El Mercado de Thanes #2
Cuando la mujer se fue, Galen fue el primero en hablar:
—Si todas fueran como ella, hoy comeríamos caliente.
—Y si todas fueran como ella —agregó Edric—, no estaríamos aquí vendiendo lo que nadie quiere con el carro aún lleno a estas horas.
Rufus se apartó del puesto unos pasos. No por desinterés, sino porque sentía que estar allí, simplemente de pie, era inútil. Se armó de valor. Tomó un tomate maduro, lo sostuvo en la mano como si fuera una joya y caminó hacia una anciana que observaba los puestos con una cesta medio vacía.
—Son buenos para las ensaladas —dijo, con una sonrisa torpe.
Ella ni siquiera se detuvo.
—Ya tengo —respondió, sin mirarlo, sin frenar el paso.
Rufus se quedó quieto. Con el tomate aún en la mano, como si fuera un error. Como si en ese instante entendiera algo más: que su voz no pesaba, que sus palabras aún no sabían convencer, que en ese mercado de adultos él seguía siendo un niño con las manos vacías.
Volvió al puesto con los hombros bajos.
Elsha le dio una palmada en el hombro.
—No te avergüences, Rufus. El vendedor que tiene vergüenza no acaba la jornada con dinero en el bolsillo.
Entonces Edric habló, con la mirada perdida en el gentío que iba y venía sin detenerse.
—Ni los ricos ni los pobres nos compran. Los pobres dicen que somos caros, y los ricos tienen miedo de parecer pobres si compran en este puesto.
Nadie respondió. Porque lo peor no era la frase.
Era que todos la entendían.
—Deja que lo intente yo —dijo Galen, saliendo de detrás del carro, donde se había resguardado del viento un rato.
Se sacudió las manos, se remangó la chaqueta y tomó una cebolla grande y brillante, como si fuera una gema recién desenterrada.
—Señora, espere —llamó con voz clara, alzando una ceja con simpatía hacia una mujer que examinaba un puñado de remolachas en el puesto de al lado—. Si va a llorar hoy, al menos que sea por una buena cebolla, ¿no cree?
La mujer se detuvo y soltó una carcajada, sorprendida por la frase.
—¿Qué clase de cebolla que hace llorar vale la pena?
Galen le tendió una con gesto solemne, como si le ofreciera un secreto de familia.
—Esta. Una cebolla sagrada de Eldermere. Una que da sabor a la sopa y justifica las lágrimas. Cultivada al sur del pueblo, sin una gota de truco ni de magia. Solo tierra, paciencia, la mejor tierra de la comarca… y una pizca de orgullo.
Se inclinó un poco hacia la señora, en tono de confidencia:
—Pero ojo, estas cebollas son potentes. Una señora se llevó una docena y ahora está embarazada de gemelos. No digo que sea por la sopa… pero tampoco digo que no.
Le guiñó un ojo.
La mujer rio. Su compañero, un hombre de bigote fino, se giró a ver qué pasaba. Galen ya tenía otra cosa en la mano.
—¿Y usted, señor? Se ve que es usted quien lleva las cuentas en casa. Llévese una col rizada. Aguanta el frío más que un leñador y da para guisar tres días con el dinero que cuesta un mendrugo de pan.
Se la puso en las manos sin esperar respuesta.
—Col de invierno. Sólida como una mula, buena para los huesos y el estómago. No hay receta en la que no dé la cara. Tiene más fuerza que un cuenco de leche y deja el cuerpo más limpio que un trago de orujo.
El hombre dudó, pero la mujer se estaba divirtiendo.
—¿Tienen niños en casa? Entonces esta col es justo lo que necesitan. Tiene más vigor que un cesto de naranjas y suficiente hierro para mantener a cualquiera en pie durante el invierno.
La pareja compró media docena de cebollas y una col.
Rufus lo observó desde un lado del puesto. No le molestaba. Le sorprendía. Su hermano tenía esa manera de hablar que volvía todo más fácil. Como si supiera qué decir antes de abrir la boca.
Elsha disimuló una sonrisa al ver las monedas caer en la caja de madera.
—Deberías haber sido actor, no granjero —murmuró.
—Tal vez sea ambas cosas —respondió Galen, levantando una zanahoria como si fuera una espada.
—Pues aprovecha esas dotes y ayúdanos a vender si quieres estar caliente en casa.
Rufus se había quedado quieto, consciente de que la venta no era lo suyo. Su familia seguía intentando vender lo poco que traían, pero él no escuchaba las voces. Un sonido llamó su atención.
Primero, una nota. Luego otra. Una melodía quebrada, fina como un hilo de agua. Como si alguien estuviera tocando un violín viejo con manos temblorosas… o como si el viento se hubiese cansado de soplar y hubiera aprendido a llorar.
Rufus se giró. No había músicos cerca. Ni ruido de instrumentos. Solo un callejón estrecho entre dos casas de piedra. Y una cortina, deshilachada, que se movía en una ventana sin motivo. El aire estaba quieto.
No supo por qué, pero sus dedos se cerraron con fuerza sobre la tela que envolvía su flauta. Era el objeto más valioso de su vida en ese momento.
Cruzó la calle, consciente de que se alejaba. A cada paso, la melodía parecía alejarse también, como si lo guiara. Como si no quisiera ser seguida… pero tampoco olvidada.
Dobló una esquina y luego otra. La melodía sonaba cada vez más lejos. Siguió caminando y doblando esquinas hasta que solo encontró más silencio.
Y entonces, en el suelo, lo vio: una sola cuerda rota. Fina como una vena seca. El tipo de cuerda que usan los violinistas, enredada en un clavo oxidado. No había nadie.
Rufus se agachó y la tocó. Todavía estaba tibia. Alguien había estado allí. Y ya no estaba.
No supo cuánto tiempo había caminado. Solo que la ciudad había cambiado desde el mercado hasta allí.
Las calles ahora eran más estrechas. Las casas, más viejas. Las piedras del suelo ya no estaban alineadas, como si nadie caminara por allí salvo los fantasmas de la ciudad.
Volvió a escuchar música, pero esta vez era diferente. No etérea, sino real. Más viva. Más torpe. Un laúd desafinado, un canto ronco en una taberna. Y, más allá, alguien tocaba una armónica mal afinada.
El mundo volvió a rugir, pero algo en Rufus se había vuelto frágil.
Siguió caminando, sin saber por qué. A cada paso, el ruido de la ciudad se apagaba. Cada vez menos gente. Cada vez más piedra y sombra.
Y entonces dobló otra esquina.
Una calle sin salida.
Se detuvo. Dio media vuelta.
Y allí estaban.
Dos chicos, un par de años mayores que él. Uno alto y flaco. El otro más bajo, con una cicatriz en el labio. No tenían rostro cruel, pero sí hambre en los ojos. No de pan. De oportunidad.
—¿Perdido? —preguntó el alto, con una sonrisa torcida.
Su voz era ligera, pero sus ojos no.