer la mano.

—No puedo.

Rufus sintió un nudo en la garganta.

—¿Nada de lo que te traigo te sirve?

Ella bajó la mirada.

—Son cosas del mundo de los tuyos. Yo no pertenezco a ese mundo.

Él quiso decir algo, pero no supo qué.

Entonces, una tarde, dejó de traerle cosas.

No más piedras pulidas por el río, ni más plumas blancas robadas al invierno, ni más cuentas de vidrio que reflejaban la luz de la luna y que ella nunca aceptaría. Todo aquello le parecía ahora torpe, insignificante. Como si la estuviera sobornando para que se quedara, cuando lo único que quería era que lo hiciera por voluntad propia.

Ese día, en lugar de extenderle un pequeño tesoro en la palma de la mano, se sentó junto a ella sobre el hielo. Sacó su flauta, la sostuvo entre sus dedos fríos y le dedicó una mirada breve, llena de algo más que palabras.

—Te he traído un regalo —dijo en voz baja—. Una canción que he hecho para ti.

No era del todo cierto. No la había compuesto de antemano, no había pasado noches buscando la melodía perfecta. No existía aún.

Así que cerró los ojos y dejó que sus dedos se movieran solos.

Las notas nacieron en el aire, frágiles, temblorosas al principio. Pero luego se fundieron con el viento, suaves como copos de nieve deslizándose en la oscuridad. Era una melodía sin palabras, sin dueño, sin historia. Algo que solo existía en ese momento, en ese lugar.

Era su regalo más honesto.

Y cuando abrió los ojos, la vio.

Ella lo miraba de una manera en que nunca antes lo había hecho. Como si él también hubiera cambiado, como si de pronto lo viera con otros ojos.

Por un instante, no hubo viento ni hielo, solo el sonido de su respiración en el frío.

Entonces, ella sonrió.

—Eso sí lo puedo aceptar —dijo en un susurro.

Y Rufus sintió que, por primera vez, que su música había encontrado un verdadero hogar.

Y por primera vez, él la vio sonreír.

Los días pasaron, y con ellos, la fiebre de Peter disminuyó. Rufus, en cambio, se volvió más inquieto.

No dijo nada a nadie. ¿Cómo podría? No había palabras que explicaran lo que ocurría junto al lago sin que lo tomaran por un niño con demasiada imaginación o, peor aún, un mentiroso. Pero no importaba. La primera vez pudo haber sido casualidad. La segunda, curiosidad. Pero ya eran muchas veces… por elección.

Volvió.

Siempre de la misma manera: a escondidas, con el abrigo mal abrochado y las botas hundiéndose en la nieve fresca, sintiendo la expectación revolverse en su pecho como mariposas atrapadas en un frasco. Caminaba hasta el borde del lago, y allí estaba ella.

Siempre estaba allí.

—Creí que no vendrías hoy —le dijo una vez, con la voz suave y extraña de alguien que no está acostumbrada a usar palabras.

Rufus se encogió de hombros, con las manos metidas en los bolsillos.

—Mi madre me hizo quedarme en casa más tiempo —dijo, pateando un poco de nieve con la punta de la bota.

—Las madres hacen eso.

La forma en que lo dijo era extraña. No como quien se queja de una madre sobreprotectora, sino como quien recita algo aprendido, algo que ha escuchado antes sin comprenderlo del todo.

—¿Tú no tienes madre? —preguntó Rufus.

La niña inclinó la cabeza, pensativa, y luego sacudió la cabeza.

—No… no como la tuya.

Era un tipo de respuesta que se volvió costumbre entre ellos. Rufus hacía preguntas sencillas, esperando respuestas sencillas. Ella, en cambio, respondía con frases que parecían significar mucho y nada a la vez.

Pero a pesar de todo, jugaban.

O algo parecido a jugar.

A veces, Rufus recogía ramas y las usaba como espadas, desafiándola a un duelo. Ella nunca tomaba una. Pero cuando él daba un golpe al aire, ella lo esquivaba con una gracia imposible, como si supiera exactamente dónde y cuándo iba a moverse.

Otras veces, él le arrojaba bolas de nieve. Nunca la alcanzaban. Y cuando ella intentaba devolverle el gesto a veces le engañaba. Sus manos atravesaban la nieve sin recogerla, como si no pudiera tocarla. Eso confundía a Rufus, pensando que tenía ventaja, pero otras veces sus manos recogían mucha más nieve de lo que un niño de su edad podría coger y sus lanzamientos le podían tumbar de un golpe.

—¿Como tienes tanta fuerza?

Pero ella nunca le respondía. Solamente reía, con esa risa misteriosa que a Rufus le arrebataba el alma.

Eso le inquietó al principio, pero con el tiempo aprendió a ignorarlo.

Porque lo importante no era lo que ella podía o no podía hacer.

Lo importante era que ella estaba allí.

Y hablaban.

—¿Dónde vives? —le preguntó un día.

La niña levantó una mano y señaló la superficie helada del lago.

—Debajo.

Rufus se estremeció.

—No puedes vivir debajo. Ahí solo hay agua.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque es un lago —dijo él, como si aquello lo explicara todo.

Ella sonrió.

—¿Lo has visto?

Rufus vaciló.

—Bueno… no.

La niña bajó la mano y lo miró con ojos que parecían demasiado grandes, demasiado profundos.

—Entonces, ¿cómo estás tan seguro?

La niña se marchó hacia el centro del lago, como hacía cada día.

Y, como cada día, Rufus se quedó pensando en ella.