El Mercado de Thanes #3
Rufus dio un paso atrás, y en su interior se encendió una alarma muda. No eran como los chicos de Eldermere. Iban igual de mal vestidos que él, pero su miseria no era silenciosa ni digna. Era agresiva.
Era hambre de la que muerde.
—No tengo nada —dijo, intentando que su voz sonara firme.
—Claro que no. —El de la cicatriz ladeó la cabeza—. Pero igual llevas algo escondido que no recuerdas.
Rufus sintió el peso de la moneda en el bolsillo. Un solo draken. El único que llevaba encima. Sabía lo que esa moneda significaba: pan, leche o el pasaje de vuelta si todo lo demás fallaba.
Se llevó una mano al bolsillo con desgana.
—Solo esto.
El alto le quitó la moneda de los dedos.
—¿Eso es todo? —miró a su compañero—. Qué pena.
Justo cuando pensó que eso bastaría, uno de ellos se acercó más y le tocó el pecho, donde la chaqueta abultaba.
—¿Qué es eso?
—Nada —dijo Rufus, dando un paso atrás—. No es de valor.
Pero ya era tarde. El alto metió la mano en su abrigo y sacó la flauta. La envoltura de tela se deshizo entre sus dedos como si supiera que ya no tenía quien la defendiera.
—¿Una flauta? —dijo con burla—. ¿Te crees músico?
—Devuélvemela —siseó Rufus, y algo ardía en su pecho.
No era orgullo.
Era algo más viejo.
Más profundo.
—¿Qué harás? ¿Tocarnos una canción? —soltó el otro entre risas.
Rufus se lanzó hacia él. No con fuerza. No con habilidad. Solo con el impulso de quien ve romperse un vínculo que no puede reemplazar.
Pero no fue suficiente. Un puñetazo lo alcanzó en la mandíbula y cayó al suelo. El sabor metálico de la sangre llenó su boca.
Intentó levantarse.
Lo patearon.
Se encogió, protegiéndose el pecho.
Una bota le golpeó la espalda. Otra, la pierna.
—¡Para, por favor! —jadeó, pero ellos solo rieron más.
Uno de ellos sacó la flauta de su envoltorio.
—¿Cuánto crees que nos darán por esto?
—¿Por una flauta vieja? —El de la cicatriz la inspeccionó—. Dos draken… si encontramos a un idiota.
—No vale nada.
—No para ti —susurró Rufus, escupiendo sangre—. Pero para mí sí…
Y trató de ponerse en pie otra vez.
Esa fue su mayor ofensa.
El chico más bajo, enfurecido por su insistencia, lo golpeó de nuevo y, al hacerlo, rompió la flauta sin querer.
Un crujido seco.
Un sonido que dolió más que los golpes. Como si su infancia se partiera en dos.
—¡Serás paleto! Nos has robado dos draken.
Y entonces, más enfadados aún, siguieron golpeándolo. Él no hizo nada. A diferencia de Galen, no era bueno en las peleas. Nunca lo fue.
Cuando se cansaron, se fueron. No corriendo. No huyendo. Caminando, como si nada de aquello importara.
Rufus quedó tirado en el suelo, con el rostro sucio, los labios rotos y el alma astillada.
A su lado, los restos de madera.
La flauta de su abuelo.
La voz de su abuelo. Su herencia. Lo único que había sentido realmente suyo.
El callejón guardó silencio por un largo rato.
Y, en ese momento, por razones que no entendió, Rufus lloró sin hacer ruido.
Como si alguien más, muy lejos, estuviera escuchando.
Rufus regresó al puesto con las manos vacías y la cara arañada por el viento… y por algo más. No lloraba. No cojeaba. Caminaba como si el suelo se hubiera vuelto más duro desde que se fue.
Su madre lo vio antes de que llegara del todo.
—¿Qué te ha pasado?
Rufus bajó la cabeza.
—Me metí en una pelea.
No dijo que fue por una flauta. No dijo que lo habían llamado pueblerino. No dijo que su música se había hecho pedazos contra una pared de piedra.
Galen lo miró con una expresión que no era de burla, sino de rabia.
—Si me dices cómo eran, puedo encontrarlos. No tienen por qué salir impunes.
—No los encontrarás. Ya estarán en otra calle, o en otro barrio —respondió Rufus, con la voz baja.
No era resignación.
Era certeza.
Su padre no dijo nada. Su madre suspiró, largo y hondo, como si llevara una pena que no podía darse el lujo de nombrar.
Y nadie volvió a hablar.
Ni durante la recogida, ni mientras desmontaban el puesto, ni en el camino de vuelta por la calzada nevada.
El carro crujía como siempre, pero el silencio era más pesado que cualquier carga.
Esa noche, Rufus no bajó a cenar. Dijo que tenía sueño. Que le dolía la cabeza. Nadie lo discutió.
En su habitación, encendió la lámpara de aceite con dedos temblorosos. Abrió su chaqueta y sacó los dos trozos de la flauta. Estaban astillados, pero aún conservaban parte de su forma. Uno de los extremos tenía marcas de sus labios. El otro, la embocadura rota.
Los sostuvo en las manos como si fueran huesos viejos.
No dijo nada.
Los envolvió despacio en un retazo de tela. No por nostalgia.
Sino porque aún no estaba listo para despedirse de ella.
La escondió en el fondo de una caja de madera, entre ropa de invierno y trozos de papel sin usar.
Y se metió en la cama.
Esa noche soñó con el lago.
No con el hielo, ni con el bosque.
Sino con el agua.
El agua lo llamaba.
Con una voz que no era voz.
Con un canto que no era música.
Con un nombre que aún no conocía.
Y, al fondo, algo brillaba.
Como si esperara.
Como si supiera que la música que se había roto… debía volver a nacer.