El Mercado de Thanes
El día aún no había nacido del todo. El cielo estaba pálido y el viento arrastraba un frío terco, de esos que se cuelan por las costuras de la ropa y se instalan entre los huesos. El barro crujía bajo las botas, y el carro, viejo como un juramento roto, esperaba a medio cargar frente a la casa.
Rufus y Galen apilaban cajas de hortalizas en la parte trasera. Nabos, cebollas, dos sacos de patatas, una docena de coles que olían a tierra húmeda y a trabajo sin paga. Rufus se detuvo un instante para estirarse la espalda. Tenía las manos rojas del frío, y la camisa le quedaba corta de mangas.
—Este año hay que venderlo todo —dijo su madre sin mirarlo—. Hasta el último bulbo, ¿me oyes? O no habrá dinero para el invierno.
Elsha no alzaba la voz. No necesitaba hacerlo. Sus palabras eran como las agujas de coser que usaba en las noches largas: pequeñas, afiladas, inevitables.
—Lo sé, madre —dijo Galen.
Después se acercó a su hermano.
—No te preocupes, Rufus. El año pasado fue el abuelo quien nos compró el carbón para pasar el invierno.
Edric, su padre, tiraba de las riendas con expresión frustrada. El caballo cojeaba un poco y resoplaba como si también supiera que el viaje no iba a ser amable.
—Mierda de rueda —masculló el hombre mientras la golpeaba con la bota—. Cada año suena peor. Si se rompe a medio camino, nos quedamos sin nada. No podremos avanzar ni retroceder. Tengo que llevarla al herrero sí o sí.
Rufus no dijo nada. Nadie decía mucho en esas mañanas.
No era que no se quisieran. Se querían. A su manera. Pero el amor se guarda distinto cuando se es pobre. No se gasta en palabras innecesarias ni en gestos dulces. Se amarra a la espalda en forma de sacos, se empuja sobre ruedas que chirrían, se sirve en platos con más agua que sopa.
Rufus subió al carro con la última caja y se acomodó en el rincón de siempre. Bajo su abrigo, llevaba envuelta en tela su flauta. No la del mercado, no la barata de feria que usaba para aprender. La otra. La de su abuelo. Aquella con la que, según contaba, había tocado ante reyes y amantes en tiempos que parecían ya inventados. La había guardado esa mañana sin pensarlo mucho. Como quien lleva una promesa oculta, o una plegaria.
No eran pobres porque no tuvieran nada. Eran pobres porque ya habían vendido todo lo que alguna vez habían querido guardar.
El carro chirrió una vez más al ponerse en marcha. El camino hacia Thanes era largo, lleno de baches y sin ninguna promesa de mejora. A un lado, la casa quedaba en silencio. Al otro, la niebla se abría como una puerta hacia la ciudad.
—Joder, Galen. Sabes que estamos tiesos y andas malgastando lo que ahorras con Elyse en la taberna —le recriminó Rufus a su hermano mientras viajaban en la parte de atrás del carro.
Galen se encogió de hombros, con una sonrisa que no pedía perdón.
—Tú también serás adulto algún día, y querrás impresionar a una chica. Además, el dinero lo gano honradamente, ¿no? En la granja de Muller. Fines de semana y festivos.
—No se trata de eso.
—¿Entonces de qué se trata?
Rufus no respondió. Porque se trataba de todo. Del crujido de las ruedas, del hambre que no decía su nombre, del invierno que venía.
La ciudad de Thanes surgió entre la niebla como un gigante dormido. Primero se vieron las torres de piedra gris, luego los tejados inclinados cubiertos de escarcha y finalmente el rumor de voces y ruedas sobre el empedrado. Un murmullo constante que parecía brotar de las mismas entrañas de la ciudad.
El carro entró por la puerta norte. Las ruedas golpeaban con torpeza los adoquines irregulares, y el caballo resoplaba cansado. Elsha se santiguó sin mirar a nadie. Edric mascullaba como si esperara que todo saliera mal, solo para tener razón al final del día.
Nadie los miraba. Thanes era una ciudad grande. La miseria no llamaba la atención allí.
El mercado ocupaba una plaza larga, bordeada de casas altas y frías. Puestos de tela, de pescado, de cuchillos, de velas perfumadas. Los colores eran vivos, los precios altos. Todo era demasiado ruidoso.
Eligieron un sitio al final de la fila, donde el viento soplaba más fuerte y el sol apenas tocaba el suelo.
Rufus y Galen descargaron las cajas. El padre desplegó la lona sobre los tablones. La madre ordenó las hortalizas con la precisión de quien sabe que los detalles, a veces, salvan el pan del día siguiente.
Un cartel torcido decía:
«Frescas de Eldermere. Buenas, limpias, honestas».
Galen se alejó pronto, con la excusa de buscar algo de pan. Rufus se quedó junto al puesto, mirando el desfile de rostros. Ricos, pobres, hombres con sombreros de fieltro, mujeres con guantes que no necesitaban. Había niños, había perros, había ladrones que aún no lo parecían.
La gente pasaba. Algunos se detenían, olían las coles, tocaban las patatas como si esperaran que hablaran. Luego negaban con la cabeza y seguían su camino.
—¿A cuánto los nabos? —preguntó una anciana.
—Tres por un draken —dijo Elsha, con una sonrisa forzada.
—En el puesto de los Dwerlin los dan a cuatro. Y son más gordos.
—Los nuestros son de cultivo limpio. Tienen la mejor agua y la mejor tierra. Son los nabos que siempre se han comido en esta región. Los otros son de importación —intervino Edric.
—¿Y eso qué me importa si saben igual?
Y se marchó.
Otra mujer se acercó. Tomó una cebolla, la olió, la miró con sospecha.
—¿Son de agua del pozo o del canal?
—Del pozo —dijo Elsha—. Buen pozo, profundo.
—Demasiado dulces. No sirven para caldos.
Y también se fue.
Pasaron horas así. Miradas, palabras sueltas. Casi nadie compraba. Los pies se les helaban. Las manos se les entumecían. El cartel se desprendió de uno de los clavos y quedó colgando, como si incluso él hubiera perdido la esperanza.
Rufus bajó la mirada. Pensó en la flauta de su abuelo envuelta en su bolso. Por un momento, deseó que fuera comida. O leña. O algo útil.
Pero solo era música. Y ese día, la música no compraba pan.
Sentado sobre una caja vacía, observaba el lento desfile de transeúntes que pasaban frente al puesto sin detenerse. Algunos miraban las hortalizas con indiferencia; otros preguntaban precios con aire distraído y seguían caminando, llevándose solo el aire en los bolsillos. La mayoría ni eso.
Elsha, su madre, intentaba sonreír mientras hablaba con una mujer que preguntaba por los pepinos. La sonrisa era más delgada que los guantes que llevaba. Edric, su padre, no decía nada. Solo afilaba con un cuchillo el extremo de una zanahoria para cortarla en mitades más pequeñas, como si eso hiciera más fácil venderla.
Rufus se mordió el labio. El cartel del puesto volvía a balancearse flojo, colgado de un solo clavo.
Entonces lo vio venir.
Galen.
Su hermano.
Pan bajo el brazo, sonrisa neutral, caminando como si no hubiera un peso en el mundo.
—¿Dónde estabas? —Rufus se levantó, sacudiéndose las manos—. Estamos aquí congelados desde el amanecer, y tú… ¿has ido a por pan?
—No hay muchos clientes, Rufus. —Galen alzó el pan y lo dejó sobre la mesa del puesto—. Y tampoco ayuda que parezca que tenemos una procesión fúnebre detrás del mostrador. Cuatro personas paradas sin hacer nada dan mala impresión.
—Lo que da mala impresión es que siempre que venimos desapareces —replicó Rufus.
Galen no respondió. Solo se acomodó detrás de su madre, como si su presencia bastara para ayudar.
Elsha le lanzó una mirada rápida, de esas que en otra vida podrían haber contenido dulzura. Ahora solo eran urgentes.
—Si no vendemos más antes del anochecer, no podremos comprar carbón —murmuró. No lo dijo con desesperación, sino con la resignación de quien ya ha contado y recontado las monedas.
Edric gruñó, sin levantar la vista.
—Ya he bajado dos veces los precios. Pronto les pagaremos nosotros por llevarse las zanahorias.
Rufus apretó los dientes. No por lo que dijo su padre, sino por el tono. Ese humor que venía del fondo del estómago cuando uno ya no tenía fuerza para quejarse.
Entonces, una mujer se acercó. Piel curtida, manos agrietadas, mirada directa. Llevaba un cesto colgado del brazo y los ojos acostumbrados a comparar precios con una sola ojeada.
Elsha fue la primera en hablar, como si hubiera estado esperándola todo el día.
—Ha elegido usted bien el momento —dijo, con una sonrisa que era más estrategia que cortesía—. Estas patatas son de la primera tanda. Tiernas, como mantequilla cuando se cuecen. Perfectas para guisos de invierno.
La mujer bajó la mirada hacia los tubérculos. No dijo nada, pero los tocó. Uno por uno. Como quien palpa la memoria de otras comidas.
—¿Y los tomates? —preguntó con desconfianza.
Elsha asintió, rápida.
—Criados en el invernadero de mi cuñado, sin una pizca de agua estancada. Mire este. —Tomó uno rojo intenso y lo alzó como si fuera una joya—. Pruébelo en ensalada con un poco de cebolla y verá que no necesita ni sal.
La mujer entrecerró los ojos.
—Son caros.
Elsha bajó un poco la voz, como quien comparte un secreto.
—Podría venderlos más baratos, sí. Pero sería un insulto a lo que han costado criarlos. ¿Sabe lo que es velar por el invernadero cuando hiela de madrugada? Estas manos no las tengo por bordar junto al fuego, señora.
La mujer hizo una mueca que podría haber sido una sonrisa. O una admisión silenciosa.
—Media docena de cada —dijo al fin.
Elsha asintió, envolvió los productos con manos ágiles y los colocó en el cesto con más cuidado del que se esperaría. Como si fueran algo más que comida. Como si también llevaran orgullo.
La mujer dejó unas monedas pequeñas sobre la mesa y se marchó sin más palabras.
—Gracias —dijo Elsha, con una sonrisa que se sostuvo un segundo después de que la mujer le diera la espalda.
Luego se apagó, lenta, como una vela en una corriente fría.
Galen la observó con un gesto seco, mientras Edric fingía seguir ocupado con una cuerda mal atada. Rufus no dijo nada, pero en su interior se le partió algo.
A veces no se necesitaban lágrimas para que alguien supiera que su madre estaba al borde de llorar.